Etiquetas

, , , , , , , , , , , , , , , ,

Ander Izagirre, 2008 | www.anderiza.com | Twitter: @anderiza

La Costa da Morte es una cresta de puntas que se internan en el océano, justo donde chocan las corrientes marinas más violentas y donde estallan las tempestades atlánticas. Las olas revientan contra los acantilados de granito, las espumas envuelven peñascos traicioneros, en las rocas se alzan cruces blancas en memoria de los mariscadores ahogados. Y los marinos recitan los nombres de los cabos coruñeses como un catálogo de trampas: San Adrián, Nariga, Roncudo, Tosto, Vilán, Touriñán, Finisterre.
IMG-20130802-WA0008 En los precipicios del cabo de San Adrián y de las islas Sisargas, en tierras de Malpica de Bergantiños, empieza la Costa da Morte. La puesta en escena responde a las expectativas: el cielo de Malpica está muy revuelto, en pleno arrebato primaveral, y un viento frío empuja por la línea de la costa nubes y más nubes que el Atlántico no se cansa de fabricar. A veces se abre un claro que apenas resiste un parIMG-20131225-WA0038de minutos; enseguida lega un nuevo rebaño de nimbos y el día se oscurece. Sobre el mar se adensan nubarrones de alquitrán, en tierra luce un solazo espléndido. La flota permanece amarrada en el puerto. Los barcos se balancean y tiñen las aguas con el reflejo rojo y verde de los cascos. Uno de ellos se llama Qué sé yo. Media docena de chavales salen jadeando del agua, corren espantando a las gaviotas que se han arrimado a la lonja y saltan de nuevo al mar.

Los percebes de Corme
Carretera adelante, me desvío a Corme porque dicen que los percebes de Punta Roncudo son los mejores del mundo. Y eso constituye motivo de peregrinaje. Un festín de percebes se convierte en ceremonia, porque exige ritmo, concentración y un cierto fervor. En el momento en que aparece sobre la mesa el gran cuenco rebosante de estos crustáceos cirrópodos, se extiende un silencio reverencial y comienza el rito, repetitivo como un mantra recitado con los dedos. Escogemos un racimo de percebes. Separamos por la base uno de los ejemplares. Le rasgamos la piel negra, rugosa como una lija, con una ligera torsión en la base de la uña (la cabeza escamosa que corona el percebe). De vez en cuando, con este movimiento salta un chorrito de zumo oceánico a presión que salpica a cualquiera de los comensales: la ruleta gallega. Y por fin arrancamos con una dentellada el pedúnculo carnoso y rojizo, delicia destilada del Atlántico. La ceremonia transcurre silenciosa, puntuada por chasquidos y rechupeteos, y va tomando un ritmo casi hipnótico -separar, rasgar, morder; separar, rasgar, morder-. Y al final quedan las marcas de la feliz batalla: los pulgares abrasados por el roce con el pellejo áspero del percebe, una sonrisa satisfecha y cuarteada por la sal, y las manchas rosáceas de los salpicones en la ropa. En Punta Roncudo, los rugidos de las olas, las explosiones de espuma y las ráfagas de salitre componen un escenario de belleza terrible. Para el visitante es sólo eso: un escenario. Hasta que observa las cruces blancas clavadas en las rocas, en memoria de los percebeiros que se metieron en las fauces del mar y no regresaron. Las cruces son testimonios escuetos, lamentos serenos, homenajes sin gestos. Aquí pelean y entienden la derrota. Tres jubilados de Corme, vestidos con chándal y zapatillas, llegan hasta el faro de Roncudo en su caminata diaria.
-En esas rocas de allí una ola se llevó de golpe a tres hermanos. Sólo quedaron los aparejos, flotando.
Corme es un pueblo pesquero de casas apiñadas y callejuelas retorcidas. En un parque junto a la costa me encuentro con Benito, un chico de treinta años que pasea a su pastor alemán. Benito es percebeiro.
-Hoy no trabajamos, hace mucha mar, demasiada.
Me explica que de octubre a abril cogen erizos, y de abril a octubre, percebes, navajas y lombrices. Le digo que vengo de Roncudo y que he visto las cruces.
-Hace años que no muere nadie. Ahora vamos con trajes de neopreno, cuerdas y salvavidas. Además, la gente está mejor preparada, casi todos somos jóvenes, hacemos deporte…
Benito, que está cuadrado, aprovecha las horas libres para hacer escalada en paredes de granito. Ha llegado a abrir vías de grado 8, una hazaña al alcance de muy pocos especialistas.
-Pero siempre habrá riesgo con las olas, ¿no?
-Sí, claro. Hay que andar muy atento para que no te arrastren o para que no te tiren contra la roca. Antes de empezar a trabajar tenemos que fijarnos bien en cómo vienen las olas, con qué ritmo, por dónde entran, dónde golpean. Los que se quedan en el barco vigilan por si viene una peligrosa.
-¿Te gusta el oficio?
-Es lo que hay. En esta zona no tenemos otra cosa. Pero sí que me gusta, porque no es un trabajo monótono. Sales al mar y todos los días son distintos, cada vez tienes que decidir cuál es la mejor manera de acercarte a las rocas. Y poco a poco las vas conociendo todas, sabes cuáles son los puntos más peligrosos, por dónde suelen atacar las olas, dónde hay peligro de que te arrastren…IMG-20131209-WA0005
En la última hora de la bajamar y la primera de la pleamar, el barco en el que trabaja Benito suele acercarse a las zonas donde las olas baten con mayor fuerza. Porque los percebes se hacen apreciar: los más suculentos son los que viven aferrados en los roquedos más peligrosos. Los acantilados de la Costa da Morte, y especialmente algunos peñascos de Punta Roncudo, son los lugares ideales para que esta especie crezca con un vigor excepcional, con esas carnes tan firmes y sabrosas. En este paraje se da una mezcla ideal de factores. La agitación constante del mar y las fuertes corrientes de la zona hacen que las aguas estén muy bien oxigenadas y con el punto perfecto de salinidad y densidad. Gracias a esas condiciones, aquí el océano es muy rico en plancton -esa sopa de bichitos que los percebes transforman, milagrosamente, en una de las carnes más exquisitas del
mundo-. También ayudan a su crecimiento una buena combinación de sol y agua dulce, asegurada por las lluvias abundantes. Para rematar, los percebes gallegos crecen sobre granito, una roca dura y limpia, que no se deshace en ese polvillo que se suele colar en los percebes crecidos sobre arenisca.
-Solemos ir a las rocas que salen en mitad del mar -explica Benito-, como la Pedra do Roncudo, que está a una milla mar adentro. Esas rocas son peligrosas, porque al estar rodeadas de agua las olas te pueden golpear por muchos lados. Pero las conocemos bien, sabemos hasta dónde podemos acercarnos con el barco, dónde bajarnos, cómo acercarnos sin que las olas nos tiren contra la roca.
-¿Y no lleváis casco?
-No, el casco te limita el oído. Y cuando estás en la roca tienes que escuchar bien las olas, tienes que notar si viene una peligrosa para que no te pille de espaldas. Cuando estás en la roca, es muy importante escuchar la mar.
He leído que en los bares del puerto de Corme se reúnen los viejos lobos de mar, y como siempre he querido ver uno, entro en una tasca, el Bar Do Lao, a tomar un café con leche. Los viejos lobos de mar de Corme no llevan tatuajes, ni patillas largas, ni parches en los ojos, ni garfios en vez de manos, pero tampoco están mal. Son jubilados de caras tostadas que se gritan de un lado a otro de la tasca, con voz de salitre. Tres o cuatro están acodados en la barra, los demás se distribuyen por las mesas del bar, solos o por parejas, tomando un café o el pelotazo de la mañana. El que hojea la prensa lee los titulares en voz alta (en castellano) y el coro añade los comentarios (en gallego).

IMG-20130802-WA0009
-El 65% de los emigrantes que llegan a Galicia se van a otras partes de España.
La noticia no merece más glosa que un par de aspavientos y exclamaciones, pero a mí me parece que tiene bastante miga. Galicia, como todo el mundo sabe, cuenta con una enorme tradición emigrante: hay gallegos en todos los rincones del planeta. Y resulta que ahora hasta los emigrantes africanos o sudamericanos que aterrizan en Galicia siguen la costumbre y vuelven a emigrar. ¿Tendrán morriña los senegaleses que se han marchado de Corme a Madrid?
-Lee lo del muro -le pide un parroquiano al que tiene el periódico.
-¿Qué muro? –pregunta otro.
-Que en Estados Unidos van a hacer un muro de quinientos kilómetros contra Cuba -explica el primero.
-Cómo va a ser un muro contra Cuba, coño, será contra México.
La conversación en gallego se lanza y a mí me cuesta seguirla. Sólo entiendo las mayúsculas. Hablan a gritos sobre las obras de un paseo marítimo, parece que hay alguna polémica con las leyes que limitan las construcciones en la costa, con las distancias que se deben guardar. Sí que entiendo la sentencia:
-Cuando son casas de ricos, miden la distancia a la costa en marea baja. Cuando son casas de pobres, en marea alta.

El granito de Muxía
Paco, mi amigo coruñés, me dijo que Muxía es un lugar telúrico, un pueblo donde él se siente raro. Cuando llego, me entra un pequeño tembleque. Sopla un viento cortante, los nubarrones vuelan, la mar se agita como si tuviera convulsiones. El pueblo está casi vacío. Sólo veo a cuatro o cinco personas, que caminan arrimadas a las casas, apresurándose para entrar en un portal. Tengo un poco de frío. La atmósfera parece cargada, con una presión alta, me duele una pizca la cabeza. Serán las misteriosas fuerzas telúricas de Muxía o será el hambre feroz, porque son las dos y media y las tripas me croan. Callejeo por el pueblo desierto, en busca de algún bar donde pueda comer un bocadillo o un menú. Entro a uno que ofrece “tapas y mariscos”, una pequeña tasca vacía y oscura. Detrás de la barra, un hombre que roza los setenta años menea un puchero en una cocinita.
-Buenas tardes, ¿se puede comer algo?
-Difícil.
-¿Muy difícil?
-Hombre, no tengo nada para comer porque no hay nadie en el pueblo. Tenía algo de marisco, unos centollos, pero los he congelado para que no se me pierdan. Es que los turistas no empiezan a venir hasta junio. Ahora están ahorrando. Por eso casi no preparo comida -aunque no lo parezca, toda esta exposición es el preludio de una respuesta afirmativa-. Pero, si quieres, me queda algo de empanada y estoy preparando un arroz con carne para mi mujer y para mí, te puedo dar una ración. Acepto y me siento en una de las mesas con mantel de hule pegajoso. Veo la tele gallega: empieza el paro biológico en la pesca del pulpo y cuatrocientos barcos permanecerán en los puertos durante un par de meses, cobrando subvenciones. Luego me fijo en el pequeño museo que el dueño del bar tiene detrás de la barra: una hilera de botellas etiquetadas con retratos de Franco y José Antonio, la bandera española con el águila imperial, el yugo y las flechas. Suena el timbre del microondas y el hombre me trae la empanada de atún recalentada. Es como masticar un neumático. El hombre me da conversación, quizá para distraerme un poco y hacerme más pasable el trance. Fue marino hasta los 58 años. Luego se dedicó a los percebes y a los 65 se retiró. Ahora espera a que se jubile su mujer, le falta año y medio. Ella compra pescado en la lonja de Muxía y se va con una furgoneta a venderlo en La Coruña o en los pueblos del interior.
-Los puertos pequeños como éste se acaban -dice-. Los pescadores de aquí cumplen 58 años y se jubilan. Los jóvenes no quieren ir a la mar. Por eso ahora hay tantos marineros africanos y peruanos. Llega el turno del arroz. Insípido y demasiado acuoso, casi encharcado, pero se puede tragar más fácil que la empanada. Renuncio al postre, por si acaso. Le pido que me cobre y el hombre se concentra en un cálculo mental. No suma el precio de la empanada correosa, el arroz flotante y la botellita de agua, sino la cantidad que puede sacar al único turista despistado que hoy ha venido por aquí, una cantidad que sea lo más alta posible sin llegar a ser escandalosa. Acaba soltando una cifra sospechosamente redondeada. Y la dice entre dientes, con voz baja:

-Diez euros.

IMG-20130923-WA0001
No termino de entender por qué Paco se siente tan raro cada vez que viene a Muxía, salvo que coma en el mismo tascucio que yo, ni por qué dice que es un sitio telúrico. Me gusta mucho esta palabra. Queda muy vistosa, nunca se sabe muy bien qué significa y si el lector inquieto acude al diccionario tampoco sacará nada en claro. Yo diría, por ejemplo, que la empanada del falangista era bastante telúrica. Descubro las razones de Paco cuando salgo del pueblo y me acerco a la Punta da Barca. En este cabo vapuleado por el vendaval se levantan el faro de Muxía y el santuario de Nuestra Señora da Barca. Es un templo llamativo: una mole sin ningún detalle ornamental, un enorme bloque –ya que estamos, también podríamos llamarlo telúrico- con la fachada y las dos torres enfrentadas a un mar que revienta y revienta como si acabaran de inventar las olas y estuvieran probando el prototipo. Se diría que colocaron el templo así, encarado al mar, para que la Virgen da Barca, patrona de los marinos, aplacara ese océano que parece habitado por un ser maligno, furioso, endemoniado.
Lo más inquietante es la costa. El mar explota contra una amplia extensión de rocas de granito, fragmentadas en un millón de piezas redondeadas y pulidas, enormes bolas más altas que una persona, piedras con formas casi orgánicas. Parece un almacén de esculturas de monstruos a medio modelar, todo demasiado grande y desproporcionado. Camino entre bloques que semejan cuerpos recostados de bestias prehistóricas, mamuts desmembrados y tendidos al sol, dinosaurios a medio hacer o un gran torso humano rematado por una minúscula cabeza. Recuerdo una pesadilla de la infancia que se repetía muchas veces y que no puedo explicar, una imagen agobiante relacionada con grandes bloques amenazadores que resbalaban como cubitos de hielo.IMG-20131209-WA0006
He visto varias veces a gente desazonada ante un paisaje. A mi amiga Nerea, por ejemplo, los lagos le parecen un elemento malvado de la naturaleza y procura evitarlos (en fin: también dice que con gafas de sol oye menos y que los chinos le dan sueño), y yo creía que nunca iba a sentir nada parecido. Pero este paseo de Muxía me deja flojo, con una extraña inquietud, un desasosiego, la impresión de que por aquí flota algo maligno. ¿Será esto un efecto telúrico? ¿Me habré comido con la empanada algún resto de hidrocarburo del Prestige? Esto de sentir cosas raras en la Punta da Barca tiene varios milenios de tradición. Consta que los celtas celebraban en este cabo -como en otros lugares de la Costa da Morte- ceremonias en las que rendían culto a las rocas con formas peculiares. En ellas veían un símbolo de lo eterno, hitos inmutables que jalonaban el mismísimo borde del mundo, el límite que ningún mortal podía atravesar. El cristianismo supo instalarse en los lugares mágicos de los antepasados y reinterpretó algunas de las creencias paganas para amoldarlas a su credo. Así se construyó una primera ermita en la Punta da Barca, hacia el siglo XI, antecesora del actual templo. La leyenda cuenta que una de las grandes rocas de este cabo es la barca de piedra con la que la Virgen navegó hasta Galicia, cuando vino para consolar al apóstol Santiago por el escaso éxito de la primera cristianización de estas tierras. Y todavía se mantienen en Muxía algunos ritos con ecos paganos: cuando se celebra la romería da Barca, en septiembre, muchos romeros se agachan y pasan por el hueco que deja una roca, la Pedra dos Carrises, a la que se le atribuyen poderes curativos en casos de lumbagos, ciáticas y reumas. Otro peñasco mágico es la Pedra de Abalar, una roca de nueve metros de largo y siete de ancho, una especie de gigantesco limaco pétreo que concede deseos a quien consiga moverla. Pero el truco no reside en la fuerza, sino en la pureza del alma. Sólo los inocentes mueven la roca, aunque dicen que a veces se balancea sola, para predecir naufragios. Antaño, aprovechando la capacidad de esta piedra para percibir la culpa o la inocencia de las personas, traían hasta aquí a algunos reos: si no conseguían moverla, se les condenaba. Los juicios debían de ser bastante curiosos.

Los dos más visitados

Me marcho de Muxía telúrico perdido. La tarde sigue borrosa, como mal sintonizada, y no se me va el destemple ni a base de cafés con bollos. Siento un frío leve que parece brotar de los huesos, una ligera presión en las sienes, una debilidad tontorrona. Paso por Ceé y tomo la carretera que llega hasta la punta del cabo Finisterre. Este tramo le pone un poco de emoción a la ruta: circulo por una lengua de tierra que se interna en el Atlántico, y la sensación de que el camino se precipita hacia el fin del mundo es muy acentuada. Finisterre ni siquiera es el punto más al oeste de Europa (Cabo da Roca, en la nariz de Portugal, se asoma más) pero ofrece un escenario apocalíptico muy convincente. La punta no sólo avanza mar adentro, sino que termina de golpe y se desploma en unos acantilados batidos por la espuma y el salitre.

IMG-20131130-WA0005

Más allá del finis terrae sólo se extendía el Mare Tenebrosum, un hervidero de monstruos. Se dice que los primeros romanos que llegaron a este confín, los soldados del general Décimo Junio Bruto, alias el Galaico, se espantaron al ver cómo el océano se tragaba el sol. No debían de conocer ninguna costa occidental. Los celtas ya estaban al corriente: también aquí rendían culto a las piedras y al sol. Como en Muxía, el cristianismo adaptó esos ritos. La celebración del triunfo del sol sobre las tinieblas pasó a ser la resurrección del Santo Cristo de Finisterre, de barbas doradas. Muchos peregrinos medievales, después de alcanzar Santiago, prolongaban su caminata hasta aquí para rezar ante el Cristo del fin del mundo. Quizá se asomaban a los acantilados y miraban al horizonte, allá donde acababa el océano, con el temor de ver el infierno o la esperanza de ver el paraíso. Ahora somos gentes de temores y ambiciones más modestas pero algo nos queda de aquellos vértigos: una riada de peregrinos y turistas llega todos los días hasta la cruz de Finisterre para asomarse al borde del mundo. Esa fantasía del fin del mundo ejerce una atracción asombrosa, contra la que no hay razón que valga, ni Juan Sebastián Elcano ni gps ni fotos por satélite. Sabemos que el planeta es esférico, que podríamos avanzar sin caer en ningún abismo poblado de bestias, que el mundo no se acaba en el horizonte. Pero jugamos a sentir ese vértigo -¡Finisterre!- quizá porque en nuestro interior sigue latiendo una vieja pregunta que no ha sido contestada, y aquí tenemos un escenario adecuado para hacerla. Quizá un lugar telúrico sea eso. Un lugar que enciende preguntas. O un lugar que produce “sensaciones recias”, como las llama Paco. Lo más probable es que el adjetivo telúrico no signifique nada. Pero ojo: el cabo de Finisterre es el segundo lugar más visitado de Galicia.
Voy a por el primero: la catedral de Santiago. A partir de Finisterre el viaje se hace noruego; muchos kilómetros y poco avance. En el mapa los pueblos parecen muy cerca unos de otros, Corcubión, Carnota, Muros, Noia, pero entre un punto y el siguiente la carretera se pega al perfil retorcido de los fiordos gallegos y culebrea por todos los requiebros de la costa. Avanza por la orilla de una península, llega a la punta, gira y regresa por la orilla contraria, bordea todos los golfos y las bahías, se dirige hacia el sur, tuerce hacia el oeste, toma de nuevo hacia el sur, gira hacia el este, retrocede hacia el norte. Es como viajar en braille, palpando con las ruedas el perfil detallado de esta caligrafía litoral.
En Santiago, unos chaparrones intermitentes vacían las calles. El casco viejo se ha disuelto en una bruma espesa, una de esas nieblas en las que uno sólo espera encontrarse con espías y destripadores. De vez en cuando, los focos de un coche iluminan el aura fosforescente -amarilla, verde, rosa- de los espectros que se mueven con pesadez por la boira compostelana. Son peregrinos bajo capas impermeables y reflectantes, que caminan hacia la plaza del Obradoiro. La plaza también está saturada por la niebla. No se ve a quince pasos. Los peregrinos reflectantes se quedan plantados en la plaza, desconcertados -¡les falta la catedral!-, y se esfuerzan en mirar a través de la bruma como si quisieran derretirla con la mirada. Funciona. La niebla comienza a levantarse y aparecen los primeros sillares a ras de suelo, luego la doble escalera por la que han subido millones de peregrinos, las puertas que dan acceso al Pórtico de la Gloria y las columnas que trepan por los muros barrocos; al cabo de unos minutos, el resto de la niebla desaparece como barrida por un soplo y asoma una fachada de granito que crece y crece hacia las alturas, empapada por la lluvia y amarilleada por los líquenes, hasta la hornacina del apóstol Santiago, flanqueada por dos torres erizadas de agujas y pináculos.

IMG-20130817-WA0000

El efecto del telón de niebla resulta muy teatral: el templo brota desde la  mismísima tierra, crece hasta los cielos y se alza sobre el Obradoiro como un testimonio rotundo y misterioso. Es una mole de granito labrado que produce los mismos estremecimientos que las piedras de Roncudo, la misma atracción hipnótica que las rocas de Muxía y los mismos vértigos que el acantilado de Finisterre. Una mole merecedora de algún adjetivo que describa las energías que irradian las entrañas del mundo, una mole… pues eso.

  • Texto de Ander Izaguirre
  • Fotos de Natalia Nogueira, Roi Vilela, Xaquín López Facal y Pilar López Facal.