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Lunes, 2 de marzo de 2020 18h 

Réquiem por Teresa de Dante Liano

Coordinador: TERESA INIESTA OROZCO,
directora del Instituto Cervantes de Milán

Biblioteca del Instituto Cervantes, via Dante, 12, primer piso


Réquiem per Teresa

Lo seguía queriendo con ojos abiertos un segundo
antes de que la sábana le cubriera el rostro.

Cuando el Fondo de Cultura Económica, bajo la nueva dirección del escritor  Paco Ignacio Taibo II, decide dar un cambio a su política editorial para acercar la Literatura al pueblo, apuesta por esta novela inédita del escritor guatemalteco Dante Liano, Réquiem por Teresa. Os propongo mis impresiones partiendo de su ilustrativa portada. Teresa, protagonista de esta espeluznante historia, adentrándose en ese túnel de degrado y derrumbe progresivo que la llevarán al desenlace que su propio título nos indica. Conocer el final nos permite centrarnos en el abismo que ha sido su vida. Teresa representa a todas esas mujeres que luchan cotidianamente, el infierno de los otros es tu propio infierno,  para no sucumbir al poder patriarcal y machista en una Guatemala (pero podría ser otro el lugar) bajo la dictadura militar. No es ella quien nos narra ese horror, ese poder opresor, el infierno con ese macho abusador sino sus hermanos que, en una tarde de copas y con ayuda del alcohol, desatan sus lenguas y con ello sus sentimientos de culpabilidad ante la pasividad que un año después de su muerte les oprime. En esa cantina de mala muerte, donde transcurre la novela, y ante un esperpéntico y logradísimo imitador de Elvis Presley, el Elvis chapín de Guatemala, el hermano  comienza responsabilizando a Teresa de sus decisiones equivocadas, “Ya de último tenía unos gustos de pura mujer de militar, se había convertido en una perfecta mujer de militar. Le gustaba Dolores Pradera, le gustaba Julio Iglesias, le gustaba Luis Miguel cantando boleros, todo lo que fuera melcochoso y fariseo le gustaba. Todo lo que cantara al fracaso, a la vida desperdiciada y hundida en un tonel de mierda, eso le gustaba. Era un buzo en el estiércol. Pero no tenía traje submarino, estaba desnuda entre la mierda, respiraba mierda, vomitaba mierda” Os propongo un fragmento capítulo 8, cuando Teresa pide ayuda por primera vez.
A partir de ese capítulo es un crescendo de sentimientos de culpabilidad, de reproches, de preguntas sin respuestas (¿se las llevó Teresa o el Pirata?), que sin el alcohol no se ha atrevido a manifestar.
¿Por qué os recomiendo este libro? Sin duda porque me ha encantado, es una novela emotiva escrita magistralmente. Porque es un hombre, un personaje angustiado y amargado, quien nos narra el infierno de Teresa, el horror de esa arraigada cultura machista que les impide actuar y tomar cartas en el asunto, agriado con él mismo porque podría haber cambiado el destino de su hermana y, en cambio, su cobardía no se lo permitió. Porque necesitamos que ellos estén con nosotras.

Dante Liano

Dante Liano, Guatemala , 1948. Comenzó a publicar narrativa desde muy joven. En 1974, ganó el Primer Premio en la sección Novela, con Casa en Avenida, en los Premios Literarios Centroamericanos de Quetzaltenango. De 1975 a 1977 vivió en Florencia. En 1978 regresó a su país, donde publicó Jornadas y otros cuentos (1978). Otros libros de cuentos son: La vida insensata (1987) y Cuentos completos (2008). La persecución contra los docentes universitarios lo decidió a dejar el país en 1980. Se estableció en Italia, donde se dedicó a la enseñanza universitaria. Actualmente es profesor de literatura española e hispanoamericana en la Università Cattolica del Sacro Cuore (Milán). Ha publicada varias novelas, entre ellas: El lugar de su quietud (1989), El hombre de Montserrat, (1994), El misterio de San Andrés, (1996), El hijo de casa (2004), Pequeña historia de viajes, amores e italianos (2008), El abogado y la señora (2017) y Requiem per Teresa (2019). Con Rigoberta Menchú ha colaborado en la publicación de 6 libros de relatos mayas. Premio Nacional de Literatura (1991) de Guatemala.

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La novela es breve, intensa, profunda. Es graciosa hasta la comicidad en algunas partes; y es trágica hasta el llanto, en otras. La releo y me sorprende con lastimados reflejos como esos inesperados destellos de sol que uno ve en los espejos y que hieren la vista. Habla de una verdad de la vida y esa verdad es el dolor. Yo lo había aprendido en Schopenhauer y también lo había aprendido viviendo. Una cosa hay: es el dolor. Manejamos el relato de nuestra existencia de modo que pareciera una sucesión de episodios felices, pero mentimos. Detrás está el dolor. Otra cosa hay, y está en las antípodas: es el amor. El ser humano vive en equilibrio entre ambos: búsqueda, rechazo, mezcla, inmersión en profundidades desconocidas para huir y buscar uno y otro. Y eso misterioso hay en la novela Réquiem por Teresa. ¿La escribí yo? ¿En qué estado me encontraba para que, de mis manos, de mi mente, de mis entrañas saliera esa historia? No interesa saberlo.
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FRAGMENTO del chapitro 8

No me saco de la cabeza que la Teresa se mató hace un año. Peor es chupar, porque me pongo sentimental y flotan los complejos de culpa sobre la espuma de la cerveza, flotan como relumbrantes y cilíndricos cerotes en el agua de desagüe. Ella se murió mientras yo me he escapado como gato panza arriba. La lista de mis culpas es muy larga, hermanito, y ella podría haberlas apuntado en un diario, en un almanaque, un largo papel sin fin de responsabilidades: el hermano que se hizo la brocha, que actuó prudentemente, con buen sentido, con sentido común, y que con su indiferencia la llevó delicadamente a la isla de soledad donde decidió matarse.
Yo debí de intervenir la primera vez que le pegó el Pirata. Eran los primeros meses de matrimonio, me recuerdo. Llamó a la casa llorando y le contó a mi mamá que le había pegado el hombre. Chaparro, débil y cobarde como soy, mi primera intención fue ir a meterme. Pero no, todos me aconsejaron no meterme, que me iba a pasar como aquél señor que interviene cuando el marido está medio matando a la mujer y que, por eso, la mujer le comienza a dar riata por metido. “Entre casados y hermanos no hay que meter las manos” me dijeron todos. Y yo encontré la justificación para hacerme el baboso. Ya lo sé que el Pirata me hubiera destrozado a pijazos, o simplemente se hubiera reído de mí, de mi plantón de perdonavidas cuando no tenía la fuerza ni de sostenerme a mí mismo. Pero mi hermana hubiera encontrado un apoyo, un hombre en una sociedad de hombres, y no sentir que estaba a merced del tirano que acababa de conseguir. Yo debí de haber intervenido, pero pudo más la cobardía. Y así, le siguió pegando, no era más que el comienzo, y pegarle era nada, las cabronadas una detrás de la otra, hasta que ella encontró el antídoto. Pero, ¿dónde estaba su hermano? El hermanito estaba cagado de miedo debajo de la cama, o si querés una versión mejor, el hermanito se comportaba sensatamente según las normas de buen comportamiento y hasta según lo que le decía el psiquiatra que por esa época le curaba las depresiones. En Guatemala, tu deber de hombre es también ese: defender medievalmente a tus mujeres. Y si no, fallaste, mano, fallaste, como fallé yo esa mañana angustiosa en que la Teresa llamó llorando porque el Pirata le había pegado por primera vez. Era el principio de una guerra en la cual la Teresa ganó muchas batallas, pero se quedó en ella. ¿Quién va a entender eso? ¿Quién nos va a perdonar por haber asistido de espectadores a su lenta degradación?
Anoche lo soñé. En el sueño, teníamos que almorzar con mi mamá. De repente llegaba alguien y decía: “Tu mamá no viene; va a ir a almorzar con un señor que está escribiendo su biografía”. ¿Su biografía? ¿La biografía de mi mamá? ¿Y por eso nos dejaba solos en el almuerzo? Lo peor es que se me revelaba que era un militar, un fascista que estaba escribiendo un testimonio de derechas, en el que la protagonista era mi mamá. Entonces me he ido poniendo como la gran puta, furibundo. Y al salir a la calle, veo, montado en un trailer, al tipo que le está haciendo la entrevista. Sin pensarlo mucho, me voy hacia él, para reclamarle a vergazos que esté utilizando la vida de mi madre para hacer el mentado testimonio. ¿Te das cuenta? ¿Te das cuenta que me estoy desdoblando y me he soñado a mí mismo que hablo con vos y que aprovecho el material de la vida de mi hermana para hacer yo también un testimonio? La culpa se retuerce como sabandija en la culebra de vuelta y vuelta.
Porque la falta de intervención de nadie fue como la autorización para que le siguiera pegando. ¿Cuántas veces más le pegó? ¿Qué tipo de relación se volvió ese matrimonio? El otro
día andaba yo por ahí, en la calle, cuando se me vino a la imaginación el día que el Pirata le pegó por primera vez a la Teresa.
Mi papá nunca nos tocó un pelo. Las únicas armas que usaba eran las de la palabra, en una sociedad en la que todo, absolutamente todo, se arregla a trompadas y a balazos. ¿Te imaginás la mañana que la Teresa, por cualquier motivo, recibió las bofetadas de su marido? La Teresa, a la que seguramente no le habían pegado nunca en su vida. Veo claramente, como si me estuviera pegando a mí, al Pirata que alza la mano, y Teresa, incrédula, que ni siquiera se defiende. Veo la habitación de recién casados pobres, estrecha, llena de cosas que no encuentran lugar, que esperan una casa más grande si el marido progresa. Siento el primer golpe estallarme en la mejilla, el ardor brillante y el estupor de la cara que se va por un lado, y el segundo golpe, un empujón contra la silla; trastabilleo, lo miro como quien descubre una pesadilla, y ahora sí que cruzo los brazos para defenderme de la andanada que se me viene encima, oyendo sin oír los insultos, a mí que no me han insultado nunca. Siento frío entre los pechos y lo reconozco como el terror, recibo con los ojos cerrados la patada en la espalda, la patada en el culo, las gruesas botas de militar que más que hacer daño empujan al cuerpo contra las paredes; siento el puñetazo en los hombros, y siento la oleada caliente de sangre de narices. Entonces mi esperanza está en que voy a llamar a mis padres, en que mis padres me van a ir a traer, y me voy a divorciar, y mis hermanos, vaya que tengo hermanos, van a venir a defenderme de este hombre que me acaba de decir que me quiere y ahora más que pegarme me ofende, me demuestra que no valgo nada porque no soy capaz de detener el torrente de injurias y de bofetadas con la cual me cubre con una sábana de denigración. Estoy llorando, estoy llorando a gritos de miedo y de coraje, estoy llorando inconsolablemente como lloraba a lo largo de la línea del tren, los domingos que salíamos a pasear. Estoy llorando detrás del portazo con que se borró el animal que me acaba de pegar. Estoy llorando y tiemblo de miedo mientras miro aterrada la sábana llena de la sangre que sigue saliendo de mi nariz. Corro hacia el teléfono sin saber que un mundo está por cerrarse.