Las siete copas

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Erase una vez una Ciudad Amurallada en el medio de la Llanura Ardiente, donde los veranos eran siempre muy calurosos y la gente solía desmayarse por el sofoco.

Juanito y Pepito, los dos niños gemelos de la joven viuda Encarnación, eran los únicos que lograban soportan el ardor vehemente del sol y seguían jugando al aire libre en calzoncillos.

Una mañana, mientras iban a la misa, los vecinos encontraron en la plaza de la iglesia siete copas de oro junto a una placa de metal que decía:

 

Con la copa de la fortuna tú darás:
riqueza y bienestar conseguirás
para ti y toda la población
de salud y de dinero un montón.
 
Con la copa de la muerte tú darás:
enfermedad y duelo encontrarás
en la ciudad ruina y destrucción
y cada uno pedirá perdón.
 
Solo agua en otras copas encontrarás.
Vamos a ver si valor tú tendrás:
si no te asustas frente a esa visión
podrás ganarte hasta un galardón.
 

El alcalde convocó a todos los ciudadanos y enseguida surgieron las discusiones, porque la mayoría de los vecinos querían que alguien intentara la suerte, pero nadie se atrevía a ofrecerse voluntario. Había también un pequeño grupo que se oponía, porque temía que el elegido pudiera escoger la copa de la muerte, pero al final fueron los partidarios de aceptar el desafío los que ganaron.
Los pequeños Juanito y Pepito fueron los únicos que se atrevieron a intentarlo.
Encarnación lloró, gritó, se rasgó las vestiduras, pero el alcalde aceptó de mil amores la oferta de los niños. – Además -comentó- son unos inocentes, así como se debe ser cuando nos enfrentamos a la suerte.
Primero, lo intentó Juanito: eligió una copa y bebió el líquido, que resultó ser simplemente agua. Encarnación, todavía llorando, lo abrazó, mirando fijo a su otro hijo.
Pepito también eligió una copa y bebió. Enseguida su cara se volvió blanca y el niño, con una voz terrible que no era la suya, gritó:
-He elegido la Muerte. Ahora la desgracia se va a abatir sobre nosotros, para castigar nuestra codicia y nuestro atrevimiento. -y se desmayó.
Todos se preocuparon por Pepito, pero él en pocos minutos se repuso y, al despertar, no se acordaba de nada y parecía ser el de siempre.
Los vecinos se alegraron y pensaron en una broma de mal gusto, así que todos se fueron a su casa comentando los hechos tan raros que habían presenciado aquel día.
La mañana siguiente, una horrible pestilencia había afectado la ciudad: no había casa en la que no hubiese pasado la Muerte ni calle en la que no se oyesen llantos y lamentos.
Solo la pequeña familia de Encarnación todavía no había sido afectada por la epidemia.
La Muerte, mientras tanto, vagabundeaba por la ciudad llevando por doquier su cara aborrecible y su hedor insoportable, armada de su hoz con la que cortaba cabezas al azar. Al atardecer, volvió a la plaza de la iglesia junto a las siete copas y esperó.
Los vecinos -los que todavía estaban vivos- acudieron también a la plaza en busca del alcalde, para exigirle que encontrara una solución.
El alcalde, que era un hombre con mucha experiencia del mundo y de la vida, pensaba que con una buena cantidad de dinero todo se podía comprar, así que dio esa orden:
-Vuelvan a su casa y busquen todo el dinero que tienen, el oro, la plata y cada cosa valiosa que poseen. Pondremos todo en común y se lo ofreceremos a la Muerte para que se vaya de nuestra ciudad.
Los ciudadanos aceptaron, los más ricos a regañadientes, y en poco tiempo ya habían recolectado bastante dinero.
-Señora Muerte -dijo el alcalde- esto es todo lo que poseemos. Se lo ofrecemos a Usted para que nos perdone y nos permita volver a nuestra vida…
La Muerte no habló, pero extendió su brazo sobre el montón de riquezas y ese desapareció.
Los vecinos se miraron los unos a los otros, los hombres tragando las lágrimas y apretando los puños, las mujeres arrancándose el pelo y estrechándose al pecho los niños más pequeños.
Pero en la última fila estaba un hombre silencioso, con ojos pequeños y llenos de rabia. Se acercó al alcalde y pidió permiso para hablar.
– Llorar no sirve para nada, vecinos -dijo-. Tampoco ha servido el dinero. Yo os digo que, si de verdad queremos ganar esta guerra, tenemos que combatir con las armas.
Nadie reparó en la mueca sarcástica de la Muerte al oír estas palabras. Caballeros y campesinos volvieron otra vez a su casa, para sacar los unos las espadas y los otros los horcones, para combatir contra ella.
-¡Que empiece la batalla! – ordenó el alcalde, pero los golpes de los combatientes no lograron golpear a la Muerte.
-¡Más fuerte! ¡Más fuerte! – gritaba el hombre de los ojos pequeños, mientras se lanzaba a la batalla con todo su ardor. Todos combatieron con uñas y con dientes, pero solo lograron herirse el uno al otro: la Muerte se escurría de un lado a otro, fluctuando por el campo de batalla.
Madres y esposas se ocupaban de sus familiares heridos, mientras los demás, agotados, se secaban el sudor. Por fin, también el hombre de los ojos pequeños se sentó en el suelo y se echó a llorar.
En la plaza había también un hombre que no había participado en la batalla ni en la colecta. Llevaba un traje de color rojo, azul y amarillo y un llamativo sombrero en la cabeza. Todos lo conocían: era el malabarista, que en varias ocasiones había alegrado las tardes de fiesta en la Ciudad Amurallada. Pero ese no era un día de fiesta. Y, a pesar de todo, el malabarista seguía con su habitual sonrisa de escarnio.
-Señores, el dinero y la fuerza no pueden con la Muerte -empezó-. La Muerte es engañadora, lo sabemos todos. Así que la única manera de ganarla es usar sus mismas armas. Tenemos que estafarla, y yo puedo hacerlo -concluyó.
-No me vengas con rodeos -le dijo secamente el alcalde. -Si conoces una solución, haz algo.
El malabarista se acercó a las siete copas, las escudriñó durante un tiempo y eligió la copa de la muerte, en la que había bebido Pepito, donde aún había un poco de líquido.
-Señora Muerte -dijo- la copa de la suerte todavía está aquí. ¿No le gustaría a Usted probarla?
Los vecinos le miraban musitando entre sí.
La Muerte cogió la copa, bebió y de su boca salió un furioso viento de fuego que aniquiló al malabarista. Solo quedó su ridículo sombrero en el medio de la plaza.
-Eso tenía que pasar -dijo el alcalde.- Pero ahora, después de estos tres intentos fracasados, ya no sé qué hacer.
-¡Yo lo sé! -exclamó Pepito. Fui yo el que bebió en la copa equivocada, así que soy yo él que tiene que solucionarlo.
Encarnación intentó bloquearlo, pero el niño se le escapó de entre los brazos y corrió hasta la copa de la muerte.
-Tengo que beber otra vez de esta copa, para que nos libremos de la maldición.
-¡No lo hagas! -gritó Encarnación. -No te me mueras, hijo: me inmolaré yo por ti! -y arrancándole la copa de las manos bebió hasta la última gota.
Entonces, todo fue luz en la Ciudad Amurallada y en la Llanura Ardiente: el Sol volvió esplendente en plena noche, el montón de dinero de la colecta reapareció delante de la iglesia, los heridos en batalla fueron sanados y de las casas paulatinamente empezaron a salir los que la Muerte había matado con su hoz, sonrientes y con muy buen aspecto. Encarnación, estrechando en los brazos sus dos hijos, besaba al uno y al otro, loca de felicidad.
Entonces, la Muerte se fue, pero antes masculló unas palabras al oído de Pepito:

Lo que no pudo obtener la riqueza
ni de los hombres la gran entereza,
lo que no pudo lograr el engaño
que a los demás solo hizo gran daño
 
Todo lo pudo de madre un amor
así que librense de ese dolor!
 


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Silvia Zanetto

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