Hacia el mundo de los vivientes

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– ¡Es tarde! ¡Vete a tu casa y prepárale la comida a tu marido! -me dice.
– Pero, mamá, ¡Si solo son las cinco y media! -contesto.
Y en realidad sí, tendría que irme. Mi mirada se balancea desde el reloj blanco con agujas negras en la pared de su cocina hacia la ventana, desde la que puedo ver las copas de los plátanos que se mecen al viento, oír voces de chicos y ruido de motores. Gente que vive, habla, se desplaza.
Y yo tendría que volver a casa para preparar las clases para mis alumnos, terminar -¡Por fin! – de escribir ese cuento, hacer unas cuantas fotocopias.
Las agujas negras indican las 5,35. Solo han pasado 5 minutos y me he prometido a mi misma y a ella – que no lo sabe- quedarme al menos hasta las seis.
Haré las fotocopias después de cenar.
Ella malinterpreta mi mirada hacia el reloj:
– Es tarde -repite- Vete a tu casa. Tienes que prepararle la cena a tu marido. O ¿es que ya la tienes lista? A los hombres hay que hacerles la comida.
– No te preocupes, todavía es muy pronto para la cena.
– Bueno, entonces quédate un rato conmigo. Hablemos.
Las agujas negras indican las 5,37. Solo han pasado 2 minutos desde que las controlé la última vez. Y ¿qué le voy a decir yo ahora? 23 minutos para llenar de palabras el vacío de ese silencio.
– Pero has venido tarde hoy… -me dice. Por fin, algo a lo que agarrarme.
– Sì, el profesor terminó la conferencia media hora después.
– Pero… ¿ Es un hombre , verdad? Es que ellos no se dan cuenta de que las mujeres tenemos cosas que hacer: limpiar la casa, cocinar… Por cierto, ¿qué le preparas de cena a tu marido?
– No sé, todavía no me lo he pensado -contesto, pensando en las clases de mañana- pero tengo que planchar -se me ocurre decirle, aunque no es verdad. Sé que es lo que ella se espera de mi.
Y hablamos de la plancha, de la cena, de su vecina, de la plancha, de la compra, de la comida, de su vecina, de la plancha, de la compra y de la cena.
A las seis en punto me levanto.
-¡Vete a tu casa y prepárale la comida a tu marido! -me dice- A los hombres hay que hacerles la comida!
Me callo, porque para ella yo no tengo nada más que hacer que ocuparme de la casa y cocinar. Para mi marido, por supuesto, porque ya se sabe que las mujeres no comemos.
Me callo, porque ya he hablado bastante, sin decir nada equivocado que pudiera hacerla enfadar, o ponerse triste. Y eso ya es mucho.
Me callo, porque el neurólogo me dijo que no hay que contradecirla.
Me callo.
Y el remordimiento ya está allí, justo detrás de su puerta, sofocando el suspiro de alivio que se me escapa al cerrarse.
Soy culpable, porque me da gusto huir hacia los plátanos que se mecen al aire, hacia los chicos que charlan riéndose por tonterías y los ruidos de los motores. Hacia el mundo de los vivos.
Soy culpable y me callo.


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Silvia Zanetto

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Opere dell’Autore:

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Sandrino e lo gnomo

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L’alpino sulla riva del mare

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Ma Francesco dov’è?