FAMILIA
Una mosca tan grande como un zapato entró esta tarde por la ventana.
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CANTO UNDÉCIMO
No las olas inmensas. No los vastos dominios.
No los fuertes diluvios o la sombra
de extensísimos soles.
MATCH POINT
Con las suelas pintadas de polvo de ladrillo, hago picar las pelotitas que simbolizan cada una de mis insatisfacciones. Arrojo al aire, individualmente, la sensación de fracaso por los proyectos abandonados, el agobio por el trabajo, los celos excesivos por la mujer amada, las traiciones injustificadas de mis amigos y el asqueo general por la mediocridad que me rodea. Con cada golpe enérgico de mi raqueta, intento expulsarlas de mi alma para siempre. Vuelan corto, resisten el desalojo. La red se encarga de impedir los resultados esperados de la terapia, y añade, a mi canasta llena de esferas, una nueva preocupación.
Leer másEVA
Entre las líneas que representan los hierbajos de la isla descubro una flor.
Si ha de iniciarse la invasión de las especies, que sea ahora. Que llegue la simiente del manzano, que venga Adán. Que empiece el espectáculo.
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SÉ TÚ MI LÍMITE
Tu cuerpo puede
llenar mi vida,
como puede tu risa
volar el muro opaco de la tristeza.
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El pescadero exhibía una sirena dentro de una pecera. Ella, ajena al tumulto, masticaba con sus dientecillos afilados peces de plata que el hombre lanzaba de tanto en tanto al tiempo que gritaba: ¡compren, compren una sirena, la única en el mercado!
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La ciudad me expulsa con su textura de hojalata, subo las escaleras de un edificio cálido para llegar a mi departamento. Antes de encender la luz dos fulgores agazapados y punzantes brillan en la oscuridad, me amenazan con su mirada amarilla, me acusan.
Mi madre me ajusta el cuello del abrigo, no porque empieza a nevar, sino para que empiece a nevar. CÉSAR VALLEJO (Santiago de Chuco, 16.03. 1892 – París, 15.04.1938). (FOTO) Vamos al colegio Como todas las mañanas, he vestido a los niños y los he colocado en el asiento trasero para que sigan durmiendo. Enciendo…
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TEDIO MAÑANERO
Silvano González se murió de sueño después de que su amante, Fuencisla Bernabé, le hiciera el amor cuatro veces seguidas. Él luchó por su vida y por su hombría como el animal que todos sabían que era. Ella, terminada la faena, se sentó en la butaca de enfrente a contemplar las sombras que hacían los pliegues de las sábanas, ya casi amanecido el día. Y allí sigue, que no sabe si despertarlo para que se vaya de una vez o llamar a los de la funeraria y que tramiten lo de siempre.
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