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Fue Plutarco (46 d.C. – 120 d.C.), que vivió largo y tendido, quién acunó la frase Vidas para leerlas como título y como lema – y como una visión de la historia. Vidas para leerlas es, desde el título, una variación paródica sobre un tema de Plutarco, el primer historiador que basó sus historias en el chisme de salón y los rumores de la corte. Las vidas hechas paralelas por Plutarco han adquirido no sólo popularidad (todavía se lee a dos mil años de su muerte) sin que han sido modelo para Shakespeare en su poesía dramática, han servido para hacer cine (Julio César, Antonio y Cleopatra) y todavía interesan estas vidas vividas como historia. Nada quería yo más que mis modestas vidas sean para leerlas paralelas y para conmemorar a estos hombres y mujeres que nacieron y vivieron y murieron, como todos los hombres, en la adversidad pero también en la diversidad.el-libro-de-las-ciudades-guillermo-cabrera-infante-17994-mla20146737237_082014-f

El hombre no inventó la ciudad, más bien la ciudad creó al hombre y sus costumbres. La ciudad como la conocemos se originó posiblemente en Asia entre el sexto y el primer milenio antes de Cristo. Pero es en Grecia, donde la ciudad -Estado o polis, que la idea de ciudad llegó a su cumbre con lo que Aristóteles llamó “una vida común para un fin noble”. En Roma, creadora del Imperio Romano, la ciudad, Roma misma, edificada originalmente sin plan ni orden, creció hasta convertirse en un modelo de otras ciudades creadas a su imágen y semenjanza.
Pero la ciudad ha sido destruida más de una vez por el hombre que creyó crearla. Según la leyenda Nerón incendió Roma , pero Roma fue reconstruida y vive hasta nuestros dias: la única ciudad que es una lección de historia. Otras ciudades, como Berlín y la Habana, han sido destruidas por la guerra o por la desidia de sus gobernantes . De hecho La Habana hoy parece una ciudad derruida, no desde el aire como Berlín, sino desde dentro. Pero Berlín, como la Roma antigua después del incendio, ha sido reconstruida y La Habana guarda una extraña belleza entre las ruinas.
Es así que he buscado en otras ciudades el esplendor que fue La Habana.

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“El cuento es tan antiguo como el hombre. Tal vez incluso más antiguo, pues bien, pudo haber primates que contaran cuentos todos hechos con gruñidos, que es el origen del lenguaje humano: un gruñido bueno, dos gruñidos mejor, tres gruñidos ya son una frase. Así nació la onomatopeya y con ella, la epopeya”. Guillermo Cabrera Infante. Encuadernación: Rústica.

cabrera_infanteGuillermo Cabrera Infante nació el 22 de abril de 1929 en Gibara, provincia de Oriente.

Hijo mayor del periodista Guillermo Cabrera y de Zoila Infante, comunistas que llegaron a ser perseguidos y encarcelados.
Desde el año 1941 vivió en La Habana.
Participó desde muy joven en la vida cultural cubana y en 1959 ya era conocido por sus críticas de cine publicadas en la revista Carteles y por algunos cuentos que aparecieron en revistas como Ciclón.
Cursó estudios de medicina, aunque abandonó para trabajar como redactor de la revista Bohemia. Dos años después, y a causa de un relato en la revista, fue encarcelado. En años sucesivos no pudo firmar sus trabajos con su nombre y tuvo que utilizar el seudónimo de G. Caín.
Fue director de Lunes de revolución, el suplemento cultural del periódico del mismo nombre, que era el órgano de expresión del movimiento 26 de julio de Fidel Castro. Fue fundador de la Cinemateca de Cuba además de agregado cultural en Bélgica, pero en 1965, al año siguiente de ganar el Premio Biblioteca Breve, rompió con el régimen castrista. Desde entonces vive en Europa, primero en Madrid, donde fue expulsado por la policía franquista, y después en Londres.

En 1997, obtuvo el Premio Cervantes, que otorga el Ministerio español de Educación y Cultura.

Guillermo Cabrera Infante falleció el 21 de febrero de 2005 en el Hospital Chelsea and Westminster en Londres a consecuencia de una septicemia, derivada de numerosos problemas de salud que lo aquejaban. Fue ingresado en el centro médico tras romperse una cadera al caerse accidentalmente en su domicilio de Londres, donde residía desde hacía casi cuarenta años.


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