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Club de lectura EN LINEA del Instituto Cervantes de Milán

Moderadora: VALERIA CORREA FIZ

VIDEO COMPLETO DEL EVENTO


Miércoles, 14 de octubre de 2020 18h en Italia

SARA MESA (España)

Leeremos “Picabueyes”, un cuento que forma parte del libro MALA LETRA

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Video conferencia con plataforma zoom:

Tema: Club de lectura on line del Instituto Cervantes de Milán: SARA MESA moderado por Valeria Correa Fiz

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ID de reunión: 870 0549 6121
Código de acceso: 331475

 


Sara Mesa (Madrid, 1976) desde niña reside en Sevilla. Es una galardonada autora de relatos y novelas. En Anagrama se han publicado Cuatro por cuatro(finalista del Premio Herralde de Novela): «Una escritura desnuda y fría, repleta de imágenes poderosas que desasosiegan en la misma medida que magnetizan» (Marta Sanz, El Confidencial); «Una pesadilla entre cuatro paredes, hábilmente orquestada» (Ariane Singer, Le Monde des Livres); Cicatriz (Premio El Ojo Crítico de Narrativa y elegido entre los libros del año por El País, El Mundo, ABC, El Español y otros medios): «Una verdadera revelación»

(J. M. Guelbenzu, El País); «Sara Mesa levanta una literatura de alto voltaje trabajada con precisión de orfebre» (Rafael Chirbes); «Una novela incomparable, que trasciende la tradición española y se vuelve una novela europea, universal» (Adolfo García Ortega, Cultura Fnac); el muy celebrado volumen de relatos Mala letra: «Cuatro por cuatro, Cicatriz y Mala letra de Sara Mesa protagonizan desde hace meses la escena literaria española» (Christopher Domínguez Michael, Letras Libres); y se ha recuperado Un incendio invisible: «Mesa hace gala en esta historia de un gran dominio de la narrativa» (Santiago Aizarna, El Diario Vasco); «Demuestra ser una creadora muy exigente. Una novela que funciona como los buenos cuentos pues contiene mucho más de lo que dice» (J. M. Pozuelo Yvancos, ABC), así como elbreve ensayo Silencio administrativo.

Foto: © Sonia Fraga.

Picabueyes

Vuelve sin levantar la vista del suelo, las zapatillas emborronadas por las lágrimas que no terminan de caer del todo. Le arden los ojos. Vuelve bajo el sol que le golpea en los hombros desnudos, en la nuca sudorosa, sin rabia, sin resentimiento. Vuelve únicamente acompañada por el miedo: el miedo de llegar tarde, de llegar sola, de llegar sin la bici.
– ¿Dónde está la bicicleta? -preguntarán las tías.
– ¿De dónde vienes? -preguntarán también.
Ella tendrá que inventar una excusa. La olvidó en una esquina, se la
prestó a unos niños que luego desaparecieron. Se la robaron.
– ¿Quién te la robó? -preguntarán desconfiadas, sabias.
Esa sabiduría resentida, murmura ella para sí. Las tías locas, posesivas, guardianas. Las tías. Los veranos.
No le pueden robar la bici en un pueblo tan pequeño. A plena luz del día. Sin que nadie lo vea, sin que nadie intervenga. No van a creerla. Aprieta el paso, piensa otras alternativas. Se seca las lágrimas con el antebrazo y siente el picor del polvo en los ojos y el escozor de la sal en los rasguños. Al caerse se llenó de tierra. Se raspó todo el brazo, la rodilla derecha. El pantalón se le pega ahora en la herida. Late. Sangra un poco. La mancha se va extendiendo paulatinamente hacia abajo. Marrón oscuro, en el azul gastado de los jeans.
Los días largos, los picabueyes que la miran pasar metidos en el fango de los arrozales. El camino estrecho, arenoso, flanqueado por juncos, hierbas secas. Si al menos pudiera lavarse las manos. Cada vez que se frota los ojos sabe que se restriega la suciedad por las mejillas. Está tan sucia que averiguarán que se cayó. No va a poder evitar que al final lo sepan. Hace calor y tiembla. Se cayó. De acuerdo, admitirá que se cayó.
Pero por qué tan lejos. Por qué en los caminos de los arrozales. Por qué fuera del pueblo. Eso no podría explicarlo. Dónde quedó la bici. Por qué no la lleva consigo. Cómo justificar lo del pinchazo, la cadena reliada. Sobre todo, cómo explicar que se quedó tan lejos, que pesaba, que sólo pudo transportarla consigo los diez primeros metros.
Los radios de la rueda girando levemente, brillando levemente bajo el sol de agosto.
Y las risas de fondo.
Los veranos allí, en los arrozales, mientras sus amigas disfrutan de la playa, untándose crema bajo el sol, preparándose para la animación de la
noche.
Los veranos allí, su sangre joven, y el pueblo del que quiere escapar
aunque sea en una bici vieja con los neumáticos gastados, aunque sea por los caminos de los arrozales por donde no va nadie, los caminos prohibidos, solitarios, donde ella puede pedalear más rápido, imaginar quizá, aunque sea fugazmente, el sabor de una libertad que no conoce.
Los caminos donde no la verá nadie, porque allí nunca hay nadie, salvo los picabueyes, los ratones de campo, los mosquitos que le acribillan los tobillos y los brazos, algún milano que sobrevuela el cielo casi blanco.
Nadie salvo al final, junto al muro de contención.
Un grupo de personas junto a un coche viejo, y ella que no sabe si debe seguir pedaleando o dar la vuelta.
– No te fíes de la gente -dicen siempre las tías-. No te fíes.
¿Por qué no ha de fiarse? Un grupo de personas junto a un coche, todavía lejanas, sólo es eso. ¿Son dos o tres? ¿Dos fuera y uno más dentro del coche? ¿Lo que hay apoyado junto al muro es una moto? ¿Una moto, un coche, tres personas?
Una masa informe entre la polvareda que se va definiendo a medida que ella pedalea y se acerca. En cuanto los alcance girará a la derecha por un nuevo camino, pero no, no va a dar la vuelta. Jamás dará la vuelta, por qué desconfiar y verse ahora forzada a dar la vuelta.
Y los chicos la miran, dos desde fuera del coche -uno apoyado sobre el capó del Clío maltratado por las carreras en el campo- y otro desde dentro, con el brazo sobre la ventanilla medio bajada, y una suave sonrisa en todos ellos pendiendo de sus labios, de sus bocas hambrientas de crueldad y diversión. La miran y entrecruzan un par de palabras que ella no puede oír porque jadea y pedalea más fuerte tras el giro, y es entonces, cuando les da la espalda, cuando siente la piedra que rebota en la bici, se asusta y acelera, y siente la otra piedra, la piedra final que le hace tambalearse, levantar las manos del manillar, descontrolar, derrapar, caerse junto a las hierbas secas y el fango del reborde del cultivo.
Ahora camina apresurada, la herida que le late, las sienes que le laten, el corazón desbocado, y el pueblo perfilándose al fin entre la reverberación del aire cálido. El pueblo, las tías, el verano. Cómo ocultar ahora que vio desde el suelo los zapatos de los chicos, cómo ocultar las carcajadas crueles, la patada humillante. El brillo de la navaja que se acerca a ella y luego se desvía enseguida para clavarse en un neumático. Los radios de la rueda dando vueltas, la cadena ya fuera de lugar, sus brazos engrasados, raspados, las risas que no cesan. Una mano que le agarra los pechos, primero uno, luego otro, como con cierto miedo, sin lascivia. Ella sin tiempo todavía de asustarse. La bici, piensa. Las tías, piensa. Y ellos dejan de manosearla. También se asustan porque ella no se mueve, se repliega y espera simplemente. Ríen más fuerte, pero desconcertados, sin saber qué hacer luego. Quizá son más jóvenes que ella. Unos críos que recién empiezan a probar, a probarse. En ese pueblo los niños de diez años conducen por los caminos de los arrozales con el permiso de sus padres embrutecidos e incultos. Lo dijeron las tías.
– No debes ir por allí, no hay que fiarse.
Lo dijeron. Malditas tías, son ellas peores que los chicos, piensa. Los chicos que se marchan enseguida y la dejan tirada en el borde del fango, bajo el sol mudo, bajo el Dios impasible que jamás actuó cuando hizo falta. Las chicharras tenaces que no rompen, sin embargo, el silencio.
Se levanta, se sacude, mira la bici rota, imposible de transportar desde tan lejos. A pesar de todo lo intenta, sin lloriquear, sin quejarse, únicamente apresurada por la hora.
Pero no llegará, no llegará a tiempo. La deja en el camino.
Tan lejos, y ahora sí está llegando. Los pies doloridos, la mancha en la rodilla aún más extendida, más oscura, parda, rojiza, delatora. El dolor sordo, amortiguado, que le atormenta menos que las dudas. El picor en los ojos.
¿Qué decirles ahora a las tías? ¿Qué decirles?


(Sara Mesa: Mala letra, Anagrama, 2016)

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Sara Mesa: «Si algún día escribo algo realmente bueno, será dentro del cuento»

Para no dispersarnos, comenzamos a hablar de inmediato de Mala letra, su inminente libro de cuentos. Recuerda Mesa que comenzó escribiendo cuentos, lo que le sirvió para aprender. «Para probarme. Mi primer libro, No es fácil ser verde, es de 2008, y ya había ahí una proto-Sara. Durante todos estos años he seguido escribiendo cuentos: Mala letra es una selección de los que yo creo mejores, pero también una selección temática, o más bien ‘atmosférica’: todos tienen un aire común. Más de la mitad son muy recientes y otros tienen algo más de tiempo, pero ninguno de ellos, salvo el más breve, ‘Picabueyes’, surge de ningún encargo. Creo que rara vez suelen salir bien los cuentos por encargo, y aún menos las recopilaciones de cuentos por encargo, esas misceláneas forzadas que tanto daño hacen al género y a la percepción del género. Por eso, no me gustaría que Mala letra se entendiera como un intervalo entre novelas. Respeto muchísimo los cuentos, me encanta leerlos y escribirlos e incluso tengo la extraña sensación de que, si algún día hago algo realmente bueno, será dentro del cuento. Me conformaría con que fuese un solo cuento, bueno de verdad».

…(+) https://elcultural.com/Sara-Mesa-Si-algun-dia-escribo-algo-realmente-bueno-sera-dentro-del-cuento