
LLAMADA
El último hombre sobre la Tierra está sentado a solas en una habitación. Llaman a la puerta…
FREDERIC BROWN (Cincinnati, 29.10.1906 – 11.03.1972)
NOTA EN LA NEVERA (primer premio PREMIO AQUAE DE CIENCIA)
Cariño,
Sabía que en un momento u otro pasarías por la nevera. Si lees esto es probable que no nos volvamos a ver. Ahora que por fin he podido permitirme viajar al futuro y volver al presente, preferiría no haberlo hecho, ya no puedo quedarme aquí. Creo que viajaré al pasado y me quedaré allí, viviendo de nuevo lo ya vivido, sintiendo lo que de otra manera ya no sentiría. He dejado un plato de lentejas descongelando en la nevera para que puedas comer.
Te quise,
Charo.
HÉCTOR MUIÑOS

El ajedrez de las moscas
Nadie quería jugar ajedrez con él. No porque jugara bien, que si lo hacía; se había coronado campeón tres veces. Sino porque despedía un mal olor. Él jugaba las piezas donde se posaban las moscas que lo rondaban. Si una mosca se detenía, brevemente, en el caballo blanco, por ejemplo, después iba y se paraba sobre un alfil negro; entonces él movía su caballo y se comía el alfil; si la mosca se paraba un rato sobre su torre y después volaba hasta un peón, entonces él jugaba en consecuencia.
Autor: pedro Querales
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Cantos de ballena
Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices.
La noche de los feos. Mario Benedetti.
Todas las noches, un joven, extremadamente flaco —le decían silbido de culebra— y de gruesos lentes de aumento, en la soledad de su habitación, acompañaba con su silbido un dulce, triste y ubicuo canto que, después de darle la vuelta al planeta varias veces bajo las estrellas, entraba a su cuarto y lo arrullaba hasta dormirse. Entonces cesaba, se silenciaba, para recomenzar al otro día, apenas oscurecía. Prácticamente, la melodía, era la única posesión del joven.
Un día, el muchacho decidió investigar el origen de ese bello canto. Preguntó y preguntó, pero nadie, a excepción de él, lo había escuchado. Viajó: navegó los siete mares; escaló las más altas montañas; acampó en selvas y desiertos… pero nada. Hasta que el canto lo llevó a una cabaña en lo más profundo de un bosque. Entró y vio, acostada en un sofá como una inmensa foca, presa de su obesidad, a una bella joven que lloraba de soledad. Se acercó y le preguntó por las causas de su llanto.
–¡Todas las noches escucho un bello silbido que, viniendo desde muy lejos, bajo las estrellas, me arrulla y acompaña en mi soledad! ¡Y quisiera conocer al que tan bellamente silva! Pero mi gordura me lo impide, no puedo moverme; estoy presa en este sofá.
Entonces el joven silbó la melodía y ella lloró su canción.
Autor: pedro Querales
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