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La Columna de Jean Claude Fonder

El otro día a un amigo le preguntaron: “¿Usted qué tipo de memoria cree que tiene? visual, escrita, auditiva, olfativa, …” A lo que él respondió: “Pues no sé, creo que se me ha olvidado“.

Así fue como se me ocurrió la idea de escribir este artículo.

La memoria es una función fundamental para los seres vivos, y lo es aún más para el hombre. Edouard Herriot, un político y académico francés, decía que “la cultura es lo que queda cuando se ha olvidado todo“. Esta cita famosa nos recuerda que el olvido es necesario para la memoria. Conscientemente o no, seleccionamos lo que queremos memorizar porque es un recuerdo más útil, porque lo necesitamos más a menudo, porque es un acontecimiento más agradable o porque nos ha marcado más. Cuando volvemos a hacer un viaje que nos había gustado, frecuentemente ocurre nos decepciona, porque lo recordábamos mejor. De hecho nuestra memoria ha seleccionado todo lo más agradable para construir un recuerdo idealizado.

En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust no trata de los recuerdos del narrador, más bien es una reflexión sobre la literatura, sobre la memoria y sobre el tiempo. El tiempo, la edad, los intereses que cambian o modifican la memoria: es decir la memorización de las cosas que intencionalmente o no, elegimos recordar.

Los mayores, y yo formo parte de esta categoría así que puedo hablar por experiencia, declaran sufrir de pérdida de memoria. No estoy convencido de que, excepto por enfermedad, el envejecimiento sea lo que la provoca. Podría ocurrir con los acontecimientos muy recientes, porque no nos concentramos bastante para recordarlos.

Recuerdo pocas cosas de mi infancia, pero son eventos y actividades que han tenido una grandísima importancia en mi vida. Pongo solamente dos ejemplos para que se entienda:

Me acuerdo como si fuese ayer del día de mi primera comunión porque me regalaron una cámara fotográfica con el fuelle, lo desencadenaría una de mis pasiones: la fotografía.

El olvido y la memoriaMe acuerdo también de muchas de las novelas de Henry Vernes que publicaba cada dos meses una nueva aventura de su héroe Bob Morane, un moderno y joven caballero andante que recorría el mundo entero para defender a los más débiles o necesitados. Las compraba con mis ahorros para leerlas ávidamente en pocos días, fueron los primeros de los innumerables libros que he comprado durante toda mi vida.

Podría seguir con muchos otros ejemplos, algunos son mucho menos agradables pero me han impresionado mucho. Obviamente ocurrieron también más tarde cuando era adolescente y después de adulto, pero ya hemos entendido, que con el tiempo he seleccionado los acontecimientos que fueron más importante para mi.

El mismo razonamiento se podría hacer sobre los otros criterios de selección que ya hemos citado, como la frecuencia de utilización, por ejemplo.

Soy informático, y puedo testimoniar que los ordenadores que tienen memoria también, la manejan en modo similar a nosotros, los seres humanos. Ellos utilizan diferentes tecnologías para memorizar la información: la memoria interna muy veloz pero pequeña, las memorias externas muy grandes pero mucho más lentas y también las que están en la nube aún más lentas pero casi infinitas en dimensión. Los ordenadores, llevan en la memoria, la más veloz, las informaciones en función del grado de su utilización. Nosotros también, y si tenemos miedo de perderlas porque las necesitamos solo ocasionalmente la escribimos o la grabamos en un soporte externo.

Memorizar, olvidar y seleccionar nos permite construir un obra maravillosa: nuestros recuerdos, y estos pueden evolucionar con el tiempo, con la edad, con la modificación de los puntos de vista, etc…. Lo que humildemente, como Proust, contaremos, escribiremos y legaremos a nuestros hijos y nuestros nietos.

JEAN CLAUDE FONDER

Ilustración de  M. L. B.