Mario Benedetti (2)

Literatura  Española e Hispanoamericana del siglo XX clase del miércoles 05/03/2014

Profesora: Concha González

Mario Benedetti 2  Entrevista a Mario benedetti en 1997                                   por Leticia Brando

LA HUMANIDAD EN LA ESCRITURA

-Creo que usted es uno de los escritores más humanos, en el sentido que toda su humanidad parece reflejada en sus novelas, cuentos y poesías…

M.B: Me preocupa mucho el tema de las relaciones humanas, no sólo a nivel literario sino también a nivel personal. La solidaridad social, la política, el amor (que me parece un poco la cumbre de las relaciones humanas) y la relación con temas religiosos. Yo no soy nada religioso, soy ateo, pero comprendo que la gente busque una salida por el lado de la religión. Todo lo que tiene que ver con las relaciones humanas, a mí me preocupa mucho, tanto en los poemas como en los cuentos.

EL EXILIO

-¿El regreso es más duro que los momentos del exilio?

M.B: Claro. Es que es muy difícil ese reencuentro. Primero, porque el país después de doce años de exilio, no es el mismo. Estuve exiliado en cuatro países: Argentina, Perú, el más corto porque me echaron, Cuba (que estuve cuatro años) y después el resto, hasta el final en España. Argentina también me toco mucho porque yo creo que ahí corrí más peligro que en Uruguay. Aparte que alguna vez me tuve que ir, porque me amenazaron de muerte, yo era el único extranjero de la lista. En Argentina fue peor: aparecían veinte cadáveres en los basurales por noche. Los que recibíamos amenazas, ya sabíamos que nos teníamos que ir porque si nos quedábamos, nos mataban. En Montevideo, me amenazaban por teléfono, hablaban con mi suegro: “dígale a su yerno que lo vamos a matar” pero aquí rara vez la cumplían. Pero en Argentina, las cumplían todas.

En Perú, fue muy breve. Me echaron sin ninguna razón porque yo no tuve ni la menor actividad política. Trabajaba en un diario y escribía sólo sobre literatura. Después estuve en Cuba y luego en España. En todos los países es como un fenómeno de osmosis, uno da lo que puede y también recibe, eso hace que uno cambie. Porque hay países que tienen otra cultura, otra historia. De los gobiernos, casi nunca se aprende nada, pero de los pueblos sí. Uno vuelve con todo ese bagaje, con toda esa carga de experiencia, viene con mucha más información frente a la gente que se quedó.

LAS RELACIONES CON EL PODER

-Luego del éxito como escritor, me imagino que aumentó el número de amigos…

M.B: Y de enemigos, por razones políticas. Yo con los poderes, no me llevo bien. Cuando ahora me dieron el Doctorado Honoris Causa en la Facultad de Humanidades, llegaron mensajes de todos lados, de las facultades, del extranjero, de los sindicatos. Ningún mensaje del Ministerio de Cultura cuando sería un trámite casi burocrático. Cuando a un escritor uruguayo le dan una distinción así, parecería lógico. Yo me alegré mucho porque cuanto menos conexión, mejor. Me siento muy honrado con ese olvido. La cultura no le interesa a los gobernantes. La extrema derecha, generalmente los pone presos, los mata o en el mejor de los casos, los censura. A la gente “de centro”, a los neoliberales les interesa a veces la cultura para sacarse una foto con un escritor o con un pintor. Son, a veces, una especie de florero. Tampoco la izquierda se siente influida por los intelectuales de izquierda, les gusta usarlos. El escritor no influye sobre el poder, puede influir sobre un ciudadano particular y eso creo que es el mejor premio que puede tener el escritor.

EL RECONOCIMIENTO MUNDIAL

Mario Benedetti debe viajar constantemente a uno de los países que lo albergó durante su exilio: España, donde lo convocan año a año en las universidades para los cursos de verano. Ha dictado cursos en la Universidad Complutense de Madrid, en la Universidad de Alicante y en la de Valladolid, donde le harán entrega próximamente del Doctorado en Honoris Causa. En la Universidad de Alicante armaron una semana con setenta ponencias sobre toda su obra y además se van a proyectar las películas basadas en sus novelas. El interés por su persona y su literatura continúa en Bilbao, Toledo y otras zonas de España, donde debe concurrir.

Nuestro escritor debe rechazar invitaciones de varias zonas del mundo, como por ejemplo de Australia, Chile, Grecia. Pero este rechazo no se debe a que la fama y el éxito hayan intensificado su soberbia. Más bien obedece a la necesidad de Benedetti de permanecer en un solo sitio pues todos estos viajes lo perturban mucho para escribir. Su regreso a Montevideo no implica mayor tranquilidad pues como bien lo manifiesta el escritor uruguayo: “No estoy tranquilo en ningún lado. En el único lugar donde puedo escribir tranquilo es un lugar de España que no menciono nunca. Voy por tres o cuatro semanas, allí escribí casi todos mis libros.

El Otro Yo
(La muerte y otras sorpresas, 1968)

SE TRATABA de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la naríz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.
El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente , se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse imcómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.
Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañama siguiente se habia suicidado.
Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.
Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió a la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas. Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: “Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte y saludable”.
El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.

Los viudos de Margaret Sullavan

Los viudos de Margaret Sullavan
(Con o sin nostalgia, 1977)

Uno de los pocos nombres reales que aparecen en mis primeros cuentos («idilio», «Sábado de Gloria») es el de Margaret Sullavan. Y aparece por una razón sencilla. Es inevitable que en la adolescencia uno se enamore de una actriz, y ese enamoramiento suele ser definitorio y también formativo. Una actriz de cine no es exactamente una mujer; más bien es una imagen. Y a esa edad uno tiende, como primera tentativa, a enamorarse de imágenes de mujer antes que de mujeres de carne y hueso. Luego, cuando se va penetrando realmente en la vida, no hay mujer de celuloide -al fin de cuentas, sólo captable por la vista y el oído- capaz de competir con las mujeres reales, igualmente captables por ambos sentidos, pero que además pueden ser disfrutadas por el gusto, el olfato y el tacto.

Pero la actriz que por primera vez nos corta el aliento e invade nuestros insomnios, significa también nuestro primer ensayo de emoción, nuestro primer borrador de amor. Un borrador que años después pasaremos en limpio con alguna muchacha -o mujer-, que seguramente poco o nada se asemejará a aquella imagen de inauguración, pero que en cambio tendrá la ventaja de sus manos tangibles con mensajes de vida de sus labios besables sin más trámite, de sus ojos que no sólo sirvan para ser mirados, sino también para mirarnos.

Sin embargo, el amor de celuloide es importante. Significa algo así como un preestreno. Frente a aquel rostro, a aquella sonrisa, a aquella mirada, a aquel ademán, tan reveladores, uno prueba sus fuerzas, hace la primera gimnasia de corazón, y algunas veces hasta escucha campanas, y como, después de todo, no se corre mayor riesgo (la imagen por lo general está remota, en un Hollywood o una Cinecitá inalcanzables), uno se deja soñar, desinhibido, resignado y veraz, aunque el fondo de tanta franqueza sea un amor de ficción.

Margaret Sullavan había sido eso para mí. Es claro que, cuando escribí los cuentos, ya no era por cierto un adolescente. Aunque todavía daban en los cines montevideanos alguna que otra película de su última época, y aunque por supuesto no me perdía ninguna, yo ya había pasado más de una vez en limpio aquel borrador de amor, y en consecuencia podía verlo con distancia y objetividad, pero también con una cálida nostalgia, con una alegre gratitud, como siempre se mira, a través del tiempo esmerilado, a la mujer que de alguna manera nos ha iniciado en el viaje amoroso.

No obstante, sólo años después advertí con precisión qué lugarcito había ganado en mi vida la incanjeable, maravillosa protagonista de Y ahora qué y El bazar de las sorpresas. En enero de 1960 estaba con mi mujer en Nueva York. Una tarde nos encontramos con cuatro amigos uruguayos y decidimos cenar temprano e ir luego a un teatro del Village donde se representaba Our Town, de Thornton Wilder, en la notable versión de José Quintero. La pieza llevaba ya varios meses en cartel, pero no era fácil conseguir entradas en las horas previas a cada función; de modo que, mientras los otros se instalaban en un restorán italiano de ruidosa clientela, yo me largué hasta el teatro a ver si conseguía localidades para seis.

De entrada me sorprendió que el boletero no tuviera aspecto de tal, aunque si alguien me hubiese obligado a una definición, no habría sabido decir cómo era el aspecto de un boletero inconfundible.

Éste era joven, delgado; tenía unos anteojos de armazón oscura y cristales de miope; su aspecto era de estudiante de letras o de primer clarinete. El vestíbulo del teatro estaba desierto y eso estimuló mis esperanzas. Pero la razón de esa paz era muy simple: no había localidades. Cuando pregunté si existía alguna remota posibilidad de conseguir seis entradas («sólo seis entradas, señor»), el muchacho levantó la vista de un ajado ejemplar del New Yorker y me miró con tajante desprecio: «¿A esta hora seis localidades? ¿En qué mundo vive? El tipo tenía razón. Yo no estaba nada seguro del mundo en que vivía. Pero me sentí como un provinciano al que rezongan porque no se atreve con la escalera mecánica o con el teléfono público. A pesar de todo, no me fui enseguida. Me quedé unos minutos mirando las fotografías del elenco, tal vez con la secreta esperanza de que alguien viniera a devolver seis entradas, ni una más, ni una menos.

Entonces sonó el teléfono. El muchacho hizo un nuevo gesto de fastidio, ya que debía interrumpir otra vez su lectura del New Yorker, o quizá porque estaba cansado de repetir con voz gangosa que no había localidades. De pronto su rostro se transfiguró.

Se quitó los anteojos con un gesto rabioso, y dijo casi sollozando: «¡No! ¡No! ¡No puede ser!» Después colgó, con un gesto brusco y desprendido, tan maquinal como marginal, y hundió la vencida cabeza entre los dedos flacos y temblorosos.

Yo era el único testigo de aquella congoja.

Pese a la agresiva respuesta que me había propinado, pensé que podía sentirse mal y me acerqué. Le toqué apenas un brazo, sólo para que notara mi presencia. Le pregunté si le sucedía algo, si había recibido una mala noticia, si lo podía ayudar, etc. Entonces levantó la cabeza, y me miró con los ojos sin cristales, como a través de una ventana con lluvia o de un recuerdo inmóvil.

«Murió Margaret Sullavan». Lo dijo lentamente, marcando cada sílaba, como si quisiera dejar bien claro que se sentía indefenso, que se sentía desgraciado, y que no se estaba mandando la parte.

Entonces fui yo el que dije, en otro estilo y en otro idioma, claro, como para mí mismo y para nadie más. «No, no puede ser.» El muchacho no entendió las palabras en español, pero seguramente comprendió mi asombro, mi tristeza. Me recosté contra la pared, porque necesitaba algo en qué apoyarme. Nos miramos el boletero y yo: él, un poco asombrado de haber hallado imprevistamente a otro viudo de Margaret, allí, en el teatro, al alcance de su mano huesuda; yo, apenas consciente de que en ese instante se extinguía el último rescoldo de mi ya lejana adolescencia.

De pronto el boletero se pasó una mano por los ojos, a fin de arrastrar sin disimulo las lágrimas, y me preguntó con la voz entrecortada, pero ya no gangosa: «¿Cuántas entradas dijo que quería? ¿Seis?»

Abrió un cajoncito y extrajo seis entradas, unidas por un alfiler, y me las dio. Le pagué, sin decir nada.

Darle una propina en aquellas circunstancias habría sido un agravio; algo absolutamente descartable entre dos viudos de la misma imagen. Nos dimos la mano y todo, como dos deudos. Casi como hubiera podido sentirse James Stewart, pareja de Margaret en tantas películas. Cuando salí en dirección al restorán italiano, yo también me froté los ojos, pero en mi estilo: no con la palma sino con los nudillos. En realidad, no conocía cuál podía ser el grado o la motivación del amargo estupor del boletero, irascible y cegato. Pero en mi caso si que lo sabía: por primera vez en mi vida había perdido a un ser querido.

Conciliar el sueño
(Buzón de tiempo – 1999)

Lo que ocurre, doctor, es que en mi caso, los sueños vienen por ciclos temáticos. Hubo una época en la que soñaba con inundaciones. De pronto los ríos se desbordaban y anegaban los campos, las calles, las casas y hasta mi propia cama. Fíjense que en mis sueños aprendía a nadar y gracias a eso sobreviví a las catástrofes naturales. Lamentablemente, esa habilidad tuvo una vigencia sólo onírica, ya que un tiempo después pretendí ejercerla, totalmente despierto, en la piscina de un hotel y estuve a punto de ahogarme.

Luego vino un período en que soñé con aviones. Más bien, con un solo avión, porque siempre era el mismo. La azafata era feúcha y me trataba mal. A todos les daba champan, menos a mí. Le pregunté por qué y ella me miró con un rencor largamente prolongado y me contestó: «Vos sabés bien por qué». Me sorprendió tanto aquel tuteo que casi me despierto. Además, no imaginaba a qué podía referirse. En esa duda estaba cuando el avión cayó en un pozo de aire y la azafata feúcha se desparramó en el pasillo, de tal manera que la minifalda se le subió y pude comprobar que abajo no llevaba nada. Fue precisamente ahí cuando me desperté, y, para mi sorpresa, no estaba en mi cama de siempre sino en un avión, fila 7 asiento D, y una azafata con rostro de Gioconda me ofrecía en inglés básico una copa de champán. Como ve, doctor, a veces los sueños son mejores que la realidad y también viceversa. ¿Recuerda lo que dijo Kant? «El sueño es un arte poético involuntario.»

En otra etapa soñé reiteradamente con hijos. Hijos que eran míos. Yo que soy soltero y no los tengo ni siquiera naturales. Con el mundo como está. Me parece un acto irresponsable concebir nuevos seres. ¿Usted tiene hijos? ¿Cinco? Excuse me. A veces digo cada pavada.

Los niños de mis sueños eran bastante pequeños. Algunos gateaban y otros se pasaban la vida en el baño. Al parecer, eran huérfanos de madre, ya que ella jamás aparecía y los niños no habían aprendido a decir mamá. En realidad, tampoco me decían papá, sino que en su media lengua me decían «turco». Tan luego a mí, que vengo de abuelos coruñeses y bisabuelos lucenses. «Turco vení», «Turco, quero la papa», «Turco, me hice pipí». En uno de esos sueños, bajaba yo por una escalera medio rota, y zas, me caí. Entonces el mayorcito de mis nenes me miró sin piedad y dijo: «Turco, jodete». Ya era demasiado, así que desperté de apuro a mi realidad sin angelitos.

En un ciclo posterior de fútbol soñado, siempre jugué de guardameta o golero o portero o goalkeeper o arquero. Cuántos nombres para una sola calamidad. Siempre había llovido antes del partido, así que las canchas estaban húmedas y era inevitable que frente a la portería se formara un laguito. Entonces aparecía algún delantero que me fusilaba con ganas y en primera instancia yo atajaba, pero en segunda instancia la pelota mojada se escabullía de mis guantes y pasaba muy oronda la línea de gol. A esa altura del partido (nunca mejor dicho), yo anhelaba con fervor despertarme, pero todavía me faltaba escuchar cómo la tribuna a mis espaldas me gritaba unánimemente: traidor, vendido, cuánto te pagaron y otras menudencias.

En los últimos tiempos mis aventuras nocturnas han sido invadidas por el cine. No por el cine de ahora, tan venido a menos, sino por el de antes, aquél que nos conmovía y se afincaba en nuestras vidas con rostros y actitudes que eran paradigmas. Yo me dedico a soñar con actrices. Y qué actrices: digamos Marilyn Monroe, Claudia Cardinale, Harriet Anderson, Sonia Braga, Catherine Deneuve, Anouk Aimée, Liv Ullmann, Glenda Jackson y otras maravillas. (A los actores, mi Morfeo no les otorga visa.) Como ve, doctor, la mayoría son veteranas o ya no están, pero yo las sueño como aparecían en las películas de entonces. Verbigracia, cuando le digo a Claudia Cardinale, no se trata de la de ahora (que no está mal) sino la de La ragazza con la valiglia, cuando tenía 21. Marilyn, por ejemplo, se me acerca y me dice en un tono tiernamente confidencial: «I don’t love Kennedy. I love you. Only you». Sepa usted que en mis sueños las actrices hablan a veces en versión subtitulada y otras veces dobladas al castellano. Yo prefiero los subtítulos, ya que una voz como la de Glenda Jackson o la de Catherine Deneuve son insustituibles.

Bueno, en realidad vine a consultarle porque anoche soñé con Anouk Aimée, no la de ahora (que tampoco está mal) sino la de Montparnasse 19, cuando tenía unos fabulosos 26 años. No piense mal. No la toqué ni me tocó. Simplemente se asomó por una ventana de mi estudio y sólo dijo (versión doblada): «Mañana de noche vendré a verte, pero no a tu estudio sino a tu cama. No lo olvides». Como voy a olvidarlo. Lo que yo quisiera saber, doctor, es si los preservativos que compro en la farmacia me servirán en sueños. Porque ¿sabe? no quisiera dejarla embarazada.

El hombre que aprendió a ladrar
(Despistes y franquezas. 1989)

Lo cierto es que fueron años de arduo y pragmático aprendizaje, con lapsos de desalineamiento en los que estuvo a punto de desistir. Pero al fin triunfó la perseverancia y Raimundo aprendió a ladrar. No a imitar ladridos, como suelen hacer algunos chistosos o que se creen tales, sino verdaderamente a ladrar. ¿Qué lo había impulsado a ese adiestramiento? Ante sus amigos se autoflagelaba con humor: «La verdad es que ladro por no llorar». Sin embargo, la razón más valedera era su amor casi franciscano hacia sus hermanos perros. Amor es comunicación.

¿Cómo amar entonces sin comunicarse?

Para Raimundo representó un día de gloria cuando su ladrido fue por fin comprendido por Leo, su hermano perro, y (algo más extraordinario aún) él comprendió el ladrido de Leo. A partir de ese día Raimundo y Leo se tendían, por lo general en los atardeceres, bajo la glorieta y dialogaban sobre temas generales. A pesar de su amor por los hermanos perros, Raimundo nunca había imaginado que Leo tuviera una tan sagaz visión del mundo.

Por fin, una tarde se animó a preguntarle, en varios sobrios ladridos: «Dime, Leo, con toda franqueza: ¿qué opinas de mi forma de ladrar?». La respuesta de Leo fue bastante escueta y sincera: «Yo diría que lo haces bastante bien, pero tendrás que mejorar. Cuando ladras, todavía se te nota el acento humano.”

FIN

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