Luis Mateo Díez

Literatura  Española e Hispanoamericana del siglo XX clase del martes 10/06/2014

Profesora: Concha González

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 Luis Mateo Díez

BIOGRAFÍA

Luis Mateo Díez nació el 21 de septiembre de 1942, en Villblino (León), donde su padre era funcionario del ayuntamiento. Su infancia transcurrió en este pueblo montañés hasta 1954, año en que la familia se trasladó a León. El contacto con el rico acervo cultural del medio rural determinó en Luis Mateo una temprana disposición hacia lo imaginario, oral o escrito.

Estudió Derecho en Oviedo y Madrid e ingresó en 1969, por oposición, en el Cuerpo de Técnicos de Administración General del Ayuntamiento de Madrid. En esta ciudad reside desde entonces alternando la oficina con la creación literaria en un equilibrio óptimo, a juicio del escritor, que está casado y es padre de dos hijos.
Entre 1963 y 1968, participó en la redacción de la revista poética Claraboya junto a Agustín Delgado, Antonio Llamas y Ángel Fierro. Por ese entonces publicó sus primeros poemas, seguidos, en 1972, de Señales de humo. Sin embargo, su creación poética es efímera y deja paso definitivamente a la ficción narrativa.
Su prestigio literario ha ido creciendo a la par que su incesante producción con la publicación de novelas, cuentos, microrrelatos, artículos, y otras obras de difícil adscripción genérica a medio camino entre la rememoración vivencial, la reflexión literaria, el ensayo y la ficción. La literatura de Luis Mateo Diez está centrada en la tradición fabuladora de Castilla y León, pero su trascendencia es universal, es dueño de uno de los universos más personales de la narrativa española contemporánea.

Su obra literaria ha sido traducida a numerosos idiomas y, en ocasiones, adaptadas al cine. Así, el cuento “Los grajos del Sochantre” ha sido llevado al cine por J.M. Martín Sarmiento en la película El filandón y la versión cinematográfica de su novela “La fuente de la edad” ha sido rodada por Julio Sánchez Valdés para Televisión Española.
Ocupa el sillón “I” de la Real Academia Española desde el 21 de mayo de 2001.

 

BIBLIOGRAFÍA

Narrativa:
Memorial de hierbas (1973)
Apócrifo del clavel y la espina (1977)
Las estaciones provinciales (1982)
La fuente de la edad (1986)
El sueño y la herida (1987)
Brasas de agosto (1989)
Las horas completas (1990)
El expediente del náufrago (1992)
Los males menores (1993)
Camino de perdición (1995)
El espíritu del páramo. Un relato (1996)
La mirada del alma (1997)
Días del desván (1997)
El paraíso de los mortales (1998)
La ruina del cielo -Un obituario- (1999)
Antología. Las estaciones de la memoria (1999)
El árbol de los cuentos (1999)
El pasado legendario (2000)
Lunas del Caribe (2000)
El diablo meridiano (2001)
El oscurecer (un encuentro) (2002)
El reino de Celama (2003)
El eco de las bodas (2003)
Las lecciones de las cosas (2004) Fantasmas del invierno (2004)
El fulgor de la pobreza (2005)
La gloria de los niños (2006)
El árbol de los cuentos (2006)
El sol de la nieve o el día que desaparecieron los niños de Celama (2008)
Los frutos de la niebla (2008)
El expediente náufrago (2008)
El animal piadoso (2009)
La cabeza en llamas (2012)

Poesía:
Teoría y poemas (1971)
Señales de humo (1972)
Parnasillo Provincial de poetas apócrifos (1975)
Ensayo y periodismo:
Relato de Babia (1981)
Las cenizas del Fénix (1985)
El porvenir de la ficción (1992)
Valles de leyenda (1994)
La línea del espejo (Un relato de personajes) (1998)

Vista de Celama (1999)
Las palabras de la vida (2000)
Laciana. Suelo y sueño (2000)
Balcón de piedra. Visiones de la Plaza Mayor (2001)
La mano del sueño (2001)

PREMIOS
Premio Café Gijón, 1972
Premio Ignacio Aldecoa de cuentos por “Cenizas”, 1976
Premio de la Crítica 1986
Premio Nacional de Narrativa 1987 p
Premio de la Crítica 1999
Premio Castilla y León de las Letras 2000.
Premio Nacional de Narrativa 2000
Premio Francisco Umbral al mejor libro del año 2012

LA RELIGIÓN DE LOS HIJOS

Luís Mateo Díez EL PAIS-20 JUL 2002

Lo último que yo podía imaginarme que iba a escuchar en mi vida es que los hijos son una religión, que vivimos en una sociedad en la que algunas generaciones, muy particularmente la mía, hemos hecho una denodada contribución a que el fervor religioso de los hijos sustituya viejos fervores olvidados, religiones que el tiempo hizo caer por su propio peso.

A los más agnósticos nos cuesta hacernos a la idea de otras religiones posibles, el asunto lo teníamos resuelto desde hace años. Uno respeta la religión, las religiones, y vive como puede con su conciencia cívica, convencido de que el bien es infinitamente mejor que el mal y que la malbaratada bondad humana es lo más hermoso que puede albergar nuestro corazón.

Eso de que los hijos son una religión fue una idea que me desconcertó: la religión que ya no teníamos ni necesitábamos, una religión familiar asumida con frecuencia con ese grado de compromiso, creencia, liturgia y hasta fanatismo con que se asumen las verdaderas religiones. Una religión no religiosa sino surgida de los afectos, ocupaciones y preocupaciones con que los hijos pueden hasta secuestrar la vida de los padres.

Porque de eso se trata, eso es lo que expresa de forma tan extremada la idea de la religión de los hijos: los hemos puesto en un altar, somos sus devotos, vivimos para ellos, estamos entregados a su culto y poco queda en la vida que no circule a su alrededor, al menos con la intensidad y la obsesión con que la idolatría se impone por encima de todo lo demás.

Los hijos dioses con la iglesia que los acoge y preserva y la fe que en ellos sostiene nuestra creencia, la convicción de que sin esa religión debida no sufragaremos los débitos contraídos, no obtendremos el cielo de su felicidad, aunque la nuestra se vaya al garete y, con tanta adoración, los hagamos unos desgraciados.

Ya se sabe que la dinámica religiosa, los excesos de la fe, tienen más de un componente demoledor, la vía del fanatismo es un punto de llegada nada piadoso, la irracionalidad es el mejor conducto de la destrucción y de la falta de respeto.

La religión de los hijos sería como una coartada de la mala conciencia de los padres, la animosa entrega con que los padres intentan cumplir no ya sus obligaciones de tales, sino el sacrificio que los haga merecedores de su condición, como si esas obligaciones no tuvieran límite, ni siquiera el de la propia libertad de los hijos, como si para congraciarse con ellos ni siquiera la generosidad tuviera fondo: el mundo debe de estar al servicio del Dios que lo creó, ese Dios escindido en tantos dioses como hijos es el que, desde ellos, impone la obligación y el culto.

Parece una idea descabellada y, sin embargo, debo reconocer que, desde que oí la dichosa frase, el desconcierto se fue transformando en zozobra e inquietud, ya que de una idea inquietante se trata. Los hijos son nuestra religión, y es como si nuestra conciencia de padres tuviese más agujeros de los debidos, fuese una conciencia dañada por lo que en su día nos cayó encima, aquellos padres autoritarios que, con frecuencia, nos festejaban con la misma naturalidad con que nos llamaban al orden o nos daban una bofetada.

¿Y ellos qué hacen, qué les sucede a esos hijos colocados en el altar, dueños de sus caprichos y resoluciones, adorados y requeridos para que los padres puedan de veras sentirse santificados?

Generalmente los santos están a gusto en sus peanas, los altares son sitios cómodos, la liturgia administra bien el incienso y la sublimación del sacrificio, los favores suelen concederse a quien suplica y los padres religiosos son, sin remedio, suplicatorios.

Los hijos asumen su condición de objetos religiosos, se dejan querer, se dejan adorar, perdonan y absuelven a los padres imprecatorios cobrando su tributo, aguantan en la peana todo lo que pueden.

La mala conciencia de los padres se corresponde bien con una conciencia más relajada de los hijos, probablemente no una conciencia satisfecha, no vayamos a exagerar, pero sí una conciencia problemáticamente satisfactoria, que obtiene los buenos réditos de la situación y se conduele de las irremediables insatisfacciones, ya que todos sabemos lo problemática que resulta la felicidad, un bien siempre escaso que los padres pechan por ceder a los hijos sea como sea.

Aquella otra idea de que no hace falta religión alguna para ser feliz, se constata en los penosos resultados que día a día comprobamos en las esferas familiares donde andamos metidos: la religión de los hijos no es el aval de la felicidad de los mismos ni, por supuesto, el mejor conducto para la de los padres.

No hace falta la religión para ser feliz, ni siquiera para intentarlo, posiblemente tampoco para ser infeliz, pero lo que está claro es que esta nueva religión viene contribuyendo con mucha eficacia a la infelicidad de los padres, a que nuestra realidad familiar esté llena de padres infelices.

El hecho de que también pudiéramos llegar a constatar que, por el mismo camino religioso, en la misma esfera se procrean hijos infelices, ya sería el colmo de la miseria: con tan penosa religión lo que habríamos logrado hacer es, con perdón, un pan como unas hostias, un altar lleno de mártires, una infeliz generación llevada al punto contradictorio de la adoración y la desgracia: padres infelices, hijos desgraciados, padres angustiados, hijos zozobrantes, padres generosos, hijos egoístas cuyo egoísmo acaba perturbándolos. Padres e hijos, al fin, necesitados de apoyo psicosocial, seres humanos extraviados con ese tipo de extravío que da un poco de vergüenza reconocer.

Los padres infelices, que en sus vidas y destino instauraron la religión de los hijos, obtienen su dosis de infelicidad del propio lío religioso en que se metieron, de los débitos y las liturgias de un compromiso espiritual y material que, por disparatado, no podía acabar bien, no ofrecía una opción salvadora. Al menos las religiones convencionales suelen ofrecer esa opción, ese premio: cumples y te salvas. Aquí es prácticamente imposible cumplir, ya que la devoción no tiene fondo, y el hijo desgraciado es el espejo de la desgracia del padre que no logró concederle todo lo que pedía o lo que él creyó que necesitaba, siempre mucho más de lo razonable, siempre el doble o el triple de lo que se debiera calcular.

Los infelices padres que viven esa contradicción, con mayor o menor conciencia, con algún que otro ramalazo de lucidez que apenas contribuye a incrementar la amargura, adoran a los hijos y saben que la adoración no será el motor de su felicidad, apenas el aval de algunos placeres transitorios, de algunos buenos momentos, de alguna retribución cariñosa con frecuencia interesada.

Son infelices y saben que sus hijos administran la desgracia de sentirse desgraciados. En la religión el hijo es un administrador, también contradictorio, de los débitos y sentimientos, los afectos no se discuten pero bien sabemos que los afectos promueven intereses no menos contradictorios: una buena administración religiosa de los sentimientos garantiza buenos dividendos, por mucho que esos dividendos tengan habitualmente un componente vergonzante.[…]

De las peligrosas complicaciones que procrea la dichosa religión de los hijos, que tanto me desconcertó cuando por vez primera se la oí mentar a mi hermano Fernando, que también pertenece a una franja generacional comprometida, comencé a percatarme cuando un día reencontré a uno de esos viejos amigos que aparecen y desaparecen en nuestras vidas cada muchos años.

-¿Sabes lo que soy? -me dijo al pie de la barra del primer bar, poco después de un mínimo repaso a nuestras existencias, donde citó su condición de prejubilado y una reciente operación de próstata-. Un abuelo desgraciado, ni menos que eso: un abuelo desgraciado…

Entonces supe que él, lo que él representaba, era algo parecido al último eslabón de la religiosa conducta, un derivado limite de las complicaciones de la vida que nos tocó vivir, de la inutilidad malsana de nuestras creencias.

-Mi hijo se casó -dijo mi amigo, con el cigarrillo temblándole en la mano izquierda y la copa en la derecha-. Nunca pensé que lo hiciera, mi mujer y yo estábamos resignados a no quitárnoslo de encima, a pesar de sus veintinueve años. En realidad, estábamos encantados de no quitárnoslo, tan frustrados como encantados, qué quieres que te diga. Felices de que no se nos fuera, infelices porque no se iba. Pero, al fin se casó, y tuvimos un nieto. Era lo que necesitábamos, lo más maravilloso que en la vida podía caernos, un regalo de los dioses. La experiencia de un nieto no puedes imaginarla, no hay palabras…

Mi amigo tenía nublada la mirada. Le costó trabajo llevar el cigarrillo a los labios, tuvo que dejar la copa en la barra.

Yo observaba inquieto aquel temblor religioso, recordaba sin ubicarlo el temor y temblor de algún filósofo de los que habían amargado mi juventud, cuando con la metafísica quise curarme de la religión, hasta que profesé la de los hijos.

-Ya sabes lo que mi hijo supuso para nosotros -dijo mi amigo, más emocionado de lo razonable, con ese temblor con que se habla de Dios-. El nieto era la consagración de nuestra existencia, la razón de nuestra vida, no sólo porque llenaba el vacío que el hijo dejó al irse de casa, porque nos hacía recobrar la mayor felicidad, una satisfacción insospechada. Hasta que lo perdimos, hasta que nos lo arrebataron, si puede expresarse de ese modo…

Complicaciones de esta vida complicada: la tasa de matrimonios que se casan y descasan, de parejas que van y vienen, aumenta sin tino. La vida misma. Nada que decir.

-Año y medio de matrimonio, teóricamente feliz… -decía mi amigo, que había vaciado la copa de un trago y solicitaba otra con apresuramiento- y si te he visto no me acuerdo. No se entendían, año y medio parece que ahora es tiempo suficiente para saber con quién te jugaste los cuartos, antes se aguantaba un poco más.

-Aguante y amargura… -musité yo, sin mucha convicción y haciendo lo mismo con la copa.

-Ella se llevó al niño, están arreglando los papeles de la separación, y el disfrute del nieto se fue al garete. Lo hemos perdido.

-¿Volvió el hijo? – quise saber, como si la curiosidad irradiara algo de consuelo.

-Volvió, para ayudarnos a llorar, lo que llevamos llorado. Dios aprieta pero no ahoga, aunque no es lo mismo. Ganar otra vez al hijo por haber perdido el nieto es redoblar la desgracia. Y eso es lo que soy ahora, exclusivamente eso: un abuelo desgraciado. De mi mujer, ni te hablo…

Felicidad, infelicidad, desgracia, el famoso pan como unas hostias generacionalmente cocido, con un colofón tan contradictorio como apesadumbrado.

Mi amigo y yo salimos del bar como si saliésemos de la iglesia, igual que dos creyentes arruinados por la fe, hechos papilla.

-La vida, la puta vida… -dijo él, convicto.

-A lo mejor con un poco de suerte tu hijo encuentra un arreglo que le dure… -dije yo, con la conciencia de estar diciendo algo insustancial e inapropiado.

-Mi hijo es un santo, pero tonto del culo, ni arreglos ni apaños, sus padres por lo menos lo entendemos y lo queremos tal como es, no en vano lo llevamos sufriendo toda la vida.

Felices, infelices, desgraciados.

-Dios nos asista… -musité, indeciso de estrechar aquella mano temblorosa que era la muestra más palpable de la complicación y el extravío.

Es una religión sin curas, había dicho mi hermano Fernando, y por eso ni siquiera tenemos la posibilidad de protestar, el culto sin sacerdotes es una suerte de onanismo espiritual.

Luis Mateo Díez es escritor y miembro de la Real Academia Española.

 

LA BANDERA

(Días del Desván, 1997)

Misto era el primero en salir cuando don Brano, sin darse la vuelta sobre el encerado, donde ponía las cuentas que luego había que copiar en los cuadernos, alzaba la mano izquierda y mostraba el reloj en la muñeca dejando apreciar los puños raídos de la camisa, que había sido blanca en alguna antigüedad tan remota como la de los cartagineses.

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Misto ocupaba habitualmente el primer pupitre, destacado entre las dos filas que lo continuaban, como si el pupitre fuese la punta de lanza de un ejército valeroso. Era el premio al mejor, no solo al más aplicado sino al más sumiso y al que revelaba los mayores sentimientos patrióticos, algo que los alumnos que alcanzaban el tercer grado, y que jamás olvidarían a don Servo y a don Amo, no lograban comprender con exactitud.

En el hueco del tintero del primer pupitre don Brano colocaba todas las mañanas, después de la oración y mientras los alumnos permanecían de pie, la enseña nacional prendida en una vara de fresno, un mástil nudoso y torcido y un trapo precario que mostraba en la franja gualda los agujeros de las balas del frente

-Las hordas marxistas fusilaron la bandera porque el odio es ciego y no repara siquiera en los símbolos…-decía don Brano con frecuencia, cuando vigilaba los deberes dando vueltas por el aula, y los alumnos observaban con temor el brillo de su mirada, la temblorosa mano derecha que aliviaba en su cuello la grasienta corbata, como si aquel gesto anunciara la convulsión que en seguida le llevaría a proferir los primeros insultos y propinar las primeras bofetadas .

Misto regresaba a los veinte minutos exactos. Entraba en el aula sudoroso y sofocado y nada más sentarse se levantaba y salía el siguiente en el orden de los pupitres, de izquierda a derecha.

Hasta que finalizaba la jornada de la mañana, uno tras otro, con el ritmo marcado por Misto, iban y venían de la Escuela al pueblo, inventando el mejor atajo para llegar a la casa de don Brano, subir el tramo de las empinadas escaleras, entrar en el piso, siempre sumido en el abandono de su acérrima soltería, alcanzar la cocina, donde la suciedad goteaba el aroma rancio de los cocidos, y alzar la tapa del puchero para comprobar que hervía su insondable contenido y reponer el agua para que no dejase de hacerlo.

La franja gualda de la bandera mostraba la huella de las balas de su fusilamiento y durante mucho tiempo fue para todos los alumnos una reliquia temerosa que traía al aula el fragor de la pólvora y el odio. La reliquia perdió buena parte de su aureola uno de aquellos días en que don Brano estallaba en improperios y repartía bofetadas a diestro y siniestro conteniendo a duras penas la alteración que le llevaba finalmente a golpear con el puño la mesa, cuyo tablero había roto en más de una ocasión.

Desde el ventanal del patio los hermanos y sus amigos espiaron asustados al maestro que en el recreo golpeaba con el gancho de la estufa los pupitres vacíos, le vieron luego introducir el gancho en las brasas y llevar la punta candente a la franja gualda de la bandera, donde tres nuevos disparos añadían mayor oprobio al fusilamiento.

Fue Perlo quien calculó mal el agua del puchero de don Brano, lo que motivó que se quemara su contenido y se hiciera acreedor del castigo que suscitaba el forzado ayuno. Al día siguiente don Brano abofeteo a Perlo y en los siguientes continuó golpeándolo,

buscando cualquier motivo para hacerlo. Uno de aquellos golpes reventó el oído derecho de Perlo y su padre denunció al maestro.

Fue el último curso que estuvo en el Valle y no hubo especiales comentarios cuando marchó, apenas la discreta referencia a sus rarezas y extravíos, aquella extravagante soledad que le marginaba de todos, como si el gesto huraño y violento de don Brano fuera el gesto vengativo de un terco aborrecimiento del mundo y sus habitantes.

En los diez años que don Brano había ejercido de maestro, siempre desaparecía del Valle en junio para volver a mediados de septiembre, uno o dos días antes de que comenzara el curso. Nadie supo nunca de dónde era ni adónde iba. El don Brano que regresaba en septiembre casi no resultaba reconocible: a su habitual delgadez había que añadir cuatro o cinco kilos de menos, la modesta indumentaria alcanzaba un límite andrajoso y su rostro se escondía en la desordenada barba que había crecido en aquel tiempo.

La gente lo olvidó en seguida y en el aula quedó la vilipendiada enseña sin la huella de más disparos, hasta que un día el nuevo maestro decidió retirarla.

Tuvieron que pasar dos años hasta que en el Valle se supiera algo más de don Brano, de su pasado, de sus desapariciones veraniegas.

Una familia que buscaba trabajo en las minas preguntó por él y todos se extrañaron de la devoción con que mentaban su nombre.

-Ese hombre -dijeron- venía todos los veranos a los pueblos de la Cabrera, a los más pobres y perdidos, y echaba los días en enseñar a leer a quien quisiera y gastaba los ahorros, que no debían ser muchos, en comida para los rapaces. No hay persona más querida y recordada en aquella comarca.

http://narrativabreve.com/2013/07/cuento-breve-luis-mateo-diez-bandera.html

EL LOBO

(Días del desván, 1997)

 

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“Lo que Almo contó juraba habérselo oído a su padre, y del padre de Almo todos tenían la impresión de un hombre tan extremadamente serio, que aquello debe ser verdad por extraordinario que pareciera.

Lo contó una de esas tardes de invierno que larvaban el oscurecer con más desidia que inquietud, como si las horas inmovilizaran el sopor y los niños no encontraran el aliciente de ningún juego.

Se habían sentado en el soportal de la plaza, arracimados en el mismo poyo, con los cabases desordenados a sus pies. La plaza estaba sumergida en el silencio que la deshabitaba y hasta el agua de los caños de la fuente manaba con mayor sigilo, como si la desgana del invierno la contuviera.

Tal como lo contaba Almo, la noche no había hecho ninguna advertencia de nieve, al menos una advertencia suficiente para que Birno pudiera calcular las complicaciones de aquellos siete kilómetros hasta el pueblo, desde la bocamina de Canzo, por los pinares y las selvas del Rebueno.

No era la hora habitual porque no coincidía con ninguno de los turnos, y Birno había tenido que hacer algunas labores especiales y el camión en el que había subido, había bajado hacía un buen rato. Los siete kilómetros por los pinares y las selvas le parecieron el mejor atajo y, por lo que comentaba el padre de Almo, no reparó en nada que no fuese el pensamiento de llegar a casa lo antes posible.

La nieve llegó por el camino en la dirección que Birno llevaba, y en los trechos en los que el camino se hacía sendero o se adelgazaba hasta el límite de una huella que se internaba en la maleza, arreciaba como si los copos volaran más inquietos.

El padre de Almo, que conocía a Birno de toda la vida, dijo que solo un hombre joven y fuerte como él pudo seguir adelante, cuando pasados algunos kilómetros la nieve ya cuajaba en la espesura del pinar y, mucho más, por la selva de los helechos, sabiendo Birno que el tiempo que llevaba andando no coincidía con un tramo razonable de trayecto, y la noche cumplía sus horas mientras más se extraviaba.

Por las profundidades del Rebueno se escuchó la respiración de la alimaña. Ahora la nieve caía con mayor parsimonia, densa y ociosa, en ese punto en que la nevada ya no se resigna a ceder, porque conquista la convicción de que se hará eterna. La respiración llegaba como un rastro más ávido que sofocado, y Birno se detuvo un instante.

-El lobo calla y se agacha -decía Almo que le había contado su padre- cuando la presa se para, y cuantas veces lo haga la presa lo hace el lobo, teniendo en cuenta que el lobo teme al hombre y no le va a atacar hasta que lo tenga derrotado.

Lo escuchaba con absoluta nitidez, como si el silencio de la nieve sirviera para ampliar el eco de la persecución.

Birno llevaba un rato sintiendo la humedad helada que amenazaba los músculos, porque su ropa sorbía los copos y sus pasos se habían hecho demasiado lentos. Intentó agilizarlos pero le resultó imposible. El rastro de la alimaña era cada más cercano, tanto, contaba el padre de Almo, que hubo un momento en que, al volverse, percibió su hocico, del mismo modo que, unos pasos después, vio brillar sus ojos.

Del pinar y la selva a la Corrada la noche se hizo más larga que ninguna, al menos más larga que todas las que Birno pudiera recordar juntas.

El lobo corría a su alrededor, le adelantaba, le aguardaba, volvía a perseguirle. Era un bicho enorme y, cuando Birno alcanzó la vuelta del camino que, hacia la Corrada, señala un abedul gigante, lo vio tendido en la nieve, al pie del abedul, como si hubiese elegido ese punto, desde donde ya podía avistarse el pueblo, para poner fin a la persecución.

Fue entonces cuando Birno se detuvo y sintió que el miedo, un miedo que venía creciendo en su cuerpo como el musgo de la congelación, paralizaba su mente, enquistaba su voluntad, desvanecía la conciencia, al tiempo que comenzaba a percibir una extraña salpicadura en las venas que, solo por un instante, alertó el latido de lo que deja la vida en el umbral de la muerte.

El lobo husmeó con sigilo y recelo aquel cuerpo varado que ya no tenía respiración y retomó el rastro de su acecho, la huella que la nieve velaba en el camino de la persecución, como si quisiera regresar sobre sus pasos al interior de la selva petrificada.

Almo dijo que su padre fue el primero que vio a Birno llegar al pueblo, porque esa madrugada los mineros del primer turno adelantaban la entrada y él tenía que ir antes. Venía entre la nieve como si la nieve le creciera del cuerpo y caminaba como un autómata, con pasos firmes y mecánicos.

Lo que más impresionó al padre de Almo fueron los ojos de Birno, la mirada helada que solo comenzó a desentumecerse cuando se sentó desnudo, con una manta a los hombros, ante la estufa de aserrín. Eran los ojos de la alimaña que le había perseguido y solo con mirarlos comprendía uno, aseguraba el padre de Almo, lo que el miedo había matado para siempre en el corazón de aquel muchacho”.

http://lanarrativabreve.blogspot.ru/2011/04/prosas-escogidas-dias-del-desvan-de.html

 

 

LA PAPELERA

(Albanito, amigo mío y otros relatos, 1989)

 

Por lo menos había visto a siete u ocho personas, ninguna de ellas con aspecto de mendigo, meter la mano en la papelera que estaba adosada a una farola cercana al aparcamiento donde todas las mañanas dejaba mi coche.

Era un suceso trivial que me creaba cierta animadversión, porque es difícil sustraerse a la penosa imagen de ese vicio de urracas, sobre todo si se piensa en las sucias sorpresas que la papelera podía albergar.

Que yo pudiera verme tentado de caer en esa indigna manía era algo inconcebible, pero aquella mañana, tras la tremenda discusión que por la noche había tenido con mi mujer, y que era la causa de no haber pegado ojo, aparqué como siempre el coche y al caminar hacia mi oficina la papelera me atrajo como un imán absurdo y, sin disimular apenas ante la posibilidad de algún observador inadvertido, metí en ella la mano, con la misma torpe decisión con que se lo había visto hacer a aquellos penosos rastreadores que me habían precedido.

Decir que así cambió mi vida es probablemente una exageración, porque la vida es algo más que la materia que la sostiene y que las soluciones que hemos arbitrado para sobrellevarla. La vida es, antes que nada y en mi modesta opinión, el sentimiento de lo que somos más que la evaluación de lo que tenemos.

Pero si debo confesar que muchas cosas de mi existencia tomaron otro derrotero.

Me convertí en un solvente empresario, me separé de mi mujer y contraje matrimonio con una jovencita encantadora, me compré una preciosa finca y hasta un yate, que era un capricho que siempre me había obsesionado y, sobre todo, me hice un transplante capilar en la mejor clínica suiza y eliminé de por vida mi horrible complejo de calvo, adquirido en la temprana juventud.

El billete de lotería que extraje de la papelera estaba sucio y arrugado, como si alguien hubiese vomitado sobre él, pero supe contenerme y no hacer ascos a la fortuna que me aguardaba en el inmediato sorteo navideño.

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http://franciscomendez.blogspot.it/2012/05/la-papelera-luis-mateo-diez.html

 

 

[youtube http://youtu.be/SBv_Hob2MlM]