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Literatura  Española e Hispanoamericana del siglo XX clase del martes 25/11/2014

Profesora: Valeria Correa Fiz.

Hipólito G. Navarro

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  • El escritor de Huelva, Hipólito González Navarro en “Pretextos” (1998)

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 Funes el memorioso por Jorge Luis Borges

borges revista Ñ

Borges, El Memorioso.foto:archivo.fuente:Revista Ñ

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¡Buenas tardes! Hoy es domingo, noviembre 30, 2014 y son las 1:20 pm 

Jorge Luis Borges
(1899–1986)

Funes El Memorioso
(Artificios, 1944;
Ficciones, 1944)

         Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887… Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo —género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño: Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres; “Un Zarathustra cimarrón y vernáculo”; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.
Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año ochenta y cuatro. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y .vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: ¿Qué horas son, Ireneo? Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: Faltan cuatro mínutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco. La voz era aguda, burlona.
Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.
Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O’Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto. Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles.
Los años ochenta y cinco y ochenta y seis veraneamos en la ciudad de Montevideo. El ochenta y siete volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el “cronométrico Funes”. Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en.la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado… Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina.
No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latin. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, “del día siete de febrero del año ochenta y cuatro”, ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, “había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó”, y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario “para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín”. Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por yj por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat. y la obra de Plinio:
El catorce de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba “nada bien”. Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El “Saturno” zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día.
En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque Ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del vigésimocuarto capítulo del libro séptimo de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non usdem verbis redderetur auditum.
Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al más dificil punto de mi relato. Este (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche.
Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los 22 idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.
Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo. Y también: Mis sueños son como 1a vigilia de ustedes. Y también, hacia el alba: Mi memoría, señor, es como vacíadero de basuras. Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.
Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos in—mortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo.
La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando..
Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele. Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, gas, 1a caldera, Napoleón, Agustín vedia. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una especie marca; las últimas muy complicadas… Yo traté explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario sistema numeración. Le dije decir 365 tres centenas, seis decenas, cinco unidades; análisis no existe en los “números” El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme.
Locke, siglo XVII, postuló (y reprobó) idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.
Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferir el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucios y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente.
Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.
La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.
Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce, más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.
Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.

1942

Fuente: http://www.literatura.us/borges/funes.html

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 Informe sobre ciego por Juan Form

Juan Forn en Aire Nuestro

Pagina 12

Informe sobre ciego por Juan Form

En una película italiana basada en hechos reales que se llama Rojo como el cielo y cuenta la historia de Mirco Mencacci (uno de los mejores ingenieros de sonido de Europa, que se quedó ciego a los diez años), me entero de que en Italia, hasta 1970, había escuelas obligatorias para pibes ciegos: no podían ir a escuelas normales. Mencacci tuvo un accidente a los diez años, estuvo dos meses con los ojos vendados y cuando le sacaron la venda sólo veía una niebla amarillenta, como si todo estuviera fuera de foco. Cuando llegó al internado estaba convencido, a pesar de lo que le habían dicho los médicos, a pesar de lo que le habían dicho sus padres, de que esa niebla se terminaría yendo si él se esforzaba realmente en hacer foco, y algún día lograría ver con la nitidez con que veía antes del accidente. Todos los pupilos del internado eran ciegos de nacimiento; él era el único que no había nacido así, cosa que lo convertía en el que más sufría la ceguera. En una escena memorable de la película, los compañeros de Mencacci le enseñan a ser ciego; es decir, a no ser inútil siendo ciego: le muestran cómo hacen ellos para bañarse, para comer, para “leer” la cara de alguien al tacto, para subirse a un árbol, incluso para correr. A cambio, Mencacci intenta explicarles cómo son los colores. La escena me hizo acordar la confesión de Borges a Bioy, al volver de sus primeras conferencias en Oxford en 1963: “En Londres me visitó un ciego de nacimiento. Le pregunté si veía tinieblas, si estaba en un mundo oscuro. Me contestó que no. Yo, si cierro el ojo que ve, veo una tiniebla rojiza. Ellos no tienen conciencia de ninguna tiniebla. Para ellos, los ojos y la palma de la mano tienen la misma conciencia de la oscuridad. No están en el ahogo en que uno los imagina. Aun cuando carecen de esa especie de tacto a distancia que tenemos los que vemos, no están oprimidos por ninguna oscuridad”.

La mayoría de la gente repite que la amistad entre Borges y Bioy “excluía la confidencia” (es una irritante costumbre hablar en borgeano para referirse a Borges). Yo no estoy de acuerdo. Quizá Bioy le daba poco calce a Borges para hablar de sus amores (según su bizarro código de honor, no era aceptable hablar de una mujer anhelada pero, en cambio, era perfectamente lícito acostarse con las esposas de sus amigos). Quizá Borges prefería que no le hicieran confidencias. Pero que él las hacía, y que la mayoría de esas confesiones se las hizo a Bioy, en particular las referidas a la evolución de su ceguera, es evidente para cualquiera que recorra las 1600 páginas del Borges de Bioy. Era Bioy quien lo acompañaba siempre al oculista, a veces incluso lo llevaba a la rastra, por pedido de la madre de Borges, cuando éste se negaba a ir, y muchas veces era Bioy quien pagaba la consulta o conseguía que la eminencia médica de turno atendiera sin cobrarle a Borges. Es famosa la anotación que hace Bioy en su diario al volver de aquella consulta en 1955, en que le explicaron a Borges que lo que tenía era efectivamente un desprendimiento de retina, pero no total, al menos hasta ese momento: “Cuando volvíamos a su casa, por distracción, casi choqué contra otro automóvil. Me sentí enfermo de disgusto. Un sacudón así podría dejar ciego a Borges”.

Las confidencias de Bioy suelen ser a su diario; las de Borges, en cambio, son a su amigo. Como cuando le describe con toda naturalidad (y años después del hecho) la operación en el Cemic de 1956: “El dolor de las inyecciones es tristísimo, mucho más doloroso que en la encía. Te previenen que no te muevas cuando sientas el pinchazo porque si se desvía la aguja podés quedar ciego. Ves las manos del cirujano y después están tan cerca que ya no las ves. Cuando te cortan oís un ruido como si cortaran una seda; es la córnea. Cuando te sacan la venda ves todo rojizo; es que el ojo está sanguinolento. Después la niebla virará del rojizo al amarillento”.

Esperando en aquellos consultorios le contó Borges a Bioy que, cuando su madre y su padre (que era muy mujeriego y muy chicato también), vivían en Ginebra, una tarde él siguió por las calles a una mujer hasta que, cansada del asedio, ella se dio vuelta y le dijo: “¡Jorge! ¿Ni siquiera a mí me vas a dejar tranquila?”. Era su propia esposa. El padre de Borges, que terminó su vida ciego, cuando nació Borges le miró ansiosamente los ojos y, al ver que eran claros, le dijo a su esposa: “Está salvado. Tiene tus ojos”. Se equivocaba: los ojos de Borges heredaron el color de la madre pero la enfermedad del padre. A los ocho años, le preguntaron qué decía en una lata de té blanca con letras doradas. “No dice nada, es todo blanco”, contestó Borges. Lo llevaron al médico. El diagnóstico fue cataratas. Como el padre, y cuatro generaciones de Borges antes, JLB supo en ese momento que se quedaría ciego tarde o temprano.

Lo que nadie imaginaba fue la manera en que aceptó la ceguera. En los años ’60 era bastante común, para los que andaban por los alrededores de la plaza San Martín o la vieja Biblioteca de la calle México, encontrarse con Borges parado en una esquina, apoyado en su bastón, esperando que alguien lo ayudara a cruzar la calle o a bajar al subte. Bioy anota esto que le dice en 1966: “Desde que soy ciego el tiempo fluye de otra manera. Antes, si tenía un rato libre, leía. Me molestaba esperar a una persona en la calle; los insomnios me parecían muy desagradables. Ahora, no. En cuanto estoy solo, en cuanto no hay alguien con quien conversar, estoy en una situación así, de modo que me acostumbré. No me importa estar esperando en una esquina. No me importa tener insomnio a la noche”. Que a Borges no le importara no significa que a los demás tampoco. El verano siguiente, en Mar del Plata, dice Bioy: “Los demás no existen para Borges. Se desnuda delante de todo el mundo en la playa, va al baño sin cerrar la puerta, hoy no orinó en la letrina sino en el piso. Por esta mala puntería, con dolor en el alma lo he desviado de mi baño a otro que no usa nadie”. Con el tiempo será más triste: “Borges no ve la clara del huevo frito en el blanco del plato. Durante un tiempo que parece infinito repite el acto de llevar a la boca el tenedor vacío”.

María Kodama terminó alejando a Borges de Bioy. Los amigos se despidieron por teléfono, cuando Borges ya estaba en Ginebra. Dos años después, sin embargo, una de las personas que estaban con Borges cuando murió le confesó a Bioy: “Unos días antes sintió la presencia de la muerte. Dijo: Ha llegado. Está aquí”. Bioy preguntó si la había descrito. Le contestaron que sí: “Como algo externo, rígido, frío”. Así fue, coincidiendo por casualidad con un semidesconocido en un hotel de Europa, como llegó hasta Bioy la última confidencia que le hizo su amigo de toda la vida.