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HuNgEr, Faim, Co est, FAME, HoNGeR, FoME,
¡HAMBRE!
(Sólo la cuchara conoce el contenido de la olla).

Mi propósito era el de escribir sobre algo más ameno, pero al observar la situación actual he decidido cambiar dirección. He excavado en mi “Cajón del sastre”, y he hallado de todo, fotografías, cartas, tarjetas postales, artículos, certificados de embarques y desembarques, recortes de prensa, material acumulado durante años, que hoy resulta ser de actualidad, siendo así que me he permitido aprovecharlo añadiendo ingredientes nuevos y viejos, como antropología, vida vivida, humanidad, pobreza, miseria y sobretodo hambruna. El resultado: Algo parecido a un cocido, o mejor dicho a una antigua receta culinaria llamada ¡Olla podrida!

El joven Bicho raro, (87 abriles), convaleciente de una operación de cadera os contará sus vacaciones y las de su consorte, la cual, un domingo se rompió el fémur en las escaleras automáticas del Metro de la estación Garibaldi.
No os hablaré de viajes exóticos, esta pareja de ancianos ha viajado con la mente, ha galopado en el tiempo.
Nos dicen que la historia se repite, y es la pura verdad, pero el ser humano sigue cometiendo las idénticas burradas. Los medios de información nos han tenido al corriente de la crítica situación actual.
Inicié este artículo con una charla en chunga con la ‘señora de la guadaña’, o sea la Parca, la Pelona como la llaman los íberoamericanos, pero le he dado un corte. A otros pedazos les he pegado algunos tijerazos. Hay que saber autocensurarse con ciertos argumentos.
No trato de conmover a nadie, con las últimas palabras pronunciadas de mi compañera de vida antes de la segunda operación del cráneo, debido a dos caídas por tierra en la Sección Ortopédica y Rehabilitación: -¡No quiero morir, quiero seguir pintando!

Lo que a continuación sigue es algo escrito hace más o menos unos 25 años en la revista íberoamericana La grande Patria. El título era: El hambre es un escándalo indecente. Iniciaba así:
Mi intención era la de escribir algo muy diverso, pero el drama que se está desarrollando actualmente en África me ha empujado a cambiar argumento. Durante estos últimos días hemos podido leer las noticias sobre las dos naciones afectadas por el hambre, Etiopía y Eritrea. Un ministro alemán declaró: “No es aceptable para los gobiernos de la Unión Europea, que los dos paises víctimas del hambre no sean capaces de alcanzar un acuerdo que ponga fin a la guerra fronteriza, y ayude a salvar vidas”. ¿Por qué este señor no nos dice quién vendió las armas a esta pobre gente? ¿No fueron los europeos y los estadounidenses? -Más hubiera valido que se hubiera limpiado los mocos y se secase las lágrimas de cocodrilo ese Schweinkopf (cabeza de cerdo en alemán).
Prosigo: Mientras escribo esto estarán falleciendo millares de seres humanos, la mayoría niños, cuya única culpa fue la de haber nacido. Esta noche, cuando he visto en la TV el rostro de una de estas criaturas inocentes, -un verdadero saco de huesos-, las tripas se me han hecho un ovillo. Aquellos ojos fuera de las órbitas parecían interrogarme: -¿Por qué? Aquellos dientes que no sabían mascar… Aquellas moscas que se paseaban tranquilamente por aquella carita casi sin vida… ¡Era algo horrible! Un verdadero genocidio se presenta ante los ojos del Mundo que, indiferente, sigue masticando. Ya que hablamos de masticación, de dientes, adjunto algunos datos curiosos, que parecen ser una burla hacia quien sufre de esta vieja y terrible enfermedad que es el hambre.hambreetiopia
Los dientes mascan en una vida el contenido de un camión con medio remolque. Esta obra de arte que es nuestra boca es muy frágil: Nueve personas sobre diez corren el peligro de llegar a la edad de sesenta años de quedarse sin un diente. (He suprimido lo que se relacionaba con el estado actual de mi boca). Masticamos de 1 a 1,5 kilos de comida al día. Durante nuestra vida tragamos el equivalente de cuatro vacas, veinte cerdos, ocho ovejas, cuatrocientos pollos, 250 kilos de pescado, 3000. kilos de pan, de pasta o de arroz. 7000 kilos de legumbres, 600 kilos de mantequilla, etc. Para realizar esta tarea producimos 1,5 litros de saliva al día.
Un historiador de Economía sostiene que existen tres tipos de países: aquellos que se preguntan de dónde llegará la proxima comida, aquellos en que los habitantes comen para vivir, y aquellos que se gastan ingentes sumas de dinero para poder adelgazar.
Actualmente en el mundo occidental, en el cual la mayoría de la gente goza de un cierto bienestar, hablar de hambre es casi un argumento tabú, causa fastidio, especialmente a los pancistas tragaldabas, que nunca sufrieron de esa enfermedad tan antigua como el mundo, pero que ciertamente conocieron sus padres o sus abuelos.hambre

Años atrás, en ocasión de una cena organizada en nuestra casa, con
tres familiares míos y un huésped, digamos de honor, un enseñante de Historia del Arte Pobre, después de haber comido y bebido como cerdos salió a relucir por casualidad la cuestión de la carpanta. Se habló de las famosas pinturas rupestres de Altamira, que se hallan en una cueva del norte de España, donde el Hombre sapiens realizó hace unos miles de años unos magníficos grafitos, en los cuales estaban representados caballos, jabalíes, ciervos y bisontes. El enseñante afirmó rotundamente, que aquellas escenas estaban relacionadas con la muerte de seres humanos. No siendo de la misma opinión quise exponer la mía, replicando, que aquello eran escenas de caza, pues quien dice caza dice poder comer, llenar el buche o sea matar el hambre, algo que aún perdura. Cuando referí, que personalmente, durante y después del conflicto bélico que ensangrentó a España, yo había sufrido este terrible mal, díjome que era imposible, que el hambre no existía en el mundo, que él no la había conocido, los miembros de mi familia, que afortunadamente no sufrieron de esta plaga dieron razón a aquel pelagatos.
Años atrás ya se hablaba de las carestías de las cuales sufrían varios pueblos, pero por lo visto aquellas personas eran como los tres monos, que no ven, son sordos y no hablan.
Fue así que decidí convertirme en investigador antropólogo, y frecuentando numerosas bibliotecas pude descubrir bastantes informaciones, que según mi parecer confirmaban mi hipótesis, la cual se podía más o menos resumir en estos párrafos: “Naturalmente, el Hombre no practicaba la caza como un deporte. Hace más de 14.000 años se alimentaba de vegetales, caza y carroñas, y muchos miles de años antes practicaba el canibalismo. La nutrición o mejor dicho, la alimentación, es la más apremiante necesidad para el individuo como para la comunidad, y de aquí que sus exigencias en uno y otra se antepongan a todas las demás. Las emigraciones humanas, por lo regular, no reconocen otra causa que la necesidad de procurarse alimentos de parte de una población numerosa o pobre. En general las sociedades se han desarrollado en los territorios más fértiles. Una de las causas de la emigración, un fenómeno social, político y sobretodo económico, son debidas a la insuficiencia de los medios de existencia, que obliga a una parte de la población de un país a buscar trabajo fuera de él. Este es el caso de Irlanda, que emigró en masa en el 1847, debido al hambre”.
“Hay en casi todos los pueblos primitivos una concepción que los etnólogos denominan “magia simpática”, según la cual toda imagen tiene perennemente una relación con el ser que representa. así, mediante toda figura o “doble representado” se pueden ejercitar sortilegios benéficos o maléficos, que repercutirán sobre el ser allí aprendido dentro de su imagen… Las representaciones obtenidas eran la garantía de eficacia para numerosos sortilegios con que atraer a los animales, asegurar el éxito de las cacerías, proteger la reproducción de especies útiles y conseguir la destrucción de las maléficas. Mediante ceremonias religiosas se practicaba el simulacro de cazar las especies representadas, de protegerlas si eran útiles, o de exterminarlas si se las consideraba dañinas u ofrecían peligro para el hombre”. –Esta necesidad de la caza, de la nutrición, esta obsesión constante y diaria, se pudo constatar con los prisioneros de los años 40 en los campos de concentración, que sólo soñaban en menús gastronómicos.

Lo que sigue a continuación es verdaderamente muy interesante: Los antropólogos, suponen que las primeras formas rudimentales de pareja monógama nacieron de la siguiente manera: Las zonas donde se cocían los alimentos, ocupadas de las mujeres, eran facilmente localizadas debido al fuego y al humo, que atraían a los hombres, que en vez de ir a cazar preferían robar la comida. Los conflictos entre los humanos iniciaron a disminuir solamente cuando cada mujer de Homos erectus pudo contar con un defensor y este con una cocinera.

Lo cierto es, que el ilustre enseñante sabiondo, no estaba al corriente de los hechos del mes de mayo de 1898, cuando los milaneses se alborotaron contra el aumento del precio del pan; la marcha popular hacia el centro de la ciudad se transformó en una tragedia. rivoltamilano1898El comunicado oficial habló de 80 muertos y 450 heridos, pero ciertamente eran el doble.

Deseo citar lo que dice un célebre sociólogo europeo a su hijo: “El hambre es el escándalo más indecente, para combatirla hace falta cambiar el orden homicida del mundo. Porque el hambre es un problema del cual el Occidente es el primer responsable. El hambre la produce el Hombre, no la Naturaleza. El rico es un bruto sin piedad, que hay que pararlo con la hoz, o con una ráfaga en el vientre. Prosigue así: La misma FAO ha declarado que sobre la Tierra existen recursos disponibles para dar de comer a doce mil millones de personas, y nosotros somos la mitad. Lo que sucede es que las oligarquías financieras que nos gobiernan son las que deciden. Estas no son organizaciones caritativas, quieren sólo beneficios- Los precios de las materias primas como el trigo, están fijados especulativamente en el Stock Market de la Bolsa de Chicago. Allí operan en régimen de monopolio global las -siete hermanas- de los cereales. La lógica del mercado mundial impone reglas criminales, obligando a las naciones pobres a desarrollar monoculturas útiles solamente a la exportación, y no a las poblaciones locales”.

Hablar de la situación actual, de la pobreza, es una pérdida de tiempo. La metrópoli se halla poblada de personas de diversas nacionalidades. Podríamos decir: ¡El hambre no tiene fronteras! Se forman colas para poder obtener una bolsa con alimentos de primera necesidad. En pasado eran los llamados clochards, los que acudían a estos lugares donde se practica la caridad, actualmente se han agregado a la cola personas de la clase media, que ejercían profesiones muy bien retribuídas. Ahora conocerán lo que significa la miseria.
Personalmente, debido al conocimiento de estos dramas, a los trompazos recibidos de la vida, me conmuevo, como me ocurrió la otra tarde en una de las calles más frecuentadas por los turistas, donde un pobre tirado por tierra pedía la caridad, sobre su pecho había un cartel que decía: Ho fame.

Recientemente, he podido leer un artículo, que respetando el contenido se puede resumir de la siguiente manera: Los 10 patrones de la alimentación, reunidos alrededor de una mesa controlan más del 70% de la comida del planeta. Éllos son los representantes de las mayores multinacionales.

Como acostumbro, -me meto a pegar brincos en el tiempo- y os cuento algo relacionado con la hambruna, pero menos dramático.

En un lugar de la frontera franco-belga:
Los gendarmes belgas me descargaron como un paquete maloliente entregándome a sus colegas franceses, que sólo se diferenciaban por el uniforme y el képi-orinal que transportaban sobre el cráneo, los cuales se asemejaban como dos mellizos, pues sus fisonomías reflejaban los síntomas de una bebelera crónica. Los gendarmes galos recibieron la papelada que contenía los delitos cometidos de mi persona y después de una ojeada de desprecio me mandaron —a tomar viento a la farola—. Ellos, la suma autoridad, los defensores del orden y de la tranquilidad, terror de nómadas y de errantes, de bandoleros y contrabandistas, (¿pero donde se hallaban estos héroes cuándo la invasión alemana?), fueron a emboscarse en un estaminet (cafetín típico del norte de Francia), para calmar sus gaznates sedientos y contarse sus proezas.
En aquella época no se hablaba aún de Europa unida, de Mercado Común, ni de apertura de las fronteras, al contrario, éstas estaban mejor defendidas que años atrás. Nosotros, los refugiados, los apátridas, las llamadas personas desplazadas, los fugitivos, los derrotados, los parias, estábamos considerados como elementos peligrosos, ya que pretendíamos nuestra ración de libertad. El filósofo Rousseau afirmaba que el “Hombre era bueno hasta que no entraba en la cloaca, así él llamaba a la Sociedad.
Pasar la frontera sin pasaporte, intentar embarcar clandestinamente rumbo a las Américas, lejos de aquella Europa que apestaba a carroña, eran considerados graves delitos, los cuales el Reino Belga me los hizo purgar en sus mazmorras; pero no deseo acusar a los belgas, ya que en realidad excepto la falta de libertad, mi estancia en la cárcel fue una vacación-turistica, pues nuestro primer encierro e interrogatorio fue realizado nada menos en el castillo Stern, en aquellos momentos una sede de la Comandancia de Marina, que se ocupaba de delitos como los nuestros. En el pasado este edificio tuvo el honor de hospitar a Carlos V. Naturalmente, me expulsaron hacia el país que me concedió el derecho de asilo al huir de España. No siendo yo un banquero, ni un pintor famoso, ni un cantante célebre, si no un ilustre desconocido, no tenían necesidad de un clandestino, de un aspirante a la polizonada.
Allez, allez! me ladraron los gendarmes cuando escudriñando el horizonte alcé el dedo humedecido con la saliva para ver de donde soplaba el viento, y examinar la ruta hacia la cual dirigir mis pasos. Este gesto era la respuesta a sus ladridos Allez, allez!gendarmes belgas de frontera
Era el día de San José, o sea el 19 de marzo del año 1949, nevaba, sólo el calor de la libertad lograba calmar el frío que me invadía. Como una hoja arrastrada por el viento fui avanzando y aventurándome hacia lo desconocido. Mordí el bollo blanco con el cual la prisión habíame obsequiado aquella mañana en Bruselas y por unos instantes sentí la nostalgia del calorcito de la cárcel, de la compañía de los otros detenidos, e incluso la seguridad de un catre y de una comida caliente; pero siendo yo ahora un hombre libre me obligué a avergonzarme. Los copos de nieve se divertían formando torbellinos que se posaban sobre mi cabeza, acariciándome el cogote y deslizándose luego por la espalda, lamiéndome el trasero.
De las chimeneas del pueblo al cual me avecinaba se escabullía el humo, que dibujaba en el aire mensajes de las próximas comilonas, que se preparaban para celebrar la fiesta del santo patrón. Un cafetín me abría las puertas invitándome a entrar. Mi capital consistía en unos pocos francos belgas que me permitieron ofrecerme dos vasos de ron y un paquete de cigarrillos, lo que ni siquiera se niega a un condenado a muerte. ¡A las penas puñalás! como dicen en Andalucía, y —detrás tragos de ron, me dije yo—. Mi caudal, después de este despilfarro consistía en un níquel y unos míseros . francos franceses. Hubiera podido exclamarme: Estás más perdido que un perro callejero, pero me consolaba pensando que en comparación con mis amigotes, que se hallaban detrás de los barrotes, al fin y al cabo era yo un privilegiado, además me hallaba en posesión de una buena vista, de dos brazos, dos piernas y mis veinte años, lo que representaba un verdadero capital y diciéndome a mí mismo: -Mejor libertad pobre que prisión rica-.
Contra viento(s) y marea(s), pisando el asfalto de la carretera seguí avanzando silbándoles al viento y a la nieve que parecían perseguirme.
De las puertas de las viviendas, aproximándose la hora de la comida se escapaban olorcitos culinarios que conseguían agitar a mi pobre estómago, el cual protestaba con rumores internos que sólo el propietario podía oir. Parecía que todas las puertas del pueblo se cerrasen cuando oían que me avecinaba, y los propietarios debiesen leer en mi rostro los sueños de cocina.
Chano, chano, ayudado de mis piernas robustas devoré varios kilómetros, hasta que la oscuridad, el cansancio y las inclemencias del tiempo me obligaron a buscar un refugio donde transcurrir la noche. Una parada de autobús me brindó un tejado, la tierra me ofreció su duro colchón y un periódico atrasado hallado en una papelera me sirvió de sábanas y manta. Había cesado de nevar, al toque de queda aparecieron las estrellas, mientras el cielo, testigo silencioso me invitaba al reposo. El colmo de la felicidad fue cuando llegó un minino que instintivamente comprendió que aquel humano tenía necesidad de compañía y calor. gatoSin pedir permiso se arrimó a mi cuerpo, puso en movimiento su ron ron como queriéndome mecer y demostrarme su amistad. El morrongo transcurrió varias horas arrimado a mi cuerpo proporcionándome un calorcito muy agradable. Son numerosas las personas que aseguran que los gatos son egoístas, pero el que a mí me hizo compañía aquella noche demostró un altruismo que muchos seres humanos desconocen. Años más tarde cuando narré esto a alguien me aseguró, que era un milagro realizado de San José, el cual acordándose de las dificultades sufridas con la pobre María, cuando debía dar a luz, y no encontrando nadie que le ofreciera la hospitalidad, no le tocó otro remedio que parir en una cuadra; según la persona a la cual le conté lo sucedido fue el santo que se apiadó de mí y mandó el gato para que me hiciese compañía y calentase mis huesos. Bueno, cada uno es libre de creer en las fábulas y en Papá Noel, pero este no es mi caso, pues por lo que refieren, los milagros sólo los presencian las pastorcillas. Los ojos del micho brillaban en la oscuridad como dos minúsculos faros, parecía como si desease ofrecerme su amistad. Aquella noche comprendí la razón por la cual los antiguos egipcios adoraban a estos felinos. En el Delta oriental de Egipto se ha descubierto una necrópolis de los gatos. Después de la muerte del animal iniciaba un período de luto, que culminaba con el funeral y su sepultura. Quizás el micho o la micha que ronroneaba cerca de mí era la rencarnación de alguna princesa egipcia; pero aprecio mucho más la gran estima que tienen los musulmanes de estos felinos porque el profeta Mahoma les prometió un lugar en el Paraíso, pues los consideran un símbolo de independencia y de libertad. A pesar de los siglos transcurridos el Hombre no ha conseguido domar a este felino, y esclavizarlo haciéndole trabajar en el circo. – Sólo lo ha logrado con la esclavitud humana-.
La del alba sería, cuando los gallos, esos animales madrugadores, que se acuestan como las gallinas sonaron la diana. Con los huesos molidos emprendí la marcha. El gato me acompañó durante varios metros, luego, saludándome a su manera, o sea restregándose contra mis piernas se alejó hacia su morada. Desde aquel día, para pagar mi deuda con el amigo de aquella noche he adoptado algunos michos abandonados en la playa o escondidos en los hangares de los puertos.
Anduve por la carretera tragando kilómetros, mientras mi pobre panza reclamaba su ración diaria de cocido, que aún el día anterior me suministraba generosamente la Corona belga; bueno digamos que nada tenía que ver con el cocido, pues eran simplemente kartoffel, o sea patatas. Razón tenía quien dijo: “Barriga vacía no tiene alegría”. Financiariamente me hallaba más pelao que un calvo, pues mis bolsillos sólo contenían el níquel belga, unos pocos francos franceses, y un pañuelo sucio.
Serían las dos de la tarde cuando me invadió la fatiga, mi cuerpo sentía la necesidad de ser alimentado, y para engañarlo me paré en un aparcamiento para fumarme un pitillo, hacer reposar a mi único medio de locomoción, o sea las piernas y engañar a mi estómago gruñón con la ilusión de saciarse con los perfumes de cocina provenientes de uno de aquellos restaurantes llamados Les Routiers. Don Quijote hubiera dicho: “De puro molido y quebrantado no me podía tener”.
La clientela de Les Routiers era sobretodo la de los camioneros, donde solían hacer parada y fonda. Mientras me hallaba meditando en el sistema para descolgar la olla, el chófer de uno de aquellos mastodontes de la carretera, que seguramente habíame cruzado durante su marcha se paró delante mío preguntándome si iba muy lejos con mis patas. El hombre había ciertamente leído en mis ojos el desaliento, ¿pues no aseguran qué estos son el espejo de no sé qué? Estas ventanas que se abren sobre nuestro rostro, a pesar de ser mudas reflejan todos los problemas escondidos en nuestro interior. Cuando se viaja sin una meta fija, desprovisto de todo, uno asemeja a esos animales extraviados o abandonados en cuya mirada se puede leer el desconsuelo. A pesar de no haber aún decidido un itinerario mi idea era la de dirigirme hacia algún puerto de mar con la intención de embarcarme, ya que la tierra me estaba asqueando y resultando estrecha. El camionero me demandó hacia donde me encaminaba, y habiendo yo observado que la matrícula de su vehículo terminaba con el número 13, que correspondía al departamento del Ródano, y a Marsella le confié que mi intención era la de dirigirme hacia esa ciudad. A mi respuesta me preguntó si sabía la distancia que había entre el lugar donde nos encontrábamos y hacia donde pensaba dirigirme, que según me indicó distaba más de mil kilómetros. Al oír mi acento, pues mi francés era muy rudimental comprendió inmediatamente que aquel pobre viandante que viajaba a pie por la carretera, a pesar del mal tiempo, era un español en dificultad. Con pocas palabras le conté mis desventuras. Quien escuchaba mi relato resultó ser un compatriota, un refugiado político, un republicano de la cosecha del 39, que había conocido los campos de concentración del Mediodía de Francia, su hambre, los piojos y los allez, allez!. Me contó del terrible campo de Barcarés, creado para recibir 50.000 personas pero que llegó a contener hasta 80.000, donde los tres primeros días recibieron un pan para cinco y una lata de sardinas para quince, y que sólo tenían dercho a una cazoleta de agua sucia por la tarde. campo de barcaresY proseguía: Tuvimos que resistir a las tempestades de arena, a la sarna, a la tiña, a la disentería… Aquellos cabrones nos llamaban el ejército en alpargatas, queriendo insinuar que así podíamos correr más veloces. Poco más tarde el mundo entero pudo darse cuenta de quien corrió más veloz, pues si nosotros luchamos durante casi tres años contra el franquismo, ellos capitularon en apenas un mes. Cuando le conté lo de ir a tomar viento a la farola, y que yo obedeciendo a las órdenes de los gendarmes, personas dotadas de gran inteligencia, me dirigía hacia el mejor lugar para hallar faros y farolas, o sea hacia un puerto, lanzó una sonora carcajada, diciéndome que al menos no carecía de buen humor, a lo que le respondí con una frase que iba muy de moda en aquellos años en nuestra tierra: “En mi casa no se come, pero nos reímos más..”. Apoyando una mano robusta sobre mis cansadas espaldas me guió hacia el restaurante asegurándome que me ayudaría a cumplir las órdenes de los gendarmes conduciéndome hasta Marsella, pues tal vez allí encontraría la farola que iluminaría mi ruta.
El comedor del Café des Routiers estaba animadísimo, los hombres de la carretera devoraban con gran apetito, bebían abundantemente distribuyendo piropos y acariciando las posaderas de las camareras, que corrían con platos repletos, que lograron trastornar mi pobre estómago en ayunas. Cuando llegóme una montaña de patatas fritas y un bistec gigantesco me lancé al ataque de la carne sin prestar atención a lo que sucedía en la sala y mientras mis muelas trituraban con pasión aquellos manjares seguí escuchando las tribulaciones sufridas del camionero.
Durante todo el trayecto estuvimos conversando de los avatares de la vida, de la esperanza de poder regresar un día a nuestra tierra. Al llegar a Marsella me despedí de mi bienhechor y me sentí como uno que ha perdido un amigo. Nos abrazamos emocionados, como viejos compañeros, casi como padre e hijo.
franciapuertosEl propósito de encaminarme hacia el Sur era sobretodo debido al hambre de sol, debido al tiempo permanecido en la sombra. Todo mi organismo sentía la necesidad y la nostalgia del cielo azul, y especialmente la de oír la voz amiga del mar, cuya lengua y rumores mis oídos conocían y comprendían.
Mi benefactor, al despedirnos, al darnos el apretón de manos, depositó en una de ellas unos billetes, que fueron como rayos de esperanza que alumbraron mi triste y desolada cartera.
Marsella perla de Provenza, donde todas las etnias se han dado cita, que es al mismo tiempo, Europa, Africa y Asia, por donde pasaron fenicios, griegos y romanos, dejando sus huellas, me dio la bienvenida acariciándome con su sol y embriagándome con sus perfumes mediterráneos, que flotaban en el aire, con sus rumores, y sus colores que esta tierra de Provenza inspiró a tantos poetas. Mi olfato iba descifrando los olores del pescado frito, de los pimientos y la albahaca, el ajo y la cebolla, además del azafrán y de la famosa boullabaise, orgullo de Marsella. Mis pupilas fotografiaban divertidas una multitud variopinta de individuos, que hablaban cada uno su lengua con el acento del poeta Mistral. Griegos, italianos, senegaleses, españoles, armenios, malteses, argelinos, corsos, vietnamitas a los cuales se juntaban tipos desembarcados de naves llegadas de todas las latitudes, formaban un conglomerado caravanero cosmopolita muy diverso de las otras ciudades francesas. Marsella me mostraba orgullosa su famosa Cannabière; el paseo me recordaba la Rambla de Barcelona, y a pesar de los pocos meses transcurridos desde mi salida yo ya sentía la nostalgia de ella. A pesar de que mi situación financiera no fuese brillante, y que mi porvenir era una incógnita me instalé en la terraza de un café a saborear varios pastis, ese anís amarillo que los sureños han impuesto pacíficamente a todo el país. Brindé a mi reciente libertad, ese bien que sólo se aprecia cuando uno lo ha perdido. Ante mis ojos desfilaban las lindas marsellesas, semejantes a ciertas esculturas griegas abandonadas de los antiguos fundadores de la ciudad; estas formosas criaturas de una belleza provocadora movían sus cuerpos armoniosamente, semejantes a ánforas con su rico contenido, consiguiendo acalorar los ardores de los viejos pescadores que remendaban sus redes, y excitar al pobre ex preso vagabundo
Los marselleses, a pesar de sus orígenes tan diversos están orgullosos de su ciudad, y un famoso escritor citaba con exagerado humor: “Si París tuviese una Cannebière sería una pequeña Marsella”, pues sus lindos edificios, los magníficos negocios y cafés pueden fácilmente competir con los de la capital.
En el Puerto Viejo las velas de los pesqueros agitadas por la brisa susurraban la canción del viento, mientras las gaviotas juguetonas seguían sus evoluciones aéreas sobre las cabezas de los pescadores.
puertomarsellaMarsella, perla y cloaca, como todos los refugios marinos posee muchas facetas. Marsella puerta de Africa y de Asia, exportadora de su famoso jabón y de su celebérrima Marsellesa puede asemejar a una linda alhaja, especialmente cuando se contempla su cielo azul y las pequeñas embarcaciones mecidas al compás de las olas, pero si se desencadena el maestral, ese viento te da la sensación que todos los osos y lobos de Siberia te propinen dentelladas en las posaderas, y cuando las causas del apartheid provocan odios raciales, la antigua Massilia asemeja a un orinal o una escupidera repleta de heces y gargajos.
Borracho de luz y de anís abandoné mi cuerpo al lado de una barca que en pasado conoció tiempos mejores.
Al sacudirme del letargo tuve que orientar la mente para recordar el lugar donde me hallaba, pero el mar, la arena y las gavinas me ayudaron. Quien seguramente sería el propietario de la embarcación junto a la cual me hallaba, sonreíame amistosamente; su rostro asemejaba a un campo arado, pues millares de arrugas acumuladas ciertamente durante numerosos años de lucha con el mar lo surcaban. Con voz armoniosa y educada quiso informarse si estaba desembarcado, con mi escaso francés le narré mis peripecias. Una vez más la fortuna se dignó ayudarme, pues el anciano habiendo adivinado mis orígenes me repondió en la lengua de Cervantes. Hablaba un español sabrosísimo donde se notaban diversos dejes sur americanos que mezclado con el acento marsellés flotaban en el aire como una dulce melodía que acariciaban mis oídos; es esta una sensación natural muy apreciable cuando uno se encuentra fuera del terruño al oír una voz amiga en su lengua, que te reconforta y ánima. El hombre me contó que antes de dedicarse a la pesca de la sardina, de los calamares y otros bichos más, había navegado por todos los mares y sobre bajeles de diversas nacionalidades, incluso en los veleros. Si hablaba el español era debido a su permanencia en Argentina y en la zona del Canal de Panamá. El viejo nauta, que también había conocido los sinsabores de la existencia, que había navegado contra viento(s) y marea(s) me lanzó un salvavidas, o mejor dicho, como se suele decir en jergo marinero, me lanzó un cabo.
-Me doy cuenta que el Mar de la Vida te ha azotado, te ha zarandeado, pero a pesar del timón averiado tu mereces de estar a flote muchacho. Así habló quien conoció en pasado momentos difíciles y de abandono. Así habla por regla general quien ha sufrido y está lejos de su patria.

Deseo concluir este artículo sobre este blá, blá, blá, de la mundialización y de la globalización. Años atrás leí una novela de ciencia ficción, donde se hablaba de un Planeta basura, donde la Tierra mandaba sus inmundicias, que ya no cabían en ella, ahora bien, tengo el temor de que a los que no poseemos inmensas fortunas en los paraísos fiscales, a los que vivimos con miserables retiros, cualquier día nos globalizarán metiéndonos en un globo aerostático, o nos colocarán un cohete en las posaderas mandándonos al Planeta basura.

PD.- (La frase no es mía). Al enseñante

-ES PRECISO NO QUITAR A LOS TONTOS EL DERECHO DE DECIR TONTERÍAS-.


Antonio Íbero Layetano

(alias el Bicho raro)