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Uno de los casos que recuerdo con tristeza del modo de despedirse de este mundo, de una manera muy original, se refiere al de un compañero llamado Madriles el zapatero. Este castizo ciudadano del barrio de Lavapiés, pertenecía a la cosecha de los españoles republicanos refugiados en Francia, los del 1939. Antes de abandonar esta tierra tan ingrata con su persona, me contó sus peripecias, sus sufrimientos, sus esperanzas, me confió una vieja maleta con abundante material, que junto con el que yo poseía me permitieron escribir este relato. Durante muchísimo tiempo, demasiado según mi parecer, los perdedores, los defensores de la Libertad no hablaron, sólo los bocazas vencedores intentaron un lavado del cerebro sin convencernos.

Cuando en 1939, el cielo hispano se cubrió de negros nubarrones, cuando la hiena traidora, sedienta de sangre y de venganza se lanzó en persecución de los combatientes defensores del Gobierno votado por el pueblo, Madriles, con sus 24 años, con la boina y una manta sobre la espalda, sin saberlo se despidió para siempre de la Cibeles y de la Puerta del Sol, pues la dictadura no le perdonó nunca el haber defendido a la joven República.
A nuestro amigo lo obligaron a tomarse unas vacaciones forzadas. Los matasanos franceses le aseguraron que el clima invernal en la playa de Argelés-sur-Mer era lo ideal para un combatiente vencido. Nuestros vecinos le dieron la bienvenida como a otros miles de soldados, con un comité de honor, compuesto por gendarmes, y por tropas coloniales.campodeargeles
Éstos, orgullosos de la misión que les había confiado Madame la France, descargaron todo el odio de la opresión francesa sobre los defensores de la República española. No obstante, hubo gente generosa que iba a verlos como quien va al parque zoológico, que les arrojaba nabos y zanahorias. Más tarde, los dueños del campo vendían los excrementos de los internados que servían de abono, y entradas para ver a los presos como en el circo, por seis francos.

GendarmeFebrero 1939.- Argelés-sur-Mer era un campo de concentración en la playa. El frío obligaba a los prisioneros a montar guardias durante la noche. El guardián de turno tenía la misión de despertar cada veinte minutos a sus compañeros que dormían, para evitar que murieran congelados.
El periódico local escribía: “… Gente malvada estos rojos españoles que tienen la piel como el alma”. A los soldados republicanos, nuestros vecinos los llamaban aquellos de l’Armée en déroute (de la Armada derrotada o en alpargatas), a pesar de que habían combatido casi tres años contra los enemigos de la Libertad. También los llamaban spanguins, -algo parecido a pingüinos-. De ahora en adelante nosotros también podríamos llamarlos franchutes o gabachos.
Lean en el diccionario de María Moliner lo que dice a la voz Gabacho: “Francés, del occitano, gavache montañés palurdo. El Siglo de Oro retrataba al gabacho como a un pobre vagabundo andrajoso que venía de Francia a mendigar. Decía el refrán: “El gabacho siempre borracho”.
Pocos meses más tarde los españoles hubieran podido reírse, cuando la ofensiva alemana ocupó Francia en 17 días, permitiendo al dictador y a sus soldados fotografiarse junto a la Torre Eiffel y bajo el Arco de Triunfo.
El colmo de los colmos, es que muchísimos de estos rojos malvados, más tarde formaron parte de la Resistencia francesa, y con su sangre (no azul, no de gallo, si no roja), regaron los campos de sus opresores y de Europa. … Y para que todos se enteraran de que tenían un par de pelotas, fueron los españoles los primeros que penetraron en la París aún ocupada por los alemanes, de hecho, los tanques de la División Leclerc, que liberaron la capital, estaban conducidos por españoles que los llamaban Madrid, Guernica, Ebro, Teruel.
Madriles el zapatero, antes de abandonar este mundo, antes de despedirse me dio la llave de su casita, rogándome que me llevara la maleta en la cual hallaría de todo un poco, documentos para mandar a familiares residentes en España, y conociendo mi afición por la escritura me invitó a quedarme con el resto: revistas, artículos, y escritos relacionados con el exilio. Con aquel material conservado durante años (defendido de los ratones), hoy me decido, junto con mi amigo Madriles a escribir sobre el recibimiento dado por nuestros vecinos a los soldados republicanos españoles.
Para mí es como si este relato lo hubiese escrito Madriles, yo lo hago con la mano en el corazón. Esta es la puta realidad, no hay cuentos que valgan, pues cuando venden tu mierda cabe preguntarse en qué mundo vivíamos.

Los panfletos de la derecha francesa asustan al campesino meridional francés: “¡Propietarios-viticultores! ¡Atención! Numerosos españoles, que se hacen pasar por obreros agrícolas, tratan de obtener contratos de trabajo para regularizar su situación ilegal! ¡No seáis cándidos! No facilitéis la invasión en nuestros campos. Ni instaléis cerca de vuestros hogares, bajo vuestro techo, a gentes que han dado su medida y que su propio país ha vomitado. ¡Dad trabajo a los franceses!

Federica MontsenyUn artículo de la ex ministra de la Cultura española en el exilio, Federica Montseny, relataba: “Durante tres días, en el campo de Argelés se amontonó a millares de personas sin absolutamente ningún alimento. Las defecaciones, que se contaban a millares, debían hacerse en el mismo reducto donde se comía y se dormía. A los tres días, llegó una furgoneta militar llena de pan. Descargaron el pan, y un gendarme, subido sobre una silla, lo iba tirando a la multitud hambrienta. Después perfeccionaron el procedimiento, llegaban guardias a caballo y lo repartían tirándolo desde lo alto de las bestias, divirtiéndose mucho del espectáculo que ofrecían los hombres disputándose como perros un pedazo de pan… Frío, hambre, la lluvia que no cesaba de caer. Se dormía bajo las estrellas durante febrero y marzo. El agua la extraían con bombas del mar, filtrada por la arena. Epidemia de disentería. Se arrojaban las entrañas. Las defecaciones se filtraban bajo la arena, infectando las aguas que luego bebían. Sarna, piojos. La guerra y la caza al piojo. Escorbuto. 25 a 30 muertos diarios. Los heridos en Argelés… Un buen día llegó la caballería de los colonizados a desalojar a los refugiados. Lanzaron los caballos encima y a golpes de sable hicieron incluso correr a los heridos. Muchos caían por el suelo perdiendo las muletas. Los caballos pasaban por encima suyo, sin que aquellos hombres de mentalidad salvaje y primitiva, tuviesen piedad de sus gritos de dolor y del espectáculo dantesco”. Unas semanas después, los refugiados empezaron a criar forúnculos y pupas como consecuencia de la pésima alimentación y las condiciones de vida. Los comían los piojos y las chinches en medio de aquel lodazal. La ración de agua era de un cuarto de litro por cabeza y día, 3.000 litros de agua pestilente para 16.000 personas. Eso es lo que regalaba el Gobierno. Fueron tratados muy mal. Cientos de miles de los nuestros, famélicos y andrajosos, vivieron una doble derrota. . Proseguía el artículo: “Hasta mayo los tuvieron sobre el fango y en las playas heladas. En la primera oleada de la muerte cayeron unos 35.000 españoles; 150.00 volvieron a España. Los guardianes no los perdían de vista. Uno voló por los aires por el efecto de una granada: Había matado a tiros a uno de los nuestros”.

Las madres cubrían con la arena a sus hijos para que no murieran de frío.
No muy lejos de la estación de Perpiñán las mujeres daban a luz entre la paja.

Alguien escribió: “Sería curioso saber en qué cabeza germinó la idea de hacer guardar los campos de refugiados españoles a víctimas de la colonización. Había en ello un fondo de refinamiento y de crueldad moral difícilmente superable, ya que con ella se sutilizaba, contra nosotros, el complejo de inferioridad racial, el odio acumulado en los corazones contra el despotismo y la brutalidad de los blancos, el sentimiento instintivo de la revancha y todas las bajas pasiones que actúan”.

Después de haber leído parte de la interesante documentación que contenía aquella maleta, estuve rumiando durante muchísimo tiempo, los motivos de la innoble tarea de aquellos colonizados. Muchísima razón tiene el refrán que dice: -El hombre es un lobo para el hombre-, -pero la mujer no es una loba-, ya que una joven maestra suiza, que en el 1937 en Madrid se ocupó de muchos niños que habían perdido a sus padres, ayudó en Argelés a muchas refugiadas españolas a dar a luz.

Sigo con la lectura de aquellos pedazos de vida: “Llegó un momento que el gobierno francés se decidió en mudarnos en asquerosas barracas que sólo contenían miseria, hambre y dolor. Los hombres allí arrojados como guiñapos ya no eran hombres: no eran más que piltrafas humanas. A partir de 1940 se organizaron las Compañías de Trabajadores. Al inicio de la Segunda Guerra Mundial el Estado francés pensó en utilizar las masas humanas que tenía encerradas en los campos de concentración, que fueron reducidas a la condición de esclavos. Sin ningún derecho, eran cedidos por unos cochinos francos, pero como la mentalidad de los hombres del Gobierno y las del francés medio en general no podían contemplar sin inquietud aquellos miles de revolucionarios sueltos sobre el territorio francés, temiendo de ellos los peores excesos, y en el mejor de los casos, el contacto moral con el pueblo, con las multitudes asalariadas de Francia, ideó la forma de utilizarlos militarizándolos, encuadrándolos como un ejército de trabajadores explotados y alimentados por los servicios estatales”.

argeles por robert capaMarzo 1939– El famoso fotógrafo Robert Capa visitó el enorme campo en la playa de Argelés, donde se encontraban en ese momento encerrados más de 80.000 republicanos españoles. La descripción que hizo del mismo fue: “Un infierno sobre la arena; los hombres allí sobreviven bajo tiendas de fortuna y chozas de paja, que ofrecen una miserable protección contra la arena y el viento. Para coronar todo ello, no hay agua potable, sino el agua salobre extraída de agujeros cavados en la arena”.

Terminada la cura de reposo, especialmente para el estómago, pero con una terrible disentería, debido a los colchones de arena, Madriles abandonó el campo de concentración para ir a trabajar en calidad de peón albañil a reforzar la Línea Maginot. Era esta una nueva Muralla de China, que según contaba la propaganda gala era inexpugnable, pero los teutones, a pesar de tener fama de ser cabezas duras y cuadradas, no la atacaron frontalmente, pues la driblaron y pasaron tranquilamente a su lado. Los vándalos agarraron al pobre madrileño con la pala en mano, una herramienta a la cual no estaba acostumbrado y se lo llevaron para el campo de exterminio de Mathausen. Él fue uno de los 12.000 republicanos españoles deportados de la Francia ocupada, de los cuales murió la mayoría. Entre 1940 y 1942, 7.200 pasaron por Mauthausen. Más de 5.000 dejaron la vida.
Fue el mariscal Pétain, que firmó el armisticio y que colaboró con los alemanes, quien, siendo preguntado por la suerte de aquellos españoles contestó: “No tengo necesidad de éllos, no los quiero ni ver a estos Rotspanienkämfer (Españoles rojos combatientes),
Los alemanes le dieron a Madriles hilo y aguja para que se cosiera un distintivo con un triángulo azul con la S, que quería indicar que era Spanier Rot (Español Rojo), Spanier Rotque servía como identificación. En el campo inició una cura de adelgazamiento; cuando lo agarraron los alemanes pesaba 50 kilos, todo mojado y con la boina. Más tarde, cuando lo repatriaron a Francia de regreso de las vacaciones alemanas pesaba apenas 30 kilos y sin dientes, ya que no servían para nada, dado la poca manduca que les suministraban, pero no obstante todo había conservado la boina. Admitía que su oficio de zapatero lo salvó, pues los guardianes le habían encargado la reparación y la cura de sus botas que con tanto orgullo y amor lucían.
A uno de ellos que hablaba español, pues había vivido varios años en Argentina, Madriles le resultaba simpático y entre otras cosas, sin que nadie lo oyera le decía: -Sois una raza con un par de cojones.
El guardián se descojonaba de risa cuando el zapatero remendón le contaba chascarrillos, y gozaba al oírle hablar de Madrid. La simpatía del alemán lo ayudó a soportar el hambre, pues diariamente en las botas que le daba para que las limpiara introducía envuelto en un pedazo de periódico sobras de comida de la cocina, que para el madrileño eran como el cocido de su tierra, además de algún cigarrillo y colillas. Éstas, llamadas “Flor de campo” las pasaba a un fotógrafo barcelonés al cual lo habían empleado en el laboratorio fotográfico, que en cambio le procuraba medicinas, que un enfermero (en España médico), se procuraba en la enfermería. Todos estos tráficos eran algo normal entre los detenidos y los guardianes, así lograban sobrevivir los unos, y los otros beneficiar haciendo realizar a los presos trabajos por su cuenta. El fotógrafo barcelonés que debía obedecer y fotografiar lo que le mandaban, logró arriesgando su vida esconder una gran cantidad de documentación fotográfica, que más tarde servirían en el proceso de Nuremberg como pruebas de los crímenes realizados.
En una de las numerosas charlas que sostuve con Madriles, lo que me contó superaba lo mostrado en las más terribles películas de Hollywood. Haría falta haberlo presenciado personalmente para poder contarlo:
No tuvieron la misma suerte muchísimos españoles que trabajaban en la cantera situada cerca del campo. A esta se llegaba subiendo una escalera construida de los internados españoles. Cada uno de los 186 peldaños costó una vida. La cantera se hallaba emplazada en una montaña que los internados llamaban Totenberg, la montaña de la muerte. Los deportados debían transportar grandes piedras de 5o kilos sobre la espalda. Los kapos los golpeaban. Los perros desgarraban las carnes ensangrentadas. Los escalones se hallaban cubiertos de cadáveres, de heridos agonizantes y trozos de miembros. La primera escalera constaba de 156 peldaños, la segunda de 186, un hombre muerto por cada losa del peldaño. Olíamos a muerto, la Muerte era nuestro remedio para escapar”.Preso Mathausen
Al fin y al cabo Madriles tuvo mejor fortuna que la de sus compatriotas, que entraron en las cámaras a gas, y salieron por la chimenea. Me contaba que la suerte le había sonreído por no haber recibido las caricias afectuosas de los temibles mastines.
Hablaba poco de los sufrimientos padecidos, de las innumerables horas al raso que pasaban formados para el recuento, bajo la lluvia y la nieve, con temperaturas siberianas, pero lo que más lo había fastidiado era el tener que repetir la maldita matrícula que en cambio de su apellido le habían dado al ingresar en el campo de exterminio, que era algo impronunciable: “Siebenundzwanzigtausendachthundertvierundzwanzig”. Aquello para mi, me decía era un verdadero suplicio, que me acarreó muchos palos sobre mis flacas carnes. Todo aquel galimatías para decir 77.824. Aún hoy, después de los años transcurridos, durante la noche tengo pesadillas y me despierto sudado repitiendo el maldito número que no he podido olvidar, que me lo tatuaron en el brazo y me lo metieron en el cerebro a patadas en el culo y a porrazos.

Cambio el disco y, como acostumbro a hacer, pego unos brincos en el tiempo.

En Ruan metí el saco a tierra, o sea pedí la cuenta. En este puerto normando tenía yo la residencia.
En un café donde acostumbrábamos a reunirnos los exiliados españoles, me enteré de la deplorable situación de Madriles. Resulta que una mañana al levantarse pronunció esta frase: -¡No quiero vivir más, tomo el retiro, me sudan los cojones de vivir en este estiercolero! De haber querido de veras el retiro lo hubiera podido obtener del Estado francés, pues era su derecho.
Tumbado sobre su catre no se movía de su casita, la cual hallábase situada en las alturas de la ciudad, donde una colonia de refugiados españoles había construído abusivamente sus viviendas bastante decentes. El lugar se llamaba Graville. El compañero empezó a ayunar. Ghandi en comparación era un Gargantúa. Lo único que tomaba era el caldo de la fuente pública con un poco de azúcar. Transcurría los días aguardando serenamente a la Parca; no admitía nada de nadie, y resistía con abnegación y estoicismo los mordiscos del hambre, con la cual ya combatió y resistió durante varios años en los varios campos de internamiento franceses y alemanes. En aquellos momentos, mientras Madriles contemplaba el vuelo de los pájaros, de las gaviotas, y el tráfico de las embarcaciones que transitaban arriba y abajo por el estuario del río Sena, sentado sobre su cama me parecía oír la voz de su estómago, sus gruñidos; recordé una lectura del filósofo Séneca que decía: “El vientre no oye preceptos, pide, grita”..
Me contaba el Teoso, un refugiado originario de Albacete, pero “naturalizado” madrileño, que Madriles era un cabezota, un julai, un jilipollas, más testarudo que los aragoneses, que lo había zarandeado e intentado herirlo en su amor propio, acusándolo de comportarse como un cobarde, pues se daba por derrotado después de haber resistido en los campos de concentración y exterminio, que ahora renunciaba a la lucha, queriendo abandonar esta tierra, agonizando como hacen los pajaritos caídos del nido cuando han perdido la madre y aún no saben volar.
El Teoso, cuando no estaba ocupado en la carga o descarga de los barcos, o a ratear por los hangares del puerto, se subía hacia la Colina de Graville a visitar a su paisano. Siempre le llevaba plátanos o naranjas acompañado de un litro de vino, que según él era la mejor medicina para ahuyentar a la Muerte, pero el candidato al otro mundo, el incorruptible, lo mandaba a la mierda y no aceptaba lo que el compañero le ofrecía. El hijo de Albacete se cabreaba ante la negación de alimentarse del candidato a estirar la pata.
A la Señora con la guadaña la conocía muy bien, pues había hecho la guerra en España como camillero, además, debido a las curas balnearias que le habían regalado nuestros vecinos del norte, los bacilos de Koch le habían devorado un pulmón, y poco le faltó para pirarse al otro barrio. Todos los esfuerzos que realizaba el Teoso resultaron inútiles, y según me relataba el hambre le estaba devorando los sesos al amigo. Mientras le dábamos a la botella me decía: —Yo no comprendo lo que dice, habla siempre de “Siebenundwanzicutacuhrt”… La lengua se le hacía un ovillo viéndose obligado a beber otro trago. Luego seguía contándome que el madrileño le hablaba de la brigada que retiraba los muertos, del hedor de los hornos crematorios, de los musulmanes, que árabes no eran, sino los deportados, que parecía que estuviesen orando, cuando la verdad era que aguardaban estoicamente la muerte.
La prueba de que el ciudadano del barrio de Lavapiés se había tirado al toro, no para capearlo, sino para dejarse hundir los cuernos en sus flacas carnes, lo demostró cuando después de tres semanas de ayuno total, no como ciertos individuos, que lo pregonan y luego se jaman las tajadas de carne debajo de la manta, resistió con heroica tenacidad ante un cocido monumental, que con amor fraterno le había ofrecido Ana su vecina, una refugiada española que también moraba en la Colina de Graville; ella era hija de Hidalgo, apodado el Carbonero y también Hormiga cara sucia como lo llamaba Ramón el vasco. Su guisado era una verdadera bomba que podía hacer resucitar a los muertos. ¿No le aseguraba su madre a Ana la españolita, como la llamaban los franceses, qué con aquel yantar se curaban todas los dolores y dolencias?olla podrida
Ana imaginó que aquel guiso podía hacer revivir aquel cuerpo macilento, que la vida abandonaba con pasos medrosos. -Cuando lo probará el moribundo resucitará y se convertirá en un tumbaollas, pensaba la muchacha. La vivienda de ésta distaba pocos metros de la del moribundo, y hacia ella se dirigió con la esperanza de poder curarlo con aquella sabrosa comida medieval que con tanto amor transportaba. Cuando Ana entró con su guiso, a Madriles se le dilataron los cartílagos de su flaca nariz, sus orejas de ratón hambriento comenzaron a agitarse frenéticamente, los ojos se le salieron de las órbitas, mientras sus manos esqueléticas acariciaban el perfume de aquel manjar.
En el puchero, los garbanzos, las zanahorias, las patas de cochino, la carne de ternera y la pierna de carnero, jugaban y bailaban con la butifarra y la morcilla, mientras la perdiz se enredaba con las tripas de gallina y el apio. La boca del candidato a la fosa se abría como la de un pez apenas pescado, y de repente de ella empezó a deslizarse una tonadilla, un chotis de su tierra, la cual no volvería a ver más. El plato que le presentaba la hembra exiliada, aquella presencia, aquella fragancia evocaba en su mente confusa recuerdos del cocido madrileño de su juventud. Ante sus ojos casi apagados, como en un viejo filme, desfilaban la Puerta del Sol, la Plaza Mayor, las calles de Alcalá y de Sevilla; recordaba las páginas escritas por un hombre de letras, que narraba: “Entro en el laberinto de Alamillos, subo por la Redondilla, dejo a un lado la calle de los Mancebos, paso a las de Don Pedro, y por Puerta de Moros llego de la bullanguera a la tumultuosa y vertiginosa plaza de la Cebada… Calle de Toledo, arteria pletórica de vida, de gracia, de alegría, de sangre…”
Una sonrisa fúnebre se deslizó por aquella boca desdentada, el rostro del combatiente republicano se iluminó, y aquel cuerpo del cual la vida se iba escabullendo lentamente, en un esfuerzo sobrehumano se irguió en la humilde yacija, se quitó la boina que siempre lo había seguido: de Madrid al Ebro, del campo de concentración francés de Argelés, al de exterminio de Mauthausen, y descubriendo su cabeza de gorrión, con un pase imaginario se exclamó: —¡Olé, olé, olé! ¡Viva la madre qué te parió! ¡Guapa!, ¡Chula! ¡Castiza! Ana sonreía ufana y orgullosa, segura de poder arrebatar a la Hiena devora vidas, aquel ex luchador, vencido de la desesperación. Los pechos erguidos de la española, como llenos de explosivos parecían desafiar a la Pelona como la llaman los iberoamericanos, siempre ávida de vidas. Para nada sirvieron la camaradería de Ana, y su ternura materna, con la cual había ofrecido a un compatriota aquella comida guisada con tanto amor y cariño. Como fue inútil la bronca que le pegó para convencerlo a que se alimentase. Aquel ser que estaba ya abandonando este mundo, sin fuerzas, pero testarudo como un mulo, con un hilo de voz, con conmoción, confesó a la compañera: —Te agradezco de todo corazón tu gesto, pero mi pobre cuerpo sólo desea descansar para siempre, estoy harto de vivir, de sufrir. He creído, he esperado, he soñado en un mañana, donde terminaba mi existencia de exiliado, de poder regresar a España, pero ya no tengo ni fuerzas ni ganas de vivir. Esta tierra me da asco, me dan ganas de vomitar a pesar de tener el estómago como un saco vacío, ya no quiero ensuciar más las suelas de mis zapatos con su lodo asqueroso.
Ana la andaluza regresó a su vivienda con el plato intacto que había ofrecido al viejo luchador rojo. Las lágrimas de la hija de Hidalgo, se deslizaban lentamente por sus mejillas cayendo en el recipiente. Lágrimas fraternas y sinceras al ver que un compatriota abandonaba sin lucha este mundo. Cuando su compañero, Joan el catalán le abrió la puerta y vio el plato intacto y el rostro de su mujer surcado de las lágrimas, no pudo contenerse y se exclamó: —¡Me cagun en Deu, un altre que no tornarà cap a casa! (¡Me cago en Dios, otro que no volverá a casa!)
gatovagabundoParte de aquel guiso se lo zampó un gato vagabundo francés. Desde aquel día el morrongo se convirtió a la cocina española. Como es de sobras sabido los michos tienen un oído muy fino, y fue así que pudo enterarse, escuchando una conversación, que a los habitantes de la ciudad del Oso y del Madroño los llamaban gatos, pues bien, desde aquel día decidió montar la guardia alrededor de la chabola de su paisano, para que no hicieran su ingreso los phis, que los ignaros deben saber que son espíritus malignos provenientes de tierras lejanas, pero hay quienes aseguran que llegan del Palacio del Pardo.
Todo esto me contó el Teoso mientras vaciábamos la botella de tinto. Me suplicó que fuera a visitar a nuestro compañero de exilio, que según él estaba ya en las últimas. Según pude enterarme, alguien había notificado a la Asociación de ex deportados el estado en el cual se hallaba Madriles, siendo así que a pesar suyo lo condujeron a la fuerza al hospital. Lo instalaron en una pequeña habitación y lo cubrieron de tubos y goteros con los cuales pretendían darle la vida que le habían robado en las Compañías de Trabajo, y en los varios campos de concentración.
Después de haber arreglado en el Consulado sueco mi situación de desembarcado, cobrado la paga y retirado el Certificado de buena conducta me fui a visitar a mi compatriota.
Hallé delante mío a una momia pergaminosa que se animó al verme; tendióme su mano de calavera y díjome: —¡Salut noi!, ¿Qué es de tu vida? Con voz cavernosa quiso saber de mi existencia de embarcado, de mis escalas y de las aventuras marinarescas. Le hablé, como queriendo darle un soplo de vida, pues a otro a lo mejor no le hubiera contado ciertas cosas. (Olvidé mencionar que en Ruen desembarqué de un platanero sueco llamado el “Bucanero”, que iba a cargar plátanos y piñas en la isla francesa de La Martinica). No recuerdo exactamente lo que le hizo tanta gracia al compañero, que lanzó una carcajada tan sonora que acudió la enfermera que estaba de guardia, una linda descendiente de la estirpe vikinga, que al darse cuenta que el paciente sonreía empezó a creer en los milagros de la ciencia, y en su misión de aliviar los sufrimientos de la humanidad. Ella acarició aquella cabeza de avecilla con sus delicadas manos llenas de dulzura. Fue ciertamente la caricia de la enfermera la que logró que los ojos del moribundo se humedecieran. Quién sabe qué recuerdos desfilaban por su mente.
naranjaCon la vaga esperanza de poder convencerlo de volver a la vida, le había llevado una botella de vino de Valdepeñas y unos agrumes, unos pedacitos de la tierra valenciana. Aceptó sólo una naranja, la más pequeña, aquella que sus descarnadas manos podían apenas estrujar; de vez en cuando la olía y se acariciaba la mejilla con ella. Aquel saquito de huesos comenzó a sonreírme, y a pesar de llevar casi un mes sin nutrirse aún no había perdido su buen humor. Con un hilo de voz, acompañado de un ademán de su flaca mano, que parecía vista con los rayos X, me hizo comprender que deseaba hablarme y así lo hizo, confiándome: — Catalán, has de saber que los estoy enredando, estos matasanos catetos se están rompiendo el caletre averiguando la causa de mi enfermedad, bien quisieran esos alfaquines cornichagos saber lo que es la filopatridalgia. Tuve que admitir que ni siquiera yo conocía tal palabra, pero se dignó alumbrar mi ignorancia. -Escucha hijo, este vocablo tiene muchos significados, como añoranza, nostalgia, amor a la patria, a la familia, o cafard como dicen estos franceses. Intenté provocarlo con la esperanza de que abandonase su intención de hacerse la eutanasia, pero todo fue inútil, consiguiendo que replicase a mis consejos de la siguiente manera: —No quiero que me vengas con cuentos ni monsergas, y si continúas con tus consejos te mando hacer puñetas. Yo soy el único propietario de mi vida, y estoy asqueado de vivir en este cagatorio universal poblado de alacranes humanos. Este exilio prosiguió, dura demasiado, ya no tengo más fuerzas para esperar, para luchar, bastante lo hice. Respetando su voluntad lo dejé en paz, pero al levantarme de la silla en dirección de la salida, con un débil hilo de voz me susurró: -Llévate las naranjas, me basta sólo esta pequeña, y el vino bébelo a mi salud, ¡Já, já, já! ¡Sí, sí, a mi salud! Me estrechó la mano, ofreciéndome una de sus últimas horas de vida que aún le quedaban. -Ahora vete con los vivos, déjame morir en paz hijo, pues esta noche me despido del mundo. No pude impedirme de abrazar aquel cuerpo, y me pareció de haberlo hecho a un hato de leña. El color de su rostro, anuncio de la próxima muerte era céreo, pero en el vítreo de sus ojos se reflejaba aún un pellizco de maliciía. Me alejé lentamente de la habitación, y me pareció oír, pero no estoy seguro de ello, oírle silbar las notas del famoso tango, Adiós muchachos compañeros de mi vida, farra querida de aquellos tiempos, me toca hoy a mi emprender la retirada, debo alejarme de la alegre muchachada… Madriles el zapatero abandonó este mundo hacia las dos de la madrugada. ¡Se apagó la candela! En Madrid los teatros cerraban.
El ataúd pesaba poco sobre nuestras espaldas. Fue un funeral republicano, laico. La caja era modesta, pero la bandera republicana española, la de las Brigadas Internacionales y aquella francesa la cubrían dándole una nota de color. Una delegación de ex combatientes y deportados de varias nacionalidades, rindió los honores junto con los exiliados españoles. Alzamos los puños cerrados en honor del ex combatiente muerto en tierra extranjera.
cementeriogravilleEl cementerio hallábase situado cerca de una ermita sobre la Colina de Graville. No muy lejos de su tumba no tardaron en hacerle compañía Gabicas el yesero al cual lo atropelló un camión, Mariano el Manco, y Magras, el vasco que murió como un pollito sentado en la cama del Barquillero, natural de Madrid. Descansaban en paz mecidos por el aire marino, mientras las naves transitaban por el estuario. Ciertas noches, Juanito el Tuerto, alias Capitán Kid (todos los exiliados de la colina de Graville teníamos un apodo), que también vivía en el barrio, y sufría de insomnio, iba a hacer compañía al compadre Madriles, con el cual tantas veces había discutido acaloradamente. Naturalmente iba siempre acompañado de un litrajo de vino. Este granadino se movía mejor en la oscuridad y en los camposantos, que entre los vivos a la luz del sol, esto era debido a que a causa de un bombardeo de la aviación inglesa sobre una localidad francesa, fue herido terriblemente en el rostro. Después de unas treinta operaciones su cara asemejaba a la del Dr. Frankestein. Cuando percibía la indemnidad como víctima de guerra, se emborrachaba hasta que había gastado el último franco; insultaba y se peleaba con todos, especialmente con los policías, y a menudo perdía el ojo de cristal que le había regalado la República francesa. No quería aceptar su situación de lisiado, de estar obligado a exhibir sus carnes horriblemente mutiladas de la metralla británica y de los cirujanos, que habían realizado sus experimentos sobre el semblante del pobre ex combatiente exiliado. El hombre iba en busca de una muerte que no tardó en hallar. Una noche, bebido, a la salida de un bar donde había armado un terrible follón con dos franceses, estos le dieron una tremenda paliza, y al final su calvo cráneo, que fue a chocar contra el granito de una acera, se abrió como una sandía. Lo que no logró la metralla inglesa lo consiguieron dos borrachos. Al fin y al cabo era el final que deseaba Juanito el granadino. Recuerdo que antes de este trágico final, en cierta ocasión me invitó a cenar con la amiga francesa con la cual yo convivía, su vivienda asemejaba más bien a la cueva de un brujo, el guiso que nos ofreció podía llamarse un mejunge, que para no ofenderlo tuvimos que tragar ayudado del morapio; como en el barrio se desconocía la electricidad cenamos a la luz de las velas, lo cual creaba un aspecto fantasmagórico, que llegó al culmine cuando el vino creó sus efectos, y yo lo enrollé sacando el argumento de sus visitas al camposanto, preguntándole si comunicaba con los difuntos. Queriendo darnos una demostración empezó a golpear con la cuchara contra el tubo de la estufa, y con voz cavernosa empezó a hablar con los muertos. Su rostro desfigurado de la metralla causaba pavor. Era algo de filme del horror y estoy seguro de que hubiera podido tranquilamente figurar en alguna de aquellas películas interpretadas por Boris Karlof y Bela Lugosi. Mi amiga al llegar a casa tuvo que cambiarse las braguitas, y durante la noche fue víctima de tremendas pesadillas.
Después del entierro de Madriles el Zapatero agarré una terrible tajada, la cual me inspiró esta poesía:

A mi amigo “Madriles el Zapatero”:

Lo apodábamos el Zapatero porque los zapatos curaba.
El viento de la Vida, como una hoja se lo llevó hacia remotas latitudes,
lejos de la luz y del sol.
Como el poeta, solía decir: “Cuando yo me muera, enterradme frente al mar”
Sobre la colina normanda, entre clavos, martillos y tenazas, su blanca barraca se alzaba,
mientras que el río Sena, en el Atlántico sus aguas escupía, y medias suelas arrastraba.
El martillo un día al Océano arrojó,
una patada a la mesa el zapatero le propinó.
Clavos, martillos, tenazas, tacones y medias suelas, al viento y a las golondrinas ofreció.
La nostalgia, carcoma de los cerebros, y el caramujo, de Madriles se habían apoderado. Cuando entre las cuatro planchas de pino lo pusieron, unas pocas arrobas pesaba,
para ser sinceros, unos gramos más eran, pues en su puño una naranja apretaba,
pues tal fue su última voluntad;
un pedazo de su tierra con él se llevaba, con aquella pequeña esfera en el ataúd encerrada.
En su honor se encendieron las hogueras de San Juan y se alumbraron las verbenas
para caldear la fría tierra normanda, que el pobre cuerpo acogía,
el cuerpo de un zapatero remendón,
que lejos de su suelo natal, envuelto en la niebla, de añoranza murió.
El tiempo transcurrió…
Envuelto en la bruma, el melancólico camposanto una primavera se animó,
las primeras flores de azahar el aire perfumaron,
mientras que los gorriones, golondrinas y gaviotas, sobre el naranjo,
(que del fruto en la caja encerrado nació) alegres se posaron.
De la copa a las raíces,
hasta lo profundo de la tierra, las notas del canto de los pájaros,
de las sirenas de las embarcaciones,
a Madriles el Zapatero le llegaron,
que sonríe, y duerme feliz.
¡Descanza en paz compañero!

La Olla podrida.-
Cuando fui a visitar al hospital a Madriles, éste me informó de que el plato que le había ofrecido Ana, era algo semejante a la Olla Podrida, un monumento de la gastronomía española, que los pobres campesinos se lo podían permitir solamente una vez en la vida, el día de la boda.
Años más tarde, curioseando en una librería en París hallé un viejo libro de recetas culinarias, en dicha obra descubrí lo que hubiera podido ser el menú cotidiano de millones de seres, si la imbecilidad de los hombres no hubiese despilfarrado el dinero en armas válidas para la destrucción. No decían al final de la Segunda Guerra Mundial los alemanes, considerado un pueblo guerrero: Keine Kanonen, fil Butter, (no cañones, mucha mantequilla).
A continuación, propongo a los buenos paladares la receta de la verdadera Olla Podrida, la que no logró salvar a quien no deseaba vivir más:
“Llenar una olla barriguda con 750 gramos de carne de vaca gelatinosa, 500 gr. de ternera, 500 gr. de carnero, una morcilla, 250 gr. de jamón, 200 gr. de tocino fresco o ahumado, una gallina (no demasiado vieja), un pato, una perdiz, un seso, 200 gr. de hígado y de tripas de ave; añadir unos porros, 3 nabos, unas cuantas zanahorias pequeñas, una cebolla con dos clavos de especie, un poquito de apio y azafrán. Llenar la olla de agua y meterla sobre el fuego. Cuando empiece a hervir salar y añadir 500 gramos de garbanzos que habréis puesto toda la noche a remojo. Dejar hervir todos los ingredientes tranquilamente. Media hora antes añadir una col blanca, lavada y cortada por la mitad. Se acostumbraba en tiempos pasados a cocer lentejas y arroz junto a los ingredientes ya mencionados, pero encerrados dentro de dos bolas metálicas, de manera que tomasen el sabor del cocido, pero sin mezclarse. Al cocerse, las lentejas y el arroz, se hinchaban y formaban dos purés espesas que se servían separadamente. En las escudellas se metían rebanadas de pan tostado, sobre las cuales se derramaba el caldo con algunas hojas de col. A continuación desfilaban todos los ingredientes del enorme cocido, en un orden estrictamente establecido. Primer servicio: La carne de vaca, cortada y arreglada sobre los garbanzos, rodeada de zanahorias, porros y nabos. Segundo servicio: La perdiz con los purés de arroz y lentejas. Tercer servicio: El carnero y la ternera con el hígado y la tripa, acompañados con una salsa de tomate. Cuarto servicio: La gallina, dorada con aceite y pasada al horno o a la sartén. Servir como asado. Sexto servicio: El pato cubierto con una salsa muy sazonada.
Este yantar que sólo los nobles podían permitirse diariamente, hubiera podido estar al alcance de la entera Humanidad durante muchos años gratuitamente, si el Homo sapiens no hubiese sufrido en el espacio de treinta años de ese furor destructivo, que podíamos llamar sin temor amok, palabra empleada del occidental para definir la furia homicida que se desencadena en ciertas circunstancias en los orientales. Las dos últimas contiendas mundiales costaron millones de muertos y heridos. ¿Qué valor puede tener una vida humana? ¿Cuánto puede valer un brazo, una pierna, la vista? Imaginad las casas destruidas, los hospitales, las escuelas, los puentes, las fábricas… Las causas de estas guerras, como todas las otras, fueron debidas a la rivalidad entre las grandes potencias, al control de los mercados, a la posesión de las colonias.

Dice un refrán: –Sólo el cucharón sabe lo que hay en la olla.

Su contenido es el que desgraciadamente me ha tocado conocer e ingerir, a las buenas o a las malas. Ella es un cocido nauseabundo, putrefacto, una gigantesca cloaca en una vasija de Chanel. Un brebaje a base de sangre, de gargajos de tísico mezclados con el alcohol, con pedacitos de canela y ojos de cristal. Es una sinfonía de sirenas de guerra, de cantos de marineros ebrios, que desparraman su semen sobre los mostradores de los prostíbulos y de los tugurios. Es el canto fúnebre de las ametralladoras que vendimian vidas y cerebros, son quejidos de guitarras rotas y de lamentos de agonía mezclados con los del goce carnal. Es el aullido del huracán que te sodomiza sobre la cubierta de la nave. Es un cuadro, una naturaleza muerta con el marco bordado de piojos envueltos en la niebla. Son viejas pelanduscas que se rascan los clítoris devorados por la sífilis, mientras apuran cálices rellenos de pus y de ron, donde se han lavado las vergas los macarras comedores del pan de coño. Son dormitorios públicos donde duerme acurrucada la miseria y la derrota, semejante a boñigas gigantescas. Añadid unos cuantos motores de marina que roncan, y los cuerpos de los marineros que flotan sobre la bahorrina repugnante.
Escuchen la copla ardiente que emana mi Olla Podrida, y oirán los gritos de rabia y dolor, el silbido de la bomba, el llanto de la opresión, los mordiscos silenciosos del hambre mezclados con los suspiros del placer, los eructos de la embriaguez y de la orgía. Cuando estos ingredientes empezarán a agitarse, arrojad unos cuantos cuerpos lascivos y esperad que se amen entre los vómitos y el estiércol. ¡Venid a ver los bares de Squiper Strassen en Amberes a las 4 de la madrugada, cuando las burracas se masajean las tetas que nadan en la cerveza! ¡Venid a ver los “prostitutos” en Hamburgo cuando a las 5 de la madrugada se quitan los senos artificiales y mean de pie por la ventana! Colocad en la Olla Podrida el Metro de París, donde viajan seres con rostros de ultratumba, sin pupilas, sin esperanzas, con cuerpos devorados de la nostalgia, embutidos de sufrimiento y de horror. ¡Vengan a husmear mi cocido y contemplen el desfile!
Es la marcha de refugiados, de apátridas, de emigrantes de toda Europa, de argelinos, marroquíes, senegaleses, anamitas, de gente de piel oscura y amarilla arrancados del corazón de Africa y de Asia para barrer las calles de París; es el desfile de los parias de Europa y de África que han perdido la alquibla. Es el desfile de los vencidos, de los vendidos, de los humillados; son individuos con la cabeza llena de sueños y de palmeras, de ansias de revancha. Son ojos donde se refleja la sombra de la barbarie, de cerebros y de brazos tatuados. Son campesinos rusos que aún cabalgan por la taiga con la cabeza repleta de balalaicas; son rumanos, maigares, checoslovacos, lituanos, estonios, son republicanos españoles cansados de luchar, de esperar, devorados del cáncer del destierro; son supervivientes de la batalla de la Vida… Es la raza humana que no desfilará victoriosa bajo el Arco de Triunfo; son los Soldados Desconocidos de la existencia.
¡Vengan!, ¡Vengan! –Pónganse a la cola y les será distribuida una ración de la Olla Podrida, la cual estuve obligado a engullir durante años.
Como digestivo os propongo este proverbio chino: “Si algo huele mal ponle una tapadera”.

Mi relato es un revoltijo, donde pasado y presente se confunden, y no siguen el compás del tiempo. Todo se mezcla, todo se amalgama. ¡Mar, tierra, tierra, mar! Lo que ayer fue mar hoy es montaña. Mi futuro es incierto, nadie pudo escribirlo.

Es hora de meter un poco de orden en la cocorota, pues de lo contrario con toda esta filosofía de segunda mano se me van a quemar los sesos.


Antonio Íbero Layetano

(alias el Bicho raro)