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BAILE de AMOR de los CANGREJOS
-Mayo 1968-

La libertad de la fantasía no
es ninguna huida a la irrealidad, es
creación y osadía.
(Eugène Ionesco)

Una vez más he debido rebuscar en mi desordenado archivo entre el material acumulado durante años, para poder dar a la luz este artículo. Si he citado a Ionesco es porque mi modo de escribir se basa sobre todo en experiencias vividas, con toques de fantasía. Habiendo hallado un viejo diario del 1968, que no comprendo cómo ha podido resistir a mi nomadismo, por tierra y por mar, contra viento(s) y marea(s), he escogido algunas líneas que me han ayudado a refrescar la memoria, pues con el transcurrir de los años las neuronas paulatinamente se van apagando.

grote_markt_in_antwerp9/5/1968. Serían aproximadamente las dos y media de la tarde del 9 de mayo del 1968 cuando llegué a la Estación central de Amberes con la intención de poder embarcar muy pronto. Tomé el tranvía y minutos más tarde me hallé en Grote Markt, o sea en la Plaza Mayor. Este magnífico lugar, con sus construcciones de los siglos XIV, XV, y XVI es una verdadera joya arquitectónica, donde los diversos estilos se amalgamaron creando un Museo al abierto. Amberes y yo hacía casi 20 años que nos conocíamos, pues en el 1948, cuando intenté la polizonada rumbo a Venezuela terminé en prisión, días más tarde me trasladaron a otra de Bruselas. Total me tiré un mes de cárcel. Mis delitos fueron: cruce de frontera clandestino e intento de embarque -. Terminada la condena, los gendarmes belgas me condujeron hasta la frontera francesa, donde otros gendarmes después de un control y un “¡allez, allez!” me dejaron libre. Nunca les guardé rencor, pues fui tratado humanamente. Años más tarde, con la documentación en regla, estuve varias veces en el puerto flamenco, donde siempre me hallé a gusto.
En la Plaza Mayor vivía la propietaria de un hotelito donde ya había estado varias veces. Pagué una semana, recibí las llaves y mientras bebía el café que me fue ofrecido, pregunté sobre el significado de una curiosa escultura situada al lado de una espléndida fuente. Según la leyenda, un gigante llamado Dion Antigonus, verdadero déspota que se había apoderado del control del río Escalda, lugar donde transitaban las naves, cortaba las manos a los capitanes que no querían pagar el impuesto abusivo, y las lanzaba al río. Un tal Silvio Bravo lo mató, y terminó así con la criminal operación que practicaba el tirano.
Instalado en mi nuevo hogar, donde la mayoría de la clientela era española y portuguesa, además de alguna fulana que con sus prestaciones sexuales aliviaba la abstinencia forzada de los embarcados, entablé amistad con un vecino de habitación lusitano, el cual me contó que llevaba dos semanas esperando plaza. Su pesimismo estaba salpicado con esta frase en su lengua:¡Estamos fodidos, patrizio!
La misma tarde de mi llegada me inscribí en la lista para embarcar, en la Union sueca (Sindicato marítimo), Acudí diariamente, ¡pero ni hablar del peluquín! El poco dinero que tenía se iba evaporando, menos mal que en la pensión podíamos guisar. Amberes es una ciudad abierta, que te hace gozar en todos los sentidos. El lugar donde me hallaba, con sus callejuelas preñadas de un antiguo pasado, sus bares y cafés, abiertos hasta muy tarde estaban siempre animados, debido a la semejanza todo ello me recordaba el barrio donde nací.
museaerfgoed-plantijnmoretus-web-np-38Con el tiempo libre a mi disposición pude visitar la catedral y admirar las obras del famoso pintor Rubens, además de transcurrir casi una mañana en su antigua casa restaurada. Un cierto espacio estaba dedicado a un llamado “Museo Plantin-Moretus” donde pude admirar una imprenta del siglo XVI, lo cual me recordó a Gutenberg, y con nostalgia a mi pasado de tipógrafo. El encargado de la imprenta, al notar que me hallaba fascinado delante de los caracteres de plomo, de las galeras, de los componedores, y del diverso material que suele emplearse para la composición, se me acercó y me habló en inglés, conociendo yo los problemas lingüísticos entre flamencos y valones, le hice comprender en mi chapurreado mi nacionalidad y mi pasado como cajista, a lo cual se dignó hablarme en francés e invitarme a una cerveza. Resultó ser un ex tipógrafo.
Debido a mi problema económico no me tocaba otro remedio que emprender la retirada y regresar a Francia. Al final llegué a la destinación que me había fijado, un lugar ya conocido.
Malo-le Bains-Dunkerque (Francia). Aterrizar en Francia en plena huelga fue una burrada, pues la cartera agonizante no me permitía la permanencia en Amberes, hubiera debido imitar a españoles y portugueses, que habiendo ahorrado podían resistir.
Al llegar a tierras de Francia tuve inmediatamente una extraña sensación, me parecía moribunda, algo semejante a un luto nacional. El latido de esta nación se puede oír y oler especialmente en los bares y en los cafés, donde corre el vino y la cerveza, el olor de las patatas fritas había desaparecido, y la mayoría de los numerosos establecimientos permanecían atrancados, pues después de varias semanas de huelga general la situación empeoraba.
En un negocio abierto el dueño me recibió como a un noble hidalgo, imaginando que fuese un adinerado turista, allí dejé mis últimas francos, eran parte del reloj que le vendí en la pensión al lusitano, que había hallado plaza. ¡El que estaba jodido era yo! Compré unas baguettes, un queso, dos litros de peleón, pues como decía el sabio Salomón, -el vino alegra el corazón-, y tabaco. Momentáneamente el problema de la manduca se hallaba resuelto, pero había otro, pues como la panoja se había terminado no me tocaba otro remedio, como dicen los franceses, que dormir a la belle étoile. ¡Qué románticos! Fue entonces cuando me acordé de las dunas y de los búnkeres, que podían acogerme.
Mi deber es describir el lugar donde me hallaba. La localidad de Malo-les-Bains, era un centro balneario muy frecuentado en verano, a pesar del viento que cesa raramente. Es la continuación de Dunkerque, poblado de lindas villas; su playa de arena finísima llega hasta más allá de la frontera belga. Su malecón permite a los turistas agradables paseos y al mismo tiempo impide el avance de las dunas situadas varios metros más lejos. La fundación de esta ciudad de los Flandes franceses data más o menos del siglo VII, cuando era un humilde caserío de pescadores, y fue la afición al pescado frito de un santo llamado San Eloi, que al olfatear aquellos olorcitos interrumpió su viaje, dedicándose a predicar el Evangelio y a hincharse de arenques en todas las salsas. Para mantenerse en forma hizo construir bajo su dirección su casa-iglesia. A su alrededor se empezó a edificar dando así orígen a la ciudad que en el siglo X tomó el nombre que lleva aún, que en flamenco significa Dunaiglesia.
bunker3Al final llegué a destinación. Una serie de búnkeres, que parecía me estuviesen aguardando diciéndome: ¡Alójate y escoge!, uno de ellos, producto de la idiotez de la casta militar, como deseando disculparse me brindaba asilo, y esto era válido también para vagabundos terrestres y marítimos pelaos, ofreciéndonos hospitalidad, sin olvidar a parejas, que al amparo de los blocaus que luchaban y resistían para poder mantener la posición vertical, pues la mayoría de ellos estaban despatarrados, podían desahogar sus ardores sexuales. Menos mal que estas monstruosas obras bélicas, que sólo arruinaron el paisaje sirvieron para algo. Las sólidas fortificaciones construídas sobre las dunas habían resistido a la dinamita y las inclemencias del tiempo, agarrándose a la arena en una lenta agonía con todas sus fuerzas.
Mi refugio era uno de los varios blocaus que montaban una guardia silenciosa e inútil desde hacía años, y que ahora eran sólo objeto de la curiosidad de los turistas, Me instalé en el mayor de ellos, que debía ser el destinado al Comando del sector. Estos paquidermos en cemento armado, la mayoría de ellos con sus raíces metálicas oxidadas, semejantes a intestinos putrefactos en busca de la luz, habían formado parte del llamado Muro del Atlántico, que los alemanes obligaron a construir a los franceses para impedir a los aliados el desembarque.
Las fortificaciones sirvieron más tarde como habitaciones, retretes y a funciones de casas de citas gratuitas, a fumaderos como demostraban las colillas y a millones de difuntos espermatozoides encerrados en condones-ataúdes, que asemejaban a calamares fosilizados.
En la playa hallé un pedazo de escoba, -porque el Mar devuelve siempre lo que el ser humano le arroja-, que me sirvió para barrer mi morada. Saqué de mi mochila el saco de dormir, y después de haber bebido un trago de morapio me tumbé. Las camas de cemento tienen el inconveniente de ser poco cómodas para nuestra anatomía. Con razón un proverbio tuareg, ese pueblo nómada que vive en el desierto del Sahara, afirma que -quien duerme por tierra no cae del lecho-. Mi reposo se interrumpió debido a unos suspiros de placer, y me dije: ¡Mejor hacer el amor que la guerra! Abandoné mi refugio dejando a la parejita que siguiese gozando y empujando. Me alejé despacito despacito temiendo que con tantos empujones derrumbasen la fortificación.
La melodía entonada de la baja marea, el reflejo de la luna que se espejaba en el agua, el brillar de las estrellas y una pequeña hoguera que alumbré con la leña que la generosa Mar me ofreció, lograron que mi cena adquiriese un aspecto especial, pero por lo visto hoy no deseaban dejarme en paz, pues oí unos rumores como si alguien estuviese jugando con el agua, resultaron ser los dos tórtolos del blocaus que se estaban haciendo un bidet en el Atlántico. Cautamente se acercaron sonriendo y educadamente me dieron las buenas noches en francés, excusándose por haber interrumpido mi reposo. Me contaron que eran de Amberes, que habían transcurrido la luna de miel en Inglaterra. El lugar donde nos hallábamos los había fascinado, para ellos era una verdadera aventura. Suponiendo que después de aquellos desenfrenados ejercicios amatorios debían tener apetito los invité a dividir mi cena. Deseando conocer mi situación les conté mis desventuras acompañadas con unos tragos de vino y algunas palabras en flamenco, todo ello creó un clima especial. El muchacho, encantado de esta atmosfera se ofreció a ir en busca de lo necesario para continuar la Fiesta, como él la llamaba. No tardó en regresar con todo lo suficiente para alegrar la noche. El alcohol desató nuestras lenguas y nuestras piernas, bailando y trincando alrededor de la hoguera… La Mar parecía sonreír a sus hijos, ¿pues no nació la vida en el mar? Fueron unas horas de aquellas que no se borran de nuestra memoria.
Los muchachos debían regresar a su casa, nos abrazamos como viejos amigos, me dieron su dirección… Me quedé solo, como un náufrago en una isla desierta.

Lo que sigue a continuación es un mejunje de fantasía y realidad.
Amo la Mar la noche, especialmente con la baja marea. Mi mirada seguía el ritmo de las tranquilas olas, acudían a mi mente recuerdos de otros tiempos… Mas mi oído, acostumbrado a controlar los diversos rumores, debido a mi vida errante, captaron algo parecido a un concierto de castañuelas, me levanté para controlar y al mismo tiempo echar una meada, cuando de repente una extraña voz me chilló:
-¡Zopenco, vete a orinar al carajo!
Abro una paréntesis para contaros lo que llamaré mi Cuento-Realidad. Todo lo escrito entre comillas es el fruto de una investigación realizada con la ayuda de la obra del escritor Bernhard Grzimek, llamada Enciclopedia de los Animales, aliñado según mi estilo libre, pero siguiendo a la letra el texto del autor.
two-crabs-by-vincent-van-gogh-roberto-morgenthalerSobre el asunto de charlar con un crustáceo me permito de hacerlo, porque después de la defunción de mi mujer alguien me introdujo un libro en el buzón, que hablaba de personas que conversaban con difuntos, de quien recibía cartas sin remite ni sello de un hijo fallecido. Considerando que mucho de lo que nos cuentan sobre nuestra civilización son leyendas, fábulas, cuentos, mitología, un verdadero revoltijo de monsergas, que nacieron hace miles de años, tal vez en Mesopotamia o en India, me permito escribir lo que se me antoja y me da la gana, pero antes deseo aclarar no estar de acuerdo, sobre todo cuando leo que Grecia e Italia están consideradas la cuna de la civilización europea. Se me remueven las tripas y,… Bueno tiro la cadena.., prefiero hablar con los cangrejos, pero antes os leo algo publicado años atrás, y os aseguro que no es harina de mi costal, pues es obra de un tal Lewis Lord. “Así era el mundo en el año 1. Hace 2.000 años la vida resultaba desagradable, dura y corta para la mayoría de los ciudadanos. Con Augusto el Impero Romano se precipitaba hacia la decadencia moral y la corrupción. Pero los temas cotidianos que preocupaban al común de los mortales eran increíblemente modernos. En el mundo político de hace 2.000 años, los romanos situaban los actores en el mismo nivel que las prostitutas. Los hombres enamorados eran considerados ridículos. ¿Qué se puede pensar de una super potencia que conquistaba ciudades esclavizando a sus hombres y matando a mujeres y niños? ¿Quién puede comprender que un padre arrojara a un bebé al estercolero por ser niña, estar enfermo o suponer una boca más que alimentar? Para los romanos no era un delito… La cura para el dolor de estómago era una dosis de agua en la que se habían lavado los pies. Las doce tablas de la ley romana le obligaban al padre a matar al hijo que naciera deforme…” Grecia-Esparta: Los griegos en su culto a la belleza y a la perfección física, a los discapacitados los expulsaban de las ciudades, los exterminaban o los lanzaban desde el monte Falgeto, era el deseo de una mejora racial. Practicaban la Eugenesia. (En la última Guerra Mundial, y anteriormente algunos países practicaron este método)… Paro el carro.
Evitaré narrar la discusión que tuve con el cangrejo cuando me insultó. Me respondió: -¡Cállate, mono ignorante!, pues el Hombre apareció sobre la tierra hace unos tres o cuatro millones de años en algún bosque de África, mientras nosotros lo realizamos hace unos 155 millones de años, en la era Jurásica. Me quedé asombrado, con la boca abierta como un bobalicón, y para postres me dió la siguiente estocada: -Has de saber, carcamal, que el pez más feo del mundo, el rape que metéis en la paella, existe desde hace más de cien millones de años.
rape-negro
Con una de sus pinzas me pegó un pellizco, tuve que pedirle perdón, y para obtenerlo le ofrecí pan y vino. Para postres, llamándome ignorante, me notificó que los dinosaurios aparecieron hace 231 millones de años, en el período Triásico. Así lo afirman los fósiles hallados y estudiados de los paleontólogos.
Llegó el momento de narrar lo que leí en aquella Enciclopedia y lo que presenciaron mis pupilas. Empujado por la curiosidad me fui acercando como un indio sioux hacia el lugar de donde provenían aquellos extraños rumores, pudiendo así descubrir los misterios que los cangrejos nos ocultan, especialmente el Baile del Amor. Un espectáculo que nunca olvidaré, que solamente el azar me permitió observar. Os lo cuento con placer, y os aseguro que no son cuentos chinos, pues fue con la lectura de la Enciclopedia que me enteré que “las cangrejas tienen dos vulvas y los cangrejos dos penes… Que incluso pueden vivir cincuenta años” La playa se hallaba cubierta de estos seres, que parecen ridículos, cómicos, pero que en realidad son inteligentes y muy galantes, además no es verdad “que caminan hacia atrás, pues lo hacen de lado” Las aguas con la marea descendiente se habían retirado dejando un espacio libre. Era este el momento ideal para las bandas de crustáceos, que semejantes a bandoleros nocturnos desencadenados “podían dedicarse a sus juegos preferidos, como la lucha, el cortejo y el amor”. La playa asemejaba a un gigantesco teatro Bolchoi “Los cangrejos machos golpeaban el terreno con las pinzas, con un ritmo especial de la especie, y las cangrejas captaban las vibraciones”.
Naturalista afortunado pude observar “que los cangrejos machos no perseguían a las hembras, pues estaban a una cierta distancia moviéndose contínuamente, pegando saltitos mientras movían sin interrupción las pinzas hasta que lograban atraer la atención de las cangrejitas, luego, lentamente se alzaban sobre la punta de las patas, y con pasos ligeros bailaban según su humor o inspiración, acompañados del flujo y reflujo de la marea, de vez en cuando se reposaban para alimentarse y recuperar fuerzas, e iniciaban el baile. Cada cangrejo tenía su danza especial. Llegaba un momento en que las hembras se aproximaban, entonces los cangrejos se desencadenaban en una danza frenética, consiguiendo de tal manera hipnotizar a las futuras amantes, a las cuales conducían hasta sus cangrejeras”. Mi curiosidad se concentró especialmente sobre una pareja, que tan ocupada se hallaba en este cortejo que ni siquiera hicieron caso de mi discreta presencia. “El cangrejo se exhibía haciendo admirar a la cangreja su coraza dorsal de color verde y el artejo purpúreo. La fase siguiente de la ceremonia asemejaba a la del ser humano, “iniciaban acariciándose con las patas, se abrazaban y vientre contra vientre se amaban, una vez terminada la cópula el macho ayudó a la hembra a levantarse” lo que demuestra que la galantería también existe entre los animales.
Por lo visto al cangrejo le agradaba trincar y dándome un pellizco pidió reganche, no me tocó otro remedio que obedecer, así es que con la ayuda del vino se quiso enterar del motivo de mi veraneo anticipado por aquellos lugares y en circunstancias tan difíciles. De vez en cuando reclamaba su ración de pan y vino, y a cambio me gratificó con algo que aprecié muchísimo, a pesar de que ya conocía todo lo que me relató, pues siempre me interesé a los usos y costumbres de los lugares que frecuenté, sea por mediación de la lectura, o la narración de un verdadero testigo, que poseen más valor que la mayoría de las narraciones escritas.
Lo que llamaré la lección iniciaba así: -En el 1940, la guerra relámpago, ante el avance de los Panzerkorps empujó las fuerzas aliadas hacia Dunkerque. Sobre las cabezas de los pobres soldados llovían los regalitos que les mandaban a granel los Stukas alemanes. british_troops_lifeboat_dunkerque Casi medio millón de soldados ingleses, franceses, belgas, polacos, checos, y españoles, atendían, los unos con el culo en el agua y los otros comiéndose la arena, a que la flota británica los sacase de aquel terrible infierno. El 26 de mayo inició la operación Dínamo, que terminó el 4 de junio. Todos los tipos de embarcaciones, naves de guerra, de cabotaje, barcos de pesca, ferry boat, y yates intervinieron en la evacuación de Dunkerque, Malo-les-Bains, Bray-Dunes y La Panne, o sea todo el litoral hasta la frontera belga. Las naves no bastaban para todos, y en el momento del embarque regían las mismas reglas que para el ingreso en Inglaterra. Así los ingleses daban la preferencia a los súbditos de su Majestad para llevarlos a salvo, mientras que a los franceses les suministraban remazos, y los dejaban a remojo en el agua como a los garbanzos, haciéndoles pagar, para lo que los roastbeef era una retirada vergonzosa. De la ratonera donde se hallaban metidos se pudieron salvar 9 divisiones inglesas y unos 110.000 franceses. Los alemanes hicieron 40.000 prisioneros. En esta operación se perdió una cantidad incalculable de material, además de 13 torpederos y cazatorpederos ingleses y franceses que se fueron a pique.

Gefangenentransport durch Schutzpolizei

Cuando hay grandes mareas, aún se pueden, observar los esqueletos de estas embarcaciones, que han servido de vivienda a numerosas colonias de mejillones. Fueron pocos los españoles que consiguieron llegar al campo atrincherado de Dunkerque, quizás porque no eran tan veloces como los ingleses y los franceses, que corrieron como galgos ante el avance arrollador de los teutones. Los últimos en embarcar fueron polacos, belgas, checoslovacos y españoles, otros cayeron prisioneros y después de estar internados en los stalags fueron enviados a los campos de exterminio, donde pasaron por la chimenea. Pero lo que son las cosas, el encargado del repliegue de los derrotados fue nada menos que el general francés que se encargó de organizar el internamiento de los combatientes republicanos y sus familias, haciéndolos alojar en pleno mes de enero, al raso en las playas del sur de Francia, donde murieron a millares, de tifus, de hambre, de frío, la cagalera logró lo que no consiguió la horda fascista.
La voz cangrejera prosiguió su relato. La fina arena sobre la cual estás tumbado rezumaba sangre y dolor. Los soldados corrían en todas las direcciones enloquecidos el pánico y el terror, mientras los pajarracos de acero los perseguían jugando con las vidas de aquellos seres, que tuvieron la desgracia de conocer la derrota, los ametrallaban y bombardeaban con el sadismo que sólo el Hombre suele emplear. Los Stukas habían hecho sus pruebas en Gernika.
El pobre vencido, el Homo Habilis, -el animal superior-, orgullo de la creación, intentaba convertirse en un camaleón gracias al color caqui de su uniforme, ya que se confundía con la arena, enterrándose en ella, como hacen las tortugas con sus huevos, mientras el Habilis, escondía los suyos, pero la marea destructora no le daba tregua, los aviadores, se divertían en agujerear a aquellos cuerpos parecidos a viejos peleles, que pobres madres tanto sufrieron al parirlos. Heridos que suplicaban por un poco de agua, los necróforos se los estaban comiendo vivos mientras los enterraban en la arena.
En este espléndido paseo marítimo, que no tardará en llenarse de alegres turistas reinaba en aquellas fechas la más tremenda confusión. Cadáveres de militares, de caballos que unos momentos antes relinchaban de pánico, se veían despojados de sus carnes. La Intendencia se había olvidado del suministro. Los soldados, famélicos devoraban la carne cruda como los hombres primitivos cuando aún no habían descubierto el fuego. Lo cómico de la situación era que todo ardía. Ardía la tierra, ardía el mar, ardían los cuerpos, ardían los perros, los gatos. Las cucarachas, las hormigas, las preñadas, los cornudos, aquello era un gigantesco churrasco. Esto y mucho más era vuestro averno humano. La locura asesina os había convertido en una horda criminal, que había perdido los frenos que la civilización os impuso.
La marea alta se aproximaba, di las gracias al cangrejo aconsejándole a que se retirara, trincamos como viejos amigos, y después de haberme dado un pellizco afectuoso como prueba de amistad y despedida se fue alejando.
Amanecía. Había pasado una noche en blanco muy animada. Desde aquel día cesé de comer cangrejos.
Para espabilarme y quitarme las legañas me desnudé, y me zambullí en pelotas en aquellas aguas del Atlántico, que tantos horrores presenciaron en pasado. Nadando, nadando llegué hacia una embarcación hundida de los alemanes, su popa se hallaba poblada de una numerosa familia de mejillones, mientras preparaba el fuego y los estaba limpiando un pescador se acercó, y comprendiendo mi situación me regaló un puñado de gambas, su saludo consistió en un: !Nous sommes tous dans la merde! ¡Sí, hasta el cuello! le respondí, ¡merci!
Con la panza llena y la botella de coñac vacía me encaminé hacia mi refugio y me tumbé en mi lecho de hormigón, arrullado por la marea …

Antonio Íbero Layetano
(alias el Bicho raro)