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RECUERDOS de un MOCHILERO 
-Mayo 1968-

No cuentes los años,
cuenta los recuerdos.
Anonimo

Admito ser muy goloso de los proverbios, de los cuales nuestro idioma es
riquísimo, ellos y mi Diario del 68, además de la contribución informativa de Carta de España, espero que me ayuden.
“No importa lo lejos que viajemos, nuestros recuerdos siempre nos acompañan”.
Mucho he viajado, por tierra, mar y aire, en autoestop, y a pata, en varios continentes, unas veces solo, otras en agradable compañía, y durante muchos años con la mochila a cuestas, la cual me servía de guarda ropa, de despensa, de cocina, de biblioteca, de almohada y lo estricto necesario para la higiene y el reposo. Durante años fui un empedernido trotamundos.

mochila
Esta vez me limitaré a escribir la realidad, sin esconder las burradas, mi ingenuidad, las torpezas cometidas… Todo ello descrito en un lenguaje adecuado a la situación y al lugar.
Últimamente me he preguntado a qué se debe mi afición a la vida errante, pensando que tal vez la culpa la podía achacar a la lectura, pues empecé a leer muy temprano; al principio fue el Tebeo, las novelas del Oeste, sobre piratas, bucaneros, rateros transformados en nobles, pero sobretodo fue el haber vivido durante muchos años en un país-mazmorra, gobernado por un sádico dictador sediento de sangre, una gigantesca sanguijuela. Me limitaré a mencionar que para viajar en la Península hacían falta salvoconductos, y cuando la destinación era cerca de la frontera, en este caso Francia, era difícil conseguir el documento, como lo era burlar la Benemérita, pues existía la Ley de Fugas.
Volviendo a los motivos que me empujaban al nomadismo me preguntaba si podía considerarme un hippy, mas no era mi caso debido a la edad, y a mi modo de ser, a pesar de la semejanza en ciertos aspectos a éstos, con los cuales estaba de acuerdo en el mayo del 1968 con la huelga de los estudiantes, y más tarde de los obreros.
Algo que deseo aclarar es que si me dediqué a navegar es porque estaba harto de la crisis del empleo y de otras causas, una de los cuales debo citar. La hembra con la cual convivía, al comunicarle mi intención de embarcar, no ignorando lo que representaba ser la compañera de un navegante me dio a escoger: -¡O yo o la Mar! Ambos habíamos llevado una vida repleta de penalidades, una vida de perros, la mía sobretodo. Volviendo al asunto de la lectura recuerdo que en la imprenta donde aprendía el oficio de tipógrafo, un encuadernador que conocía mi afición a la sopa de letras me pasaba libros antes de encuadernarlos, especialmente aquellos de escritores prohibidos, como Tolstoi, Zola, Blasco Ibáñez, Remarque y otros.
Una poesía del escritor Espronceda, que me quedó grabada en el cerebro, y como resucitada después de tantos años transcurridos, la hubiera podido recitar cuando tuve que escoger entre una mujer y el Mar. Su título era: Canción del pirata, así decía: “Con diez cañones por banda, viento en popa, a toda vela… Que es mi barco mi tesoro, que es mi dios la libertad, mi ley la fuerza y el viento, mi única patria la mar”… Pero el mar no tiene amigos, y no es lo mismo ir de veraneo o estar obligado a ganarse los garbanzos arriesgando el pellejo.
De marina sabía poco, sólo lecturas y conversaciones con marineros conocidos, con mucho rollo, pues lo que se dice “de que en cada puerto un amor”, olvidan mencionar que para conseguirlo se paga. La decisión de hallar embarque me proporcionaría, paga, manduca y cama, además me permitiría viajar gratis y descubrir nuevos horizontes.
A lo que iba, la huelga continuaba y mi situación empeoraba. Como dice el refrán, el hambre aguza el ingenio.
Aquella mañana recorría los muelles semi desiertos en busca de algún buque donde poder llenar la barriga. Cada uno se las arregla como puede. Los marineros desembarcados se comportan como nuestras amigas las gaviotas, ellas son muy pillas, si pueden evitan pescar y prefieren comer las sobras que las naves tiran al mar. Tienen siglos de experiencia, están al corriente de todo lo que sucede en el Océano y en los puertos, conocen la nacionalidad de los buques por sus banderas y los olores de la comida. Los marineros consideran las gaviotas como sus hermanitas pequeñas, son charlatanas, juguetonas, revoltosas, alegran las horas monótonas de los marineros. Muchas millas antes de que la embarcación ingrese en el puerto acuden a recibirla y a darle la bienvenida. Saben que tienen la comida asegurada. Cuando la nave zarpa la acompañan un buen trecho saludándola afectuosamente. En el período de los barcos a vela, la navegación era difícil y peligrosa, los marineros creían que estas aves eran de buen augurio, que eran las almas-conciencia de los ahogados desaparecidos en las negras aguas del Océano, y su chillido el lamento demostrativo de que estaban sufriendo. Para el embarcado no se debía matar nunca a ninguna de ellas, pues esta acción causaría consecuencias funestas para quien la realizara, como no había que limpiar los excrementos de los albatros sobre las embarcaciones hasta que no se hubieran secado. Recientemente he descubierto que entre las diversas variedades de estas aves hay una llamado -albatros viajero o errante-, pues bien, he pensado a mi semejanza con este albatros. puerto-laredoPero ahora voy al grano, e imitando a nuestras amigas las gaviotas me hallaba escudriñando el horizonte en busca de una embarcación donde poder ventilarme el almuerzo, divisé una bandera desconocida, pero un olorcito a pollo frito y arroz me guiaron hasta la nave, donde en la popa pude leer: Barón K.L., Manila, resultó ser una nave filipina, era la primera vez que veía una de ellas. Con paso decidido, con la mochila al hombro, subí la escala, el marinero de guardia se quedó asombrado, sonreía, imaginando que estuviese despistado, pues por regla general el embarcado lleva maleta o saco marino. Ahora me tocaba solucionar el problema de la lengua, yo no hablaba el tagalo, el inglés, la lengua de la marina internacional lo chapurreaba, entonces me acordé de que Filipinas fue durante tres siglos una colonia española, y que a lo mejor podía comprenderme. Inicié con un: -Soy marinero, sailor, busco trabajo, work, job… Seguirá.
(Hay que recordar, que después de la Guerra de Independencia, España tuvo que ceder Filipinas a Estados Unidos por 20.000 dólares).
Ahora interviene Carta de España.
Escribe Guillermo Gómez Rivera, escritor y miembro más antiguo de la Academia Filipina de la Lengua Española.
Voy a imaginar que hago las preguntas y el escritor me responde.
-¿Pero el idioma español tuvo su época de esplendor en Filipinas? -“El español se hablaba, era el idioma oficial del gobierno y del pueblo, aunque éste hablaba sus dialectos. Los americanos dicen que sólo un diez por ciento de los filipinos hablaba español. Al terminar la dominación española había entre 9 y 10 millones de filipinos y por lo menos un millón lo tenía como lengua materna, y ésa era la clase dirigente del país. Las otras lenguas indígenas, están todas influidas por palabras españolas. La clase media y alta hablaba solo español.
-¿Por qué y cómo fue desapareciendo el idioma español en Filipinas? Hubo un premeditado genocidio en contra del elemento filipino que hablaba español por parte de Estados Unidos. Una política de genocidio, que si no fue sangrienta, sí política. Intramuros, que era un enclave del centro de Manila, donde sólo se hablaba español, fue quemada por los japoneses y bombardeada por los americanos. Y los residentes eran de habla española. Después de la guerra, los americanos prohibieron que los dueños de las casas volvieran a Intramuros y que reconstruyeran todo. De este modo, la comunidad de habla española quedó dispersa. Lo mismo hicieron en otros sitios. Después se metió el inglés y se multaba a los niños con cinco centavos por palabra española”.

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… El muchacho que estaba de guardia me dijo en inglés de esperar un momento, que iba a buscar a alguien que me entendiera. No tardó en llegar un marinero llamado Antonio Santos, nacido en la zona de Luzón que hablaba el chabacano, un español criollo que hablaban casi dos millones de personas. Le conté mis problemas, comprendió perfectamente y me respondió que iba a hablar con el comandante, que no tardó en llegar. Me habló en español y dio órdenes de que desde aquel momento el cocinero me contase en el efectivo de la lista del rancho y que me hallasen una litera. Dándome un apretón de manos me informó de que -un marinero en tal situación no debía dormir en un búnker y con la barriga vacía-. El comandante había aplicado las reglas de la fraternidad de los “Hermanos de la Costa”.
Momentos más tarde, a la hora del rancho me vi rodeado de la tripulación, que me acogió como un tripulante más. Las noticias a bordo de las naves corren a la velocidad del telégrafo, y ya estaban enterados de mi situación. Una corriente de simpatía se estableció inmediatamente, me llenaron los bolsillos de cajetillas de tabaco rubio, el cocinero me sirvió reganche de pollo y arroz, me atipé…
Aún hoy, después de haber transcurrido casi medio siglo, en ciertas ocasiones en mi cerebro se desencadena -la memoria de elefante-, ha quedado grabado el sentimiento del agradecimiento. La acogida de aquellos amables muchachos me conmovió. Todos deseaban conocer mi situación, los motivos de la interminable huelga, naturalmente los informé con ayuda de mi intérprete. Me hubiera agradado poderles hablar en su idioma el tagalo, pues descubrí que habían conservado muchísimas palabras en español, como plato, cuchara, tenedor, cuchillo, trabajo, los días de la semana… Más tarde el jefe maquinista me llamó para que le tradujera el Libro de Máquinas, donde se anotan todas las maniobras, y luego con el electricista bajamos a la sala máquinas y al puesto de mando, traduciendo una gran cantidad de tableros.
No deseando vivir de gorra me ofrecí como ayudante cocinero, para hacer recados y lo que fuera necesario. Inicié a ir a Correos y acompañando como intérprete a algunos marineros a tiendas. El comandante me llamó para que le tradujera una receta a base de pastillas para su perro.
Una tarde decidí darme una vuelta hasta el centro de Dunkerque, bajo la torre del Mink, al lado de la estatua del pirata francés Jean Bart, era mi lugar preferido, con varios bares frecuentados por marineros, hallábase también situado el mercado del pescado, mientras los pescadores exponían sus cajas con la mercancía en el muelle. Fumando un pitillo me fui acercando, atraído del olor de los calamares. Un pescador que no lograba venderlos se disponía a devolverlos al mar cuando notó como mis narices se dilataban, lo mismo le ocurría a las suyas. Me los ofreció a un precio baratísimo, casi regalados, le expliqué que no tenía dinero, a lo que me contestó que si me permitía fumar tabaco rubio no debía ser tan pobre, total que le respondí con un: ¡Cero dinero, cero embarque, cero trabajo, cero casa, cero familia, cero patria… Rien, rien, rien de rien! ¡Nada, nada de nada y de todo! Fue entonces que me acordé de que llevaba dos cajetillas de rubio… Este producto y el alcohol han sido siempre elementos con los cuales los embarcados, del primero al último han siempre realizado intercambios. (Hablo por experiencia). Yo me quedé con los calamares y el pescador con el tabaco. Contentos los dos. Esto se llama trueque, lo empleaban ya los fenicios en nuestra Península.calamares
Al regresar a bordo con mi preciosa mercancía y mostrarla al cocinero y explicarle a modo mío como la había logrado me abrazó. Nos pusimos de acuerdo sobre cómo prepararla, yo le propuse de hacer la mitad de los calamares fritos, y él decidió preparar el sushi. Reservamos una ración para el comandante, que la aceptó con gran placer. Después de la cena armamos una juerga que muchos locales hubieran envidiado, el whisky corría a flotes, mi vaso no se vaciaba nunca. Casi toda la tripulación se hallaba apiñada en un camarote. Con la ayuda del alcohol nos comprendíamos perfectamente en una lengua franca, a base de tagalo, inglés, español, chabacano. En pocas horas aprendí más sobre la ex colonia española que en cien libros de historia. Pude apreciar la dulzura y el calor de un pueblo noble y sencillo, nacido de un crisol de etnias amalgamadas estupendamente, que se estaban comportando fraternalmente, olvidando las rencillas y guerras coloniales de un pasado no muy remoto.
Alguien me acostó y me cubrió, pues la merluza que agarré era digna de las mejores tradiciones marineras. Al día siguiente me enteré de que era un formidable cantaor de flamenco, de tangos y de melodías rusas…
La huelga seguía, el pueblo sufría, porras y gases lacrimógenos intentaban calmar a estudiantes y obreros, imperaba la rabia y el hambre…
Una tarde, mi intérprete me comunicó que una muchacha francesa había subido a bordo, él no la comprendía y me pidió que tradujera, para saber lo que deseaba. La zagala me contó que debido a la interminable huelga su familia se hallaba en dificultad, y que alquilaba su cuerpo en cambio de dinero o tabaco rubio. Fue comunicado al comandante que dio el visto bueno.
Resulta que aquella tarde yo me hallaba en la cocina friendo buñuelos, cuando la
muchacha entró atraída por el olorcito, y comprendiendo que después de su tarea no le faltaba el apetito le ofrecí la merienda. Su sacrificio ayudaría a su familia a resistir. No le pregunté nada, pero como supe más tarde la tripulación había gozado y se había comportado generosamente. Aquello me recordó que en los años 40, en pleno apogeo de la dictadura, en la muy católica España, los burdeles abundaban. Pobres mujeres se sacrificaban y vendían sus cuerpos por unas cochinas pesetas para poder dar de comer a sus hijos, a sus maridos en la cárcel, esperando de ir al paredón, muchos de los cuales aún se hallan en las fosas… El nuevo Caudillo-Torquemada y su esposa todos los días rezaban el rosario… Ora pro nobis…

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Días más tarde me avisaron de que se zarpaba… Agarrando la mochila, vi alejarse la embarcación acompañada de las gaviotas y brazos que me saludaban, mientras que la sirena me mandó como despedida un fraterno saludo…
“Mi corazón va donde mi voz no llega”
¡Páalam! (Hasta la vista). ¡Maraming Salamat! (Muchas gracias).

Antonio Íbero Layetano
(alias el Bicho raro)