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Negar la evidencia: esa era la consigna. Ada se puso en marcha con sus esquís cargados al hombro, sin darse la vuelta hacia el marido que la había acompañado en coche hacia su primer día esquiando. Se despidió sacudiendo la mano libre que apretaba la tarjeta de papel del abono a las pistas, donde lucía la foto de él, sus ojos oscuros bien a la vista y su sonrisa perfecta que llamaba la atención sobre el jersey de cuello alto y los tirantes de goma de rayas.

—¿Quién va a darse cuenta de que no eres tú? ¡Con la prisa que tienen en la entrada del teleférico! — había argumentado Marco intentando convencer a su mujer de que no valía la pena comprar otro abono para unas pocas horas. Uno de ellos, de todas maneras, tenía que quedarse con el bebé; y Ada, ¿cuánto hacía que no esquiaba? ¿Por qué no iba a probarlo?

—Sí, pero ¡vaya papelón si me pillan! Con el montón de gente que hay precisamente a la entrada del teleférico…— Le molestaba sobre todo que pudiesen retirarle la tarjeta a Marco, y ¡adiós temporada invernal! Al final habían quedado en que Ada necesitaba de un día de descanso lejos de la niña. Pero ahora, llegado el momento, Ada se sentía incómoda, casi arrepentida. ¿Cómo iba a pasar un día entero sola, sin horarios y tareas que cumplir? Hacía ocho meses, desde cuando había parido a su hija, que no se permitía una desconexión. Marco había sido categórico.

—Tú tranquila, paso adelante y seguro, nadie va a enterarse de nada. Y, en todo caso, recuerda: negar la evidencia— .

Nada más oír el motor del coche que arrancaba hacia la salida del parking, Ada adelantó el paso con una mueca de fastidio en los ojos, que trató de imputar al fuerte reflejo del sol matutino. Latido acelerado, quizá por el esfuerzo de llevar los esquís y los bastones, se puso en la larguísima cola de esquiadores que asediaban el torniquete para subirse a la montaña con el estado de ánimo de un minero esperando su turno para bajar al vientre de la Tierra.

No tuvo el valor de mirar las caras bronceadas y sonrientes que la rodeaban; notó, eso sí, que el encargado del control de las tarjetas conversaba amablemente con un colega, ojeando ocasionalmente la pequeña pantalla que tenía al lado, donde aparecían por un segundo, una detrás de la otra, las fotos de identidad de cada uno de los esquiadores que lentamente se dirigían a los telesquíes.

No pudo escuchar el cuchicheo alegre que resonaba bajo el ritmo apremiante de su corazón; siguió con descaro, con su cara enrojecida detrás de las gafas del sol, empujada por la gente más que por su propia voluntad hacia una especie de Tribunal de la Inquisición que la esperaba en el torniquete. Lo pasó.

¿Fue el revisor quien comentó a su espalda con estupor: —Pues, a mí este me parece un hombre—

¿Fue verdaderamente su propia voz que contestó casi ofendida: —Pero, ¿qué dices?—

Pasado el torniquete nadie puso una mano firme sobre su hombro, así que no obstante su paso inseguro Ada llegó al teleférico, sin que nadie se diera cuenta o la mirara con desdén.

Vio un destello de sol entrar por la ventanilla y se puso con la cara pegada al vidrio: el cielo magnífico ya se asomaba detrás de las cumbres.

En silencio dejó caer al suelo el abono de su marido. Sintió el mismo alivio que si se hubiera liberado de un revólver. El barro canceló en pocos segundos la imagen del perfecto esquiador, mientras una sonrisa irónica lució bajo sus gafas de sol. Esta vez dudó: no era una mueca por la molestia del sol.

Anna Peroni

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