Etiquetas

,

Mario Sironi – Ciclista

En los años 50/60 mi papá trabajaba en el cine. En el cine Manzoni de Milán. Era el encargado de la calefacción. Trabajaba hasta la medianoche.
En aquellos años su medio de transporte era una vieja bicicleta que llevaba sobre el portaequipajes una caja de madera como las que se utilizan para contener fruta y verdura.
Era una fría noche de invierno. Papá llevaba puesto su típico uniforme invernal. Un viejo anorak de piel negra, herencia de un soldado alemán de la última guerra, un gorro y una bufanda hecha a mano por mi mamá que dejaban descubiertos solo los ojos. Aquella noche fatal el contenido de la caja era bastante voluminoso, tapado por una manta de color indefinible.
Pedaleaba tranquillo a lo largo de corso Venezia cuando un guardia municipal, parado con su bicicleta en un semáforo, gritó.
—¡Hombre! ¿qué tienes ahí? —Señalando la caja sospechosa.
Mi papá, pretendiendo no haber oído, aceleró su pedalada. La guardia montó sobre su bicicleta y se lanzó a perseguirlo.
Papá, rey de la noche, gran ciclista, rebelde, anarquista, alérgico a todos los uniformes que mandan, tomó aquella orden como un desafío y corrió con todas sus fuerzas a lo largo de corso Venezia y corso Buenos Aires.
El pobre municipal no lograba alcanzarlo. Papá volaba como un águila. En la esquina de corso Buenos Aires y via Spontini, donde estaba nuestra casa, papá se paró esperando al municipal que llegó jadeando y, con voz furiosa, preguntó:
— ¡Muéstrame ahora mismo lo que ocultas en la maldita caja!
Mi papá, gran actor, maestro en tomar el pelo, quitó la manta, y con voz inocente dijo.
— ¡Como ve señor guardia municipal, son trozos de madera para la estufa de mi familia!
La historia terminó en comisaría. Papá regreso cuando ya amanecía.
A mi mamá, muerta de ansiedad, dijo sonriendo.
— !Vaya, mujer, tu marido aún tiene buenas piernas!

Iris Menegoz