Octavo club de lectura en linea: Pedro Crenes


Club de lectura EN LINEA del Instituto Cervantes de Milán: 

Moderadora: VALERIA CORREA FIZ

Miércoles 17 de marzo de 2021 a las 18h en Italia, 12h en Panama


PEDRO CRENES (PANAMA)

Leeremos el cuento “La luz”.

Video conferencia con plataforma zoom:

Tema: Club de lectura on line del Instituto Cervantes de Milán: PEDRO CRENES moderado por Valeria Correa Fiz

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 ID de reunión: 884 4534 7093
 Código de acceso: 745762

Pedro Crenes(Panamá, 1972)

Ha colaborado como reseñista y crítico literario en El Placer de la LecturaLa Biblioteca Imaginaria y Papel en blanco. Sus cuentos y artículos han aparecido en revistas panameñas y españolas. Ha sido incluido en la antología Los recién llegados (2013) en Panamá y en Francia, en la antología Lectures du Panama de la Universidad de Poitiers (2014). Ha publicado la colección de cuentos El boxeador catequista (Panamá, 2013). Mantiene la columna semanal «Desde Madrid», en el suplemento literario  «Día D» del periódico Panamá América.

Se dice de él
«Es un autor que yo recomiendo y si hay una palabra que lo define es delicadeza». Ignacio del Valle

«El autor pone de manifiesto cómo, mediante la atinada mezcla de recuerdos, sentimientos, ingenio y un muy bien logrado oficio narrativo, el cuento artístico recupera su antiguo gusto por la construcción de historias amenas, verosímiles y conmovedoras, así como por contarlas con naturalidad y gracia y, a la vez, en varios casos, con auténtica garra». Enrique Jaramillo Levi


La luz 

Para Pedro Altamiranda, por todo y por tanto 

No quería estar con ellas tres bajo ningún concepto.  
 Y encima, la luz.  
 Prefería quedarse en la cama durmiendo sin dormir, desafiando el tableteo sordo de las bombitas, las campanadas de la parroquia anunciando el año nuevo, los toques de puerta de los vecinos para felicitarse o la transmisión de la cuenta atrás desde Times Square escuchada desde lejos, atenuada, desde el lecho amargado. Lo soportaría todo con tal de no quedarse con su mamá y a oscuras. Ni con su abuela, las mismas lágrimas todos los años, el mismo lamento por el abuelo muerto, bien truñuñu que era, bien mala gente. No entendía la lloradera por un tipo tan, tan... Ni con su hermana Adelina, —otra—, tan, tan fea, tan sin sentido del ridículo, tan, en fin, sin vida social. Siempre allí, metida en esa casa, con esos lentes, con ese pelo, tan sin gracia... y ahora sin luz, ¡chucha!, en fin de año. 
 Todo lo soportaría en la cama, en silencio, emputado, con tal de no compartir otro año nuevo con las mismas mujeres de su vida, con esos tres fantasmas tan molestos del ayer.  
 Porque su presente es otro. 
 Su corazón, a las seis de la tarde, no estaba allí en su casa, en la casa que lo vio nacer y dar sus primeros pasos, la que su padre abandonó, la casa en la que nació su hermana, la casa donde ahora vivía su abuela. Su corazón estaba lejos de la Cuchilla de Calidonia —su barrio incierto y peligroso, zona roja—, estaba en Parque Lefevre, en la barriada Don Ahorro, junto a Isis, una muchacha que peinaba una encrespada melena rubia, paseaba cuerpo de diosa, y que está en primero de arquitectura como él en la Universidad, en la “U”, ¡cómo le gusta su boquita de chicle haciendo la “U”!, casi pidiendo que se la mastiquen muy poquito a poco. 
 Todo, aguantaría todo, menos celebrar con esas tres mujeres. 
 El año pasado, recordó de cara a la pared, en su cama de amargura y sin luz, como su mamá se vino abajo con lágrimas emponzoñadas —“qué sinvergüenza tu papá”—, y él casi se arranca en una discusión con ella porque claro, su mamá no lo buscó nunca, nunca le dio otro chance después de irse con la tipa esa. La abuela puso paz y Adelina la secundó con carita de fiesta, de celebrar, pero la cosa entre ellos estaba quebrada en pedacitos muy pequeños. El año nuevo arrancó con él marchándose de rumba y sus tres fantasmas femeninos viendo televisión en inglés. 
 Todo, todo, menos quedarse allí con esas mujeres. Marcharse, sí, arrancarse, también. 
 En Parque Lefevre, barriada Don Ahorro —piensa—, el año nuevo es mejor. Es  más residencial, más cool y todo eso, no como en Calidonia, en la Cuchilla, donde la vida es más trágica y más patética, con lucecitas de Navidad menos vistosas, es más barrio que barriada, es ropa tendida en el solar y casas de madera. Allá las casas son mejores, con su terracita afuera y garaje para el carro, los foquitos cambian en orden estético, deseando con elegancia feliz año, con figuras de Santa Claus y los Reyes Magos tamaño natural iluminando la noche, una barriada bien nice y con promesa de buena fiesta en la casa de Isis. 
 A principios de diciembre se fue para allá a acompañarla después de las clases, pase, siéntese, usted es Gustavo ¿no?, mucho gusto, le dijo la señora de Gómez, para servirle, sin manos recién secadas en el delantal ni oliendo a culantro y a cocina. Esa sí que era una familia, pura educación, y le ofreció la señora de Gómez una tacita de café y no chicha de naranja como su mamá cuando llegaron sus compañeros para hacer un trabajo, qué pena le hacía pasar su vieja, y menos mal que esa vez Isis no fue y la pena que pasó fue menos. Parque Lefevre, barriada Don Ahorro: allí debía estar, allí sí que celebran bien el año nuevo —seguro—, y con Isis todavía más, un mujerón, con sus bluejeans bien apretados y su boquita de chicle diciendo “U”. ¡Pero, chucha! ¡Calidonia, la Cuchilla de Calidonia, no!, y encima, la luz. 
 Todo menos quedarse allí con esas tres mujeres. 
 Se levantó de la cama decidido por los bluejeans de Isis, le daba tiempo, son apenas las siete de la noche y seguro que Chilo, por cinco palos, lo lleva hasta allá, total, no tiene hembra para esta noche —o sí—, pensaba, da igual, y se metió al baño a oscuras. Unas virutas de luz entraban de la calle y del edificio de al lado, y se bañó rápido, de memoria, y una vez fuera se vistió en el cuarto, a media luz —“…como el tango de Gardel”, cantó con Pedro Altamiranda en su mente y se rio—, con las velas que ya había encendido su abuela. 
 —¿Dónde vas? —le preguntó su madre. 
 —A Parque Lefevre, con Isis, que me invitó. 
 — ¿Pero no pasas el fin de año con nosotras? El año pasado… 
 Gustavo pasó por delante de su mamá en dirección al baño en medio de la penumbra. Se puso colonia en silencio, se adivinó guapo en el espejo y le respondió con otra pregunta. 
 —¿Me das plata para el taxi? 
 Se prometió al hacer la pregunta-petición que no iba a discutir, ni a reprochar nada y que incluso, si le salía con eso de que era igual a su papá, guardaría silencio y se iría. Chilo igual le fiaba la carrera… 
 —Pero ¿por qué no te quedas con nosotras?, si cociné y todo y me va a traer unos tamales la señora Fina. Y hablé con Cirilo para... 
 —Me voy, aquí no me quedo a oscuras con ustedes. Me voy donde me quieren, donde quiero estar. ¿Tienes plata o no? 
 Buscó la cartera. Lidia le dio quince dólares, diez que le había dejado su madrina Olga y cinco que le daba ella. Sin despedirse, cogió sus llaves y se fue a buscar a Chilo para poner rumbo a Parque Lefevre, a la barriada Don Ahorro, para besar la “U” de la boquita de Isis. 
 En la calle, la noche comenzaba a calentar motores para el fin de año. El televisor del señor Armando tomaba posiciones en la acera y el cooler de Cecilio, hasta arriba de hielo, estaba dispuesto con cerveza de contrabando del Comisariato de la Zona de Canal: Old Milwaukee y Budweiser, a sesenta centavos. 
 —Wapin Tavito, tás bien shine broder ¿Una beer? 
 —Qué va Cecilio, a la vuelta —y lo saludó, feliz año—, estoy buscando a Chilo. 
 Cecilio señaló hacia la casa de madera, de la que salía la música de “Aires de Navidad”. 
 Entrando hasta el fondo, en el patio limoso de humedad, estaba Chilo sentado junto a vecinos y amigos. Cerveza Balboa en mano, riendo con ojos achinados y lagrimosos, parecía estar medio en fuego. 
 —¡Chucha, el gran Gustavo Ortega! —gritó al verlo, saludándolo. 
 —Ey ¿qué pasó Chilo?, estoy buscando taxi —le estrechó la mano. 
 —Tienes suerte, estoy de servicio —apuró la cerveza—, vamos pa’ lante pues:  chofer listo para el señor —se levantó más firme de lo que pensaba Gustavo.  
 Chilo le dio un sonoro abrazo —un gran tipo éste—, lo señaló delante de todos y todos levantaron sus cervezas hacia Gustavo, que les dio las gracias y recibió saludos para su viejo, que hace tiempo que no lo vemos, que cómo le va y que feliz año y por fin salieron del patio de la casa de madera rumbo al taxi. 
 Chilo arrancó el carro destartalado, prendió la radio, y la cabina se llenó de la gozadera radiofónica de fin de año. 
 —A ver si lo pinto para este 86. ¿Dónde va el señor? 
 —A Parque Lefevre, voy a la casa de mi novia, que me invitó a recibir juntos el año nuevo con su familia. 
 —¿Y no pasas el fin de año con tu vieja? 
 —Qué va, cortaron la luz y ya estoy cansado de la misma vaina Chilo, todos los años la misma lloradera. 
 Chilo manejaba por la Transístmica. Las luces y la humedad bañaban la noche del último día del 85 con la consabida nostalgia. Miraba de frente, desaprobando, pero sin querer decir nada. Gustavo se dio cuenta. 
 —Mira, la vaina es que yo no me identifico con esas mujeres, son tan, tan... 
 —Tan como tú Tavo, tan parecidas a ti y tan tristes como tú que no las quieres ni mirar. 
 —Tú qué sabes —le respondió defendiéndose, Gustavo.  
 —Más que tú —Chilo guardó un silencio militar, mirando al frente mientras manejaba ya por Vía España. En la radio “El Gran Combo”, cantaba “Pa fuera, pa la calle”… 
 Gustavo no le dio más bola —”está borracho, se le nota”—, condescendió, y comenzó a hablarle de la casa de Isis, de lo fina que era, y que desde luego allí no cortan la luz.  
 —Son gente buena Chilo y me conviene, además —buscó la complicidad de su chofer—, tiene unas... e hizo con cada mano un gesto abarcador de grandes redondeces. 
 Chilo guardaba silencio. 
 Casi llegando a la barriada, Gustavo le pidió que lo dejara en la entrada, iría caminando, no era plan llegar en esa lata oxidada de Chilo. 
 —Ok. ¿Aquí? 
 —Sí, aquí mismito —intentó Gustavo darle sabor a la cosa, pero Chilo seguía serio— ¿Cuánto es mi hermano? 
 —Es un regalo de año nuevo Tavo, disfruta de tu gente. 
 —No hombre, cóbrame Chilo, que la vaina está dura. 
 —Tranquilo broder, yo me voy a tomar unos tragos allí en esa bodega y me voy para la casa, a mí no me espera nadie. Feliz año Tavito —y Chilo extendió una mano amiga y triste, con un punto de reproche. 
 —Feliz año —estrechó Gustavo la mano de su chofer de año viejo y se encaminó hacia su fiesta. 
 El carro se fue alejando a espaldas de Gustavo y un silencio urbano se apoderó de la calle. Echó a andar solo, dobló la esquina del hidrante y todo recto hasta el último chalecito, bien adornado, con un patio amplio en la parte de atrás donde estaría instalada la fiesta, la gente de la U, la boquita de chicle de Isis, su familia, esa buena gente, señora de Gómez gracias por la invitación, y Gustavo caminaba, anticipando lo que sería, y se lamentó de no llevar nada para la fiesta, como en las películas, que el invitado lleva un vino, un Casillero del Diablo, chileno, “extraordinario, la historia y el vino”, recordaba la propaganda, pero ya era tarde, se sentía motivado, guapo y con ganas de ver a su chica y bailar con ella delante de todos, bajo los foquitos elegantes y brindar por el 86. 
 Ya casi estaba llegando, y el silencio de la calle lo adornaban las ventanas de las casas y los edificios donde la gente se iba a sentar ya a la mesa para cenar y empezar con los primeros tragos para esperar el año nuevo. Sentía sus pisadas contra el suelo, y al doblar la esquina, casi delante del chalet, vio que no había luces. Pensó que se había equivocado, es de noche, había venido sólo una vez, de día, esas cosas pasan, pero no, esa era la casa, en la puerta ponía “Perro bravo”, sin más, sin la cortesía de otros carteles “Cuidado, perro bravo”, y aquella descortesía le pareció un rasgo de carácter que él debía tener “Perro bravo y punto”, echa pa’trás que te suelto al perro, y eso le hacía recordar que esa era la casa, esa que no tenía luz en las ventanas. Y el silencio. Hasta del perro, que el día que vino no dejó de ladrar, ahora no daba señales de vida. 
 Se sintió desolado. Eran las diez y algo de la noche. Las posibilidades de regresar eran casi nulas si no era pagando el peaje por estar en medio de una celebración en la que a esas horas todo el mundo estaba con los suyos. “Los suyos”, pensó, y la imagen de Isis se le fue haciendo borrosa en el vestido que le imaginó, sentada junto a él delante de sus papás, sus suegros en el futuro, y recordó, se matizó, que era una posibilidad lo de la cena, que la llamara para confirmar, pero él estaba tan emputado, tan jodido por lo de la luz, que se le olvidó llamar y ahora está solo, en la calle, y con el silencio iluminado de ventanas. 
 Emprendió el camino de vuelta y a los pocos pasos, el perro comenzó a ladrar como loco, casi echándolo de los predios de aquella casa que se imaginaba engalanada para recibirlo a él, Gustavo Ortega, un tipo que se estaba haciendo a sí mismo, que no necesitaba de nadie más para echar pa’lante. Volvió por donde vino. “¡Chucha, ahora tengo que mulear hasta Calidonia!” y la sola idea lo desesperaba, kilómetros desde Parque Lefevre hasta su casa, “¡ja, qué pendejo!”, le pareció oír la voz de Rolando y de Manuel, “y desde allá te viniste y te cogió el año nuevo en la calle, ja, ja, ja”, no debían enterarse esos dos ahuevaos, que siempre le estaban buscando los defectos y las meteduras de pata para reírse a su costa. 
 Salió de la barriada y dobló a la derecha pasando por donde lo dejó Chilo. Se le iluminó la cara, ¡Chilo!, seguro que está allá en la bodega tomándose su trago antes de irse para Calidonia, y caminó con pasos rápidos hacia allí. “Mi linda Gloria” se llamaba la bodega, y el chino, detrás de sus rejas de seguridad, despachaba a los últimos rezagados de la fiesta y a los primeros solitarios que esperaban el nuevo año. No vio a Chilo, no vio el carro, “me jodí”. 
 “Chilo seguramente se habrá ido para su casa, aunque nadie le espere, eso dice siempre”. Gustavo piensa que esa es la verdadera libertad y decide darse un paseo de año nuevo hasta Calidonia, total, a él tampoco lo espera nadie. Siguió recto, doblando la esquina de la Iglesia de Piedra, donde la gente entraba persignándose en familia. Una punzada de tristeza estuvo a punto de reventarle el rencor que había construido esos días. “La familia es el núcleo de la sociedad”, ¡qué huevada!, se dijo, y no se persignó a pesar de ser creyente a su manera. Una señora lleva a un niño y una niña de la mano, detrás, un hombre reído les alcanza y le da la mano a la niña y entran a la iglesia. El rencor le podía más y la amargura no cedió ante una imagen de ellos, de su familia, hace años, en otra vida, en otro mundo. “Nadie me espera”, pensó en Chilo, y apretó el paso, eran casi las once de la noche. 
 ¿Y si se encontraba alguna fiesta? Lo que pasa es que con quince palos no entras a ninguna, “mira que no llamar a Isis para confirmar, claro, habrá cambiado de planes su familia y se habrán ido a celebrarlo a la casa de sus abuelos, la abuelita Ernestina está un poco delicada, y quién sabe si por eso cambiaron sin avisar y yo no llamé, ¡qué vaina!”, y el viaje hasta Calidonia ya le pesaba. 
 “¿Por qué aguantarme esa casa y toda esa moridera, esa familia tan, tan?”… le pitan desde un carro unas muchachas, ¡Feliz año!, y sonrió sin ganas, levantando la mano, fin de año en la calle, y las risas desquiciadas de Rolando y Manuel en su mente.  
 “En la próxima bodega que me encuentre abierta me tomo una Balboa, a la salud de Isis, del año nuevo, de 1986. Va a pasar un cometa, eso debe dar suerte”, se animó, y la boca se le hacía agua pensando en la cerveza. 
 Diez minutos de caminata y encontró otra bodega, “Gran Muralla”. Otro chino detrás de una reja. Fumaba de espaldas a él bajo la luz mortecina de los fluorescentes. En un pequeño televisor, Gustavo vio unas siluetas en un vaivén lúbrico. Eran dos hombres. El chino se dio la vuelta y le sonrió anhelante, “te legalo lo que quielas guapo”, casi imploró, y Gustavo se fue por donde vino, abandonando a su soledad al chino. No se podía creer la petición del tipo, y mientras se alejaba fue sintiendo lástima por él, solo en fin de año, allí, pidiendo cariño. 
 Vio luces más adelante en otra tienda, “M/S El Sol de oro”, y se rio de los nombres que ponían los chinos a sus comercios, “pura lírica”, se dijo, y encontró un local bien iluminado, enrejado y con dos tipos conversando en lentes oscuros y tomando una cerveza. Una Balboa solitaria parecía estar esperándole en el mostrador. “¡Una Balboa paisano!”, pidió firme, y el chino se puso en movimiento. Gustavo metió la mano en el bolsillo buscando la plata y pensó en su madrina Olga, “qué guapo estás y qué alto, tú sabes que cualquier cosa yo te doy tu salve o te ayudo con la Universidad, porque Arquitectura es muy cara...” sacó los diez dólares para pagar cuando una voz le interrumpió. 
 —¡Invito yo al caballero! —le dijo al chino, que contestó okey. 
 — ¡Chilo, coño, qué suerte! 
 — ¿Qué pasó con la fiesta y con la novia? 
 —No sé, llegué a la casa y estaba todo oscuro, no había nadie más que el perro. 
 —Sí que tuviste suerte porque ya iba pa’lante, salí a descargar la cerveza, tú sabes. 
 —Ya. —y Gustavo cogió la suya— Brindamos entonces, que tengamos suerte en éste 1986. 
 —Eso, por la buena suerte —cogió Chilo la suya y estrecharon las botellas— ¡salud! —y Chilo les volteó a los de lentes oscuros —¡salud! —, y se unieron al brindis. 
 —Un tipo con suerte, sí Gustavo, eres un tipo con suerte. Fíjate en mí, a mí nadie me espera, me da igual, tú sabes, pero a ti menos mal que alguien te espera. 
 —¿Quién? —preguntó con reproche Gustavo.  
 —Tu mamá, tu abuela, tu hermana, hasta tu papá te espera, seguro, allí donde esté —a Gustavo le punzó algo el corazón—, pero a mí no. Tú tienes suerte. 
 —¿Suerte? Sin luz ni nada ¿Tú crees que esa es forma de empezar el año? 
 —Y sin luz acá mi hermano —le recordó Chilo, señalándose la cabeza— estás a oscuras por todos lados. 
 Se terminaron la cerveza, —¡feliz año, paisano!—, se despidieron del chino, y de los de lentes oscuros que se quedaron allí. Se subieron al taxi que tardó en arrancar, se enfría a veces, dijo Chilo, y en ese instante arrancó.  
 —Son las once y trenticinco, vamos pa’ Calidonia —dijo Chilo—, todavía llegamos este año… 
 —No hombre, vamos a arrancarnos. 
 —Que no Gustavo, vamos pa’ la casa, allí te esperan. 
 —No quiero pasarme el año nuevo a oscuras y menos con ellas. 
 —¿Ellas? —Chilo ya estaba manejando rumbo a Calidonia— es tu mamá hombre, la que te parió, y tu abuela, la mujer que necesita ahora más que nunca de tu cariño, y tu hermana, que se siente sola, que dice que no tiene amigas.  
 Chilo estaba al corriente de su familia, más que él mismo. 
 —Tú qué sabes. 
 —Yo sé porque observo, ¿sabes?, y conozco a tu papá y a tu mamá hace tiempo. 
 Gustavo miraba por su ventanilla las luces de la ciudad, los carteles luminosos, los lotes baldíos, las intermitencias de la oscuridad de un año que ya se iba. Pensó en su papá, en la rabia de verle marchar, en la rabia todavía más grande al recordar a su madre no dejándole volver arrepentido, ya hace casi seis meses. “Pero esa es vaina de ellos, yo voy a lo mío”, pensó, y también en Isis, que no sabía nada de ella y que a ver qué le decía mañana del cambio de planes. 
 Chilo ya pasaba en silencio por el parquecito de La Cuchilla, El Victorioso, la barbería de Armandito y las mueblerías de los gallegos. Dobló a la derecha, dirección a la panadería del señor Antonio, en cuya esquina, el silencio de los jugadores de dominó era elocuente y ruidoso. Derecha otra vez y todo recto, la fábrica de macarrones, esquina de las frituras de Midalia y ya estaban en casa, Calidonia, Calle S. 
 —A ti por lo menos te esperan.  
 Frenó delante de la casa de Gustavo, que se bajó y se sorprendió al ver luz en su balcón. Faltan cinco para las doce de la noche, y en su corazón tiene ganas de irse de allí, de salir corriendo lejos de esas tres mujeres que tanto le necesitan según Chilo. 
 —Dale, sube —le animó Chilo. 
 Desde el balcón oyó la voz de su hermana: ¡papá, vino Tavito! 
 ¿Papá? Miró para arriba y subió corriendo los veintidós escalones hasta su 
 apartamento. 
 Gustavo se abrazó a su papá y lloraron. Su madre los abrazó a ambos, y la abuela ya lloraba a su marido como cada año. Adelina, sin los lentes y con el pelo recogido, parecía hasta más guapa, ¡falta un minuto!, advirtió. En la mesa los tamales, el pavo y un volteado de piña de la señora Vicky, le recordaron que no había cenado. 
 —¡Chilo! —se acordó. 
 —Que suba, corre —dijo su padre. 
 Al asomarse al balcón, ni rastro de Chilo. 
 Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno… ¡Feliz 1986! 
 Primer pensamiento del año: Isis y la suerte de que su familia esté junta de nuevo. 
 Segundo pensamiento del año: Chilo, qué triste que nadie lo espere. 
 Tercer pensamiento, en voz alta: ¿Y la luz? ¿Cómo hicieron?  
 —Cirilo me la conectó por dos tamales. 


Pedro Crenes


Entrevista a Pedro Crenes Castro

Mayo 2014

Pedro Crenes Castro

¿Cuándo decidiste ser escritor?

Fue una decisión que vino por la lectura. Me impresionaron de pequeño los poemas de Rafael Alberti y Mario Benedetti. Luego me llegó la idea de imitarlos, lo que hice fue plagiarlos vilmente. Mi mamá, esa mujer llena de orgullo por sus hijos, quiso publicarme y yo le decía que no hacía falta, lo que no le confesé, hasta mucho después, fue mi condición de plagiario. Fue allí, en esa época cundo quise ser escritor.

¿Qué tipo de novelas son las que más te gusta escribir?

Siempre que arranco un proyecto tiene que ver con explicarme cosas, con buscarme las razones, por contestarme a preguntas. Después hay temas que te llegan un lo único que puedes hacer es escribirlos. Hay historias que te eligen y no puedes hacer más que escribirlas.

¿Cuál ha sido tu último libro?

Mi último libro es este grupo-universo compuesto de microrrelatos que se llama Microndo. Todos vivimos encerrados en un microrrelato.

¿Cómo se te ocurrió la idea de escribir tu último libro? ¿qué te inspiró?

Llevo años escribiendo microrrelatos. Nacían y habitaban los cajones. Un día, conversando con mi editor y amigo José Luis Torres Vitolas (excelente escritor peruano, dicho sea de paso)me dijo que por qué no se los mandaba. Los revisé y allí, entre ellos, surgió “Microndo”, ese lugar que no es otra cosa que un Macondo brevísimo y eterno, incluido su “microrealismo mágico súbito”, por categorías que no quede.

¿Qué personaje de tus novelas es al que le tiene más cariño? ¿Por qué?

Refiriéndonos a Microndo, aprecio a Ignacio Reler, un tipo con poca suerte pero afortunado porque es escritor. Aparece en otras de mis ficciones que espero vean la luz pronto. De hecho, Ignacio me ha entrevistado hace poco y se quedó satisfecho con su trabajo.

Algunos creen que la vida de los escritores se reflejan en su obras ¿qué parte de ti se ha quedado en la novela?

En mis novelas, algunas cosas que nunca se desvelan, como los magos. En Microndo hay instantes, sonidos, olores, sabores e incluso intenciones pero como os he dicho, no se dice nada para que la la magia no se rompa.

¿Qué opinas de los soportes digitales para la lectura?

Tienen sus espacio. Yo soy un inmigrante en la tierra de las tecnologías, tengo que adaptarme, tengo que aprender un nuevo lenguaje. Mis hijas no, ellas están inmersas en este mundo, esta es su tierra. Les gusta el libro clásico como a mí pero se les nota que van tirando hacia lo digital.

¿Te relacionas con tus lectores a través de las redes sociales?

Sí, me gusta ese intercambio, las opiniones, respetuosas siempre, y las críticas, siempre que construyan. Es una excelente herramienta siempre y cuando se dosifique. No se puede estar colgado todo el día del ordenador, hay que vivir y escribir.

¿Quién es tu escritor favorito?

Se me ocurren varios nombres: de los de antes, Víctor Hugo, de los clásicos recientes Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez,de los de mi tierra, Panamá, Ramón H. Jurado y Rogelio Sinán. De los de ahora mismo no digo nada, hay excelentes escritores hoy y ahora.

Si pudieras escoger sólo un libro ¿Cuál escogerías?

Sin dudarlo, la Biblia, son 66 libros de distintos géneros, épica, poesía, profética, apocalíptica,cartas y biografías. Qué más se puede pedir.

¿Qué nos puedes contar sobre tu próxima novela?

Solo esto: son tres mujeres que recuerdan a un hombre, que reconstruyen sus historias a través del recuerdo de su relación con ese hombre. Entre ellas nunca hablan, y nosotros sabremos por qué. Puro silencio.

Punto final. ¿Quieres añadir algo a modo de despedida?

Leer es fundamental, la vida sin libros y sin lecturas es una vida muy escuálida, muy empequeñecida.