Decimo club de lectura en linea: Pedro Badrán


Club de lectura EN LINEA del Instituto Cervantes de Milán: 

Moderadora: VALERIA CORREA FIZ

Miércoles 20 de octubre de 2021 a las 18h en Italia, 11h en Colombia


PEDRO BADRÁN (Colombia)

Leeremos el cuento “El hombre de la caja fuerte del libro “MARGARITA ENTRE LOS CERDOS”

Video conferencia con plataforma zoom:

Club de lectura en linea del Instituto Cervantes de Milán:

PEDRO BADRÁN moderado por Valeria Correa Fiz


Pedro Badrán (Magangué, Bolívar, Colombia, 1960), escritor, guionista, periodista y catedrático en la Pontificia Universidad Javeriana, ganó el Premio Nacional de Novela Breve en 2000 con Un cadáver en la mesa es mala educaciónEl hombre de la cámara mágica (2015), es la historia de Tony Lafont, protagonista ausente que con su cámara intenta captar la esencia del universo a partir de las instantáneas tomadas de un hotel y sus habitantes. Un álbum fascinante de una época con unos personajes llenos de contrastes, que congela la historia oculta de Cartagena de Indias.

Uno de los géneros que más ha cultivado ha sido el cuento y ha escrito los libros El lugar difícil (1985), Simulacros de amor (1996), Hotel Bellavista y otros cuentos del mar (2002) y Manual de superación personal y otros cuentos (2011). Su último libro de relatos es Margarita entre los cerdos y, en diálogo con EL HERALDO, contó detalles de esta obra.

“Me gusta el cuento por la exigencia que puede encerrar en su brevedad”: Pedro Badrán

El escritor bolivarense habla sobre su último libro de relatos, ‘Margarita entre los cerdos’, publicado con la editorial Literatura Random House.

Pregunta

En su último libro de cuentos, Margarita entre los cerdos, aparece la figura del detective Ulises Lopera. ¿Quién es este personaje y cómo nació?

Respuesta

Siempre me ha interesado el género criminal como una posibilidad narrativa y soy buen lector de novelas policíacas, en sus múltiples variantes. Ulises Lopera no es un detective audaz ni un gran razonador, por el contrario destila mucha ingenuidad y ternura. De alguna manera, se desenvuelve en un mundo de corrupción que no está hecho a su medida y en esa lucha, de vez en cuando sucumbe a la corrupción. Creo que el tema del libro es la imposibilidad de escapar del mal. Ahora bien, estos cuentos no se escribieron de manera continua, casi siempre los libros de cuentos dan muchas vueltas porque no todos los cuentos que se escriben llegan a hacer parte de un libro. Los cuentos de Ulises Lopera fueron madurando hasta que llegaron a convertirse en casos especiales de un detective muy criollo que no siempre sabe delimitar las fronteras de lo ético. Pero tampoco es que se sienta culpabilizado o deprimido por eso, simplemente va viviendo el día a día, y toma las cosas como vienen.

P.

El humor es importante en sus historias, ¿cómo logra integrarlo para que quede en la medida justa y mantenga la sutileza?

R.

Cierta mirada humorística y tal vez compasiva recorre este libro. Pero como tú dices, trato de dosificarlo hasta llegar a cierta ironía, por supuesto no es el humor de la carcajada estridente. Los diálogos y las situaciones que viven los personajes tienen un equilibrio entre lo cómico y lo dramático. Pero seguramente esa sutileza que tú señalas puede escapar a lectores que se acercan al libro con mucho afán.

P.

El cuento ha sido uno de los géneros a los que le ha apostado, ¿por qué se ha decidido por esta manera de contar historias?

R.

El cuento tiene cierta contención, lo cual genera una gran exigencia en el escritor. Me gusta el género por su densidad, la potencia que se puede encerrar en la brevedad. He escrito cinco libros de cuentos, con temáticas diversas, muy apreciados por lectores y críticos serios, no tanto por burócratas de la cultura. Es un género en el que me siento cómodo porque no hay mucha prisa, ni tampoco compromisos editoriales.

P.

Nació en Magangué, Bolívar. ¿Se integra de alguna manera su territorio dentro de sus relatos?

R.

 Espero que no me haga esta pregunta como si todo escritor tuviera el ineludible compromiso de hablar de su terruño. Hay personajes de todos mis libros que son recuerdos de mi niñez en Magangué, pero no necesariamente habitan un pueblo. Por ejemplo, el cuento “El hombre de la caja fuerte”, nace del recuerdo de un ítalo-magangueleño, especialista en abrir cerraduras y cajas fuertes. Pero el relato no busca una historia local, sino algo más definitivo en la vida de Ulises Lopera. Las historias, las novelas, los cuentos, pueden viajar conmigo, durante diez o quince años y sólo cuando están maduras me siento a escribirlas. Tal vez en algún momento aflore una historia que se desarrolle en una ciudad de esas que llaman intermedias, con río y calle de los turcos al fondo, y también con paramilitares y políticos corruptos. Pero no es 
algo que sienta como una obligación.

P.

¿En qué historia se encuentra trabajando en este momento?

R.

Trabajo en una novela sobre la Cartagena del año 2115. Y ya imagino muchos profesores de sociología literaria o algo parecido exigiendo compromisos con la realidad actual.


El hombre de la caja fuerte
A Nino Portaccio no le gustaba trabajar ni para ladrones, ni para 
mafiosos y menos para narcotraficantes. Se había retirado y ahora el 
hombre se daba su importancia. Entonces mi padre, que había sido su 
amigo de juventud, tuvo que secuestrarlo.     
—Perdona la molestia, Nino, pero es que tú te has vuelto muy 
complicado. No es posible que un talento como el tuyo se desperdicie. 
—No me jodas, Rigoberto, no quiero tener nada que ver contigo. Hace 
tiempo estoy retirado de este negocio. No tienes que venir a joderme la vida.   
—Yo ahora sería tu socio. 
—Te devolví tu parte como habíamos quedado. Yo invertí en una 
ferretería, tú te gastaste el billete en ese maldito carro que después 
estrellaste, y lo peor era que ni siquiera lo habías asegurado.   
—No me recuerdes eso. Lo pasado es lo pasado, Nino. Es sólo por esta 
noche. No puedes ser tan miserable de negarle el favor a un viejo 
amigo.  
—No soy miserable, simplemente que…
—Te vamos a dar tu porcentaje. 
— ¿Y qué marca es la caja? 
—No sé qué marca es, lo único que puedo decirte es que no es de 
teclado digital.  
—Entonces es de las antiguas.  
—Es de las antiguas, claro. El Fausto es el que tiene los datos.  
—Fausto, ¿quién es Fausto?  
—Fausto es el novio de mi hija. ¿Te acuerdas de Marleny, mi hija 
mayor? Pues Fausto, el novio, es una abeja y tiene toda la información 
del abogado. Ni siquiera vamos a ir a una casa sino a una oficina del 
centro. Pan comido, Nino. Es sólo por esta noche.       
—Ojalá el tal Fausto sea tan vivo como dices, porque la verdad tú… 
Mejor no digo nada, Rigo. 
—No, dilo, estamos en confianza, no importa que mi hijo lo sepa.    
—¿Este es el hijo tuyo? —preguntó con su voz de viejo fumador, 
clavándome la mirada tan intensamente que yo tuve que apartar el 
rostro.   
—Ulises, se llama. Pero no se parece a mí.  
—Sí, es igualito a la mamá. Menos mal.       
  
—Mira, yo tengo que salir a cuadrar unas cosas, pero tú te quedas aquí. 
Te voy a traer todas tus herramientas. Por si acaso las necesitamos.    
Fuimos hasta el sótano. Cuando Nino y yo bajamos los tres escalones mi 
padre cerró la puerta de metal y desde afuera abrió la pequeña rejilla 
que estaba a la altura de su cara.     
—A las once de la noche Fausto y yo pasamos a recogerte. Uli te hace 
compañía. Si necesitan algo, llaman a Marleny que está en su cuarto.    
Y así fue como conocí al tal Nino Portaccio.  
Era delgado y huesudo, con los ojos grandes y grises, la nariz larga y los labios delgados, casi como una raya en la cara. Se recostó en la 
cabecera de la cama y encendió un cigarrillo sin filtro. Fumó dos o tres, de seguido, escrutando el sótano de ladrillos grises y pelados. El olor de sus cigarrillos era desesperante. A veces tenía que subir los cinco escalones y abrir la rejilla de la puerta para que saliera el humo.  
Al rato el prisionero cogió una revista de crucigramas que había al lado de la cama. Sacó un bolígrafo del bolsillo de su camisa.    
—Mítico herrero. Siete letras. 
—Vulcano —le dije al instante.  
El hombre dejó a un lado el periódico y levantó la cabeza para verme.   

—¿Tú sabes eso? 
Asentí.   
—Tengo un cuaderno lleno con los nombres de los dioses griegos y 
romanos.    
El hombre se sentó al borde la cama. Apagó el cigarrillo contra la suela de su zapato.   
—¿Cuál es el dios de los ladrones?  
—Hermes… O Mercurio en la mitología romana.  
—Ah, yo pensaba que era Caco.  
—Caco es un simple ladrón. Pero no sé si ese nombre es griego o latino.  
—¿Cuántos años tienes?   
—Trece.  
Me escrutó con la mirada. Y luego como si me leyera el pensamiento 
dijo: 
 —Tienes doce, según mis cuentas tienes doce años.  
 —¿Cómo lo sabe? 

—Me acuerdo cuando tu madre quedó embarazada. En esa época 
Rigoberto y yo trabajábamos juntos. Fue una buena época. Tu madre 
nos cocinaba. Ella tenía muy buena sazón.  
Volvió a encender otro cigarrillo. 
—¿A ti también te gusta leer?  
—Sobre mitología griega. Me gusta.  
—A tu mamá también le gustaba. Y las películas. 
—¿Qué películas? 
—Una vez los tres fuimos a ver La Guerra de Troya. Y dijo que si tenía 
un hijo lo llamaría Ulises.  
—Nunca me lo dijo.    
—No todas las cosas hay que decirlas. ¿Crees que a Rigoberto Lopera se 
le hubiera ocurrido bautizarte Ulises?  
—No.   
—Ya va siendo hora de comer —dijo con algo de cansancio. —Dile a tu 
hermana que traiga una pizza para los tres.   
Se metió la mano al bolsillo y me dio un billete de diez mil pesos. Llamé a Marleny y le pasé el billete a través de la rejilla.  

El sótano se enfriaba. Había que encender el bombillo. No me gustaba la luz de ese bombillo.  
Mi hermana tardaba en traer la pizza hawaiana.      
—¿Es verdad todo lo que dicen de usted? 
—¿Y qué es lo que dicen de mí? 
—No fue por su linda cara que mi papá lo obligó a venir hasta aquí, sino por su verdadero trabajo.    
—¿Mi verdadero trabajo? ¿Quién te ha hablado de mi verdadero trabajo? 
Hace siete años que soy dueño de una ferretería, eso es lo que soy, el 
dueño de una ferretería.   
—¿Y cómo compró la ferretería?  
—Con mi trabajo.  
—¿Y cuál era ese trabajo?  
Nino no respondió.   
—Mi papá me dijo que usted es un mago para abrir cerraduras y cajas 
fuertes. A veces con solo mirarlas. Eso fue lo que nos dijo a mi hermana y a mí.  
—No debes creerle a Rigoberto. Son puros cuentos.   

—Mi papá dice que eso es un don que Dios le dio, porque usted ni 
siquiera tuvo que aprenderlo. ¿Es cierto que a los seis años usted abría candados con alfileres y a los doce ya sabía abrir cerraduras y cajas fuertes?  
—Y ni hablar de las esposas —dijo Nino sin mirarme, con una sonrisa 
pícara en su rostro—. Una vez me detuvieron, me esposaron y me les 
solté en cinco minutos.       
—Dígame una cosa, ¿es verdad que una vez lo llevaron a Nueva York 
para que abriera una caja fuerte que nadie había podido abrir?   
—Haces muchas preguntas y eso no es bueno, Ulises. Me recuerdas a tu 
mamá. Ella también hacía preguntas. Muchas preguntas. Ahora yo te 
voy a preguntar algo: ¿qué es lo que has oído sobre el plan de esta 
noche?  
—Mi papá no me ha dicho nada pero mi hermana sí. Se lo escuchó a 
Fausto.  
—¿Y qué es lo que sabes? 
—Esta noche van a ir a la oficina de un abogado para abrir una caja 
fuerte.  
—¿Y cuánto dinero hay en esa caja? 

—Por lo menos ciento cincuenta millones. ¿Y sabe qué es lo mejor de 
todo?  
—¿Qué?    
—Que no pueden denunciar el robo. Esos ciento cincuenta millones son 
el pago de un soborno. Algo así, yo no entendí bien. Por eso tampoco 
pueden consignarlos en un banco. Todo eso se lo explicó Fausto a mi 
hermana.  
—¿Fausto trabaja en la Fiscalía? 
—Sí.  
—¿Y cómo sabe que los ciento cincuenta millones están allí?  
—La secretaria del abogado se lo dijo. Labor de inteligencia, que llaman. 
El Fausto la tramó para poder sacarle copias de las llaves. Mi hermana 
estaba celosa pero mi padre la regañó.  
Llovía en el centro. Yo llevaba una chaqueta impermeable con capucha; 
Fausto, una gorra de cuero negro y un morral a la espalda. Nino 
Portaccio acariciaba un pequeño maletín de médico sobre las piernas. 
Cerca de la Avenida Jiménez, Rigoberto Lopera estacionó el campero.   
—Es por aquí —dijo Fausto.  

Bajó del carro y con cierta reverencia le abrió la puerta a Nino Portaccio.  
—Uli viene conmigo —dijo Nino—. Tú te quedas aquí, Rigo, 
esperándonos.  
Ahora Nino era el que mandaba y hasta Fausto aceptaba sus órdenes.  
—Siempre has tenido cara de ladrón, Rigo, eso no te ayuda.  
—Si no fueras mi amigo, te rompería la cara. No se demoren y no la 
vayan a cagar.    
Cuando salíamos de la casa, Nino había insistido en llevarme. “Nos 
puede traer buena suerte, tú sabes que yo trabajo con presentimientos”, había dicho, y mi papá aceptó de mala gana.   
Ahora Fausto iba algunos metros delante de nosotros. Nino y yo lo 
seguíamos. Él me llevaba agarrado de la mano. Era extraño. Mi padre 
nunca me agarraba y ahora yo me sentía seguro con Nino. No iba a 
protestarle, a decirle que me soltara porque ya no era un niño. Y aunque tenía un poco de miedo, sabía que nada podía sucederme si estaba con el hombre de la caja fuerte.    
El vigilante saludó a Fausto y desenroscó la cadena de la puerta 
principal. Fausto entró.  Nino y yo lo seguimos. El vigilante llevaba un revólver al cinto. Pero no dijo una sola palabra. Ni siquiera nos miró. 
Cerró la puerta y luego se acurrucó en una silla, bajo su ruana de lana.  

Nino se adelantó hasta alcanzar a Fausto y empezó a iluminar las 
escaleras con el mismo encendedor con el que había prendido sus 
cigarrillos. Subimos tres pisos.   
Fue Fausto quien abrió la puerta de la oficina. Tardó un poco en hacerlo pero al final lo logró. Nino entró conmigo a la oficina. Le dijo a Fausto que desde la puerta vigilara el pasillo.  
Un vidrio esmerilado separaba la sala de espera del despacho del 
abogado. Dos teléfonos reposaban sobre un escritorio de madera. Y en 
una esquina, casi oculta por el escritorio, estaba la caja fuerte, de un verde descascarado y metálico.  
Nino se acercó. Dejó el maletín de médico sobre el escritorio.  
—Ven, Uli, ven para que aprendas. Pero eso sí, no toques nada.  
La caja fuerte era casi de mi tamaño. Todo su misterio estaba allí 
dentro.  
—Viéndolas así, siempre parecen impenetrables. Pero sólo es cuestión 
de saberles llegar, de escucharlas, ellas mismas te confían su secreto.     
Se inclinó sobre la caja fuerte y pareció acariciarla, sin posar las manos sobre el metal.  
Se agachó para tocar el disco y lo hizo girar.  

Lentamente.  
Colocó su oído derecho sobre la parte superior.  
Cerró los ojos. Pareció entrar en éxtasis. Suspiraba una y otra vez.  
Luego susurró el nombre de mi madre.  
Helenita. Helenita.    
Y lo volvió a repetir dos o tres veces, todavía con los ojos cerrados.   
Sentí algo así como un clic. Un mecanismo cedió dentro de la caja.       
Nino presionó la manija y la portezuela se abrió por sí sola, como si un dios mitológico la hubiera empujado desde dentro.  
—Ya está —dijo y me miró con una sonrisa en su rostro. —Dile a Fausto 
que venga.  
Fausto tomó el dinero y lo fue metiendo en el morral. Se dio prisa para salir. Nino sacó un pañuelo viejo de su maletín. Con calma limpió la manija y el disco de la caja. Hizo lo mismo con el picaporte de la puerta de entrada. Yo me subí la capucha de mi chaqueta impermeable.     
Cuando bajábamos las escaleras quise preguntarle cómo lo había hecho 
pero él no me dio tiempo. Sacó una tarjeta del bolsillo, me la puso en la mano y me dijo que cualquier día de estos pasara por su ferretería.  

—Hay muchas cosas que aprender, Uli —dijo, y metió su mano en mi 
cabellera, agitándola suavemente.    
Guardé la tarjeta en el bolsillo de mi camisa.  
En la avenida había dejado de llover. El cielo empezaba a despejarse.   
Rigoberto ya había encendido el motor del carro y lo hacía ronronear 
con desespero, como rogándonos que nos apresuráramos. Pero Nino y 
yo no le hicimos caso. Ahora caminábamos frescos y él no me llevaba de 
la mano.  
Una luz intensa resplandecía en el aire húmedo de la madrugada. 
Levanté un poco mi mirada para observar el rostro de Nino Portaccio. Y 
cuando dejé de mirarlo sentí que otra claridad, primordial y profunda, 
empezaba a reverberar muy dentro de mí. 

 (Del libro “Margarita entre los cerdos”)


Pedro Badrán