El Mesías de Händel no solamente en Navidad

Georg Friedrich Händel (1685-1759), el prolífico compositor alemán finalmente asentado en Londres, compuso su más conocido oratorio, El Mesías, en apenas tres semanas, entre el 22 de agosto y el 14 de septiembre de 1741. La obra alcanzó una amplia y merecida popularidad, que continúa hasta el día de hoy, siendo a la postre el más interpretado (y para muchos el único conocido) de sus nada menos que 24 oratorios, obras grandiosas y de larga duración –entre dos y tres horas–, muy acordes con el espíritu del Barroco más esplendoroso. Y con el propio espíritu pomposo, en el mejor de los sentidos, de Händel. En El Mesías se encuentra su pieza más conocida, que además es una de las tres o cuatro obras clásicas que cualquier persona reconoce: el coro “Hallelujah”. 

Es curioso cómo el genio nacido en Halle (estado de Sajonia-Anhalt) fue capaz de desarrollar no sólo una exitosa carrera como compositor de ópera con 42 títulos a sus espaldas, sino que le quedó tiempo para consolidar definitivamente el género del oratorio barroco con esos 24 títulos (aparte de 120 cantatas, un centenar largo de arias sueltas y canciones, decenas de himnos, una treintena de conciertos, multitud de obras de cámara y para teclado). Fue una cuestión casi cronológica: tras su éxito en la ópera de estilo italiano, especialmente con sus óperas del periodo londinense entre 1711 y 1741, se dedicó desde 1732 hasta su muerte a cultivar también el oratorio. Así, durante unos cuarenta años, el público de la capital británica esperaba con expectación el estreno en el King’s Theatre o en el Covent Garden Theatre de la obra u obras anuales de su compositor predilecto, hijo adoptivo que mereció el insólito honor de recibir sepultura en la abadía de Westminster, nada más y nada menos que al lado del compositor británico más reputado de su historia, Henry Purcell. 

Es conocida y altamente loable la capacidad de Inglaterra durante décadas para atraer músicos de reconocido prestigio en el continente. Händel es el primer caso de renombre y el único que se estableció en territorio británico de manera definitiva. Viajaron a las islas británicas compositores de la talla de Mozart, Haydn, Mendelssohn y Chopin, por citar algunos de los casos más sobresalientes después de Händel. También intentaron atraer a Beethoven, pero, ay, por desgracia el genio de Bonn se encontraba atenazado por cuestiones judiciales a raíz de la custodia de su sobrino, cosa que le impidió viajar y quizá haberse establecido en Londres, donde sin duda habría recibido un trato y un apoyo financiero que le fue negado en su tierra. Por cierto, Beethoven estimaba que Händel era el más grande compositor que conocía, y eso que probablemente sólo había podido entrar en contacto con un puñado de obras de su compatriota.

En la actualidad, asociamos El Mesías de Händel al periodo navideño, aun cuando se trata de un oratorio que habla de la significación de Jesús como el Mesías salvador, prometido, encarnado y finalmente resucitado. Es decir, no se centra únicamente en su nacimiento ni tiene relación específica con la Navidad; de hecho, el oratorio se estrenó el 13 de abril de 1742, en Dublín. El libreto, debido a Charles Jennens, consiste en una recopilación de textos exclusivamente bíblicos que Händel consigue trasladar con impecable genialidad al lenguaje altamente retórico del Barroco musical. La sucesión de coros y arias magistrales no tiene parangón, a menos que pensemos en las pasiones y en otros oratorios de Johann Sebastian Bach. Cada número es una obra maestra indiscutible, de principio a fin. En resumen, un regocijo musical difícilmente igualable.

Me atrevo a recomendar dos grabaciones que considero ejemplares: la de John Eliot Gardiner al frente del Coro Monteverdi y de los English Baroque Soloist (1982) y la de Trevor Pinnock con The English Concert & Choir (1988). Ambas comparten estilo interpretativo (e incluso algunos intérpretes) y fuerza retórica, elementos indispensables en esta obra. La prestación coral es sublime en ambos casos, más personal y virtuosística en el caso de Gardiner, así como las contribuciones solistas; es impagable la contribución del contratenor Michael Chance con Pinnock y la del bajo Robert Hale con Gardiner, por ejemplo.

En fin, una obra para disfrutar y descubrir en su totalidad en cualquier momento del año.


 

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Andrés Ortega Garrido