El gran sinfonismo decimonónico (II). Anton Bruckner

El austriaco Anton Bruckner (1824-1896) representa uno de los pilares del sinfonismo del siglo XIX, con nueve sinfonías (la última de ellas incompleta; falta el último movimiento) construidas como verdaderas catedrales sonoras en busca de la esencia de la música, más allá de la melodía, la armonía o el ritmo, podríamos decir. Esconden una esencia filosófica que alejan esta música de lo que ésta había sido en buena medida hasta entonces, es decir, descripción o transposición, ya sea narrativa o psicológica. En cierto modo, con Bruckner estamos ante un misterio en la historia de la música. Pero que nadie se asuste: es música “normal” para los oídos.

En efecto, la impresión con la música sinfónica de Bruckner es la de un edificio sonoro construido en busca de un más allá musical que supere la arquitectura de la repetición, la variación y el desarrollo del ritmo que distinguían el sinfonismo de Beethoven y Brahms. Bruckner busca el paroxismo inmóvil, el clímax duradero, el cataclismo congelado en el tiempo. Quizás todo esto es más evidente especialmente en sus últimas tres sinfonías.

Ha de decirse que Bruckner llega a este género ya talludito (estrena su primera sinfonía con 44 años, en 1868), después de una carrera como brillante organista y correcto compositor de música coral, con obras en su mayor parte de relativo o escaso interés, tal vez demasiado tradicionales y, en cualquier caso, sorprendentemente carentes de la imaginación, los hallazgos y el fondo filosófico (teológico, incluso) que presentan sus sinfonías, excepción hecha de los motetes, más concretamente de los contemporáneos de su etapa como sinfonista (si en lugar de Anton se hubiera tratado de Antona, hoy día esta parte más bien anodina de la obra de Bruckner se rescataría como el producto maravilloso de un genio injustamente olvidado a causa del patriarcado imperante; pero téngase en cuenta que la mayor parte de esas obras sigue estando justamente olvidada, incluso tratándose de Anton Bruckner. Moraleja: es una cuestión de estética y valoración artística, nada más).

Quien quiera escuchar buenas versiones de las sinfonías de Bruckner puede acudir a las integrales de Eugen Jochum (cualquiera de las dos que grabó) o de Günter Wand, por ejemplo, excelentes en conjunto. Ineludibles son las grabaciones de Wilhelm Furtwängler (siempre en vivo o en retransmisiones radiofónicas en directo sin público), con la Cuarta, la Quinta, la Séptima, la Octava y la Novena. La grabación de esta última, en octubre de 1944 en un Berlín al borde del abismo, tiene el aroma de lo irrepetible; el segundo movimiento, “Scherzo”, nunca ha sonado tan dramático, urgente y exasperado. Nota anecdótico-histórica: la grabación del “Adagio” de la Séptima realizada por Furtwängler en 1942 fue la música elegida como epitafio por las autoridades nazis después de comunicar por la radio la muerte de Hitler.

Una quasiintegral que merece un párrafo aparte es la del maestro rumano Sergiu Celibidache, en concreto las grabaciones con los Filarmónicos de Múnich, que comprende de la Tercera a la Novena. Son sinfonías esculpidas en cristal de roca, de tempi ensanchados como nunca –marca de la casa en la última etapa del director–, lo cual concede el privilegio de “observar” con los oídos hasta el más mínimo e insospechado detalle del particular arte compositivo de Bruckner.


 

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Andrés Ortega Garrido