
El austriaco –nacido en Bohemia– Gustav Mahler (1860-1911) resulta ser el caso más peculiar dentro del sinfonismo decimonónico que estamos comentando. Si Brahms representaba el rigor formal y Bruckner la búsqueda de una esencia musical con sus catedrales sonoras, Mahler se caracteriza por la variedad y la heterogeneidad. En efecto, sus sinfonías son un depósito de materiales de todo tipo, un cajón de sastre sinfónico con retales sorprendentes de todas las formas y colores. Sus sinfonías, largas y muchas veces densas en su infinta variedad, son un campo de experimentación al servicio de la imaginación musical, con una instrumentación en muchas ocasiones inusitada. Nada se descarta, todo se aprovecha. La impresión puede ser de desorden, pero se trata de una búsqueda consciente, de una apertura de nuevos caminos. Esa búsqueda lleva también a forzar al máximo las posibilidades de la tonalidad, abriendo las puertas a nuevos mundos. El testigo lo recogerá Arnold Schoenberg, que forzará a su vez la tonalidad hasta el extremo de disolverla en el atonalismo. Otra de las característica de las sinfonías de Mahler es la incorporación de la voz humana, ya sea con voces solistas o con coros, siguiendo el modelo inaugurado por la Novena de Beethoven.
Mahler compone su primera sinfonía, Titán, en 1888. El estreno, al año siguiente, fue un fracaso. El público no estaba preparado para novedades de ese tipo, quería música “normal”, sin sobresaltos, sin extravagancias. Todo lo contrario a la música de Mahler. Sus siguientes sinfonías tendrán sus altibajos de éxito y fracaso. En la actualidad, sin embargo, las nueve sinfonías de Mahler, más el Adagio de la inconclusa Décima, han entrado en el canon de la interpretación sinfónica estándar de todas las orquestas.
La página más célebre de Mahler es sin duda el Adagietto de la Quinta, empleado como banda sonora principal de la película Muerte en Venecia (1971) de Luchino Visconti, basada en la homónima novela de Thomas Mann y que precisamente se inspira en la figura de Mahler. De hecho, el film refleja a la perfección la angustia del compositor ante la desfavorable acogida de sus obras por parte del público. Esta sinfonía representa la quintaesencia de la concepción mahleriana del arte de la composición: variedad y riqueza tímbrica, eclecticismo, rareza, exploración armónica, disonancia y búsqueda consciente de la heterogeneidad (no así en el Adagietto, paradógicamente; quizá por ello es su música más popular), todo ello combinado con un profundo sentimiento romántico o, si queremos, postromántico.Entre las interpretaciones disposible de las sinfonías de Mahler son de obligada escucha los testimonios gramofónicos de su discípulo Bruno Walter, director de talla monumental y verdadero heredero de la tradición interpretativa de su maestro. En el campo de las integrales sinfónicas, es decisiva la labor del estadounidense Leonard Bernstein, redescubridor del sinfonismo mahleriano y responsable, en los años 60, de la primera grabación integral de las sinfonías de Mahler. Su posterior integral de los años 80 (faltan sólo el remake de la Octava y el Adagio de la Décima, a causa del fallecimiento del maestro en 1990) es la referencia inexcusable. El audiófilo interesado podrá degustar igualmente las integrales de Rafael Kubelik, Georg Solti, Lorin Maazel, Claudio Abbado o Pierre Boulez, así como sinfonías sueltas en grabaciones excelentes de Otto Klemperer o de sir John Barbirolli.
Andrés Ortega (Música, maestro)

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