
Buena parte de la música del Romanticismo se basa en la pieza breve, sobre todo cuando hablamos de música para piano. Frédéric Chopin (1810-1849), el máximo exponente del pianismo, creará una obra propia casi exclusivamente para este instrumento, revolucionando la concepción y la técnica de la música para teclado. El catálogo de su inmaculada obra (escasa son sus obras menores o secundarias) refleja ese universo de formas breves. Breves en su duración, inmesas en su profundidad. Valses, mazurcas, polonesas, baladas, scherzos, estudios, preludios, impromptus… Obras que oscilan entre los 30 segundos y los 10 minutos. A estas obras breves se unen tres sonatas para piano, dos conciertos y algunas otras obras para piano y orquesta, así como un trío para violín, chelo y piano, una sonata para violonchelo y piano y un par de obras para esta misma combinación, así como una colección de 17 canciones polacas para voz y piano.
Un género especialmente querido para Chopin es el nocturno, que en su forma de pieza breve para piano solo es creación del irlandés John Field (1782-1837). Recuérdese, con todo, que Mozart compuso algunas obras para orquesta de cámara con la denominación “nocturno”, aunque poco o nada tienen que ver con el nocturno romántico por excepción, que es el de Chopin.
El compositor polaco crea en sus 21 nocturnos pequeños universos sonoros. Pueden concebirse como narraciones –de hecho, la característica principal de la música del Romanticismo, creemos, reside en que es esencialmente narrativa, a diferencia de la música anterior–. Los nocturnos de Chopin buscan recrear la atmósfera misteriosa de la noche, tan del gusto romántico, en la cual se viven distintos momentos: varios nocturnos comienzan con una serena calma, a veces no exenta de congoja y angustia, y posteriormente introducen un episodio agitado, exasperado incluso, un volcán en erupción en plena noche. Con razón Liszt decía que la música de Chopin esconde cañonazos en un campo de flores.
De estas 21 obras maestras tenemos varias integrales interesantes, pero el podio es rácano y básicamente acepta sólo dos nombres: Artur Rubinstein y Claudio Arrau. Cada melómano tiene sus preferencias y defenderá a uno u otro pianista con igual razón. En nuestro caso, nos decantamos por el polaco, sin menosprecio del chileno. La razón es la redondez y limpieza absoluta del sonido de Rubinstein en su grabación de 1965, frente a los tonos a veces un poco metálicos del instrumento que tocaba Arrau (que, por otra parte, son marca de la casa, pues se oyen en varias de sus grabaciones de los años 70 en adelante). Por otra parte, Rubinstein consigue pianísimos como nunca antes se han oído en disco (escúchense sobre todo los arpegios previos a la reexposición del tema principal al comienzo del nocturno op. 15 nº 2, segundos 29-31 de la grabación). Podríamos decir que la versión de Rubinstein representa el canon insuperable y eterno, al cual Arrau añade un visión interiorizada y personal, en línea con una concepción romántica sin exageraciones.
Andrés Ortega (Música, maestro)

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