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Por Ilona Cieniuch

9864301-caballo-mexicano-burro-en-desiertoHace unas semanas un amigo mio mexicano me aconsejó que viera unas viejas películas mexicanas protagonizadas por el indiscutible astro del cine mexicano, el cantante y actor Jorge Negrete. Su género predilecto fue la comedia ranchera. Sus películas han dado vuelta al mundo y gracias a ellas los europeos nos hemos hecho por primera vez una imagen del mexicano. ¿Y cómo era aquella imagen? El mexicano se nos presentaba como una persona de muy baja estatura, regordete, con un color de piel moreno, bigotudo, portando un gran sombrero de la época de la revolución mexicana, acompañado de un revolver en un clima desértico y con grandes cactus a su alrededor y en ocasiones acompañado de una guitarra y una botella de tequila.

¿Pero este retrato simplificado, parcial, subjetivo se corresponde con la realidad?¿O se trata del clásico tópico? Hoy en día, hay muchos estereotipos y es una tarea muy difícil huir de ellos. En primer lugar la tradición folclórica y la literatura contribuyen a la creación de los tópicos. En la actualidad, los medios de comunicación, el cine, internet, las revistas resfuerzan estas imágenes que se forman en nuestras mentes convirtiéndose en prejuicios y esterotipos.

Teniendo en cuenta el poder de los estereotipos, en este artículo no pretendo luchar contra molinos de viento y romper con ellos. Además, la actitud quijotesca hacia la vida no es la mía. Me centro en la obra de Octavio Paz El Laberinto de la soledad en la cual este gran escritor mexicano ha retratado a su pueblo de una manera muy detallada y verosímil.

El mexicano, según Octavio Paz, es un ser cerrado, ensimismado, triste, nihilista de manera instintiva. Su mayor virtud es la reserva. El mexicano, sea quien sea, un campesino o un universitario, se preserva, se encierra, lleva una máscara de hombre inconmovible, inquebrantable y reservado. ”Su lenguaje está lleno de reticencias, de figuras y alusiones, de puntos suspensivos, en su silencio hay repliegues, matices, numarrones, arcos iris súbitos, amenazas indiscifrables”. En las discusiones y las peleas con los vecinos se comporta según el refrán ”al buen entendedor, pocas palabras”.

Es un ser inalterable, guarda su intimidad, es celoso en su interior, no expresa sus sentimientos y emociones. ”Cada vez que un mexicano se confía a un amigo o a un conocido, cada vez que se ”abre”, abdica. Y teme que el desprecio del confidente siga a su entrega. Por eso, la confidencia deshonra y es tan peligrosa para el que la hace como para el que la escucha”.

La mujer mexicana, al contrario, es considerada un ser humano inferior, puesto que la apertura forma parte de su naturaleza femenina. Los hombres la consideran como un instrumento de sus deseos. ”La mexicana simplemente no tiene voluntad. Su cuerpo duerme y sólo se enciende si alguien lo despierta. Nunca es pregunta, sino respuesta, materia fácil y vibrante que la imaginación y la sensualidad masculina esculpen”. Octavio Paz describe su lugar en la sociedad mexicana de manera siguiente:”[e]n el mundo hecho a la imagen de los hombres la mujer es sólo un reflejo de la voluntad y querer masculino”. Por una parte, es una criatura decente sin deseos propios, por otra, es activa, se apodera de los rasgos propios a los hombres y se convierte en la mala mujer, en bruja o prostituta. Seduce a los hombres y los abandona.

Hablando de la identidad mexicana no podemos olvidar  la ritualidad de este pueblo. Los mexicanos adoran las fiestas. El término fiesta vincula profundamente la religión y el culto a los santos cristianos con los rasgos indígenas. Gracias a ellas los hombres, que se sienten suspendidos entre el cielo y la tierra, entre la vida y la muerte, entre sus propias contradicciones internas, pueden por un momento perderse en el fervor de las celebraciones.

El elemento imprescindible de la diversión es la embriaguez, gracias a la cual el mexicano llega a  abrirse. Solamente de esa manera sabe vencer la soledad y huir de  su propio cerramiento. ”El mexicano, ser hosco, encerrado en sí mismo, de pronto estalla, se abre el pecho, y se exhibe, con cierta complacencia y deteniéndose en los repliegues vergonzosos o terribles de su intimidad. […] En esas ceremonias – nacionales, locales, gremiales, familiares – el mexicano se abre al exterior. Todas ellas le dan ocasión de revelarse y dialogar con la divinidad, la patria, los amigos o los parientes. […] [l]os amigos que durante meses no pronunciaron más palabras que las prescritas por la indispensable cortesía, se emborrachan juntos, se hacen confidencias, lloran las mismas penas, se descubren hermanos y a veces, para probarse, se matan entre sí”.

En sus nueve ensayos agrupados en el libro Laberinto de la soledad Octavio Paz impugna muchos de los estereotipos vinculados con el concepto de la mexicanidad, pero también muestra que muchos de ellos son verdaderos. No se puede olvidar que hay características inscritas en la nacionalidad de cada pueblo por razones históricas, sociológicas y económicas y que se reflejan en la identidad de los hombres.

El ser humano tiene el don de generalizar los rasgos típicos de un extranjero y mucho más si se trata de un pueblo tan interesante, variopinto, rico de tradición folclórica como es México. Pues, ¿Cómo son los mexicanos? ¿Qué es la mexicanidad? Me atrevo a resumir que la mexicanidad significa: hombres reservados, machos, amor por las fiestas, religiosidad y falta de miedo ante la muerte.

Ilona Cieniuch