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Antonio Íbero Layetano (alias el Bicho raro) banner

La  vida es como la escala de un gallinero,
corta, pero llena de mierda.
(anónimo).

Aquella mañana, cuando la niebla me acariciaba con su frío y húmedo aliento mientras iba a comprar el periódico, todo mi cuerpo se paralizó como hacen los borricos, cuando por causas para nosotros desconocidas, pues no podemos leer en sus cerebros, se paran. ¿Qué me sucedía? ¿Eran tal vez los achaques de la vejez?  ¡No! La causa de todo ello era el aroma que se escabullía de una panadería. Mis napias husmeaban como un perro perdiguero la fragancia del pan recién salido del vientre ardiente del horno. Aquellos olorcitos que penetraban en el interior de mis narices hicieron abrir el interruptor de la memoria. Las neuronas que permiten al cerebro de fijar los recuerdos, pusiéronse en movimiento transportándome con la mente hacia un lejano pasado.

Eran tiempos de guerra en nuestro país. La aviación al servicio de los traidores nos distribuía su ración diaria de bombas. Mujeres que hacían la cola para retirar su ración de pan huían hacia los refugios, pero la mayoría de ellas, desafiando la mortal mercancía caída del cielo, que defecaban los pajarracos forrados de acero, seguían impertérritas delante del horno .

Diariamente la radio nos daba la lata con su monótona y triste letanía: ¡Españoles, hay que resistir, con pan o sin pan! ¡No pasarán! Vanas e inútiles palabras que el viento sordo se llevaba, pues los estómagos, especialmente los nuestros, que se hallában en el período del desarrollo no comprendían. Además nos habían engañado o robado, pues un viejo dicho afirmaba: “Cada niño al nacer trae un pan bajo el brazo”. Cierto no podíamos volver a penetrar en los vientres de nuestras madres, donde habíamos permanecido nueve meses, nutridos y al abrigo del frío, para ver si nos habíamos olvidado nuestro pan.

Actualmente hablar del pan, este artículo de primera necesidad, de las carestías, de las luchas y rebeliones ocasionadas por su causa parece un argumento fuera de actualidad, algo anacrónico, pero diariamente nos damos cuenta de lo contrario.

Actualmente se tiran a la basura toneladas de alimentos, mientras millones de seres humanos mueren de hambre. En el año 1958, el presidente de la Asociación Mundial contra el Hambre declaró: “El mundo actual está dividido en dos grupos: El grupo de los que no comen y el grupo de los que no duermen por el miedo de los que no comen”. 

¡Al grano! A pesar de todos los inconvenientes ocasionados por la contienda bélica: hambre, frío y bombardeos, la vida proseguía, continuábamos más o menos frecuentando la escuela. Nuestro viejo maestro, al que todos llamábamos Don Pirulo, ya jubilado, había sido movilizado para combatir nuestra ignorancia, pues a la mayoría de los profesores los habían mandado al frente para que aprendieran a hacer la guerra, eso que algunos imbéciles llaman “arte bélico”. El pobre pedagogo a veces perdía la chaveta, mezclando las nociones de matemática y geografía, pues una idea fija se le había introducido en la mollera: ¡El pan! Y así sin darse cuenta, una mañana que nuestra clase se había trasladado al refugio, pues los pepinos metálicos con los cuales nos obsequiaba la aviación fascista, llovían muy cerca de la escuela, empezó con una lección fuera del programa, que iniciaba de esta manera: El origen del pan es muy remoto, según Hipócrates hay que buscarlo en la mitología. El hombre primitivo se dio cuenta un día que unas hierbas daban semillas comestibles, que servían a dar un sabor diverso a la carne…Y nuestro maestro, con ojos melancólicos y soñadores, donde se reflejaban —sueños de cocina—, proseguía: 3.000 años a.C., los babilonios llamaban al trigo buttutu y los egipcios botet. En Egipto al Faraón le pertenecían casi 1000 panes al día. Un sacerdote recibía 900 medidas de trigo al año, más de 36.000 hogazas, el labrador medio tenía derecho a 3 panes diarios y las clases más pobres debían tener al menos, pan y cebada para el sacrificio. Los romanos fabricaban varias clases de pan: la placenta, a base de harina de trigo, miel, cebada y algunos ingredientes más. El savillum, un pan dulce, hecho con el mosto era el pan llamado mustacens... Cuando nuestros estómagos estaban ya rebelándose debido a los mordiscos del hambre, las sirenas que anunciaban la despedida y la fin del bombardeo, nos libraron de la tortura de la lección.

Regresábamos a nuestras casas cantando: En mi casa no se guisa, ni con leña ni carbón, que se guisa con las bombas que tira la aviación, se le empinó se le empinó, para marchar, para marchar… El Homo hispanicus tiene un carácter muy especial, pues cuando más jodido está más se ríe de si mismo, por ejemplo una frase que estaba de moda en aquellos momentos trágicos era: En mi casa no se guisa, pero no reímos más…

Una mañana ocurrió algo que los creyentes llaman m i l a g r o. La República argentina, corazón generoso, grande como la extensión de su pampa, mandaba a la España que luchaba contra la bestia negra de la tiranía, barcos repletos de trigo destinado a los niños que frecuentaban la escuela. Desde aquel día nadie la desertó, no por el afán de cultura, si no por aquel pan llegado de más allá de los mares. Nuestras ávidas manos recibían aquel bien precioso, como si fuese un tesoro. Nuestro  viejo educador, que por un descuido burocrático fue olvidado, no tenía derecho al dono argentino; cuando ya nos disponíamos a devorar aquel  sabroso manjar nos aconsejó de no comerlo todo, de mascar despacito y de llevar algo a nuestras casas. A pesar de nuestro voraz apetito, al ver las miradas lastimosas que Don Pirulo dirigía hacia nuestras bocas, que con tanto afán masticaban, decidimos por unanimidad ofrecerle cada uno un trocito de nuestro pan, que correspondiese más o menos a la ración que recibíamos. Ante este heróico gesto de sacrificio, a nuestro maestro se le escaparon unos lagrimones que fueron a humedecer aquellos pedacitos de pan. Hacía falta ver con que amor se los llevaba a su boca desdentada, asemejaba a esos gorriones que cuando uno se sienta  en un banco de un parque, se acercan para picotear las migajas caídas por tierra.

El pan argentino tuvo el poder de desencadenar la fantasía de nuestro preceptor, y de transportarlo muy lejos en el tiempo. Nos contó que cuando era joven estuvo vagabundeando por el continente íberoamericano. Nos habló de la pampa, de sus gauchos, de las inmensas praderas donde miles de cabezas de ganado pastaban, ignorando que más tarde se convertirían en bistecs, asados, churrascos y sabrosas empanadas; en su animada y variopinta conversación mezclaba la Tierra del Fuego con las boleadoras, el Aconcagua con los tangos de Carlos Gardel; nos hablaba de volcanes aún activos, llamados Socompa y Llullaico situados en la región andina, de bandoneones, del Río de la Plata e incluso de un avestruz llamado ñandú. Su amena conversación nos hizo comprender que a finales del siglo pasado en Europa no se ataban los perros con longaniza, que miles de europeos famélicos llegaron a tierras argentinas para ganarse el pan, que en el siglo XIV la peste se llevó a unos 25 millones de personas. Una terrible hambruna empujó a los hombres a buscar raíces, y estuvieron obligados a comer hierbas, e incluso en algunos lugares hubo casos de canibalismo. Se fabricó el pan con todo lo que se asemejaba a la harina: Bellotas, paja; en Suecia casi el 90% de la harina empleada era de paja y de corteza de abedul. En Italia lo hacían con polvo de mármol.

El maestro, a pesar de sus problemas con el sustento no olvidaba su condición de educador diciéndonos: “El hambre ha existido siempre, debido a diversas causas. El egoísta desequilibrio de la riqueza, ha provocado casi siempre revoluciones, pues cuando un pueblo empieza a darse cuenta que su miseria atávica no es un fenómeno natural, sino la consecuencia del comportamiento de otros hombres, de un grupo de privilegiados, entonces nacen las revueltas. En el siglo XVI en Alemania hubo una terrible sublevación de los campesinos; el levantamiento al principio parecía darles la victoria, sin piedad habían realizado una carnicería, pero la represión fue peor; el comandante de las tropas hizo quemar todas las casas de los hambrientos campesinos; ordenó  matar a los padres, las madres y los hijos. Un labriego, antes de que lo justiciaran en Stutgard gritó: ¡Yo debo morir ahora y en toda mi vida no me he saciado de pan dos veces!

Nuestra guerra fratricida proseguía su curso mortal, los grandes se mataban y ríos de sangre de todas las nacionalidades empapaban la tierra hispana. Nosotros, los pequeños seguíamos creciendo acompañados del lúgubre aullar de las sirenas y de los bombardeos. La situación empeoraba de día en día…Negras tormentas agitan los aires, grandes nubes nos impiden ver…, cantábamos.

Aquel pan argentino que dividíamos tenía el poder de desencadenar la verborrea de nuestro profesor. De vez en cuando nos transformábamos en una escuela ambulante y las lecciones se desarrollaban en los lugares más impensables, lejos de la aviación al servicio de los traidores, que sin piedad realizaba sus primeras pruebas en la historia, de bombardeos terrorístas sobre la población civil indefensa..

Continuando en su vagabundeo mental una de las veces nos habló de México, de la decisión del presidente mexicano Lázaro Cárdenas. La mayoría de los Gobiernos democráticos europeos, con su hipócrita política de -No Intervención- dejaron desasistida a la joven República española, que tenía necesidad de armas para defenderse, impidiendole comprarlas. México al contrario, desde el primer momento procuró ayuda a los republicanos españoles, dentro de la modestia de sus posibilidades. Fusiles y cartuchos procedentes de los arsenales del Ejército mexicano fueron enviados a España, sin haber determinado las condiciones de venta. Un gesto noble, que aquellos que perdimos hemos grabado en nuestras memorias. Además esto no fue todo, pues México más tarde abrió sus puertas a niños y a exiliados republicanos españoles. Pero nunca olvidaremos a aquellos países que nos vendieron hierros viejos, chatarra, o sea armamento de la Primera Guerra Mundial a cambio de oro. En este puto mundo hay tres cosas que se pagan en efectivo, rápidamente, que son: ¡Las armas, la droga y la prostitución comercial!

También Don Pirulo nos habló de tortillas y tequila, de pulque y de fríjoles. Cuando nos contó las hazañas de Pancho Villa, en honor del pueblo mexicano, como una tropa de guerrilleros entonamos lo que nosotros creíamos era el himno nacional. En la  colina aquella mañana se pudieron oír los ecos de las famosas estrofas de la Cucaracha: La cucaracha, la cucaracha ya no puede caminar, porque le falta, porque no tiene la patita de detrás. Cuando viene Pancho Villa necesita dos vagones, uno para sus maletas y otro para sus cojones.

1939… Posguerra Las voces del ¡No pasarán! enmudecieron. Los “liberadores” pasaron y con ellos regresaron los negros cuervos, los buitres, los chacales y las hienas que habían devorado a la Niña Bonita (así era llamada la joven República). El primer día distribuyeron pan, estampas religiosas y medallitas milagrosas, el segundo: Insultos, bofetadas, garrotazos y hostias (no consagradas) a granel.  Nos obligaban a rezar el Padrenuestro, que dice: “El pan nuestro de cada día … hoy…” Nosotros lo soñábamos.

En la odiada fortaleza, situada en la colina que domina la ciudad, con los cañones apuntados sobre la población, conducían al paredón a los hombres que combatieron por la libertad. Las ametralladoras ladraban, no descansaban.

Nuestro viejo maestro, ya achacoso fue desmovilizado. Algunos de nosotros pudimos verlo pidiendo limosna. Corrían rumores de que el hambre, como una polilla le hubiese devorado los sesos. Parece ser que un día con tinta china y una vieja alpargata guisó lo que él imaginó fuesen  unos calamares en su tinta. Don Pirulo se fue al otro mundo berreando: ¡Quiero morir con la panza llena, cómo una ballena!

El último día que estuvo con nosotros nos abrazó a todos como a sus hijos, que se hallaban luchando en el frente durante la ofensiva del Ebro, uno de los dos pertenecía a la llamada Quinta del Biberón cuyos componentes tenían apenas 18 años.

Sus últimas palabras de despedida, un consejo inolvidable, algo como una profecía laica, fueron las palabras de Antonio Machado: Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios./ Una de las dos Españas ha de helarte el corazón. ¡Razón tenía el poeta!

Una noche de luna llena, que en casa se -colgó la olla-, (entiéndase acostarse sin cenar), mi cerebro se puso en movimiento, y una idea luminosa brotó de mi mente: ¡La fabricación del pan sin harina de trigo! Recordando que nuestro viejo profesor nos contaba, que en tiempos de escasez se empleaban las cortezas de ciertos árboles y el polvo de algunos minerales, imaginé que no me sería muy difícil producir algo parecido al pan que el Gobierno nos suministraba, donde la harina brillaba por su ausencia. A la mañana siguiente desertando del trabajo, armado de un martillo y de una funda de almohada, me dirigí hacia una colina donde se hallaba una cantera abandonada, y el lúgubre castillo-presidio, que desde hace unos siglos monta la guardia sobre la ciudad.

¡Pica, pica! Con un afán de voluntario a los trabajos forzados inicié mi tarea, imaginando que mi invento, en caso de éxito aliviaría la guza de millones de seres famélicos. Mi prefencia iba hacia las piedras más blandas, como la de pómez y a otra de la cual se extrae el cemento. Un par de horas después, jaleado por el trino de los pájaros y de las sirenas de los buques, pude contemplar con orgullo el fruto de mi faena, un móntón de  polvo de piedra. Hallábame ocupado con mi sueño alimentario, cuando  atraída seguramente por el ruído del martillo oí llegar una anciana señora, que luego resultó ser una beata, la cual se dirigía hacia la mazmorra  para rezar por las almas de los combatientes que lucharon en defensa de la Libertad, que allí se hallaban aguardando la visita de la Parca. La señora quiso saber en que consistía mi ocupación, muy educadamente colmé su curiosidad, pero como era de aquellas que comulgaban diariamente y comían pan blanco, se alejó refunfuñando y meditando su venganza. Había comprendido que yo no pertenecía a su bando.

Cuando ya me disponía a recoger mis bártulos y mi harina, que pensaba mezclar con hojas y cocerlas en el horno de un amigo que poseía un taller de cerámica, ¿quién se me presentó?, pues nada menos que una espléndida estatua carnal  perteneciente a la estirpe gitana; iba vestida con faldas variopintas que cubrían la belleza de aquel cuerpo libre, que apenas debía tener veinte abriles: ella se plantó delante mío siguiendo intrigada los moviemientos para ella incomprensibles de mi herramienta. Naturalmente -la hija del viento- se hallaba por aquellos parajes para encontrar el sistema de ganarse las habichuelas, la cual me habló con este simpático lenguaje:

-¿Qué hases gacholí, guipa que le vaz a rompé rompé la cabesita al pobresito martillito, (¿qué haces muchacho?, mira que le vas a romper la cabeza al pobrecito martillo). Mientras yo registraba en mi memoria algo picante para responderle, atacó otra vez, mordida por la curiosidad femenina: —Oye resalao, si me lo cuentas te digo la buenaventura. Creyendo en su palabra, e imaginando que la gitanilla no me robaría mi invención para venderla a cualquier potencia extranjera, el perfume embriagador que emanaba me convenció a confiarle mis esperanzas y mis secretos. Ella se reïa con gusto, me concedió el honor de sentarse a mi vera, y como el relato le fascinaba, pues la locura cuando es pacífica agrada a todos, conseguí que su cuerpo se estremeciera de risa, con lo cual pude vislumbrar algunas partes de su cuerpo generalmente ocultas, que los rayos del  astro solar animaban con claras pinceladas de luz. En homenaje a su raza fiera y orgullosa, que siempre luchó por su libertad, me apropié de los versos del poeta, y algunos míos, que agregué para regalarlos a aquella zagala que gozaba con mi chifladura, y le recité: ¡Oh ciudad de los gitanos!/ ¿Quién te vio y no te recuerda?/ Ciudad de dolor y azmizcle/, con las torres de canela/ a las cuales tu cuerpo asemeja/, cuando llegaba la noche,/ noche que nochera,/ los gitanos en las fraguas/ forjaban soles y estrellas,/ mientras de las ascuas olvidadas una callí (gitana) nació.  Cuando terminé las estrofas de los versos del poeta fusilado en Granada, la gitana, cumpliendo su promesa me tomó la mano, la observó con sincera curiosidad profesional, y muy seria me anunció: —Tu vía gachó parese una regaera, está llena de agujeritos, las aventuras y las desventuras te empujarán por el mundo entero, conoserás el hambre, el frío, la sed, la nostalgia, la tristesa; la muerte te acarisiará muchas veses, conoserás gachís de razas diversas, el amor y el desamor te acompañarán;  todo esto no tardará en realisarse, te lo juro por la gloria de mi mare, y será muy prontito gachó. Mientras leía las líneas de la mano me observaba con la mirada profunda de sus ojos, donde se reflejaban misterios provenientes de la noche del tiempo.

Para poder continuar la conversación con la gitanilla me inventé una historia sobre la -herramienta que torturaba las piedras-. Le conté que el martillo había pertenecido a mi pobre abuelo, que durante muchos años trabajó en una mina… de chocolate en Bélgica, y que me lo dejó de herencia …”además de la luna y del sol…”. La cíngara lanzó una sonora carcajada que llegó hasta la celda de los condenados a muerte, alegrando así las últimas horas de su permanencia en esta tierra. Unos gorriones que buscaban el sustento cotidiano frenaron su vuelo para poder escuchar aquella risa cristalina. La callí se sujetaba el vientre con las manos y se reía revolcándose por tierra como una pelota; reía con tanto gusto que me contagió, y hasta yo mismo me creí  el chisme que le había contado. Nuestras risas se abrazaron, se estrecharon y volaron a través del espacio, llegando hasta los muelles, donde contagiaron a los estibadores,  los cuales cesaron las tareas de carga y descarga para poder reírse también. Las golondrinas se unieron a ellos, e inmediatamente la Risa se introdujo en las naves con bandera nacional, y en aquellas con enseña extranjera, porque la risa es contagiosa e internacional, y no tiene necesidad de pasaporte para desplazarse y viajar. Ella penetró en los talleres, en las fábricas, en las bodegas de los artesanos. Los brazos laboriosos de la metrópoli se agitaban saludando a la Risa. Esta, siguiendo su camino penetró en la cárcel principal, donde los carceleros quisieron impedirle el ingreso y encerrarla, pero la Risa dándoles un empujón se infiltró por las celdas, acarició las cabezas de los presos, que se torcían del placer y les distribuyó el coraje necesario para soportar la condena. También hizo su aparición en los cuarteles, donde sargentos, capitanes, coroneles y generales quisieron movilizar la tropa con tanques, ametralladoras, cañones, e incluso escobas para combatirla y barrerla, pero un soldado que de leyes sabía, notificó al general, que los soldados se negaban a emplear las armas, pues la Convención de Ginebra no consideraba la Risa como beligerante. En los hospitales el asunto se complicó, pues hubo paralíticos, ciegos y cojos, que arrancaron de las camas a los moribundos para hacerles oír la voz de la Risa, ya que durante su agonía sólo oían las carcajadas de la Parca. En el manicomio los locos pegaban cabezazos contra las paredes, y las molleras explotaban como sandías maduras, mientras la sangre se desparramaba como el vino de una bota ametrallada. Reían incluso las cazuelas vacías.

La gitana se torcía de risa y se esclamaba: —“¡Ay!, qué me muero, qué me da un patatús”!, y sus senos que asemejaban a espléndidas y opulentas toronjas danzaban libremente dentro de la blusa de mil colores.

De repente los pájaros se mordieron la lengua, las sirenas de las embarcaciones apagaron sus notas metálicas, el sol se cubrió y un silencio sepulcral descendió sobre la ciudad. La gitana, con su olfato de perseguida eterna los olfateó cuando aún se encontraban a una cierta distancia.—”¡Agua, llegan los picos, llegan los gurris, nájate chaval”! (con este lenguaje me advertía que llegaba la Guardia Civil). En un revuelo de faldas, semejante a una mariposa gigante  se alejó como un rayo antes de la llegada de su eterno enemigo, pero antes me dejó un beso de fuego, del cual aún mis mejillas conservan el calor.

Lo primero que mis ojos percibieron fueron las herraduras de los caballos. Ellas brillaban como las espadas de acero, y negras eran como los tricornios de aquellos jinetes de la Apocalipsis, que erguidos sobre sus montaduras me espiaban con sospechosa arrogancia. El que debía ser el jefe, pues su mirada era la más macabra, y reflejaba la barbarie, me interrogó con voz cavernosa y de guitarras rotas: —¿Qué hace Vd. aquí? ¿Es Vd. el individuo que ha desencadenado y liberado la Risa?, ignora que en España está prohibido reir sin el permiso de las autoridades? Su aliento putrefacto de cadáver en descomposición me estremeía, mientras el miedo avanzaba por mi columna vertebral y los intestinos se me encogían como un ovillo. —¡Sus papeles, perro rojo! (Esto era para mí una novedad, pues ignoraba que existiesen chuchos de este color). Agarró el documento de identidad, lo examinó, lo husmeó, y lo sopesó; sus ojos no parecían humanos, asemejaban a los de esos rapaces llamados, quebrantahuesos y con eso ruego me perdonen dichos animalitos, pues no es mi intención la de ofender la especie animal. Su mirada se posó sobre mi miserable cuerpo, penetró en el interior de mis bolsillos, se paseó debajo de mis sobacos, entre las piernas, cerciorándose de que no escondía bombas de mano ni dinamita, mientras continuaba a escudriñarme con sospecha. Los caballos me sonreían, mostrándome los dientes entre los cuales se apercibían pedacitos de algarrobas y de paja, los restos del desayuno. Sus cuerpos bien nutridos brillaban al sol y el sudor ponía en relieve los poderosos músculos, que abultaban sobre su lucida piel. Principié a verlos transformados en gigantescas y suculentas chuletas, pero uno de ellos adivinó lo que pensaba, y para distraerme de mis intenciones carnívoras abrió su grifo gigantesco sin ningún pudor, desalojando sus aguas sobre parte de la harina, que tanta fatiga habíame costado conseguirla. Quise protestar contra su mala educación y la falta de higiene, pero para atemorizarme vació sus intestinos, dejando caer a mis pies unas cuantas boñigas calentitas y perfumadas. Quizás la bestia imaginaba obsequiarme con buñuelos.

El jefe me interrogó una vez más: —¿Qué hace Vd. en estos lugares? ¿Ignora qué estas piedras pertenecen al Estado español? Es inútil que lo niegue, pues la gazmoña que va al castillo todos los días a rezar por la salvación de los herejes rojos, nos ha referido que Vd. traficaba con las piedras para fabricar pan. —¿No le bastan los ciento setenta y cinco gramos de su ración diaria? Y proseguía: —Además, nuestros radares han confirmado que la -Risa roja- ha nacido precisamente en este lugar. Mi pobre y atemorizada persona había permanecido muda; yo mutis, como me enseñó mi abuelo, que decía: -En boca cerrada no entran sapos ni moscas-; pero el terror a que el Estado soberano me mandase de vacaciones en alguna prisión, donde me curarían el hambre y los reumatismos a porrazos, me hizo aguzar el ingenio y para salvarme de aquella crítica situación me hice el tonto. (Otro de los consejos que me dio mi abuelo). Q. e. p. d.)-. Les expliqué que mi ración de pan me bastaba, y que si intentaba fabricarlo era porque me lo aconsejó mi pobre abuelo antes  de morir,  que se había vuelto tarumba durante su permanencia en la mina de chocolate. Esta última declaración logró que me tomasen por loco y me ordenasen desaparecer, lo que hice inmediatamente acompañado de insultos racistas.

Alguien se preguntará qué fue de mi invención, pues nada, que después de haber empastado la harina de piedra que pude salvar de la ducha del caballo y haberla metido en el horno, salió algo parecido a las estatuillas etruscas.

Los primeros años de la triste posguerra nos bombardearon con esta palabra de orden: Ningún hogar sin pan, ningún hogar sin lumbre. Pero el pueblo estaba a oscuras y muerto de hambre.

-A pesar de mi avanzada edad, una de mis mejillas aún conserva el calor de aquel beso de la gitanilla, la otra, la que recibió de un brigada de la Guardia Civil dos asquerosos tortazos, cuando me agarraron a pocos kilómetros de la frontera francesa… ¡Aún me duele! 


Antonio Íbero Layetano

(alias el Bicho raro)