Pegando Brincos en el Tiempo

Antonio Íbero Layetano (alias el Bicho raro) banner

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Pegando Brincos en el Tiempo
-El tiempo no es sino el espacio entre nuestros recuerdos-

Amberes (Bélgica),enero1949.-

Me lo aseguraba ya la Pepa, la vasca de Amberes y me lo decía en francés, porque según ella en esta lengua era más fino. Era algo semejante a una letanía, que repetía incesantemente, iniciaba y acababa con esta frase: “La vie est une tartine de merde”, que en español equivale a: -La vida es una rebanada de mierda.

¡Cuántas rebanadas de mierda no me he debido tragar en esta puta existencia!

¿Cuántas arrobas podía pesar la Pepa?, Éstas son cosas que no se preguntan a una señora. La Pepa era una vizcaína domiciliada en el puerto de Amberes desde tiempos inmemoriales, pues según rumoreaban ciertos catetos maliciosos, llegó a tierras de Flandes con las tropas de ocupación del Duque de Alba, pues hallábase estupendamente integrada en el paisaje del puerto de Amberes; bueno no hay que exagerar, pues ella no se asemejaba a aquel señor, que permitió a sus soldados el saqueo de Amberes, concediéndoles carta blanca, autorizándolos a saquear, violar, incendiar y pillar, para calmar la furia de los famosos Tercios, que se amotinaron por el retraso de la soldada, pues llevaban ya varios meses guerreando sin paga. Las tropas sitiadoras, compuestas por mercenarios luchaban contra calvinistas, flamencos, escoceses y hugonotes franceses. Era una guerra de religión. El Duque de Alba ejecutaba las órdenes recibidas, todo lo contrario de la Pepa, que odiaba la guerra y la tiranía, pues su filosofía consistía en dar de beber y comer a quienes tenían hambre y sed, pero en ciertas ocasiones a veces hacía trincar más de la cuenta a algunos tarugos que se las daban de listos.

La vizcaína era un montaña de chicha, de la escotadura del vestido asomaba una voluminosa pechuga, digamos más bien algo parecido a dos ubres, las cuales debido a su peso tenían necesidad de un punto de apoyo, que naturalmente lo hallaban sobre la barra del local. Personalmente, cuando me hallaba algo bebido, aquel balcón florecido me parecía que contuviese dos mini mongolfieras, mas a pesar de ser un promontorio de carne, debido al volumen que desplazaba, se movía con gran agilidad, y en su interior se anidaba un corazón grande como una gabarra.

El puerto de Amberes había conocido tiempos mejores, cuando las tropas aliadas liberaron la ciudad del yugo opresor nazi durante la última contienda mundial.

El local de la vizcaína, al que alguien con chunga bautizó con el nombre de Club de los Pelaos, no porque fuese exclusivamente frecuentado de gente derrotada o en bancarrota, sino por ser un lugar de reunión, especialmente para embarcados con ansias de pasar unas horas en alegre compañía. Naturalmente siempre solía hallarse algún que otro pelao que desembarcó con la cartera forrada, pero que en pocas noches despilfarró lo que ganó sudando durante semanas o meses en el mar, al que no le tocaba otro remedio que ir mangando, empleando el cuento de la lástima, viéndose obligado a desplazarse por los interminables muelles en busca de algo para llenar el buche, con la esperanza de encontrar algún conocido o compatriota que le diera una mano, transcurriendo las mañanas y las tardes recorriendo las Agencias Marítimas y los Sindicatos Marinos (llamados Union), en espera de un embarque.

El local de la Vizcaína, que lo mismo podía llamarse taberna, tasca, bar o figón, pues reunía todas estas funciones, era un agradable refugio, sobre todo para los desesperados en espera de un embarque.

Aquellas paredes ahumadas y desconchadas, cementerio de varias generaciones de insectos, eran un oasis, un faro en las frías noches, especialmente cuando el río Escalda, que a pesar de su nombre sopla en el trasero su helada voz, semejante a un aullido parecido a los mordiscos de un lobo siberiano famélico, o cuando el sirimiri penetra hasta los tuétanos. Una butaca destartalada, que conoció tiempos mejores, a la que alguien con cachondeo llamó el Trono, acogía posaderas y piernas hartas de caminar.

cartilla_marineroPor la tasca desfilaba una fauna variada y variopinta, la de los puertos de mar; marineros embarcados, con los bolsillos repletos de peculio, candidatos al embarque llenos de esperanzas, pero con la andorga vacía y el gaznate seco. Gente de mar de todas las nacionalidades, de todos los colores, empleados de las oficinas del puerto, estibadores, algunas veteranas que arrastraban sus cuerpos decaídos por las barras de los bares y los cafés donde antaño reinaron, hembras con sentimientos filantrópicos, pues en cambio de una cerveza ofrecían calor corporal a marineros sin embarque hambrientos de afecto, de compañía y de una cama. También abundaban los aspirantes a la polizonada, de los cuales yo formaba parte. Entre los varios derrelictos humanos que se asomaban por el Club de los Pelaos, se distinguía una calienta camas llamada Lily, que a pesar de trincar como una esponja, parecía conservarse como una guinda nadando en el alcohol. La fulana estaba preñada de espíritu, y cuando el brebaje absorbido se le subía a la azotea, solía deleitarnos con un repertorio de canciones en varios idiomas, aprendidos según ella en la Cama Escuela. No creo exagerar afirmando que la taberna fuese un hogar acogedor, donde todos podían entrar y gozar del calor humano, pues la Pepa no pretendía conocer el contenido de las carteras.

Como por encanto entre la niebla, aparecía en el barrio el Café de Pepa. Su luz, semejante a la del faro, que las embarcaciones en dificultad buscan ansiosamente, brillaba con más intensidad que la de los diamantes, esos cristales tallados sucios de sangre y de sudor, a los cuales el Homo sapiens ha dado tanto valor. El diamante, como el dinero, no tiene olor, él no te confiará de donde proviene. Él es causa de sangrientos conflictos bélicos. Amberes y Ámsterdam son los centros mundiales del comercio de diamantes y poseen el monopolio de estos vidrios, que durante millones de años durmieron en las entrañas de la tierra.

De vez en cuando por el negocio se descolgaban algunas doncellas románticas, devoradoras de aquellas novelas que narran hazañas de piratas, corsarios, filibusteros y bucaneros, éstas iban de exploración, en busca de emociones ero-exóticas. Llegaban estas soñadoras desde los barrios residenciales, donde reinaban el orden, la pulcritud y la opulencia, ansiosas de zambullirse y sumergirse en las profundidades ardientes de las tortuosas callejuelas, donde imperaban la barahúnda, la orgía, la lascivia y el barullo, lo que para el marinero significaba libertad. Eran vías que olían a pollo y a patatas fritas, a cerveza, a tabaco rubio, a vómitos, a meados. Eran estas rúas los oasis soñados de los embarcados.

Estas jóvenes anhelaban emociones fuertes, en el interior de sus braguitas ardía un fuego que los amigos litris que frecuentaban no conseguían apagar, y preferían los individuos que se relacionaban con el Mar, especialmente los que no olían a jabones de marca ni a perfumes franceses, gente ruda, que se ganaba la vida desafiando al mar y a la muerte, que sudaba salmuera, con manos callosas, que acariciarían con ardor sus cuerpos delicados, mimados del bienestar, individuos diversos de los niñatos del ambiente donde vivían; ellas preferían juntarse especialmente con los desembarcados, afamados de afecto, algo sedientos, pero no hambrientos, pues el marinero a tierra se las arregla más o menos de alguna manera para descolgar la olla. Su sueño, que a veces se realizaba era la de hallar un regazo corpóreo donde poder largar las amarras para emprender un viaje sin rumbo, sobre un magnífico bajel. Como éramos jóvenes los afortunados a esta lotería procurábamos no defraudar a las aspirantes. Para estas señoritas era una aventura excitante el poder frotarse con los hombres que luchaban con el mar.

Frecuentar aquella taberna especial era para estas mozas una fantástica aventura. Aquel local, lejos de sus lujosas residencias era el non plus ultra, algo de película, que hacía palpitar sus corazones durante unas horas. Estas alegres muchachas tenían siempre el monedero abierto para los pelaos, prodigando la beneficencia como hacen las damas de la Cruz Roja, nosotros en cambio ofrecíamos lo que podíamos. Después ellas regresaban a la normalidad, mientras que nosotros proseguíamos cavilando sobre la manera de resolver nuestra situación, pero aquellas horas transcurridas eran un bálsamo contra el desaliento que a veces nos invadía.

Naturalmente los tragasantos y meapilas se escandalizarán de la permisividad sexual de este puerto, que es idéntico a los hanseáticos, como Hamburgo, Lubek, Bremen, Bremenhaben, donde el amor se practicaba libremente. No todas las clientas practicaban la filantropía, pues el local atraía también a ciertas falenas/os calienta braguetas. La matronaza de los marineros desamparados y amparados, desde lo alto de su inmensa mole observaba a sus parroquianos-as y con una serie de guiños, que asemejaban al alfabeto Morse nos hacía comprender las tendencias, ansias y deseos de sus clientes/as. Era el típico ambiente de todos los puertos de mar, lugares donde se reúne lo mejor y lo peor, pues al fin y al cabo en el mar se hallan tesoros escondidos, pero también muchísima mugre, y hay que tener en consideración que el Mar devuelve todo lo que no es suyo, o sea la mierda y los venenos que le arrojan. En la pulcra Holanda, una linda ciudad como Ámsterdam, llamada la Venecia del Norte, famosa por sus pintorescas casitas, y sus canales, pude ver acumulados gatos y ratas muertas, acompañados de condones, pero ningún tulipán. De la famosa Venecia, meta de los enamorados, recuerdo también sus canales, de los cuales en ciertos momentos salían unas emanaciones pestilentes que olían a todo menos a rosas.

La especialidad de la vasca era su sopa, muy apreciada sobre todo cuando apretaba el frío y los calzoncillos se te helaban. Solamente ella conocía el secreto de su caldo, que tal vez fuese una receta culinaria transmitida de algún antepasado vascongado. La sopa al principio era gustosa, pero a las tres o a las cuatro de la madrugada, ya cansada, cuando llegaban los escandinavos frecuentadores del figón, cargados de zaborra alcohólica era ya otra cosa. La Pepa, para acallar su conciencia se decía, que si su sopita no alimentaba, al menos calentaba. Los norteños apreciaban enormemente aquel caldo, y corría la voz que tuviese efectos mágicos.

A Pepa la Vizcaína le agradaba chunguearse y reírse. En la niebla del humo del tabaco, que podía cortarse, no con un cuchillo, si no con un machete, se dibujaba su silueta, asemejándola a una hechicera, y mientras distribuía su sopa a suecos, noruegos, dinamarqueses y finlandeses, estos la escuchaban con la boca abierta, fascinados y extasiados de la persona que con tanto amor les ofrecía su ciencia culinaria y su saber. Mientras les servía la cerveza, añadiendo en el mismo vaso el brandy español de contrabando, les hablaba en éuscaro, cuyo origen resulta aún misterioso, ya que no pertenece a la familia de los idiomas indoeuropeos, y que según aseguran algunos la hablaban Adán y Eva en el paraíso terrenal. ¡Repámpanos!

Cuando la Pepa estaba alegre, cuando sabía que arribaba la nave que le traería su amor lejano solía entonar en su lengua materna esta copla: — Marine mozkorti eman bat musu ren Maitasun,— (marinero borrachito, dame un beso de amor).

Los marineros escandinavos la consideraban un personaje de saga, algo parecido a una sibila, sentían por ella una gran admiración, digamos casi adoración y respeto, debido a que a menudo les hablaba de personajes de la mitología nórdica, del skol, el lobo que persigue el sol, y de los troll, que son demonios que pueden ser de ambos sexos y de estatura gigante y también enana, que viven en los montes, y que van disfrazados; estos pequeños monstruos, de narices chatas disponen de poderes mágicos, pero sólo aparecen durante la noche, pues temen la luz solar, y no hay que llevarles la contraria pues tienen muy mala leche. Estas leyendas encantaban a los nórdicos, a pesar de que a más de uno al oírlas le venían las aguas menores, y para calmar la emoción ordenaba continuamente rondas de cerveza y brandy para todos, pues también invitaba a los desembarcados o a los derrotados. Es esta una forma de solidaridad que reina entre la gente navegante, no dejar morir de sed a un marinero parado, darle algún dinerillo para comer, beber y que se pague una cama, esto se llama lanzar un cable. Es muy difícil hallar alguno de ellos que no halla perdido una vez el barco o desertado, pudiendo así conocer, cuando las perras se han acabado, lo que significa encontrarse sin el yantar y la litera que a bordo están asegurados.

Narran los historiadores de los vikingos (de los cuales descienden los escandinavos, la mejor clientela del local de la Pepa), que las expediciones realizadas en pasado, entre otras causas fueron debidas a la escasez de tierras de cultivo, y para poder rapiñar productos como el trigo, la plata, pero especialmente el vino, y la miel con la cual fabricar el hidromel. Actualmente estos hombres del Norte se limitan a ir en busca del sol y del alcohol embarcándose, debido a las condiciones climáticas y a la severa vigilancia de las autoridades de sus respectivos países contra el alcoholismo.

De vez en cuando algún norteño se desencadenaba, y para demostrar todo su afecto a Pepa la colmaba de besos, y le acariciaba aquellas tetas descomunales. Ella, a pesar de su avanzada edad y de sus achaques no menospreciaba aquellos homenajes a su corpulenta persona, les hablaba en sus respectivos idiomas, pues dominaba los escandinavos y otros más. Conocía todo lo que a embarcaciones se refería, a Compañías Marítimas, a rutas, y escalas, había conocido a centenares de capitanes y millares de marineros de todas las nacionalidades, era una verdadera enciclopedia marítima. La verdad es que era una zorra, pero en el sentido bueno de la palabra, su fama era conocida en el ámbito marinesco por su buen corazón, pues nunca dejó colgado a un marinero, en dificultad, sin distinción de etnia ni color, y en su local se podía siempre encontrar a disposición un colchón y un plato de buena sopa, pues en estos casos no ofrecía agua de fregadero, si no el primus. La mayoría de los que beneficiaron de la ayuda, meses o años después cuando hacían escala en Amberes corrían como locos hacia el Café de los Pelaos en busca de Pepa, colmándola de besos, abrazos y regalos. Eran como hijos agradecidos que la consideraban como la Gran Madre del barrio. Aquella noche se armaría una juerga de mil demonios a la que todos podrían participar.

Algún palurdo ignorantón murmuraba que la Pepa era pollí-glota, que sabía de idiomas, pero que era también una rufiana, cuando en realidad era muy fina y se las sabía todas, gozando intensamente cuando podía desplumar con estilo a ciertos palurdos bobalicones que se las daban de sabihondos, pero que según ella, —olían a estiércol y calzaban aún zuecos llenos de paja—. Ellos no habían aún nacido, que ya la vizcaína luchaba para abrirse paso entre la jungla del puerto.

El corazón ardiente del Barrio eran unas vías con nombres casi impronunciables, un amigo mío andaluz aseguraba que hacía falta meterse una patata en la boca para poder nombrarlas, ellas se llamaban Oudemanstrasse y Schiperstrasse, eran callejuelas casi exclusivamente reservadas a los embarcados y a los desembarcados, donde podían hallar todo aquello que el tripulante pueda soñar y desear después de su exilio líquido, o sea restaurantes, tascas, bares abiertos a cualquier hora, un tatuaje, una cazadora, algún suvenir y tantos abrevaderos donde poder remojar la garganta. Más tarde, el marinero, si no estaba demasiado bebido iría en exploración de los lugares donde poder hallar pájaras que le prodigarían sus caricias, que lo harían beber, que lo ayudarían a gastar el parné que tanto sudó para ganar. No le importaba un bledo que todo fuera más o menos una romanza, que repetían siempre la misma música, pero que hacían imaginar al marino tener la exclusiva, la de una voz amiga que le haría olvidar el mar durante unas horas. Aquellas arterias estrechas y malolientes eran la patria de Pepa la Vizcaína, que sólo las abandonó, cuando agotada de tantas contiendas, se la llevaron al camposanto para que reposara. Abría su local cuando la gente común se retiraba para calzar las zapatillas y para tragar su ración de vida cotidiana, entonces el Barrio se animaba y en él reinaba la barahúnda. La fiesta duraba con mayor o menor intensidad hasta el amanecer, e incluso algunos locales permanecían abiertos veinticuatro horas sobre veinticuatro, que te permitían de dormir la mona. Aquellas vías asemejaban a los corredores de la ONU, pero con la diferencia de que en ellas no se hablaba de armamentos, de guerra fría, de bombas atómicas o de resolver algún conflicto bélico, no, se discurría de problemas prácticos: sed, sexo, ansias de oír otras voces que las de mando, de rumbos… Las conversaciones eran rumorosas y animadas, terminando a veces en escaramuzas semejantes a las que se ven en las películas, pero donde todo es cine, mientras que aquí era realidad, pero las rencillas al final se resolvían muy deportivamente ante unas copas, y las únicas víctimas resultaban ser algunos vasos y sillas rotos y alguna cabeza descalabrada. Aquello era sencillamente un desahogo.

Recordando al cazador de ballenas.- Pepa la Vizcaína, a veces, cuando se veía invadida de la nostalgia, en aquellos momentos de debilidad, me contaba de sus innumerables amores y conquistas, especialmente de un capitán turco, que la copulaba numerosas veces durante el día y la noche, más esto ocurría muchos, muchos años atrás. Su taberna, que era también pensión, era mi refugio y en cambio de su hospitalidad, que consistía en un puesto para dormir, un plato de comida, las cervecitas, el tabaco y algún franquillo, la ayudaba en lo que podía, especialmente haciéndole compañía durante las horas nocturnas, intentando poner orden cuando algún beodo se ponía demasiado pesado. En los momentos que le invadía la morriña se desahogaba conmigo:

-¡Ay chico qué tiempos aquéllos! Exclamaba. Su rostro se iluminaba, e incluso en él se reflejaba una cierta belleza de antaño. A continuación sacaba la botella de brandy y mano a mano nos liábamos con ella. —¡Ay chico! repetía, toda su voluminosa anatomía apoyada sobre el mostrador, mientras lanzaba suspiros que rememoraban un pasado envuelto en el placer. La tabernera se estremecía evocando aquel viejo amor llegado del mar.

—Fíjate hijo decíame: -Mi capitán otomano, que había navegado en su juventud sobre los balleneros noruegos, debido a mis carnes abundantes me tomaba por una ballena. Nuestro lecho, para el turco, representaba el Mar, y yo el cetáceo, hacía falta verlo cuando su arpón erguido se introducía en mis carnes, era como si todo el Ecuador hiciese su ingreso en mi interior, mi cuerpo vibraba como una embarcación. Mi capi, lanzando resoplidos como un cachalote en amor, me zarandeaba y me estrujaba, arponeándome sin interrupción. Su ardor sexual, debido a la prolongada abstinencia en mar, era inapagable e insaciable. El maldito turco me perforaba e iba en busca de cualquier cavidad donde poder plantar su verga enfurecida; su testa carmesí asemejaba a la mezquita de Estambul cuando la luz crepuscular la envuelve con sus rayos solares. Luego, enloquecido por las privaciones sexuales sufridas durante los largos meses de navegación, me besaba en mi profunda intimidad. Me contaba que nuestras secreciones reunidas eran como la ambrosía. Mientras me sobaba e iba calmando su sed de sexo me canturreaba una melopea de su país, saciándome al máximo. Para el capi, mi cuerpo le embriagaba el espíritu, considerándolo poseedor de poderes mágicos y afrodisíacos, que lograban que su mástil no se doblase si no después de innumerables acometidas.

Deslizábase el brandy lentamente por nuestros gaznates alumbrando la memoria de los recuerdos de la Pepa, que proseguía:

—El capitán ballenero, cuando dejaba reposar su arpón me refería que ya en el lejano siglo XI los vascos capturaban las ballenas que arribaban a la bahía de Vizcaya, que practicaban la pesca con embarcaciones de remos. En el siglo XIII lo realizaban en las aguas de Terranova, y más tarde en el Océano Glacial Ártico. Según él los pescadores de bacalao vascos fueron los descubridores de América y no los vikingos, y guardaron el secreto para no revelar su territorio de pesca.

Me contaba que una ballena podía medir de 18 a 27 metros, y pesar algo así como 160 toneladas, que poseía una boca de 5 o 6 metros de largo. Luego, el muy tuno me introducía una vez más su verga incansable, que relucía como el trono de Ahmet, que se halla en el palacio Topkapi, el cual está incrustado de esmeraldas, turquesas, marfiles y rubíes. Terminados momentáneamente sus arrebatos carnales seguía instruyéndome sobre los cetáceos. Me contaba del canto de amor de la yubarta, parecido a la voz del saxófono, que asemejaba a los lamentos y a los gritos de ciertos monos, que sólo los cetáceos machos cantan, probablemente para conquistar a las hembras y fecundarlas. Incluso los machos se desafiaban cantando a modo suyo, como en un concurso. Al final el mejor vencía el premio, que consistía en juntarse con la ballena más bella, y todos los concurrentes interpretaban el ritmo del vencedor.

Continuaba: -Los delfines y las ballenas hacen sexo todo el año, igual que los seres humanos. Me refería, que se suponía que las ballenas hacían el amor para hallar la protección de los machos, que ellas no son monógamas. El macho estaba obligado a emplear diversas estratagemas para poder preñar a la ballenita. Existe una relación entre el peso de los testículos y el comportamiento de ciertas ballenas. Cada testículo de la ballena franca pesa una tonelada. Cuando el capitán le contaba todos estos detalles la Pepa se descojonaba de risa mientras le agarraba todo el paquete, y lo interrogaba sobre el motivo por el cual estos cetáceos estuviesen tan dotados. La razón era debida a que la única probabilidad de fecundar a una ballena hembra que ya hubiese copulado con otro macho, consistía en poseer el suficiente semen para desalojar el del macho que lo había precedido, sustituyéndolo con el suyo. En palabras claras, el que conseguía introducir más esperma en el útero de la hembra tendría más probabilidades de ser el padre del futuro pequeñín, que cada día aumenta de 115 kilos, que nace con un apetito voraz, pues bebe 210 litros de una leche que es más espesa que la nata. Mientras el otomano refería todo su saber sobre las ballenas me chupaba las tetas. Me decía que dicho animal estaba considerado el cerdo del mar. De este mamífero se aprovechaba todo; su carne, muy apreciada sobre todo los orientales, su grasa se emplea para obtener aceite y margarina, la panceta es un bocado excelente, la grasa se usa para fabricar ceras, lubrificantes, jabones, cosméticos, la carne de la cola está considerada un verdadero manjar, los tendones se emplean para la fabricación de cuerdas de raquetas de tenis, la dentadura sirve para fabricar collares, pulseras y también se usan en corsetería y no hay que olvidar el ámbar gris, unas piedras del intestino que son una secreción cerosa empleada para la fabricación de perfumes, incluso con los huesos los esquimales fabricaban muebles y los empleaban para la construcción.

Amanecía en Amberes.-

Pitaban las sirenas de las embarcaciones. Los camiones de la limpieza recogían la basura. La botella se apuraba mientras la vizcaína proseguía su relato:

-Los años han transcurrido a la velocidad de la luz, mi cuerpo se ha aflojado, aquello que fue una espléndida embarcación humana, donde cientos de nautas se embarcaron, navegando contra vientos y mareas, hoy se asemeja a uno de aquellos aeróstatos…, pero aún no estoy hecha un guiñapo.

Aquella noche por lo visto Lily levantó demasiado el codo y quedose dormida tranquilamente en el Trono, pero con la sinfonía de las sirenas y la ayuda de un carajillo bien cargado volvió a la superficie, y habiendo oído las últimas frases de la conversación, con su voz quemada del alcohol entonó:

Y voy sangrando lentamente/de mostrador en mostrador, ante una copa de aguardiente/donde se ahoga mi dolor…” Antes de irnos a acostar Pepa concluía con un:

— ¿Quién sabe dónde se hallará mi cazador de ballenas? A lo mejor estará cazando ballenitas por el Bósforo el muy bribón. — ¡Cuánto me encantaba cuando me narraba sobre la antigua Bizancio, de la Bahía del Cuerno de Oro!… Mi capi olía a sal, a higos y pasas de Esmirna y de Corinto, a la adormidera… Me describía una vez más la belleza de la antigua residencia de los sultanes otomanos, el palacio Topkapi Saray, con sus puertas monumentales, su harén y el pabellón del Tesoro, que custodia las joyas y la mayoría de los objetos preciosos que pertenecieron a los sultanes. Me hablaba de la basílica de Sta. Sofía, maravilla de las maravillas, joya y gloria del imperio bizantino. No olvidaba de describirme la hermosura de la Mezquita Azul y su espléndido revestimiento interno y la belleza de la cerámica azul y blanca. Pero lo que más me encantaba era la descripción del Gran bazar, un laberinto cubierto de calles y pasajes con más de 4000 negocios, cuyos nombres recuerdan los tiempos en que cada oficio tenía su barrio. Calle de los plateros, de los mercantes de tapices, de los fabricantes de papalinas… -Cuando eyaculaba era como si me cubriese toda la espuma del mar… Todo mi ser era invadido de profundos escalofríos, era como si millones de cangrejos se paseasen sobre mi cuerpo.

No siempre la Pepa me hablaba de ballenas, de su capitán, ya que cuando le invadía la nostalgia, esa enfermedad de la cual sufrimos los que nos hallamos lejos de nuestra tierra, evocaba los años de cuando era una joven maestra de aldea, de caserío, y los motivos que la empujaron a cruzar la raya. Eran los años veinte y dominaba la dictadura por tierras de Iberia. Haber conocido el exilio y sus amarguras eran los motivos por los cuales se confiaba conmigo y me ayudaba en lo que podía. Cuando me decidí a embarcar clandestinamente no quiso darme ningún consejo, pues según ella cada uno era dueño de organizar su vida.

A Pepa la Vizcaína no volví a verla más, cuando me despedí de ella en aquel lejano y frío mes de enero del 1949, ante unos vasos de patxarán, me dijo abrazándome como una madre puede hacerlo con un hijo cuando se va a la guerra: -Acuérdate catalán, que la vida es una rebanada de mierda-, y te lo asegura una a quien le enseñó más la vida que la escuela.

Años más tarde, esta vez desembarcado y con dinero, fui en busca de El Club de los Pelaos y de Pepa, pero no hallé ni rastro del uno ni de la otra. Mi intención era la de armar una juerga fenomenal, llevármela al mejor restaurante de Amberes y más tarde a algún espectáculo. Estaba ansioso de abrazar aquella gigantesca mole de humanidad.

Habiendo transcurrido varios años, el Barrio como es natural había cambiado de aspecto, lo mismo que las personas que administraban el sector del placer, del beber y del resto. Disgustado de no haber hallado a Pepa, después de haberme desahogado con una joven pájara indonesia, recorrí numerosos bares, cafés, tabernas, tascas y bebederos, donde con la ayuda del alcohol ofusqué mi cerebro, quedándome roque en uno de aquellos bares-dormitorios de beodos.

Era casi el alba cuando salí a la superficie, mi lengua asemejaba a un estropajo empapado en serrín, alguien me estaba sacudiendo delicadamente de mi letargo etílico y al abrir esas dos ventanillas llamadas ojos, ¿A quién veo?, pues nada menos que a Manito el mexicano. Con el clásico saludo de antaño nos saludamos: ¡Hijo de la gran!…, ¿Qué es de tu vida, coño?. ¿Qué haces por aquí, hijo de la gran chingá? Nos abrazamos como lo hacen los viejos amigos.

Manito era uno de aquellos personajes que suelen encontrarse en casi todos los puertos. Son marineros ocasionales que odian el agua, amigos del agua de fuego, da lo mismo que sea según las latitudes: cerveza, vino, tequila, ron, grappa, saké, snaps… Basta que embriague. Estos vagabundos habitantes de los puertos, lo mismo que los polizones, los desembarcados, las leas, los macarras, las gaviotas y otras hierbas, son la fauna que forma parte del panorama portuario. Manito se buscaba la vida como podía, siempre se las arreglaba para ir tirando. Recuerdo, que años atrás me contaba que en la capital mexicana el clima era siempre el mismo, que era una monotonía climática vivir en dicho lugar. El fulano se las sabía todas, y la labia no le faltaba, en el seminario adquirió una cultura que sus padres no podían ofrecerle. Antes de que le regalaran la sotana dio la dimisión, y un día, sin saber nada de barcos agarró uno y empezó a girar mundo, hasta que decidió quedarse a tierra y arreglárselas a modo suyo, pero siempre honradamente. Su cultura y su palique le ayudaron a sobrevivir en el barrio de los marineros.

barcos

En el mismo café donde dormí la mona ordené un sustancioso y abundante desayuno para los dos, siendo así que pude enterarme de que nuestra amiga habitaba ahora en un lugar muy tranquilo. Esta noticia me alegró y para celebrarlo ordené más priva. Deseando otras informaciones las pedí a Manito, pero el muy jodido, que por lo visto llevaba hambre y sed atrasada no me escuchaba, hasta que cabreado se me escapó un ¡Me cago en tus muertos! ¡Coño!, dime donde vive la Pepa, en qué calle, su domicilio, cómo está… El muy jodido me contestó: -Ahora se halla en un lugar muy tranquilo, -en el barrio de los callaos-, se lo llevó la chingada-, con esto quería decirme que residía en el camposanto.

Al final el compadre ya sacio se animó: ¡-Vamos para allá!, te acompaño, yo soy amigo del encargado del cementerio. Compré unas flores y me las ventilé para adquirir una botella de brandy. Agarramos un taxi que nos condujo hasta la última morada de nuestra querida amiga Pepa.

El guardián de la Ciudad de los Muertos, nos acogió con gran calor, que aumentó de varios grados cuando lo invité a unos cuantos tragos. El hombre, al cual no le escaseaba el humor, y que estaba un poco chiflado, tal vez debido a los 52 carillones de la ciudad belga de Gand, llamada la perla de Flandes, una gran atracción para los turistas, pero que fueron un verdadero martirio para el responsable del orden del cementerio; estas campanas que suenan los antiguos Renzelieds, que son las canciones que acompañan a los gigantes cabezudos, le repicaban en la cabeza y lo volvieron medio tarumba, y de no haber salido pitando de la linda ciudad flamenca, hubiera terminado en un manicomio. Al presentársele la ocasión de un empleo en Amberes, ciudad que conocía muy bien pues había sido marinero, dijo para sí, que el lugar ideal para hallar la paz era el -Barrio de los callados-, en compañía de los que no volverán. Aquí excepto las visitas de los vivos era el lugar adapto para sobrevivir.

Después de varios tragos yo ya conocía todos los particulares sobre la necrópolis. Verclusef, así se llamaba el compañero de los difuntos, propuso muy amablemente ir a visitar a Pepa, y ante mi asombro empezó a preparar una cesta con comestibles y botellas de cerveza, ante mi mirada interrogativa y de asombro, con una sonrisa se limitó a decir: ¡Picnic!. Llegados al último domicilio de nuestra amiga común, desplegó un mantel sobre la losa de la tumba, depositó la vajilla, que consistía en cuatro platos, cuatro vasos y lo suficiente para armar una merendola. Mientras nuestras mandíbulas entraban en acción me explicó en qué consistía el acto que estábamos realizando. Era sencillamente un homenaje a Pepa, que le fue inspirado de unas lecturas sobre el culto de los muertos en China. Así fue que pude enterarme que los chinos honran sus antepasados con gran fervor, que es un culto a los antepasados que se celebra el 5 de abril, festividad del Quingming, o sea el día que se barren las tumbas. Millones de personas acudirán a los cementerios para saludar a los familiares fallecidos. Ciertos depositan ante los túmulos un cochinillo asado y alcohol de arroz para que el difunto pueda gozar en el otro mundo. Otros queman reproducciones en papel de billetes de banco o lingotes de oro, para aliviar la soledad del muerto en el más allá, hay quien le ofrece preservativos de papel o la figura de la querida que tuvo en vida.

Según el guardián de los difuntos, Pepa resultaba ser una excelente parroquiana, pues su sepultura se hallaba constantemente visitada de numerosos marineros. Su entierro, según me contó fue algo excepcional, casi como el de un jefe de Estado. En él participaron cientos de embarcados y desembarcados, de estibadores, empleados de las Agencias Marítimas y de los Sindicatos marinos, comandantes de navíos, varios cónsules, pilotos, y marineros de los remolcadores, vagabundos y atorrantes, mujeres de la vida en actividad y jubiladas, que aquel día las que lo desearan hicieron fiesta, que se vistieron como es debido en estos casos, incluso varias doncellas de los barrios residenciales. Todos juntos sin distinción social, en un abrazo colectivo acompañaron a quien tantos años de su vida había dedicado a hacer de una simple tasca un Hogar-refugio-faro. Había gente de todas las nacionalidades. En el Barrio se declaró el luto, una banda sonó un pupurri de canciones vascas, escandinavas, flamencas e incluso turcas, pues así había dejado escrito en su testamento. Parece ser que una nube de golondrinas y gaviotas acompañaron hasta el camposanto a la protectora de los marinos. Un oficial noruego rogó que en el féretro de la noble difunta fuese puesto un modelo de embarcación drakkar, como solía hacerse con los grandes jefes vikingos, y que fuese declarada Sjomannmor (Madre de los marineros). No teniendo a nadie en este mundo, la Pepa dispuso que todos sus bienes ganados con los embarcados se emplearan en una juerga colosal. Los bares y los cafés de las dos calles del placer ofrecieron gratis durante varios días bebidas, e incluso prestaciones sexuales a los desembarcados, pues también dejó cierta cantidad de dinero a disposición para estos placeres. Un holandés que tenía un café donde tatuaba se ocupó de la contabilidad y del control de los gastos. Fue algo memorable, que el puerto flamenco recuerda con emoción. El deseo de nuestra amiga, era que la hubiesen colocado sobre la plancha y dado sepultura en el mar, como se usaba antiguamente con los marineros muertos lejos de los puertos.

La tumba de la vasca asemejaba a un jardín, ya que estaba cubierto de flores; diariamente llegaban embarcados y conocidos que le rendían homenajes floreales, incluso por mediación de Interflora arribaban flores de los lugares más lejanos.

El encargado de la tranquilidad de los difuntos, que no tenía familia, según él la suya era los que dejaron de vivir, cuidaba con un amor, que podríamos llamar materno, la sepultura de Pepa. Como viejos camaradas nos sentamos al lado de la tumba a comer y a beber. Antes de despedirnos de nuestra amiga y de su guardián, éste me confió como un secreto que él hablaba siempre con Pepa, que le hacía compañía, pues la pobre, en vida siempre se vio rodeada de gente. Me aconsejó de hacerlo y discretamente se alejó, dejándome solo con la persona que en vida me había tendido un cable donde poder agarrarme cuando me hallaba con la mierda hasta el cuello.

¿Quién en su vida no ha hablado consigo mismo? Actualmente por la calle, en los coches, en los medios de transporte se puede observar una multitud de personas que monólogan tranquilamente en voz alta, y a mí, como a la mayoría de los mortales me ocurre lo mismo (pero no poseo móvil, me lo regalaron y casi falleció de inacción). Y así como muchas veces he acostumbrado a charlar con las gaviotas y los peces, ¿quién puede prohibirme ahora de hacerlo con Pepa la vizcaína que se quedó sola?

Debo advertir que me tomo la libertad de jugar con el Tiempo como se me antoje, sin pedir permiso a nadie, pues la Parca no me lo concederá cuando estiraré la pata.

Agarrando lo que quedaba de la botella de brandy me quedé sólo, sentado al lado de quien cuando me hallaba derrotado me lanzó un cable como se usa con las naves en dificultad. Bebí a morro de la botella y empecé un monólogo con la persona que nunca olvidaré, pues soy como los viejos elefantes, que recuerdan siempre a quienes sin ningún interés económico ayudaron a salir a flote.

-Querida amiga Pepa: A tí que que me ayudaste a salir a flote, antes y después de mi polizonada, que me costó un mes de cárcel en Amberes y en Bruselas en el lejano 1949, quiero hoy brindarte un cacho de la historia de mi vida, pero antes quiero hablarte francamente, y ruego no te enfades si te confío que no creo en el karma y la resurrección, ni en el Hado, ni en el copón bendito, pero como tu quizás crees en todo ello, mi deseo más sincero sería que pudieras reencarnarte en una linda ballenita y que lograras juntarte con tu cachalote humano, y si acaso éste fuera de religión musulmana, que lograrais, con la bendición de Alá, poder reuniros en el Paraíso; tú luciendo brazaletes de oro, vestida de seda, tumbada junto a tu capi en cómodas otomanas, degustando a la sombra de las palmeras brebajes afrodisíacos, oyendo el rumor de aguas frescas y cristalinas, en fin, gozando de las delicias del Eden.

-Adiós querida amiga Pepa, te llevo a paseo conmigo, pues para mi tu no estás muerta, pues vives en mi memoria. Cuando me llegue la inspiración ya te contaré algo de mi alocada existencia.

Un abrazo de Antonio el Bicho raro


Antonio Íbero Layetano

(alias el Bicho raro)