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 husarEl Húsar de Arturo Pérez-Reverte

Me gustaría decir dos palabras sobre un libro que traduje hace unos años. Lo hago con una rétorica quizás un poco cursi. Pero a mí, ser ciudadana de Italia y de Europa no me basta, porque me parece que el mundo es un pañuelo y me da mucha pena lo que está pasando en rincones tan cerca de nosotros. Me da mucha rabia. En los telediarios, en las páginas de los periódicos de los últimos meses, una de las palabras que sale con más frecuencia es «guerra» con gran desfile de sinónimos. No es lo que esperaba del tercer milenio.

Sin embargo, he leído que los libros pueden ser medicamentos. La misma biblioteca Guillén está construyendo un botiquín para la biblioterapia (http://milan.cervantes.es/es/cultura_espanol/novedades_cultura_espanol.htm). Además, este año ha tenido mucho éxito una novela de la autora alemana Nina George, en castellano Sabor a Provenza (traducido por M. Mabres Vicens, editorial Debolsillo), o Una piccola libreria a Parigi en italiano (traducido por V. Rancati, Sperling&Kupfer). Sabor a Provenza es la historia de un librero, Jean Perdu, dueño de la Farmacia literaria, una librería instalada en un barco en el Sena. Jean Perdu (¡qué nombre más bonito!) aconseja novelas para cada tipo de pena. No la calificaría como obra maestra, pero de vez en cuando logra emocionar.

L'UsarroVoy al grano. La novela que aconsejo en tiempos de guerra y que saco del cajón de los recuerdos de la traductora, es El húsar de Arturo Pérez Reverte (L’Ussaro, en italiano). Tal vez muchos de ustedes ya la hayan leído, no obstante hay libros que no tienen fecha de caducidad. El húsar fue su primera novela, publicada por primera vez en 1983 y escrita entre dos reportajes. Volvieron a editarla en 2004, en una nueva edicción revisada por el auctor, versión ésta que traduje yo. Es sobre todo una eficaz desmitificación de la guerra. Cuenta la historia de Frederic Glüntz, un joven de 19 años, de Estrasburgo, húsar de la caballería napoleónica, que va a la batalla en busca de gloria y encuentra la guerra, la de verdad, en la Andalucía de 1808.

A mí me gustó mucho el diálogo entre el joven húsar y don Álvaro de Vigal, «un anciano de los que en España solían llamar afrancesados» (y en la traducción italiana dejé esta palabra en español, en cursiva así como lo había hecho el autor de la novela), de ideas liberales y extraordinaria cultura. Y un gran conocimiento de su país.

«Frederic… habló de la nueva Europa sin fronteras, de la expansión de una misma cultura tendente al progreso, de las ideas nuevas, del Hombre, al que había que devolver la dignidad. España, añadió, era un país prisionero de su pasado, encerrado en sí mismo, oscuro y supersticioso. Sólo las ideas nuevas, la incorporación a un sistema político moderno y europeo podían sacarlo de la cárcel en que lo habían sumido la Inquisición, los curas y los monarcas incapaces…»

«El señor De Vigal agitó la blanca cabeza. ̶ Para mi pueblo, la realidad es lo inmediato. La miseria, el hambre, las injusticias, la religión dejan poco lugar a las ideas. Y lo inmediato es que un ejército extranjero se pasea por la tierra donde están las iglesias, las tumbas de los antepasados y también las tumbas de miles de enemigos. Quien pretenta explicar a los españoles que hay algo más que eso, se convierte en traidor.”»

Bueno, no sé como terminar esta entrada. Cualquier final tendría un sabor a moraleja. Todos saben que la guerra es sucia, con todo lo que conlleva de horror, muerte, injusticias. Pero no todos saben decirlo bien. También en eso, yo creo, reside el valor terapeútico de la palabra escrita.

SILVIA SICHEL.

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