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Mi padre trabaja en el cine, en el cine más elegante de Milán. Era el encargado de la manutención del aire acondicionado. Recuerdo que cuando mi maestra de primer grado me preguntó a qué se dedicaba mi papá, respondí con orgullo:
-Mi papá hace el frío y el calor.
Mi padre nunca se quedaba a cenar con nosotros; trabajaba duro hasta la medianoche. Siempre, excepto la noche de Navidad. Así que, aunque mi familia había sido históricamente reluctante a las cenas tradicionales, capituló frente al rito de la cena navideña.
Con el pasar de los años, después de la jubilación de mis padres y de su regreso al pueblo del que eran oriundos, la cena de Navidad cobró aún más importancia: se transformó en algo irrenunciable.

Era la noche de Navidad de 1973, lo recuerdo. Toda mi familia estaba reunida alrededor de una mesa bien engalanada (año tras año el aspecto estético de aquel evento había mejorado): mis padres, mi abuela, mi hermana con su marido y mi sobrina, los padres de mi cuñado, mi marido y yo, recién casados. Era la primera cena navideña después de mi boda.
Llamaron a la puerta justo cuando estábamos a punto de saborear los famosos “tortellini di papà”. Mi padre levantó la vista de su plato de jamón. Su mirada parecía ir buscando un culpable; optó por mí.
-¿Quién se atreve a fastidiarnos en una noche como esta? Vete a ver- me mandó con voz alterada.
Bajé las escaleras barruntando algo raro.
Desde una pequeña ventana que miraba hacia el jardín se vislumbraba un paisaje cristalizado por el hielo.
Abrí la puerta con un poco de ansiedad. “No me lo puedo creer, es una pesadilla. Ahora cierro la puerta y todo va a desaparecer”, fue mi primer pensamiento. Pero no hice nada de lo que imaginaba y, tratando de sonreír, pregunté con voz débil:
-Dios mío, Martin, ¿qué haces aquí?
Pues sí, era indudablemente Martin. Un metro noventa de aquel hombre color chocolate, arropado en un abrigo de cordero que lo hacía aparecer aún más imponente. Mi oso grizzly, me acuerdo que pensé.
Martin y yo había tenido un raro y borrascoso rollo dos años antes. Para mí la historia se había acabado sin duelo cuando Martin regresó a Detroit. Nos escribíamos unas cartas larguísimas, sí, pero se habían acabado cuando conocí a mi marido.
-Me han dicho que te has casado- respondió palideciendo (así me lo pareció al menos, porque no es tan simple darse cuenta de la palidez de un afroamericano en una oscura noche de invierno).
Permanecimos sin movernos, de piedra en el umbral de la casa de mis padres en esa noche helada. La voz de mi padre irrumpió en el silencio:
-¿Y qué carajo pasa? Cierra ya la maldita puerta. Nos vas a congelar a todos.
Fue como si todo el hielo de esa noche nos hubiese seguido y subiera con nosotros por las escaleras.

No sabía muy bien qué diría. ¿Qué hacía Martin allí? ¿Por qué había regresado luego de tantos años y precisamente la noche de Navidad? Apelé a mi sentido del humor y a la consabida cultura cinéfila de mi familia. No miré a mi flamante marido sino sólo a mi padre, el único que masticaba un par de tortellini, y con una voz falsamente alegre exclamé:
-¿Adivina quién viene a cenar esta noche?

IRIS MENEGOZ, alumna del Taller de Escritura Creativa del Instituto Cervantes de Milán

Iris Menegoz