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LA CONSULTA

Nunca imaginé aparecer en la televisión, ni siquiera tenemos una en casa, pero por un hijo, ya saben, se hace cualquier cosa. Y por aquel entonces y más que nunca, necesitábamos que alguno de aquellos médicos ayudase a nuestro hijo. Mi marido siempre decía que los blancos tienen soluciones para todo, así que esa era nuestra única oportunidad, o mejor dicho, su última oportunidad.

Aquel domingo amanecimos con un sol radiante. Era increíble como el pueblo se había quedado desierto a pesar de las fechas en las que estábamos; sin duda, el turismo había descendido este año de manera abismal. “Al final nos arruinaremos”, pensaba sin apenas lamentarme mientras miraba por la ventana de derecha a izquierda.

Salí de casa agradeciendo el vacío de las calles, pues prefería que nadie en el pueblo se enterara. Eso de venderse no estaba bien, pero no nos quedaba otra. Me puse la ropa de la boda de mi hermana. Traje típico, limpio y favorecedor; esas eran las condiciones.

La cita era a las diez en punto en el centro de salud de las afueras. Allí se realizaría el rodaje. Un spot a cargo de una asociación extranjera a favor de la recaudación de fondos por la lucha contra el ébola. Mi cuñado, que trabaja dentro de la administración del pueblo, me informó que se trataba de una asociación de médicos bastante influyente; me dijo que ésta había pagado una gran suma de dinero por cerrar un día el centro de salud para hacer la grabación y que, además, necesitaban un caso real ya que no podían perder la reputación con el uso de actores.

Debo confesar que me quedé unos minutos frente a la puerta de aquel edificio en ruinas antes de llamar; y pensé que en ruinas llevamos el alma hace ya bastantes años todos los que vivimos aquí. Pero es que Dios no entiende de diferencias territoriales ni materiales, o al menos eso es lo que me repetía mi abuela cuando aún vivíamos con los franceses.

Los blancos tenían prisa, y según ellos yo había llegado cinco minutos tarde. Me sentaron primero en la sala de espera, y cuando se pusieron de acuerdo me llevaron a la única sala de consulta que había. Llegó un hombre y se sentó frente a mí. No me saludó de muy buenas maneras, pero llevaba una bata blanca y eso bastó para sacarme la primera sonrisa de hacía muchos domingos. Me imaginé que después de aquel teatro con cámaras entablaríamos una conversación respecto a mi hijo. Estaba segura que me ayudarían.

Respondí con detalle y enseñé los historiales médicos que había acumulado durante meses. Pero yo no debía hablar. Me explicaron que yo solo era una simple figurante:

—Es un anuncio, señora. No se preocupe usted ahora por eso —me dijo un hombre que iba encendiendo focos de un lado a otro—. Lo importante para nosotros es transmitir lo que sucede aquí, la realidad. Así podremos ayudar a tanta gente como lo necesite. ¿Entendido?

Afirmé con la cabeza como si le hubiese entendido.

—¿Listos chicos? —se escuchó en aquella consulta médica—. Empezamos.

La fiebre que tantos años había arrasado nuestros pueblos, ahora tenía nombre. Por un lado, eso de poner etiquetas nos viene bien porque necesitamos de las medicinas de Occidente y de sus avances, pero por otro, creo que se hablaba de ella como si se tratase de una estrategia para rebajar a los ojos de los demás, todavía un poco más, nuestro escaso nivel de vida.

Escuchar al blanco no era fácil, y tratar de entenderlo, menos aún. Desde los focos, y a través de señales, me iban indicando cada vez que debía mirarlo para simular una consulta real. Si no fuera porque sabía que ninguno de ellos había leído el historial de mi hijo, hubiese jurado que se trataba de un verdadero informe clínico. El hombre de la bata blanca comenzó diciendo que mi hijo estaba grave, que no se salvaría. Con firmeza y sin quebrar ni un solo instante su voz, expresó alto y claro que debería haber sido mejor alimentado; que las condiciones de vida aquí no eran óptimas. Que, como mi hijo —al cual inconscientemente ya daba por muerto cuando sólo tenía los síntomas—, tantos otros niños a causa de aquella enfermedad se le habían desvanecido en sus mágicas manos. Y dijo que eso…eso le había cambiado la vida. Le habría escupido en la cara. Dejé que continuara, debía resistir de cualquier manera por mi hijo. Todavía, a pesar de lo ridículo de la situación, tenía la esperanza de vencer el premio de aquella lotería manipulada.

El blanco hablaba del país, parecía que llevase aquí los treinta años de vida que llevo yo. Las medicinas no son suficientes, afirmaba una y otra vez. Las medicinas no son suficientes. Y cada vez que repetía aquella oración, lo maldecía pensando que qué diablos estaba haciendo aquí y que para qué servía todo aquel teatro. En uno de los momentos de aquel monólogo, acercó su delicada mano a la mía. Juro que me avergoncé por un instante al pensar en la sensación que podría llevarse al tocarlas. Acto seguido, lloré. Exploté en un llanto de dolor y rabia que nadie se esperaba. Rabia al blanco que tenía sentado en frente, rabia a Dios, rabia a las fiebres que padecía mi hijo y, en general, una rabia contra todo el mundo debido a la tensión acumulada.

Una mano se levantó haciendo el amago de detener la filmación unos cinco minutos. Dijo que necesitaba un café. Permanecí allí sentada mirando el color de la mesa y abrí los puños que todavía escondía debajo de ella. El hombre de los focos pasó junto a mi lado y me felicitó por la improvisación. Me dijo que la gente de aquí somos siempre personas con iniciativa. Pero no le contesté tampoco a ese, aunque era el más amable de todos. Solamente le miré de reojo y, divisando con más detalle cada rasguño de aquella mesa, me recordé lo estúpida que era por haber aceptado aparecer en aquella mentira.

El blanco se sentó de nuevo en la mesa mientras se cubría la camisa con la bata de doctor. Y, mientras el tiempo parecía no pasar en aquella consulta de catástrofes diarias, yo ya a había entendido que a él mi caso, mi hijo, le traía sin cuidado. Tragué saliva, los blancos siempre tenían soluciones para todo.

—Sería aconsejable que la señora llorase de nuevo —mientras me espolvorean de nuevo la frente. No sabía que los brillos estropearan la imagen—. La imagen debe ser real.

—¡Exacto. Lo tengo! —grita el hombre de los focos—. Iremos a su casa a filmar en directo al niño. Tienes razón, compañero, la imagen debe ser real.

Comencé a llorar nuevamente y me coloqué en mi sitio.

—Continuamos. ¿Todos listos?

Finalizar el rodaje fue más llevadero. Yo improvisaba constantemente y eso, parece ser, favorecía. No reaccioné en casi ningún otro momento salvo en el final cuando, mientras me golpeaba con el olor de su aliento, el blanco volvió a cogerme de la mano. Esta vez, lo hizo con algo más de ternura. Repitió que mi hijo estaba grave, que no se salvaría. Con firmeza y sin quebrar ni un solo instante su voz, expresó alto y claro que debería haber sido mejor alimentado, que las condiciones de vida aquí no eran óptimas. Que, como mi hijo, tantos otros niños a causa de aquella enfermedad habían muerto en sus manos. “Mi hijo no está muerto”, pensé, y fue entonces cuando levanté la mirada por encima de la suya y le desafíe frunciendo el ceño.

La visita a mi casa para filmar a mi hijo, como había sugerido el hombre de los focos, tardó aproximadamente un mes. Esta organización tuvo, entre medias, diversos actos sociales a los que acudir antes de continuar el spot. ”Estaban demasiado ocupados recaudando otros fondos para sus diversas acciones en África”, pensé.

El día que llamaron a la puerta ya era demasiado tarde. Se molestaron por haber venido en balde y me reprocharon el no haberles avisado de lo sucedido. “La realidad no entiende de agendas”, pensaba mientras les ofrecía un café con pastas.

No le he vuelto a quitar la razón a mi marido desde entonces. Estos blancos tienen soluciones para todo. En el momento en que se despedían, mientras cruzaban el portal de mi casa, el niño de mi vecina llegaba de la escuela. Sus miradas se cruzaron, filmarían el spot con el niño de la vecina, como si fuese mi hijo. Y yo, al menos por unos minutos, creí que de nuevo era madre.

 

HERMI CARRASCO (Alicante, 28 de julio de 1991) es alumna del Taller de Escritura Creativa del Instituto Cervantes de Milán

Hermi Carrasco