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En la exposición Roma e le genti del Po que está teniendo lugar en la ciudad de Brescia, el hallazgo arqueológico que más me llama la atención es una antigua estela: la «estela bilingüe de Vercelli». Su particularidad (y la razón por la que merece estar en una columna sobre traducción) es que lleva una inscripción bilingüe que fue redactada en lengua latina y en lengua celta, de la cual es un raro testimonio escrito. (Todo eso lo leo en el folleto del museo).

estela bilingüe de Vercelli

Vercelli, inscripción bilingüe latino-celta (Roda 1985, p. 102)

Como se ve en la imagen, la persona que tenía el oficio de grabar la lápida, el lapidario, labró muy bien la parte en latín, lo que hace pensar que conociera bien esa lengua, y de manera bastante confusa, sin separar perfectamente las palabras, la lengua que no era romana.

Sin embargo, también en la grabación latina hay una errata: a la palabra “communem” le falta una eme.

No sé si el pobre lapidario se habrá dado cuenta de su errata. Tampoco sé si se trató de una errata o de una falta ortográfica.

Según el DRAE una errata es una: «equivocación material cometida en lo impreso o manuscrito». Una errata es un error involuntario al escribir – al teclear -, y no indica ignorancia. Una falta, en cambio, indica que se desconoce la norma ortográfica.

De todos modos, esta antigua estela con su inscripción me permite hacer una pequeña sugerencia.

Lo que he aprendido de mi experiencia como correctora de pruebas, primero, y como revisora y traductora seguidamente es que, a pesar de la ayuda del corrector automático, haciendo una única lectura en la pantalla es casi imposible detectar todas las erratas que puedan encontrarse en un texto. Antes de enviar una traducción, hay que imprimir el texto y revisar la copia en papel. Solo leyendo las palabras impresas, logro corregir mis erratas (y aun así siempre hay alguna que se me escapa). Las pocas veces que no lo hice por falta de tiempo (incorporar las correcciones lleva mucho tiempo) y revisé la traducción solo en pantalla, al leer las pruebas de imprenta me di cuenta de que se me habían escapado varias erratas. Es cierto que algunas erratas pueden ser debidas al revisor, que ha cambiado algo dentro del texto. Por suerte, existen los correctores de pruebas. En cualquier caso, enviar una traducción lo más «limpia» posible de errores contribuirá a que el libro editado salga correcto.

estela bilingüe de Vercelli 2Hoy en día las editoriales buscan cada vez más agilizar el proceso de creación del libro utilizando todos los recursos tecnológicos que tenemos al alcance, recursos que han sido sin duda un gran logro. No obstante, creo que la última autorevisión (que, como es obvio no se refiere solo a las erratas) de la traducción tiene que ser efectuada en papel.

Las erratas, ya sean antiguas o modernas, fastidian la lectura. Hacen que el lector salga de la historia en la que estaba sumergido. Son capciosas y humanas. Y cuando están grabadas o impresas, hoy como hace dos mil años, se quedan como piedras.

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SILVIA SICHEL.

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