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Juan Ramón JiménezJUAN RAMÓN JIMÉNEZ (Moguel, 1881 – San Juan, Puerto Rico, 1958)

“Escribir largo, ancho y seguido (tendido) es mucho más fácil (lo pueden intentar todos los que lo duden) que breve, corto y aislado (separado)”
(Ideolojía, 1897-1957)

NIÑO MÁS RICO (DE UN PERIÓDICO)

‒ Tú has perdido, tú ‒le dijo, injenioso y contento, uno de los otros dos niños más pobres.
Y el otro, bajito, en la misma cara:
‒ Ya lo sabes, a las tres en punto te tienes que matar.
Los dos:
‒ Te esperamos en el Trasmuro.
Fue a reírse de todo aquello, pero las miradas duras, el jesto amenazante de los dos le salieron al encuentro y tuvo que morderse la sonrisa. No sabiendo qué hacer ni qué decir salió saltando sobre un solo pie, jugando absurdamente a un tejo imajinario.
Una gran mancha gris le deformaba el poniente azul y oro de la plaza. Dio la una. Tuvo escalofrío y castañeteo de dientes como si el invierno en que estaba no se le hubiera presentado hasta aquel instante.
Le entró un enorme cariño por su madre, en la que nunca había pensado concretamente, fue a su lado y la abrazó con un deseo inmenso de llorar. ‒ ¡No seas tonto! ¡Quítate! Contárselo todo a ella hubiera sido lo mejor, pero ya le daba vergüenza. Y su padre… su padre estaba en el escritorio y le pegaría seguramente. Sólo se lo dijo a su hermana que estaba merendando uva, pan y queso entre los jazmines, su hermana que no tenía que matarse a las tres en punto, que oiría aquella tarde hermosa pasar el coche de la estación a las tres y cuarto. Y él no, y él no, no. Llegó corriendo y se paró en la puerta del patio.
‒ Hermana, a las tres en punto me tengo que matar. Ella lo miró muerta de risa.
– Mira, no digas tonterías. Vete de aquí.
Y él se fue de allí y fue de aquí allá sin saber por dónde. Vio muy cerca un perro, un árbol, agua. ¡Quién fuera árbol, perro, agua, algo que no tuviera que matarse a las tres!
Sin saber él cómo, a las tres menos diez estaba en el Trasmuro entre sus dos amigos más pobres.
‒ Aquí, ten la pistola. En la cabeza es lo mejor ‒ le dijo uno.
‒ Sólo te faltan cinco minutos, cuando dé la primera campanada ‒ le dijo el otro.
‒ Sí, sí, ‒ dijo él, sonriendo a los dos con llanto frío.
Ahora, ya, le gritaron iniciando la huida. Ya, parándose un momento y una patada en el suelo. Se puso la pistola en la sien, disparó y cayó sobre una cuneta doblado.
Los otros dos volvieron un momento, le arrancaron la pistola y huyeron duros del todo.

(Juan Ramón Jiménez, Edad de oro, 1926)

 


RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA (Madrid, 1888 – Buenos Aires, 1963)

“[…] tampoco es aforística la Greguería; lo aforístico es enfático y dictaminado. No soy un aforista”

(“Prólogo” a Total de greguerías, 1962)

 

EL EJEMPLO DE LAS HORMIGAS

Las hormigas fueron un pueblo de sabios que llegaron a la superhombría. Al principio, fueron del tamaño de los hombres y eran ultravertebradas.
Pero tanto se ordenaron, se disciplinaron y regularon perfectamente su vida, que se volvieron un pueblo pequeño y rutinario.
La muerte de la absurdidad, de la rebeldía, de la negación arbitraria, de la pereza extraordinaria y del exceso entusiasta, las disminuyó hasta ser ese pueblo visto al microscopio que son.

(Ramón Gómez de la Serna, Galerías, 1926)


LA MANO

El doctor Alejo murió asesinado. Indudablemente murió estrangulado.
Nadie había entrado en la casa, indudablemente nadie, y aunque el doctor dormía con el balcón abierto, por higiene, era tan alto su piso que no era de suponer que por allí hubiese entrado el asesino.
La policía no encontraba la pista de aquel crimen, y ya iba a abandonar el asunto, cuando la esposa y la criada del muerto acudieron despavoridas a la Jefatura. Saltando de lo alto de un armario había caído sobre la mesa, las había mirado, las había visto, y después había huido por la habitación, una mano solitaria y viva como una araña. Allí la habían dejado encerrada con llave en el cuarto.
Llena de terror, acudió la policía y el juez. Era su deber. Trabajo les costó cazar la mano, pero la cazaron y todos la agarraron de un dedo, porque era vigorosa como si en ella radicase junta toda la fuerza de un hombre fuerte.
¿Qué hacer con ella? ¿Qué luz iba a arrojar sobre el suceso? ¿Cómo sentenciarla? ¿De quién era aquella mano?
Después de una larga pausa, al juez se le ocurrió darla la pluma para que declarase por escrito. La mano entonces escribió: “Soy la mano de Ramiro Ruiz, asesinado vilmente por el doctor en el Hospital y destrozado con ensañamiento en la sala de disección. He hecho justicia”.

(Ramón Gómez de la Serna, Greguerías, 1917)


SEGUNDA MUERTE DE LÁZARO

Lázaro, al resucitar, se dedicó a todos los amores con un fervor entusiasta. Ya aquello vendió su secreto, pero a la hora de morir de nuevo lo acabó de revelar desgarradoramente. ¡Qué agonía más espantosa! Volvía los ojos hacia la vida como nadie jamás los volvió, y como conocía aquella obscuridad, más obscura que la de ningún antro obscuro en que ya había entrado una vez, se agarraba a los clavos de la vida con un ulular terrible.
– Nada hay como la vida. Ni lo que se ve en la gloria merece la pena. Yo quiero seguir viendo a los hombres, a las mujeres y al paisaje. No, no quiero obscurecerme y ser ese muerto que fui.
Pero tuvo que morir de nuevo, y el gesto de su cadáver fue el gesto más gafo y más exaltado que se ha visto jamás.

(Ramón Gómez de la Serna, Greguerías, 1917)


VOZ DE CONTRALTO

Era extraña aquella voz de contralto en la niña prodigio, pero se tendían a su alrededor tapices de concierto para verla tan niña, pálida y vestida de negro cantando con la voz de una alma mayor que la que le pertenecía.
La voz de contralto de la niña ponía en todas aquellas damas vestidas de blanco, que sufrían el escalofrío de oír penar a la acólita los pecados mayores que les pertenecían a ellas.
Huérfana, era llevada de un escenario a otro y de salón en salón por una tía suya que parecía cuidarla con un esmero de madre.
La vida parecía rodear de lejos a la niña con conmovedora voz de contralto, pero pronto se acercó a ella y comenzó a colgar de sus hombros el chal de pieles el novio futuro.
Ella le acogió con anhelo de hacerle la confidencia suprema de su espíritu, y un día le dijo:
– No canto yo… Alguien canta por mí… Mi voz es la voz de mi madre.

(Ramón Gómez de la Serna, Los muertos, las muertas y otras fantasmagorías, 1935)


FEDERICO GARCÍA LORCA (Fuente Vaqueros, 1898 – Víznar, 1936)

JUEGO DE DAMAS

Las cinco damas de una corte llena de color y poesía, enamoradas las cinco de un joven misterioso que ha llegado a ella de lejanas tierras. Lo rondan, lo cercan y se ocultan mutuamente su amor. Pero el joven no les hace caso. El joven pasea el jardín enamorando a la hija del jardinero, joven con la piel tostada y de ninguna belleza, aunque sin fealdad, desde luego. Las otras damas lo rondan y averiguan de qué se trata e, indignadas, tratan de matar a la joven tostada, pero cuando llegan ya está ella muerta con la cara sonriente y llena de luz y aroma exquisito. Sobre un banco del jardín encuentran una mariposa que sale volando y las ropas del joven.

(Federico García Lorca, Pez, astro y gafas, 1927-1934)


TELÉGRAFO

La estación estaba solitaria. Un hombre iba y otro venía. A veces la lengua de la campana mojaba de sonidos balbucientes sus labios redondos. Dentro se oía el rosario entrecortado del telégrafo. Yo me tumbé cara al cielo y me fui sin pensar a un raro país donde no tropezaba con nadie, un país que flotaba sobre un río azulado. Poco a poco noté que el aire se llenaba de burbujas amarillentas que mi aliento disolvía. Era el telégrafo. Sus tic-tac pasaban por las inmensas antenas de mis oídos con el ritmo que llevan los cínifes sobre el estanque. La estación estaba solitaria. Miré al cielo indolentemente y vi que todas las estrellas telegrafiaban en el infinito con sus parpadeos luminosos. Sirio sobre todas ellas enviaba tics anaranjados y tacs verdes entre el asombro de todas las demás.
El telégrafo luminoso del cielo se unió al telégrafo pobre de la estación y mi alma (demasiado tierna) contestó con sus párpados a todas las preguntas y requiebros de las estrellas que entonces comprendí perfectamente.

(Federico García Lorca, Pez, astro y gafas, 1927-1934)


Tahiche Rodríguez Hernández