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Ignacio Aldecoa Isasi (Vitoria, 1925 – Madrid, 1969)

“No es un simple libro de o sobre el boxeo. En cada puñetazo que salta de sus páginas el escritor introduce algo que va más allá del golpe y propone una metáfora de la existencia. Y así, sin traba alguna, sin modelo que le aprisionase, Aldecoa dio rienda suelta a su pluma y logró uno de los grandes libros de la prosa española contemporánea”

(García-Posadas)

http://elpais.com/diario/1996/12/17/cultura/850777207_850215.html

AVISPAS Y HORMIGAS

Tu cabeza, Apollophanes, ha llegado a ser un cedazo, o las páginas de un libro carcomido, exactamente igual que un hormiguero, o como las notas musicales lidias o frigias. Pero sigue boxeando sin miedo, porque aunque te hagan papilla la cabeza tendrás las mismas marcas que tienes; no puedes tener más.

LUCILIUS

Fotografías de Ramón Masats en Neutral corner (1962) 1—Tienes que seguir.
—No puedo.
—Tienes que seguir.
—No puedo.
—Tienes que seguir.
—No puedo.

Un enjambre de avispas alrededor de la cabeza. Un turbante de pequeñas llamas. Un incendio en los oídos, crepitando, devorando la voz humana. Chispas en los ojos, dentro de los ojos, cauterizando el iris, royendo el nervio óptico. Y ahora una lengua bífida hasta el oscuro pensamiento, iluminándolo y quemándolo. Fuego en el vientre y en el corazón. Otra vez avispas; en los pulmones, en las celdillas de los pulmones y dentro de los guantes y en los huesos destrozados de las manos.

—No puedo más.
—Sigue.
—No puedo más.
—Sigue.
—No puedo más.
—Sigue.

La cabeza se desprenderá con el enjambre y volará hasta las estrellas, hasta la dispersión de las estrellas. Hay que meter la cabeza en el agua para que desaparezcan las avispas. Entonces quedarán dos o tres agonizantes sobre los párpados, las más dolorosas sí, pero las últimas. Porque el ruido, este ruido, porque el ruido…

—Sigue y no seas cobarde.
—No.
—Sigue y no seas cobarde.
—No.
—Sigue y no seas cobarde.
—No.

Quiero cantar; marcharme por algún camino sin gente, cantando. Quiero oírme, llegar a un arroyo, tumbarme a la sombra de un árbol y cantar y oír. Quiero encontrar un hormiguero y deshacerlo, pisar las hormigas y orinarlas. Quiero volverme niño y dejar todo esto, porque no puedo más, porque ya te he dicho que no puedo más, porque tengo un enjambre en la cabeza y dentro de la cabeza, porque estoy en un incendio. Porque no puedo, porque no puedo más. ¿Lo entiendes?

—Tienes que seguir si quieres continuar comiendo de esto.


LA LEY DEL PÉNDULO

Fotografías de Ramón Masats en Neutral corner (1962) 2

Bajaban los sacos con un cabrestante. La escotilla portalaba un cielo azul de verano, inhóspito como una gran sala vacía. En la bodega los estibadores, formando corro, abrían cancha al redón descendente. Urgidos por el capataz se abalanzaban sobre los sacos y los apilaban ordenada y rápidamente.
–Saco… estribor… arriba… Iuú…
Sentían el polvillo del trigo en los pulmones y carraspeaban de vez en cuando. Las manos se endurecían en la faena, se musculaban y tomaban fuerza.
–Saco… babor… arriba… Iuú…
Al ocaso entraba el segundo turno. En el ocaso, antes de que las luces del barco feriaran el trabajo, los estibadores miraban al cielo acuario como si fueran a emerger hacia el infinito.
Los estibadores se prestaban los chalecos de cuero y andrajos. Se despedían.
–¿Te entrenas?
–¿Te parece poco entrenamiento éste?
–A ver lo que haces en el próximo…
–Lo que se pueda.
–A ver cuando empiezas a ganar dinero y dejas esto.
–En seguida.
En el gimnasio penduleaba el saco de entrenamiento. El boxeador obedecía la voz del capataz.
–Saco… izquierda… derecha… arriba… abajo… Sigue… Para…
En los barcos y en los gimnasios se iba aprendiendo a vivir: fuerza, velocidad, pegada… Un poco más lejos el dinero… y entretanto de saco a saco como única esperanza.

Ignacio Aldecoa, Neutral corner, 1962

Francisco Ayala García-Duarte
(Granada, 1906 – Madrid, 2009)
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OTRO PÁJARO AZUL

“Mira, mira qué pájaro tan hermoso, allí, en el árbol, allí arriba; qué colores”, casi gritaste corriendo hacia la ventana, llamándome a la ventana.

Habíamos pasado un rato en silencio, y escuchábamos a los pájaros cantar fuera, en aquella neblina, con aquel viento. “Esos pobres petirrojos se obstinan en cantar –había observado yo-. Por más que llueva y haga un viento frío, ellos cantan: reclaman la primavera prometida”.  Y fue entonces cuando viste tú agitarse allá al fondo, grande, azul, en lo alto de una rama, a ese pájaro de belleza única, y me atrajiste a compartir tu admiración, tu júbilo.

Pero en seguida pudimos darnos cuenta de que no era tal ave. Lo que se movía en el árbol extendiendo y agitando con frenesí su oscuro azul, no era un ave; era quizá un trapo, un girón de tela prendido a las ramas en el viento.

Por consolarte, te dije yo (y así lo sentía): “Querida: es más hermoso y me gusta más que si hubiera sido de verdad, porque ese pájaro lo has creado tú, tú lo has inventado, es obra tuya.” Pero al mismo tiempo que te lo decía me acudió este pensamiento: Si no seré yo también una invención de tus ojos magos, y algún día, en algún momento…

Francisco Ayala, El jardín de las delicias, 1971

Antonio Fernández Molina
(1929, Alcázar de San Juan – 2005, Zaragoza)

“[…] Antonio Fernández Molina, que desde 1967 dio a la imprenta numerosos libros compuestos casi exclusivamente de microrrelatos sin que la crítica les prestara la más mínima atención: La tienda ausente (1967), Los cuatro dedos (1968), Dentro de un embudo (1973) y Arando en la madera (1975), entre otros”

Irene Andres-Suárez
“El microrrelato: caracterización y limitación del género”
2007

EL FIN DE LA EXCURSIÓN

Los excursionistas gozaban del paisaje. Lucía el sol y la temperatura era templada. Algunos apacibles animales pastaban en el prado. En medio de ellos había un hombre junto a una maleta abierta y vacía.

– ¿Por qué no cierra la maleta? – le preguntó un excursionista, entrometido.

El hombre no le hizo caso, pero el excursionista volvió a insistir una vez y otra.

Al final, haciendo un gesto decisivo, aquel hombre la cerró de golpe. Al mismo tiempo la luz se fue de repente, los excursionistas se quedaron a oscuras y muy pronto empezaron a notar cómo les faltaba el aire.

Antonio Fernández Molina (1929-2005)


EL HUEVO CASCADO

En la miseria, un huevo es cena frugal y sueño tranquilo: le cogí en mis manos y lo casqué para depositarlo en la sartén. En lugar de la clara y la yema, salió un hombrecillo en todo semejante a mí. Cascaba un huevo sobre la sartén y salía otro personaje, aún más pequeño, que también se me parecía, con un huevo en la mano. Y así indefinidamente…

Antonio Fernández Molina, Dentro de un embudo, 1964


LA CREMALLERA

La cremallera de su bragueta quedó atascada.

Después de intentarlo varias veces con violencia pudo abrirla. Comenzaron a salir animales del tamaño de avellanas.

Tras un gran esfuerzo de voluntad consiguió hacerlos retroceder.

Cuando los tuvo dentro y pudo cerrar la cremallera, volvió a ser el mismo de siempre.

A.F.M., en Ciempiés. Los microrrelatos de Quimera, 2005


EL ESCRITOR

Al entrar a su despacho tuvo la sensación inesperada de verse en un espejo sentado en la mesa de trabajo, con la actitud de un escritor clásico.

Estuvo a punto de dirigirse la palabra, en voz baja, para no distraerse, de retirarse para no molestar.

De pronto entró una golondrina por el ventano, se introdujo en la boca del otro, salió por la nariz y le golpeó a él mismo en los párpados con las alas. Se sintió trazando los versos de un inspirado poema.

Al hacer una pausa en su escritura, volvió la vista hacia atrás. Allí estaba él con la sorprendida figura de mirarse sentado a la mesa y sin decir palabra.

Antonio Fernández Molina, en Ciempiés, 2005


LA CABEZA SOBRE LOS HOMBROS

Aquel día el padre y el hijo salieron a la calle con un peculiar aspecto. El padre mostraba un rostro juvenil y el hijo tenía aspecto adulto.

Se habían equivocado al ponerse la cabeza sobre los hombros.

Antonio Fernández Molina, en Ciempiés, 2005


Tahiche Rodríguez Hernández