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Yo a Sam no lo olvidé nunca. No porque fuera mi primer amor, y lo fue; y no porque estuviera enamorada del él: lo estuve un tiempo, bastante largo, aunque no larguísimo, pero ya no.

Tenía 23 años cuando lo conocí (yo era una niña solitaria de dieciséis) en una escuela de idiomas de verano en Cambridge; en las calurosas tardes de agosto me había apuntado a un curso gratuito para extranjeros donde él, recién graduado, hacía aprendizaje de profesor junto a otros jóvenes de melena larga y muy bromistas, que a mí el típico humor británico nunca me hizo reír. En sus clases Sam intercalaba chistes graciosos, se dirigía a las chicas diciéndoles -Love- o -Chick- así que pronto se había convertido en el más querido por todo el mundo.

Yo también le quise mucho. Caí enamorada sin recurso de su ricitos dorados, sus gafas espesas de miope, su sonrisa anglosajona y sobre todo de su perfecto acento. No me daba paz que no me notara entre sus alumnas, ni siquiera cuando nos cruzamos una tarde de sábado remando en el río Cam, y él soltando chistes y saludos a mis compañeras de barco. Pasé toda la tarde de un domingo lluvioso en el cementerio, sentada al lado de tumbas desconocidas, escribiendo cartas de amor porque allí me pareció que llorar no llamaría la atención.

Hablamos en la noche de despedida del curso, después de la fiesta que los profesores habían organizado con mucho teatro, bromas y cerveza; él posando de yogui sobre una mesa con las piernas entrecruzadas y los ojos cerrados diciendo -Ohm, ohm, ohm…- , iba a caer al suelo si la chica encantadora que había visto en el barco con él no le hubiera gritado: -¡Gonna fall!-

Pareció sinceramente sorprendido cuando me acerqué y le dije algo que he olvidado por completo; me vio en aquel momento y, quizá, le gusté. A mí me gusta pensar que no fue una casualidad que ambos tuviéramos billetes para el cine de medianoche, donde daban la película del concierto para Bangladesh.

Caminamos Sam y yo solos en lo negro de las calles llevando nuestras bicicletas de mano, atravesamos Parker’s Piece y cuando fuimos al centro Sam me enseñó la gran farola en hierro fundido que ilumina el punto donde se cruzan los caminos del parque.

-Esto es Reality Checkpoint- me lo presentó en voz seria como si fuese el punto de salida de algo que no entendí. A mí me sonó como una contraseña o un lugar adonde volver, una fuente de luz en la noche, un consuelo en el final. Creo que en aquel momento empecé a vivir dentro de una película.

Quedamos en encontrarnos después del Concierto; y yo, como si no tuviera que salir de Cambridge a la mañana siguiente, que sería dentro de pocas horas, entré sin miedo ni conciencia en la noche plena, cogida de mano con Sam. Fuimos a su casa, un piso de estudiantes que compartía con un amigo fantasmal. Me acuerdo que la luz de la cocina era desnuda, y cuando Sam se inclinó para encender el fuego bajo la máquina del café, sus bucles dorados estaban tan cerca, les rocé con un dedo; él se levantó y se tomó lo que pudo, y yo ya no estaba en la película, sino en mi propria carne.

¿Puede la felicidad ser tan loca? Caminar bajo la lluvia hacia mi casa mientras la luz blanca del amanecer descubre el silencio de la ciudad dormida. La nausea de los adiós cuando estuvimos delante del número 42 en Brooklands Avenue, un dolor torpe y sucio por querer dormir esos pocos minutos por lo menos, y no poder, no saber manejar la suerte de tanta felicidad ya convertida en recuerdo; de inocencia perdida sin control de la realidad, sin conciencia.

Iba a volver a casa dentro de nada; él saldría para América con sólo billete de ida dentro de una semana.

Busqué a Sam muchos años después, después de cartas enviadas, regalos, fotos, muchos besos después. Quería que supiese que todavía pensaba en él de vez en cuando, cuando quería alejarme un poco de una realidad demasiado controlada. Al principio contestó a mis correos con aparente alegría y sorpresa; me contó que él también se había casado, tenía un hijo y una hija, misma edad que los míos, seguía viajando por trabajo como agente inmobiliario y vivía en el sur de Europa. A mí me pareció natural que nos encontráramos y se lo propuse. Me resultó fácil reservar un hotel en Genova, donde yo tenía amigos de la universidad y Sam varias citas en los alrededores. No tenía miedo ni pudor, sólo no quería molestar a mis recuerdos; sentía cierta inquietud. Por eso me senté en el café San Marco, frente al mar, largo rato fingiendo escribir notas en mi diario, leyendo mensajes en el móvil, mirando el vacío azulado delante. Llegué a la recepción del Hotel Justina que eran casi las cuatro de la tarde y pregunté por la habitación; no me sorprendí que me dieran la llave y me acompañara una sirviente al primer piso.

Dentro no estaba Sam, por supuesto. Había una carta puesta sobre la mesa con una rosa de tallo largo, una caligrafía apresurada y pocas palabras: Ada, he decidido tomar el tren de la mañana.

Con cierto alivio pedí un taxi a la recepcionista, tenía tiempo para el tren rápido que me llevaría a casa antes de la cena. Pensé en lo alegre que estaría mi familia al verme aquella noche.

Anna Peroni

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