Etiquetas

, , , , ,

Alicia se levantó a las siete, se duchó rápido, cogió el bolso y salió por la puerta de casa. Había pasado una mala noche y sus ojeras delataban el cansancio. Vivía encima del bar La Esperanza, en Calle Bretón, pleno barrio del Albaicín. Bajó a plaza El Salvador, torció por la Calle Panaderos, después Calle Charca y de ahí hasta el Mirador de San Nicolás. Ese era el sitio donde pasaba los días desde que la habían despedido del trabajo. No se atrevía a decirle nada a sus padres, no quería que le reprocharan el haberse ido de casa unos años atrás. Solo les habia dicho que la empresa pasaba por malos momentos pero que ella llevaba allí mucho tiempo y era una figura importante para la oficina. “Importante” pensó. Ojalá. Durante un tiempo lo había sido pero ya no recordaba ni cómo ni cuándo.

Se sentó en un banco de la plaza que, a primera hora de la mañana, todavía no había empezado a animarse de turistas. Cada vez que se sentía triste o tenía que tomar alguna importante decisión, acudía a ese lugar. Miró a su alrededor, el Albaicín con sus casas blancas adosadas, las estrechas callejuelas que olían a jazmín y yerbabuena y, frente a ella, el más bonito de los paisajes: la Alhambra, con todo su esplendor e imponencia. Alicia venía de un pueblo de la provincia de Ciudad Real, y había llegado a Granada por amor de Manuel, un chico alto, de ojos negros, y tez morena. Se habían conocido durante un verano en la costa de Levante y desde entonces no se habían separado. Cuando ella decidió irse a vivir con él a Granada fue amor verdadero, un sentimiento que no había conocido antes con nadie; Manuel era inteligente, simpático, cariñoso y atento. Todo lo que ella había deseado. Vivían en el Paseo de los Tristes, en la casa de los abuelos de él, un piso pequeñito pero coqueto, en un edificio pegado a la roca que colinda con la Alhambra. Desde la ventana de su cuarto, ella podía asomarse y ver pasar el río Darro. Alicia encontró trabajo en una empresa de publicidad y sintió que podía comerse el mundo entero.
Fueron dos años muy felices hasta que Manuel empezó a ser distante, volvía tarde a casa, los fines de semana siempre tenía algún compromiso: ir a ver a sus padres, quedar con algun amigo o trabajar.
Un día le siguió y descubrió que todo era mentira, Manuel había vivido todo ese tiempo una doble vida, tenía otra novia en Nerja y además una niña, Sofía, de dos años. Su corazón en aquel momento se hizo pedazos, dejó a Manuel pero decidió seguir viviendo en Granada. Quedándose sola, se recorrió de arriba a abajo todos los rincones de la ciudad que más le gustaban: los baños árabes, el antiguo barrio de Sacromonte con sus cuevas y su música vibrante, Plaza Nueva, la Alhambra, el Generalife; poco a poco fue encontrando su propia dimensión en aquel lugar. Y encontró su sitio, el más especial de todos: el Mirador de San Nicolás. Aquel sitio tenía el poder de reconciliarla consigo misma y con el mundo entero. Allí sentada, podía acabarse el mundo y ella moriría feliz. Aquella mañana se sentó en el mismo banco de siempre, el de la esquina izquierda, debajo de un almendro que empezaba a florecer dando paso a una primavera tímida y soleada.
“Buenos días”. Saludó a Juan, un pintor que vendía sus telas de la Alhambra a los turistas que llenaban todos los días la plaza. Se conocieron poco después que la despidieran del trabajo. Un día, pasando por el mirador, Alicia se paró a admirar la belleza de la Alhambra al atardecer cuando el sol se deja caer silencioso por encima de sus palacios y jardines. “La hora perfecta” pensó. Y decidió pedirle a ese chico, de pelo largo y moreno, que le pintase ese momento en una tela que conservaba en su diminuta casita.
Poco después conoció a Antonio, amigo de Juan, que con su guitarra y su silla, cantaba y entonaba canciones a cambio de alguna moneda. De vez en cuando le dedicaba su canción favorita y Alicia se quedaba escuchando, y cantando aquella triste melodía:

Noches de bohemia y de ilusión
yo no me doy a la razón
tú como te olvidaste de eso.
Busco y no encuentro una explicación
solo la desilusión
de que falsos fueron tus besos.
Ya no sé como olvidarte,
como arrancarte de mis adentros.
Desde que te marchaste
mi vida es un tormento.
Y ya no quiero recordarte,
ni siquiera ni un momento
pero llevo tu imagen
grabada en mi pensamiento.


Puedes escuchar “Noche de bohemía” de Navajita Plateá aquí:

https://youtu.be/oQurxv77QDI

Aquella tarde Alicia volvió a casa, cansada, como después de un largo día de trabajo. Calculaba que, pasado el verano, tendría que encontrar un trabajo a toda velocidad, un empleo cualquiera para seguir adelante, como camarera en algún bar, o limpiando oficinas. Todo menos abandonar la ciudad y su encanto.
Subió las escaleras hasta la terraza de casa, el sol empezaba a ponerse. Cogió la manguera y empezó a regar las macetas con la mejor de sus sonrisas. “Hija, háblale a las plantas, crecerán mejor” le decía su abuela. Inspiró fuerte hasta sentir el perfume de la albahaca, el jazmín y el romero. Una melancolia recorrió sus venas. Sintió que aquello era amor. Amor del bueno. En el fondo sabía que Granada siempre le sería fiel.


IMG_5009

.

Laura Pollachini García