Granada, mon amour

Alicia se levantó a las siete, se duchó rápido, cogió el bolso y salió por la puerta de casa. Había pasado una mala noche y sus ojeras delataban el cansancio. Vivía encima del bar La Esperanza, en Calle Bretón, pleno barrio del Albaicín. Bajó a plaza El Salvador, torció por la Calle Panaderos, después Calle Charca y de ahí hasta el Mirador de San Nicolás. Ese era el sitio donde pasaba los días desde que la habían despedido del trabajo. No se atrevía a decirle nada a sus padres, no quería que le reprocharan el haberse ido de casa unos años atrás. Solo les habia dicho que la empresa pasaba por malos momentos pero que ella llevaba allí mucho tiempo y era una figura importante para la oficina. “Importante” pensó. Ojalá. Durante un tiempo lo había sido pero ya no recordaba ni cómo ni cuándo.

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