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Desde Hospital de Niguarda hacia la Val Grande.

Cuando voy a la Sección ANPI Martiri Niguardesi, mi mirada se detiene sobre la fotografía de una joven partisana. Aquella joven es Maria Peron, enfermera de los partisanos de la Val Grande.
María nació en Borgorico (PD) y murió en San Bernardino Verbano (NO) en noviembre de 1976.
Trabajó como enfermera en el hospital Niguarda. Después del 8 de septiembre de 1943, como para muchos italianos, su vida cambió involuntariamente. Se puso en contacto con la Resistencia Milanesa a través de los prisioneros políticos, porque después del bombardeo en la cárcel de San Vittore, habían sido trasladados al hospital Niguarda.

Su fe católica la empujó inmediatamente a estar cerca de los débiles; se ofreció a ayudar a las víctimas de la guerra. El párroco Don Macchi de Niguarda la puso en contacto con la partisana Giovanna Molteni. Con ella desempeñaban tareas clandestinas muy importantes para la lucha en el barrio.

En mayo de 1944, mientras estaba organizando la fuga de un partisano ingresado con otros compañeras de trabajo, fue descubierta por la policía fascista.

Logró escapar por una ventana y fue a la casa de Giovanna. Al día siguiente, acompañada por Giovanna llegó a Intra, en el Verbano donde se unió a la formación garibaldina “Val Grande Martire”. Fue acogida con gran afecto por los partisanos que necesitaban una ayuda para curar a los heridos.

El primer día, el comandante Superti le dio una bolsa con instrumentos quirúrgicos y algunos medicamentos y la condujo a un refugio de montaña donde estaba la enfermería. A ella le pareció un lugar de gurús indios, ya que muchos heridos tenían la cabeza vendada.

Desde ese día, allí en las montañas de Ossola ella, que tenía sólo 25 años, hasta el final de la guerra, se dedicó en cuerpo y alma desplazándose de un valle a otro para hacer llegar su ayuda a los heridos.

En poco tiempo organizó una sala de emergencia con material médico que recibió de sus ex colegas del hospital y del Comitato Nazionale di Liberazione dei Medici. Una noche, la llamaron para atender a un herido. Después de una larga marcha, acompañada por un partisano, llegó a una cabaña donde sobre un lecho de paja encontró al partisano Scampini. Estaba envuelto en una sábana empapada de sangre y con el rostro cadavérico. Maria constató que se trataba de una perforación abdominal con peritonitis.

Se armó de valor y llevó a cabo una laparotomía, sin anestesia y con los pocos instrumentos quirúrgicos disponibles, sin guantes y a la luz de las velas. Fue así que Scampini se salvó.

Algunas monjas de Finnero dieron a María ropa y una cesta. Se vestía como una campesina y así podía moverse en la zona y en los pueblos buscando leche y otros alimentos para “sus” heridos. Pero tenía que ser muy precavida, ya que los fascistas habían puesto precio a su cabeza, ofrecían 5.000 liras por ella.

A pesar de las condiciones de peligro constante, nunca usó una pistola. María siempre recordará la alegría del día más deseado, el de la Liberación, aunque no olvidó el dolor por aquellos jóvenes que había visto caer, y por las madres que no volverían a ver a sus hijos.

Conmovedoras son sus palabras en una entrevista del 5 de mayo de 1945: “Quiero asegurar a estas Madres de Val Grande, de Finnero, en Morlasco, en Val Pogallo, en Val de San Bernardino, he tratado a vuestros hijos como una Madre”.

Regresó a nuestro pequeño barrio, después de la guerra, para pasar las tardes con sus amigas Giovanna y Giuditta. Aun hoy, algunas mujeres de Niguarda recuerdan su dulce y tranquila voz que consolaba a los que la escuchaban. En Rovegro hay una escuela dedicada a ella y una placa la recuerda en el muro de la iglesia de Cicogna.

Maria Maddalena Vedovelli
Sezione ANPI Martiri Niguardesi Milano