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YO SIEMPRE CONMIGO

Me abandoné a la placidez del sueño y, cuando regresé a la vigilia, me vi empapado y temblando de miedo. Me perdí detrás de una mujer y, cuando me di cuenta, estaba desnudo y sin un centavo. Me dejé flotar en el vaivén de las olas y, cuando volví en mí, me hacían respiración artificial.

Definitivamente, no puedo dejarme solo.

TEORÍA DEL BIEN MORIR

Aseguraba que irse de este mundo es más difícil cuando al cuerpo se le deben cosas. Vírgenes perseverantes, pusilánimes atormentados, aprensivos que privándose se curan en salud, decía, sufren agonías atroces. Por eso, lo aterraba todo tipo de continencia y se apresuraba a darle al cuerpo cuanto le pedía sin reparos de clase ni de cantidad. Pero el cuerpo crecía en sus demandas y siempre iba delante de su trajinar para satisfacerlo. Consecuente, la primera vez que logró ponérsele a la par y no deberle nada, lo abandonó sin aspavientos. La tarde era apacible, dormía la siesta, tenía treinta años y una sonrisa de alivio.

RAÚL BRASCA (Buenos Aires, 1948)