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“Cada cual hable de aquello que sabe y de lo demás, se calle”

El Viento de la Vida me arrastró hacia lugares que nunca imaginé poder pisar, durante muchísimos años asemejé a la piedra que no cría musgo, que va pegando brincos, cruzando ríos, mares y fronteras… Tuve que abandonar el lugar donde nací porque en él reinaba la tiranía, la crueldad y la oscuridad. Recorrí un camino sembrado de  espinas. Faltó poco a que no perdiera mis raíces, ya que asemejaba a un árbol caído condenado a su fin. El Viento de la Vida, arropado de blanco, me empujó y arrastró como a una hoja seca, empujándome hacia una meta desconocida…

Seré  quizás un viejo nostálgico, un romántico, un soñador, que recuerda una canción que tanto nos agradaba a mi compañera y a mí, titulada: “Les  feuilles mortes se ramassent à la pelle… E le vent du nord les emporte dans la nuit froide de l’oubli“… (Las hojas muertas se recojen con la pala… Y el viento del norte se las lleva en la fría noche del olvido)… Pero la verdad sea dicha, soy un iluso, o un incauto, del cual algunas personas se han aprovechado. Hubiera debido acordarme del dicho: Cría cuervos y…, pero prefiero adoptar aquel que dice: Haz bien y guárdate.  ¡Bueno, qué les haga buen provecho!

A modo de prólogo. El 21 de septiembre se celebró el día de la Paz, yo me pregunto a qué Paz se referían, si hablaban en serio o en broma… Para celebrarlo decidí escribir algo sobre Hamburgo, queriendo así demostrar que no guardaba rencor a Alemania por la ayuda al “Caudillo por la gracia de Dios”, ¿qué dios?, que declaró que estaba dispuesto a “eliminar a media España”, que nos regaló una dictadura… Este verdugo, quizás un gran admirador de la mitología griega, quería parecerse al dios de la guerra Ares.

A finales de 1948 tuve que abandonar La Madre Patria y la Chica. En París, la I.R.O. (Organización Internacional de Refugiados), me concedió los derechos de refugiado político. (En aquellos años era EE UU el “que cortaba el bacalao” sobre el triste problema de los refugiados). En la llamada Ville Lumière, no frecuenté la Sorbone, si no lo que yo llamo la Universidad de la Vida, donde en mi molondra se encendieron varias neuronas, su luz alumbró aquella triste y macabra realidad europea, poniéndome así en contacto con rumanos, yugoslavos, checos, eslovacos, húngaros, polacos, rusos blancos, apátridas, y naturalmente refugiados españoles, o sea los vencidos, donde aprendí más de que lo que enseñan las Universidades mundiales. El contacto y amistad con compatriotas de casi todas las regiones de España me enseñaron más  que la Escuela franquista. Durante esta existencia de refugiado sin patria, pues en el documento en mi posesión, llamado TITRE DE VOYAGE-TRAVEL DOCUMENT estaba escrito: Este documento es válido para los siguientes países:……………….. MENOS ESPAÑA.

Durante años y años he estado en contacto con personas pertenecientes a las más diversas nacionalidades: ricos y pobres, artistas, rateros, vagabundos, traficantes, contrabandistas. De todo un poco…Y aún más. He practicado innumerables oficios, en contacto con trabajadores de tantísimas nacionalidades, incluso en una vendimia en el sur de Francia con gitanos, esta es la razón por la que a veces empleo el argot y chapurreo caló. Debido a estas circunstancias, hasta a un cierto punto mi vida asemejó a un puchero. La asquerosa dictadura me convirtió en un apátrida, pero yo me considero un ciudadano del Mundo.

 

La idea de escribir sobre Hamburgo, del que tanto me habían hablado, fue sobretodo debida al barrio St. Pauli, y la llamada Grosse Freiheit (Avenida de la Libertad, que atrajo mi atención. Estas tres palabras: Amor, Paz, Libertad, y el buen humor han sido el sustento que me ha ayudado a soportar el trágico y triste exilio…

 

Hamburgo, 1960. Como buen marinero me alojé en el Semanshaus (Casa del Marinero), situado en Altona, el barrio de los pescadores. No muy lejos se hallaba St. Pauli, un barrio donde se practicaba un tipo de pesca muy diverso, motivo por el cual estaba considerado la Sodoma y Gomorra de Europa. La negrura, iluminada por millones de luces variopintas, envolvía el barrio ardiente de la ciudad hanseática, animado de un gran bullicio. La Grosse Freiheit (Avenida de la Libertad), me acogía con los brazos abiertos y me abría sus puertas. Este es uno de los tantos oasis soñados del marinero cuando se encuentra en la gavia de acero flotante. Mucho me hablaron sobre Hamburgo y su famoso St. Pauli, pero como los embarcados suelen contar muchas trolas, quise cerciorarme personalmente si lo que me refirieron eran paparruchas o la pura verdad, y nada más que la verdad. La arteria más caliente de Europa os acogía pregonando: “¡Venid pecadores, venid a gozar, aquí podréis descubrir todos los vicios y las perversiones de esta tierra! Todo al alcance de la mano. Para los que cometieron pecado y tengan remordimientos de conciencia, existe la posibilidad de ir a confesarse en la iglesia de estilo barroco situada en el centro del barrio”. Cuando en París empezaban a cerrar los locales más atrevidos, en Hamburgo los había que abrían para iniciar sus espectáculos. Aquí estaban concentrados unos quinientos establecimientos, cuya misión era la de ofrecer todos los placeres que se puedan desear. Pigalle, en comparación, era un antro de rateros, donde ex guardianes de cabras analfabetos simulaban ser apaches, que se dedicaban a desplumar a incautos turistas atraídos del  mito del París by night.

En la Avenida de la Libertad abundaban bares, cafés, locales nocturnos muy íntimos donde se proyectaban películas porno, y espectáculos de tortilleras, que lo mismo se lamían la vulva, que se introducían una botella (pero sólo un pedacito del cuello),  o con una vela encendida se la paseaban por los pelitos de la vagina, además de hacerse derramar cerveza de algún cliente, tal vez un comparsa pagado para lamer los chuminos. No faltaban los bailes, los cabarets, las cervecerías, discotecas, cines para todos los gustos, drugstores, teatros, snack-bar, lupanares, locales donde despachaban salchichas a kilos, distribuidores de bocadillos, de condones, de vibradores para cuerpos solos, de pomadas afrodisíacas, de muñecas para los viudos y para los solteros; naturalmente, no podían faltar las rameras callejeras, los contrabandistas y los travestís. Los turistas y los marineros contemplábamos con ojos divertidos esta inmensa Babel, dedicada exclusivamente al goce y al placer. Las prostitutas en escaparate, con casi toda la mercancía expuesta al público, en casitas de muñecas, aguardaban al cliente tranquilamente. Un lugar muy visitado era el colosal Eros Zentrum, el gigantesco burdel más moderno de Europa, un mastodóntico mercado del sexo donde ciento treinta y tres estudios, verdaderos nidos para practicar el coito, distribuidos en cuatro pisos, estaban poblados de vestales del amor, llegadas de varios continentes, que tiraron el ancla en este puerto para vender sus gracias. La masa feliz avanzaba bañada con el color de los letreros luminosos, era la gran kermés donde se respiraba la libertad y el sexo, todo ello envuelto y revuelto en el olor de las hamburguesas, de las patatas fritas, del alcohol y de la cerveza. La brisa marina del río Elba se mezclaba con todos estos ingredientes creando un perfume afrodisíaco, que te embriagaba. Desde el anochecer hasta el alba una orgía desenfrenada, pero organizada y administrada con eficacia teutónica invadía el barrio de St. Pauli, famoso ya hace siglos, pues en estos mismos lugares atracaban los veleros y las barcas de pesca. Miles de litros de cerveza se deslizaban por los gaznates, mientras millones de espermatozoides se perdían en las vaginas, o en los condones que terminaban su breve existencia en las palanganas.

Letreros que proclamaban: “Todos están obligados a gozar”, siendo este el modo de hacer olvidar los Achtug!, Verboten! (¡Atención!, ¡Prohibido!), de un tiempo no muy lejano. Esta parecía ser la revancha de Hamburgo, que durante la última locura bélica sufrió los terribles bombardeos de la aviación aliada.

Amanece…

Un marinero con el pene en la mano riega con sus meados un viejo farol que resistió a los bombardeos, le cuenta sus penas, luego le canta una canción sentimental que habla de fiordos y de trenzas rubias, mientras de vez en cuando bebe un trago de snaps de la botella que le acompaña. Tambaleándose, y hablando solo se dirige hacia el muelle donde le aguarda su embarcación. Una banda de gatos callejeros juega a la pelota con un ratón de cloaca, le arrancan un ojo con un mordisco, juegan con un escarabajo de una tahona, que salió a tomar el fresco. Un travestí con el maquillaje derretido, que lo hace parecer un pierrot habla con otro del oficio de sus almorranas; hay quien habla de sus reumatismos, otros de sus conquistas o del tiempo, cada uno es libre de comentar lo que más le apetece. Un vagabundo me tiende la mano y me pide si puedo darle algo para trincar. No sé quién es, no lo conozco, pero le doy unos marcos, porque las leyes del mar, del puerto y del desierto, sin estar escritas, aconsejan que no hay que dejar morir a nadie de sed. Una pareja de hippies sueñan abrazados a una guitarra. Cada uno es libre de soñar y abrazar, pues nos hallamos en la Avenida de la Libertad. Un anciano busca en las basuras en compañía de unos michos mientras se rasca, me saluda con un: -Guten Tag Siemans, (buenos días marinero, Freund Wind)… Creo que quiera decirme. -Que el viento te sea favorable, amigo-… El de la Vida no lo fue siempre para mí. Supongo que será un viejo navegante, me importa un bledo si es un mangante, leo en ese espejo, que son los ojos la miseria, y escarbando en el bolsillo le ofrezco algo, a pesar de una noche en blanco, puedo leer en ellos la derrota, y la frustración. Conmovido le propongo si desea que desayunemos juntos. Naturalmente acepta con placer y me conduce hacia una tasca donde podemos llenar la tripa. Como todos los ex marineros, y los que aún no son veteranos, emplea una lengua franca, donde los varios idiomas se mezclan alegremente, lo que me permite informarme y enterarme de lo que ocurrió en Hamburgo en pasado y durante el verano del 1943. De la boca de aquel hamburgués  salieron las palabras, que para mí fueron como leer en un libro de historia, pero no como la escriben los vencedores, que la cuentan como les apetece, y que la verdad quizás surgirá años más tarde. Como aperitivo me ofreció esta frase, que no era suya, pero demostraba su cultura: “Casi todos los grandes episodios que conocemos han llegado a nosotros con algún que otro ingrediente de leyenda, la literatura, el cine, en ciertas ocasiones, los propios cronistas han adaptado la historia a su conveniencia”

-Amigo, has de saber que el nombre completo de Hamburgo es: Ciudad libre y hanseática, que es una ciudad estado y uno de los dieciséis estados federales de la República alemana.

Frederic I Barbarossa and his sons King Henry VI and Duke Frederick VI. Medieval illustration from the Chronic of the Guelphs (Weingarten Abbey, 1179-1191).-Hace ocho siglos Federico Barba Roja concedió a este puerto los derechos de libre cambio, sin aranceles aduaneros; la ciudad situada en la desembocadura del Elba se convirtió en uno de los puertos más importantes de Europa, pasando a ser miembro de la Liga Hanseática, beneficiando del monopolio comercial del Báltico y del mar del Norte, donde transitaban pieles, arenques, sal, madera, telas, metales… Hamburgo renació de sus cenizas después del terrible incendio de 1845… El viejo marinero con hambre atrasada comía a dos carrillos. Iniciamos nuestra comilona con una hamburguesa, en honor de Hamburgo, pues fue en este puerto donde nació, se distribuía a los emigrantes dirigidos hacia las Américas.  Ayudado de generosos tragos de cerveza, y con la boca llena profirió: “Los tambores de guerra son también tambores de hambre”, queriendo apagar, tal vez la gusa y el recuerdo de algunos incendios. Prosiguió con su relato: – Llegó la derrota de la Gran Guerra, que le obligó a ceder como indemnización la mayoría de su flota mercantil (casi 1500 naves). Tras los bombardeos del  último conflicto mundial, que arrasaron  el ochenta por ciento de las estructuras portuarias… Quien fue testigo ocular me refirió lo sucedido aquel trágico verano de 1943: -Mis tristes pupilas pudieron constatar los resultados de aquella terrible operación llamada Sodoma y Gomorra, que fue proyectada por un general inglés para vengarse de los bombardeos sobre Londres, o quizás fue debido a que en su juventud debió agarrar unas purgaciones por estos andurriales, pero se ignora si fueron delanteras… o traseras. Por todas partes pude ver cadáveres horriblemente desfigurados. Estaban como a remojo, parecían guiñapos, viejos peleles flotando sobre charcos de su propia materia grasa fundida, mucha de ella solidificada. Los ingleses habían empleado bombas al fósforo. Días después, en la zona central fue prohibido circular. Cuando los grupos de condenados a los trabajos forzados iniciaron a limpiar la zona, cuando los escombros se enfriaron hallaron cuerpos sentados a la mesa o de pie, pegados a las paredes, en el lugar donde los sorprendió el monóxido de carbono. Todo alrededor se veían restos de carne y huesos humanos, como también cadáveres cocidos en el agua hirviendo, que había surgido de los depósitos y de las calderas que habían estallado. Numerosas víctimas, debido a temperaturas de más de mil grados fueron reducidas a cenizas, que se pudieron recoger en una sola bolsa de aquellas empleadas en las lavanderías. Arrasaron la ciudad, destruyeron los astilleros y el puerto, las fábricas…”. Para matar el gusano de los recuerdos, nos emborrachamos, y casi tambaleándonos caminamos en dirección al puerto donde tumbados en la tierra contemplábamos el pasaje de las embarcaciones. Al despedirnos díjome: -Hemos pagado el mal que os hicimos en España con el acuerdo de las democracias hipócritas. Nos abrazamos, me saluda con un Auf Wiedersehen Freund (Hasta la vista amigo). Se rasca la barriga, no sé si queriéndome decir que -sacó la tripa de mal año-. Momentos más tarde me rasco, tal vez me ha dado algún parásito… Cada uno da lo que puede.

Un chucho sin patrón me husmea y alzando la pata derecha me regala una meada sobre un zapato, el pobre es casi cegatón, pienso que me habrá tomado por un árbol. Sumido en mi melopea se abrieron una vez más los cajones de la memoria y me acuerdo de la pregunta que me hizo años atrás un amigo andaluz,  -¿Sabes chico por qué los perros levantan una pata para mear? No supe responder, y el muy jodido me respondió: -Pues porque si levantaban las dos se caían. En aquellos momentos no me hizo reír, pero con la curda que me arrastraba, doce años después lo hice tan sonoramente, que un tío que iba de prisa a currelar (trabajar), con el dedo se toca la sien.

Poco a poco los letreros luminosos se van apagando. Me abro paso entre la noche y el alba mientras me dirijo hacia la estación del metro que me conducirá cerca de la casa del Marinero a dormir la mona.

De repente me vienen a la mente las estrofas de la égloga de un poeta cuyo nombre y apellidos olvidé, que si mal no recuerdo, así decía más o menos:

“Hoy comamos y bebamos

y cantemos y holguemos,

que mañana ayunaremos.

Embutamos estos panchos,

Recalquemos el pellejo,

Por honra de san Antruejo

Parémonos hoy bien anchos;

Que costumbre es de concejo

Que todos hoy nos hartemos,

que mañana ayunaremos…”.

-¡Así fue!

Antonio Íbero Layetano
(alias el Bicho raro)