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Otro Bookstore

Inevitablemente cada vez que la ves
pensás, con los labios estirándose
en una sonrisa: qué bueno, está ella.
Y ella mirándote parece pensar
mientras se le estiran los labios
en una sonrisa: bien, vino él.

Después intercambian un par de docenas
de palabras sin que termine de diluirse
nunca la sonrisa. Las manos y los cuerpos
se mueven dentro de un ritmo de algo
que no se sabe qué es.
Mínimamente sé algo de ella:
tiene pareja, o algo así
(nunca averiguaste más).
Seguramente ella sabe: es
un tipo que vive en dos o tres ciudades,
que viaja con frecuencia, que a veces
entra a la librería y sonríe al verla,
justamente a ella, y no otra.

La clave está en seguir
pisando con cuidado la cuerda floja.
Como si, copiando aquel cuento alemán
que leíste hace tanto tiempo, te dijeras o
le dijeras, sin decirlo (contrariamente al cuento,
tan alemán, que desde luego lo decía):
demos lo que diríamos por dicho y conversado,
demos lo que intercambiaríamos por intercambiado,
dediquémosnos a referirnos a algún libro
de poemas, a alguna revista que es difícil
de conseguir, muy de vez en cuando a
alguien que los dos conocemos, pero también
sin extendernos, usando palabras que son
cultivados y antiguos lugares comunes
para referirse a otra persona.

Incluso en el flujo entre los dos
mientras dura tu presencia en la librería,
hasta cuando quedás oculto detrás de la
curva del fondo, donde están los libros
un poco caros y las revistas envejeciendo
a lo largo de los años,
cada uno de los dos, sin decirlo,
es probable que siga consciente de la sonrisa
del otro, de la otra, incluso o sobre todo
del cuerpo, los brazos, las manos y en especial
la cara (en silencio: “qué cuerpo, qué brazos,
que cara tan, tan especial”).

Dicho de otra manera tampoco ahí
cae ninguno de los dos en la trampa,
y también dan por levantado lo levantable,
por tocado lo tocable,
por acariciado lo acariciable,
por besado lo besable.
Dentro del mismo ritmo, de las mismas
escobillas infinitesimales tocando
apenas un sutil tambor de fondo
estableciendo el ritmo,
te hace un descuento que pierde
todo su carácter comercial y administrativo,
simple despedida a modo de puente
para la próxima vez que esté ella
y yo venga.

ELVIO GANDOLFO (San Rafael, 26 de agosto de 1947)