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Hacía ya mucho tiempo que me rondaba por la cabeza la idea de escribir algo sobre  el oro negro. El problema de la gasolina, con los precios que suben y bajan como las montañas rusas me ha venido de perilla para dar a la luz este artículo.

De vez en cuando, los mandamás, siempre preocupados por nuestra salud (después de que durante meses hemos absorbido los miasmas con los cuales nos han obsequiado), deciden impedir la circulación de vehículos durante varios días para que podamos respirar a fondo. Os aseguro que no estoy en contra de los medios de transporte, pero considero que podrían emplearse productos que respeten el ambiente, como el metano, coches híbridos o eléctricos. Nunca he tenido el permiso de conducir, pues lo único que conduje en mi lejana juventud fue un carro a mano, y más tarde, en edad avanzada, cuando huía de la ardiente metrópoli, transportaba estiércol de vaca con una carretilla para fertilizar un huerto de montaña; actualmente mis únicos medios para desplazarme son los transportes públicos, dos piernas, “-que me dejaron de herencia mis padres, además de la luna y del sol…”, (tomado  prestado de una canción), y un bastón. 

Dejémonos de guasa y pasemos al argumento del petróleo. Habiendo navegado sobre petroleros de diversas nacionalidades en mi remota juventud, y más tarde realizado algunas investigaciones, algo puedo decir sobre el asunto, pues como dice un proverbio tuareg: “Vale más lo que ves, que lo que te cuentan”.

(Deseo aclarar que del oficio de marinero, cuando me decidí a navegar no sabía absolutamente nada, pero tuve que aprender para poder ganarme los garbanzos.)

La industria del petróleo y sus aplicaciones industriales nacieron en Estados Unidos a finales del año 1857; las balleneras de New Salem se hallaban bloqueadas en los muelles, pues los marineros en huelga pedían un aumento de paga, pero los armadores no entendían aquella música. Durante varios meses ninguna nave zarpó hacia el Norte, y los huelguistas no permitieron el ingreso de las embarcaciones provenientes de los mares fríos, cargadas con la grasa de ballena que servía a lubrificar las máquinas a vapor y sobre todo para fabricar velas y alimentar las lámparas a aceite. En aquella época, toda la luz de las casas estadounidenses nacía del aceite de ballena. El motín puso en crisis el mercado. Un grupo de negociantes de New Haven intentó un experimento, sustituir la grasa de ballena con el “aceite de roca” (del griego bizantino “petrélaion”), aceite de piedra. Nota: Como el saber no ocupa lugar, el “viejo articulista”, se permite sin ninguna ostentación añadir algún dato informativo.

Por la propiedad del petróleo han nacido siempre sangrientos conflictos, como por ejemplo el de la agresión de los Usa contra México; el ambicioso vecino mandó sus tropas, que desembarcaron en el puerto de Veracruz para ocupar los territorios  petrolíferos del país. Se supone que los yanquis estaban ya al corriente de los ricos yacimientos mexicanos, y que este fue el pretexto de la guerra entre los dos países. México se vio obligada a ceder Tejas y todos los territorios al norte del Río Grande: California, Nuevo México, Arizona, Nevada y Utah, todos ellos ricos de petróleo.

Una de las causas del bloqueo estadounidense contra Cuba fue debido a los acuerdos de la compra del petróleo soviético; las tres refinerías instaladas en la Isla pertenecían a los gringos, los cuales entablaron una verdadera guerra económica, reduciendo las importaciones del azúcar cubano. Washington no aceptó que Cuba comprase petróleo más barato que el suyo. Al final el presidente Eisenhower se vengó suprimiendo totalmente las compras de azúcar.

Otra de las innumerables víctimas fue España. En el año 1927, durante la dictadura del general Primo de Rivera, la situación económica era excelente, diariamente las naves españolas zarpaban hacia Estados Unidos (¿qué les parece?) e Inglaterra cargadas de fruta, aceite de oliva y vino.

Si he decidido escribir el nombre del país en negrita, ha sido porque los descendientes de los pelagatos europeos muertos de hambre pueden apropiarse de territorios e incluso cortar en dos un país como si  fuera  un melón, como hicieron en Korea (1950-1953) y en Vietnam, donde recibieron una buena paliza, cagándose en los pantalones y saliendo pitando.

Los petroleros de la compañía “Standard Oil” transportaban gasolina y petróleo hacia los puertos españoles. El dictador se dio cuenta de que aquellas pocas embarcaciones se zampaban todos los beneficios del comercio agrícola del país, por lo cual monopolizó la industria del petróleo. Esta decisión fue interpretada por los Usa como una declaración de guerra, por lo que decidieron, junto con sus primos hermanos los ingleses, boicotear los productos españoles y no vender más combustible. Esta fue una de las causas de la caída de la peseta. ¿Qué podía hacer España en tal situación si no comprar el petróleo ruso, conocidamente de pésima calidad? Años más tarde, durante la guerra civil española, la “Standard Oil”, propiedad de Rockefeller, vendió fiado al dictador Franco el petróleo necesario para aplastar a la joven República.

Los Rockefeller eran hugonotes de origen francés, que tuvieron que huir de Francia refugiándose en Alemania, para más tarde emigrar, con otros millones de muertos de hambre europeos; tal era la carpanta que casi exterminaron a los bisontes americanos. El padre de Jonh Avery Rockefeller, fundador de la infame dinastía que se hacía llamar William Levingston, era un charlatán ambulante, un vendedor con un carromato, dos bailarinas raquíticas con nalgas que conocieron tiempos mejores, y un pobre afroamericano sonando un  viejo instrumento hallado en la basura. Juntos formaban un miserable espectáculo que se dedicaba a la venta de un producto a base de petróleo que según él curaba el cáncer. Este falso doctor vendía sus botellas adornadas con hermosas etiquetas ilustradas al precio de 20 dólares.

El hijo de este miserable vendedor, John D.,  se dice que fue el mayor delincuente de Estados Unidos, además de ser el hombre más rico del mundo; se creó una fama de criminal, pues eliminaba los otros grupos que le hacían competencia. Este billonario era tan agarrado, que en su casa tenían una única bicicleta para sus cinco hijos.

La fortuna de este creador de “trusts” fue la de intuir que no era el petróleo el que crearía riqueza, si no la refinación de este.

Hablando de este combustible, durante la Primera Guerra Mundial, el presidente de la República francesa Clemenceau telegrafió al presidente norteamericano Wilson lo siguiente: “Cada gota de petróleo equivale para nosotros a una gota de sangre”.

Ya que estamos metidos en el ajo pienso que es interesante dar algunas informaciones sobre este líquido asqueroso en estado bruto, pero del cual no podemos prescindir. Si damos una ojeada a nuestro alrededor nos daremos cuenta de que estamos rodeados por su derivado el plástico, un material casi indestructible. El petróleo ha recibido desde la más remota antigüedad los nombres más diversos como: Aceite de roca, bálsamo de tierra, aceite mineral, betún, lodo, asfalto, momia ( en el antiguo Egipto se empleaba para embalsamar las momias), brea, carabe, aceite de Meda, aceite de San Quirino, aceite de Séneca, nafta persiana, pez de trinidad, alquitrán de Barbados.

Bueno, ahora cambio de tema, y sigo adelante contra viento y marea, pero como decía el otro: ¡Agárrate, qué vienen curvas!

El científico francés Pascal afirmó: “Nada se crea, nada se destruye”; pues bien, este señor dijo una verdad como una casa, y el petróleo es una prueba palpable de que en la Naturaleza nada se pierde, todo se transforma. Las compañías petrolíferas, que cuentan con expertos geólogos, han tapado la boca a éstos  para que mantengan en secreto el resultado de los estudios que les han servido de base para hacer las inversiones de los grandes capitales que tienen invertidos en sus empresas, dando como razón para justificarse que la obtención de estos datos les ha costado muchísimo dinero. ¿A qué será debido este misterio? Pues porque el petróleo se forma por la descomposición y la putrefacción de las materias muertas de origen orgánico, o sea la acumulación de restos de animales, de peces, moluscos, corales, vegetales…Los animales consumen inmensas cantidades de vegetales para la nutrición, de los cuales, por medio de las reacciones de digestión aprovechan sólo una pequeña parte de los componentes, y la mayor parte de las materias vegetales ingeridas se devuelve a la tierra en forma de excrementos. Esto contribuye a la formación de los mantos de carbón y de substancias petrólicas. Naturalmente, los geólogos al servicio del tío Sam no revelarán que con nuestros excrementos colaboramos a la creación del petróleo. Realizando un cálculo aproximativo podemos decir que durante nuestra existencia producimos unos 12.000 kilos de excrementos, los cuales al filtrarse en la tierra se acumulan formando trampas, mientras que otra parte va a parar a los ríos, y estos al desembocar en el mar formarán con el pasar de los siglos el nauseabundo petróleo. También se podría hablar de la descomposición de nuestros cuerpos, pero vale más dejarlo correr, a pesar de que también los humanos somos animales, y con ellos compartimos el mismo fin.

El oro negro nace de la muerte y la provoca. Muchos de los productores emplean los petrodólares para comprar armas, lo que equivale a incrementar las defunciones.

Hay otras fuentes alternativas para producir energía, como la solar, la eólica, etc., pero hasta que los pozos no se sequen, las multinacionales que poseen todas las patentes no las emplearán.

Ellas han creado un puchero a base de: Petróleo, guerra, armas, hambre, el último ingrediente lo conozco a fondo, y a pesar de mis 90 años cumplidos nunca  lo olvidaré. Los que perdimos la guerra tuvimos que pagar las armas, que las dictaduras y las seudo democracias vendieron a Franco. A unos, la República pagó en oro y a otros con minerales y con los alimentos que nos arrebataron. Un griego, Basilio Michele Zaccaria que se hacía llamar Basil Zaharoff  vendió armas  a España durante medio siglo, del 1878 al 1936.

Admito que el argumento que he tratado es bastante repugnante, pero os aseguro que no es fruto de mi imaginación, es una asquerosa realidad, y si algo más desean saber sobre la gana pueden consultar un artículo que publiqué en la revista hispanoamericana -La Grande Patria- hace más de 20 años titulado “El hambre es un escándalo indecente”, lo podéis hallar en mi columna.

Antes de despedirme y de que lean el consejo chino, les hago saber que el famoso fabricante de cañones Krupp tuvo siempre una manía, la necesidad del olor del estiércol animal para sentirse a su agrado. En la vieja casa, con las cuadras cerca de su habitación y de su esposa, se hallaba a gusto, pero con la nueva casa que hizo construir con casi trescientas  habitaciones, la suya la colocó sobre las cuadras, así le llegaban los efluvios de su perfume favorito. Su mujer escapó.     

Colorín colorado este (anti) cuento se ha terminado, y si el final no os ha agradado, haced como dice aquel  proverbio chino: Si algo huele mal, ponle una tapadera.

Antonio Íbero Layetano
(alias el Bicho raro)