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Después de cuatro días de lluvia, por fin llegó el sol. Aquella tarde la dedicaría a recoger y ordenar el jardín. Era su oasis de paz, lo que más le gustaba de su casa. Durante el invierno no podía dedicarle mucho tiempo, pero, ahora, con la llegada de la primavera, pasaba allí los domingos y sus momentos de tranquilidad, lejos que la realidad que tan a menudo rehuía. Cortó el cesped, las hojas y las ramas del árbol de magnolia y, finalmente entre las plantas, descubrió a sus amigos, tan bellos como invisibles. Cuánto tiempo sin verlos. Los había extrañado muchísimo. Sus tres enanitos de jardín que estaban ahí detrás, escondidos y la miraban con su barba, sus gorros puntiagudos y con la sonrisa enigmática de una Monna Lisa. En aquel momento todo le pareció perfecto, la suavidad de la luz, el ligero perfume del aire, el pausado rumor de la ciudad.


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Laura Pollachini García

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Inspirado en una de mis películas preferidas, « El fabuloso destino de Amélie Poulain» (2001, director: Jean-Pierre Jeunet)