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HISTORIA DE UNA HOJA

Suspendida de una rama, a veinte metros sobre la plaza, la última hoja del árbol, ya rendida a su condición pasajera —marchitos tegumento y nervaduras—, se mece al viento y se desprende. Va dejando al caer —breve navío del viento—, su delicada huella de luz para nadie. En el suelo, en cambio, la hoja revive en la hojarasca; rueda y sucumbe, acaso, al peso de una mujer quien, apenas verla, ha sentido el impulso de pisarla. Entonces, convertida en crujido leve, alcanza el oído atento de la muchacha y se aleja del parque, prendida entre los labios, ya sonrisa que se mece.

LAS TIJERAS

Como el hombre del mono, las tijeras descienden de la dentadura o del simple choque de piedra contra piedra.

Las tijeras son un caso peculiar de cuchillos y navajas: umbilicadas con un tornillo, conspiran contra la unidad de los papeles.

Las tijeras son las piernas flacas y en punta de una bailarina bajo un par de ojos ciegos.
Las tijeras producen ese ruidito que te pone nervioso porque te recuerda que son de la estirpe de la guillotina. A diferencia de ésta, las tijeras mueven las dos hojas, y de ahí su parentesco con las oscuras golondrinas que volverán nuevamente sus nidos a colgar.

Las tijeras convierten a la mano en la crítica feroz de todo tipo de telas, papeles y manuscritos.

Hay tijeras para pasto y para pollo, tijeras para cabello y para hojalata; tijeras para niños y para adultos. Redondeadas o terminadas en punta, las tijeras tienen algo de crucifijo y de gimnasta.

Nada nos prepara lo suficiente para el carácter incisivo de las tijeras. Con las tijeras, en definitiva, hay que cortar.

MARTI LELIS (México, D.F., 4.02.1968)