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CAL VIVA

El seiscientos y la jaula del canario sobre mis piernas morenas de río y siega. Los pulpos en la baca, abrazando las maletas con tanta fuerza como los parientes a nosotros. Esquejes de alhelí y de geranio envueltos en papel de estraza, que decía mi madre que seguro que agarraban porque en Suiza estaba todo verde. Troncos encalados mostrándonos el camino. Chorizo, pan y queso para cuando estuviéramos lejos. Una botella de gaseosa llena de agua, que mi hermana pequeña pronto aliñó con babas. Mil setecientos kilómetros, casi, para olvidarme del pueblo, de mis amigos, y maldita mi suerte, de Elvirita, mientras el bisturí de asfalto iba diseccionando el paisaje para que mis ojos de doce años, investigasen la anatomía de ese país que abandonaba sin conocer con la nariz pegada a la ventanilla. Y llegar al límite de la provincia, y la voz de mi padre clavándose en el silencio:
-Familia, ¿Y si nos damos la vuelta?
Y volver. Mamá cantando, papá desafinando, la niña aplaudiendo. Y otra vez los troncos encalados. Los que me anclaron a maldecir toda mi vida a ese Dios que no quiso que me convirtiera en emigrante, pero sí en huérfano.

CAMBIOS

Prefiero las ratas a las cucarachas. Las amapolas a las flores de invernadero. Me quedo con Mozart, con una copa de vino, y las fotos en papel. Soy de otoños, de contar estrellas. Y entonces llegas tú. Y Bach, y el móvil se llena de fotos, y me regalas rosas rojas, y la primavera se me mete en los ojos, y nos vamos de cañas, y me olvido de mirar al cielo. Ahora que nuestro barco encalla, cuando te veo preparándote para saltar, en vez de ayudarme a empujarlo, me doy cuenta de que también has conseguido que me gusten más las cucarachas.

PALOMA HIDALGO (Madrid, 64)