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Confieso que, en el inmenso mundo del arte, desde siempre fui partidaria de las “Anunciaciones”. Especialmente de la figura de la Virgen. Siempre joven, sorprendida, asustada, obediente, pero nunca feliz. Como si supiera que aquel anuncio le iba a traer, antes o después, un sufrimiento.

Cuando vi por primera vez la “Annunciazione” de Lorenzo Lotto (1527), me pareció un poco rara. La pintura tenía una atmósfera anómala, misteriosa. Como si la historia que nos han contado desde hace siglos se estuviera desarrollando de manera diferente.
Antes de empezar esta historia, considero imprescindible ilustrar la escena donde se desarrolla.
Un cuarto oscuro, sencillo, un reclinatorio y un taburete de madera, una ménsula con algunos libros y una vela. Se vislumbra una cama entrecubierta por un baldaquín. El cuarto es muy largo y la puerta abierta termina en un arco desde donde se observa un jardín y un cielo azul y rosa. En primer plano, una joven preciosa con un traje estupendo rojo carmín y una bufanda azul de seda que le tapa en parte la cabeza y los hombros. A la izquierda, el Arcángel Gabriel con la melena rubia, un traje de seda azul, la piel blanca, los ojos grandes y un lirio blanco en la mano. En resumidas cuentas, un Arcángel precioso, un poco gordito, pero precioso. La única particularidad que lo distinguía de los clásicos Arcángeles eran las alas. En lugar de las comunes plumas suaves de miles de colores, tenía dos “cosas” grises y oblongas, más propias de un insecto raro que de un Arcángel de ese nivel.
—¡Que susto, hombre! —gritó la joven volviéndose con un sobresalto del reclinatorio donde estaba rezando.
En el mismo momento, también Micifuz, el tranquilo gordo gato de casa, se puso a correr con el pelo erizado, asustado por aquella presencia inesperada y un poco inquietante.
—Soy un ángel, o más bien un Arcángel, el Arcángel Gabriel —respondió él.
¡Ave, María Virgen! (ave es como decir hola, pero un poco más antiguo). Estoy aquí para anunciarte que tendrás un hijo.
—¿Otro? —dijo ella con voz asustada. — Para empezar, no me llamo María si no Raquel; segundo, no soy virgen porque tengo un marido, y por último, tengo tres hijos, tres varones terribles y ni hablar de engendrar otro. En mi modesta opinión, señor Arcángel Gabriel, usted se está equivocando.
—¡Dios personalmente me ha enviado aquí a Nazaret! —insistió él. — ¿Estamos en Nazaret verdad?
—Sí, señor Gabriel, —respondió Raquel.
—¿Esta es la Calle de los Santos Equivocados?
—¡Sí señor Gabriel! —asintió ella.
—¿Estamos en el número 12? —preguntó él con voz un poco temblorosa.
—Me temo que no, señor Gabriel. Este es el número 21. Pero conozco una joven que se llama María, mujer del carpintero que vive en el numero 12 —anunció Raquel un poco divertida.
De repente, encima del gran arco de la puerta, detrás de una nube blanca como la nata, se asomó la imponente figura de un viejo vestido de rojo carmín, con larga barba y melena de plata. Con un brazo tendido y amenazador emitió un grito tremendo como un trueno.
—¡GABRIEL! ¿qué diablos estás haciendo? ¡Pide perdón a la señora Raquel y concluye tu misión! Te estás volviendo viejo. Ya sabía yo que no tenía que confiar en ti. La próxima vez se lo pido a Miguel que es más joven y un poco más espabilado.
¡Los Arcángeles de hoy en día no son como los de antes!

Iris Menegoz