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LOS TRENES DE LOS MUERTOS

El rápido a Bahía Blanca arrastró al hijo del capataz de la cuadrilla que reparaba las vías. Era un hombre triste desde la muerte de su mujer; con esto se dio a beber.

El hijo estuvo un mes como dormido. Cuando volvió a su casa no era el mismo.

Rengo. Pero sobre todo ausente.

Se entregó a encender pequeñas fogatas.

Las alimentaba de día, de noche.

A veces levantaba los brazos dando un grito.

Una tarde, su padre llegó del almacén y se puso a llorar. ¿Qué hacía con esos fuegos, por Dios Santo? Causaban la compasión de los vecinos.

A la hora del accidente, dijo el niño, vi los trenes de los muertos.

Cruzándose como rayos sobre el mundo. Unos venían y otros iban y otros subían o bajaban sin dirección y sin destino. Vio en las ventanillas las caras de los muertos de este mundo. Lívidas caras con sonrisa, caras dobladas. Caras sujetas por telas que asfixian, manos que cuelgan, pelos de colores, electricistas, amas de hogar, sacerdotes, presidentes de compañías. Muertos en vida. Pómulos cubiertos de polvillo de hueso. Zarandeándose.

Vio conocidos. Vecinos.

En trenes que refulgían como fantasmas que se levantan de pantanos. A cabezadas, rizos contra los vidrios, sin pedir ayuda, sin desearla. En una noche permanente, los trenes sin voz ni silbato, cruzándose. Sin señales, sin orden.

Se superponían, se sucedían, se cambiaban.

Nadie los oye ni los ve, volando en todas partes sobre el mundo.

El dolor que había visto era alegre junto al dolor en esos trenes. Vio, como si los tocara, que el frío congelaba a esos viajeros, igual que a los que duermen para siempre en los Andes. Y dentro de esos témpanos los ojos llamaban sin llamado.

Ponía señales para eso. Para los trenes de los muertos.


SARA GALLARDO (Buenos Aires, 23 de diciembre de 1931- ibíd. 14 de junio de 1988)

EL ÚLTIMO TREN

Con un largo chirrido negro y unos tumbos sofocados el tren se paró. Ella deslizó la cortina de la ventana; ninguna luz entró sino la muy pálida incierta de una niebla que iba creciendo en espirales blanquecinas, como si fuera un efecto de una vieja película de cine en blanco y negro.

Supieron que la parada del tren era para ellos. Se habían quedado solos en el compartimento, después de un viaje muy largo, largo como toda una vida, vida que ella había siempre considerado como una conversación amable y encantadora que no pudiera nunca interrumpirse.

Se prepararon a bajar, no tenían equipaje. Iban vestidos con sus recuerdos. La puerta se cerró detrás de ellos con un golpe definitivo. Un soplo helado azotó sus caras arrastrando un perfume de flores blancas marchitadas, se tomaron de la mano y se alejaron ligeros como sombras en ese páramo desconocido

Él, en su frac con pajarita de raso blanco; ella, en el traje negro de noche que tenía en la primera foto juntos.

GRAZIELLA BULDRINI (Imola, Italia)