Un concilio se define como la junta o congreso eclesial cuyo propósito es deliberar y decidir sobre materias de dogmas y de disciplina. Con anterioridad a los concilios ecuménicos, en el año 49 se celebró el concilio de Jerusalén, según se registra en el libro bíblico de los Hechos, en el que se abordó la necesidad o no de circuncidar a los nuevos creyentes gentiles; posteriormente, en el 197, se llevó a cabo el sínodo de Roma, en el que se trató de dilucidar la fecha exacta de la Pascua, pues esta difiere entre Oriente y Occidente; en el 256, en el concilio de Cartago se discutió el cisma novaciano; y en el 306, en el de Elvira, se decretó el controvertido celibato del clero; en el de Galia, convocado por Constantino el Grande, en Arlés, se abordó el cisma donatista; con el concilio de Nicea, del año 325, se inauguran los concilios ecuménicos; en él se condenó la herejía arriana, proclamando la igualdad de naturaleza entre el Padre y el Hijo; en el de Constantinopla, se afirmó igualmente la misma naturaleza con respecto al Espíritu Santo; con el concilio de Éfeso, bajo la autoridad de Teodosio II, comienzan las discrepancias, ya que la iglesia Asiria de Oriente no reconoce éste ni los posteriores; tampoco las iglesias ortodoxas orientales aceptan los sucesivos; la iglesia presbiterana ortodoxa admite los seis primeros, en tanto que la iglesia anglicana acepta sobre todo los cuatro primeros ecuménicos, al margen de los anteriores, reconociendo que no son infalibles; significativos son los concilios de Constanza y Basilea, en los albores de la Reforma protestante, y los de Letrán V y Trento, ya en el siglo XVI, en plena Contratrarreforma; los dos concilios Vaticanos, finalmente, trataron cuestiones un tanto caprichosas y erráticas.
Reconociendo el valor de los concilios en la fijación de conceptos, estos nunca pueden sustituir ni imponerse a la verdad bíblica; de hecho, la validez de los mismos necesariamente dependerá de su fidelidad, adecuación y sintonía con el texto sagrado. De lo contrario, no sería prudente valorarlos como dogma, por muy plausibles y grandilocuentes que puedan parecer.

Retratos es un libro de poemas que, a modo de pictóricos lienzos, eternizan el momento pasajero. En él se disecciona, metafóricamente, una sucesión de instantes congelados por siempre sobre el tiempo. Pequeños retazos en remembranza de fugaces sombras preteridas

Un gran despliegue de relatos poliédricos que sorprenderá gratamente
a los lectores. Un ejercicio de talento literario e imaginación sin límite
alguno. Una vez que comience por el primero no podrá parar.
