
JUAN JACINTO MUÑOZ RENGEL (Málaga, 1974) Los micros pertenecen a “El libro de los pequeños milagros”, Editorial Páginas de Espuma
HISTORIAS CRUZADAS I
Eva está sola en la casa del árbol del bien y del mal, cuando la ancianita llama a la puerta y le ofrece la manzana envenenada.
Adán la encuentra desnuda en el suelo, ya sin pulso. Piensa que la vida sin ella no tiene ningún sentido, y en un arrebato de amor, rabia y miedo, muerde también la manzana.
Y ahí acaba la Historia.
HISTORIAS CRUZADAS III/A
Las tripulaciones de la Pinta, la Niña y la Santamaría se encuentran bajo cubierta, bailando y bebiendo, en el momento en el que los cascos de las tres naves impactan contra el enorme iceberg.

¿Diferentes?
Es insoportable hablar con ellos, con cualquiera de ellos. La conversación se torna incómoda porque, mientras te oyen sin interrumpirte, en silencio, te observan atentamente con esos ojos excesivamente redondos y más separados de lo normal puestos, como sorprendidos, en ese rostro extremadamente blanco, pálido. Ahí callados, frente a ti, sólo se limitan a sonreír levemente como la Mona Lisa. Uno se cansa de hablar y desea que lo interrumpan. Llegas a pensar que estás hablando con un mudo o con un santo. O pareciera que saben lo que uno está pensando; es como si te leyeran la mente. Pero lo más inquietante son sus manos. Siempre las mantienen en los bolsillos o entrelazadas en su regazo. Y cuando las sacan uno no puede evitar verlas y detallarlas. En cualquier persona normal los dedos de las manos se disponen así: de izquierda a derecha, es decir, de adentro hacia afuera, el pulgar, el índice, el medio, el anular y, finalmente, el meñique. ¡Las de ellos no! Sus dedos, o sus manos, están invertidas: primero tienen el meñique, luego el anular, después el medio, le sigue el índice y, al final, el pulgar. Lo que hace que, cuando las mueven frente a uno durante la plática, o cuando señalan algo, te sientas incómodo y te desorientes porque no ves hacia donde señala la mano, sino la mano misma. Te distraen como las manos de los magos y no puedes seguir el hilo de la conversación porque te dedicas a repasar el profano, siniestro e inquietante orden de los dedos. ¡Dígame cuando te las extienden para estrechar la tuya al conocerlos! ¡Es horrible! ¡Deseas retirar tu mano rápido de entre la suya!
Por eso, cuando Willians mató al primero después de un mal entendido, nos alegramos. Y no hemos podido evitar seguir haciéndolo hasta hoy.
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