
SAPO Y PRINCESA V
Considerando la longitud y destreza de su lengua, la princesa se interroga sobre su esposo. ¿Fue en verdad príncipe antes de ser sapo? ¿O fue en verdad sapo, originalmente sapo, a quien hada o similar concediera el privilegio de cambiar por humana su batracia estirpe si obtuviera el principesco beso? En tales dudas se obsesiona su mente durante los sudores del parto, un poco antes de escuchar el raro llanto de su bebé renacuajo.
ANA MARÍA SHUA (Buenos Aires, 1951)
AUTOAFIRMACIÓN
Me gusta vestir ropa de Versace.
Me gusta fumar tabaco turco en pipa.
Me gusta conducir un Ferrari plateado.
Me gusta la prosa obsesiva de Manganelli.
Me gusta lamer la vulva agridulce de ciertas mujeres.
Me gusta la mostaza de Dijon.
Me gusta ir al cine en sesión golfa.
Me gusta practicar parapente.
Me gusta hacer complejos cálculos matemáticos.
Me gustan las conversaciones regadas con abundante Chivas.
Me gusta dar conferencias sobre semiótica.
Me gusta la paleta cromática de Macke.
Me gusta tocar el saxo tenor.
Me gusta tratar a las putas como a reinas.
Me gusta la ironía decadente.
Me gusta ejercer mi sagrado derecho al voto.
Me gusta dar consejos a los niños díscolos.
Me gusta rascarme detrás de las orejas.
Me gusta hacer cabriolas.
Me gusta que mi dueña me acaricie mientras sueño.
Me gusta ser un chihuahua.
MIGUEL ÁNGEL ZAPATA (Granada, 1974)

Árbol
Dicen que, a la orilla de una solitaria y lejana carretera, a la entrada de un seco cañaveral, hay un extraño árbol. Es un árbol muy grande y grueso. ¡Inmenso! Su presencia es muy fuerte y poderosa. A su alrededor todo gira en torno a él: el silencio, sobre todo, el tiempo. Su tronco tiene una profunda quemadura negra, como una herida, que se adentra en su cuerpo. Los automovilistas, cuando se acercan donde está el árbol, aceleran y pasan raudos y veloces sin mirarlo. Dicen que ese árbol no da frutos. Ni siquiera da sombra. Y los pájaros no se posan en sus ramas a cantar ni a construir sus nidos. Algunos dicen que, cuando comienza a oscurecer, empiezan a llegar al árbol cosas extrañas. De todas partes llegan. ¡Oscuras, pardas, deformes y de todos los tamaños! Algunas son pequeñitas como un colibrí. Otras son muy grandes como un cóndor. No son aves, pero llegan volando. Aparecen de repente de la nada y ¡zas! Se introducen en el negro follaje del árbol. Poco a poco el árbol va saturándose de sombras. A media noche el árbol cobra una extraña, sorda y febril actividad, y se escuchan negros aleteos, que no se puede definir como vida. ¡Es lo contrario a la vida! Dicen que los viajeros que extravían su camino y son atraídos hacia él, caen fulminados a sus pies.
Es el árbol de los malos pensamientos.
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