
JOAQUÍN O. GIANNUZZI (Buenos Aires, 1924- Salta 26.11.2004)
LA DESAPARICIÓN
Con un par de convicciones
y algunas blasfemias
violaron la cerradura a tiros.
Animales de caza nocturna
lo sacaron de la cama. La presa
no alcanzó a despedir su rostro
ni poner a salvo su nervio principal.
En la vejación, el mundo
perdía su nombre y sospechó
no más poemas después de eso.
En nombre de un orden
que despuebla la vida, lo condujeron
en un coche cerrado como un ataúd
hurtando la vergüenza al exterior.
Entonces atravesaron
la vasta oscuridad sin jueces
de una ciudad en la que desapareció
y en cuyos jardines había amado
con un cuerpo visible tendido al sol.
LA PAZ DEL TORTURADOR
El torturador está cenando
con su sagrada familia.
Todo parece andar bien en este pequeño mundo.
Él está satisfecho con su trabajo
tan gratificante
que con 220 voltios es capaz de hacer maravillas
como arrancar de raíz
el más recóndito secreto de Dios.
La esposa no tiene por qué saber nada
acerca de estos asuntos
que por otra parte no le servirían
para hacer una buena sopa.
Sus dos hijitos admiran a papá
por su generosa manera
de llenar el mundo a su alrededor.
Cuando llega de la calle
el perro mueve felizmente la cola
y a los dos les da lo mismo
cualquier sistema social.

Ejército
Y una noche me vi
General
Frente a un inmenso
infinito,
compacto y disciplinado
ejército de insomnes soldados.
Adonde yo miraba
miraban ellos Ipso facto
Adonde yo dirigía mi pensamiento
acudían al trote los suyos.
Y supe
como buen general
que para ganar esta guerra
tenía que luchar los insomnios particulares
de todos y cada uno de mis hombres.
Como era en un principio.
Autor: pedro Querales
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