
Esta novela del chileno José Donoso vio la luz en 1970 después de una larga gestación que incluso minó la salud de su autor. Como él mismo declaró en una entrevista, cuando la terminó finalmente se sacó el pájaro del estómago. Al lector que se acerque a esta obra le espera un disfrute mayúsculo, sobre todo si se trata de un amante de las novelas experimentales.
En efecto, Donoso desdibuja los contornos de la historia como nunca antes se había hecho en literatura, dejando en manos del lector y en su atenta lectura las claves para reconstruir la racionalidad de la narración. No se trata de poner obstáculos al lector, sino de hacer ver que esa historia solamente existe contada de esa manera, buceando en los abismos de la psique humana y, en cierto modo, del horror. Aunque, bien mirado, se habla de todo lo contrario: cómo se puede evitar lo horrendo creando un mundo donde lo monstruoso sea la norma. De esa forma, la deformidad no es tal, pues se ha convertido en la norma. La oscuridad se transforma en luz para los habitantes de ese mundo.
La opacidad de esta novela, donde el lector parece perdido, contrasta con la claridad de la siguiente que publicó Donoso, Casa de campo (1978), donde sucede todo lo contrario: la claridad de la narración es total, no hay obstáculos, los contornos son claros y distintos, la prosa fluida y transparente. Pero no todo es como parece: la historia que se nos cuenta es en realidad un alegoría. Nada de lo narrado es real, sino alegórico. La claridad es un espejismo tras el que se esconde la realidad.

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